Por qué el emprendimiento no es tan arriesgado como parece

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En los últimos años, los medios de comunicación han hecho un gran eco de los éxitos de los proyectos de emprendimiento. Hemos visto una constante cobertura de situaciones en las que los fundadores han logrado crecer y consolidar sus empresas en el mercado para posteriormente sacarlas a bolsa o venderlas a un tercero por cantidades millonarias.

Sin embargo, a pesar del lacito de oro que se ha puesto alrededor del camino del emprendedor desde algunos púlpitos, muchas personas conocen o intuyen la auténtica realidad: Emprender es duro. Más duro que los pectorales de Jean Claude Van Damme en sus tiempos mozos.

Una gran parte de los nuevos negocios fracasan. Es un camino infestado de sorpresas, frustraciones y problemas que no paran de surgir.

Y, sobre todo, incertidumbre. Una incertidumbre que parece no tener fin.

Por todas estas razones, la inmensa mayoría de personas prefieren la opción profesional que su mente interpreta como la más segura: Trabajar por cuenta ajena.

A mí dame una nómina todos los meses y déjame de historias.

Parece razonable, ¿no? ¿No es eso mucho más seguro que emprender?

Pues sí… pero no. De hecho, Frank Spartan te dice que más bien no.

Veamos por qué.

¿De dónde surge realmente esta preferencia por trabajar la cuenta ajena?

A menudo me encuentro con situaciones en las que las personas juzgan si una decisión está bien tomada o no en función del resultado que produce. Eso es una gilipollez. Llevando ese argumento al extremo, dejar a un pitbull al cuidado de un niño de cinco años porque está entrenado para cuidar niños y nunca ha hecho daño a nadie es una decisión que puede salir bien. Pero no es una decisión bien tomada. Al perrito pacifista se le puede cruzar el cable justo en ese momento por la razón que sea. Al fin y al cabo, es un perro.

Una decisión está bien tomada si el enfoque es adecuado en base a las circunstancias del momento, se posee información suficiente y se interpreta esa información correctamente. Si después esa decisión tiene un resultado insatisfactorio, pelillos a la mar. Aunque el resultado joda, lo que realmente importa es que esa decisión estuvo bien tomada.

Una vez hecha esta puntualización, hagámonos un par de preguntas para ver a dónde llegamos.

¿Cómo deciden los jóvenes en qué trabajar? 

Podría decirse que lo que estudian les influye bastante. Bueno, y lo que les dicen sus padres también.

¿Y cómo deciden los jóvenes qué estudiar?    

No sé, no sé… ¿quizá en base a lo que más les atrae? Bueno, y lo que les dicen sus padres también.

Mmmm… los padres parecen tener una gran influencia en esa decisión. La pregunta es: Sin dudar en absoluto de sus mejores intenciones, ¿están los padres de los jóvenes de ahora realmente cualificados para asesorar a sus hijos sobre qué opciones profesionales perseguir en el entorno actual?

En otras palabras, ¿tienen el enfoque adecuado, la información necesaria y la capacidad de interpretarla para tomar esa decisión bien, con independencia del resultado?

Conjeturemos un poco sobre cómo podría funcionar la mentalidad de los padres de un joven de ahora, ¿te parece? Y para facilitar el desarrollo del argumento, vamos a bautizarles como “Los Soprano”.

El mercado de trabajo que conocieron y en el que se desenvolvieron Los Soprano fue muy distinto al actual. En Estados Unidos y muchos países de Europa se produjo un crecimiento económico muy relevante en la segunda parte del siglo XX, que provocó que los trabajos crecieran a ritmo más rápido que la población. En ese contexto, lo único que Los Soprano tenían que hacer era conseguir una formación decente y eso les aseguraba un empleo relativamente estable. Y las generaciones siguientes imitaron ese modelo de comportamiento.

En España, la situación fue algo diferente. La situación política y los desequilibrios estructurales provocaron dificultades económicas intermitentes y el país nunca creció en empleo al mismo ritmo que sus homólogos americanos y europeos, hasta que llegó la fase de expansión económica en 1995, seguida del boom inmobiliario. España siempre se ha caracterizado por una sobredimensión del sector público, que ha generado una gran cantidad de posiciones de funcionariado en el mercado de trabajo.

Sin embargo, a pesar de las diferencias entre países, observando la dinámica de aquella época podemos llegar a la misma conclusión general: Los Soprano crecieron en un ambiente en el que era relativamente sencillo conseguir un trabajo estable por cuenta ajena. Y esa vía permitía acceder a una elevada calidad de vida, anclada en un gran abanico de comodidades que antaño eran muy asequibles en relación a los salarios.

Pero las cosas han cambiado un poco, ¿no es verdad?

La nueva realidad

Desde 2000, la población en Occidente ha crecido más rápido que los empleos, lo que explica la explosión de graduados con una fuerte educación universitaria que no encuentran trabajo. En Estados Unidos, alrededor de la mitad de los jóvenes que han salido de la universidad en esta década se han encontrado sin trabajo o con un empleo que no requiere título universitario. El valor de la educación académica se ha reducido considerablemente, mientras que su precio, curiosamente, se ha multiplicado.

¿Por qué?

El funcionamiento del mercado de trabajo no es diferente al de otros libres – o mayoritariamente libres – mercados. Se rige por las leyes de oferta y demanda. Y la oferta, que en la época de Los Soprano era abundante y predecible, en nuestra época es decreciente e impredecible, por dos causas fundamentales:

  • El imparable proceso de globalización ha provocado la deslocalización y el outsourcing de actividades empresariales allí donde se pueden realizar de forma más eficiente en costes. Un trabajador filipino puede hacerte una labor de diseño web en inglés de quitarse el sombrero por un importe muchísimo más bajo que su equivalente en Occidente. Y probablemente responda más rápido y se queje mucho menos que el occidental. Es una cuestión de necesidad de sobrevivir y de actitud de hacer las cosas bien, cosas que abundan en las localizaciones de bajo coste.
  • La progresiva penetración de la tecnología y la inteligencia artificial en las organizaciones

Cuando tenemos en cuenta estas dos fuerzas y observamos su impacto en el mercado de trabajo actual, podemos apreciar una pauta muy clara que, probablemente, se siga produciendo durante un tiempo prolongado: Los trabajadores de Occidente que desempeñan empleos basados en tareas repetitivas y sin un alto grado de complejidad cognitiva están siendo sustituidos rápidamente por alternativas de menor coste, sean personas o máquinas.

Los empleos no rutinarios y con mayor grado de complejidad cognitiva han aguantado mejor el impacto de estas fuerzas, pero no son inmunes a ellas. La tecnología está también erosionando partes del contenido de su trabajo poco a poco, incluso en profesiones altamente cualificadas como la abogacía, la banca o la medicina. Pregunta por ahí y verás. El ritmo de cambio es espectacular.

Uniendo los puntos, la conclusión obvia es que el viento no sopla en la dirección de los trabajadores por cuenta ajena tradicionales que eran tan populares en la época de Los Soprano. El título universitario y la experiencia en una función concreta no garantizan ya ninguna seguridad, porque esa función puede ser sustituida por la tecnología de la noche a la mañana. La seguridad que buscamos al perseguir un título y un trabajo en una gran corporación es un espejismo. No es real, por mucho que la mayoría de las personas lo crean así.

Y cuando se produce ese acontecimiento inesperado, cuando llega ese día en el que, con cara inexpresiva, tus superiores te dicen que tu contribución a la empresa ya no es necesaria porque Robocop la hace mejor que tú sin bajar a fumar, ponerse enfermo, pedir aumentos de sueldo y tomarse descansos alrededor de la máquina de café, ¿en qué situación te quedas?

Pues… si no has anticipado este posible acontecimiento y no te has preparado con antelación, probablemente bastante jodido.

Las consecuencias de aplicar el modelo anterior a la realidad laboral actual

Sigamos conjeturando y veamos ahora la pauta habitual de comportamiento que Los Soprano te susurran al oído cuando estás inmerso en la toma de decisiones sobre en qué narices tiene sentido trabajar y qué tipo de vida tiene sentido vivir:

  1. Encuentra un trabajo en una gran empresa. Cuanto más grande y más exitosa, mejor. A nosotros – y a las personas que conocemos – nos fue bien así. Además, nos sentiremos orgullosos cuando hablemos con nuestros conocidos sobre dónde trabajas.
  2. Compra un piso. O, mejor dicho, dos.
  3. Incorpora comodidades a tu vida que den señal de tu estatus a los demás: Coche, vacaciones exóticas, ropa, etcétera, etcétera.
  4. Forma una familia con hijos.
  5. Una vez llegues ahí, ya has triunfado y puedes estar tranquilo.

Puede que tus propios Soprano no te hayan dicho esto (y que tampoco te lo hayan comunicado sutilmente de otras formas), pero éstas son su mentalidad y su definición de éxito más habituales. Y es natural, porque a ellos les funcionaron bien.

¿Y qué dice Frank Spartan al respecto? Muy sencillo: Si es así, por muy bienintencionados que sean, es posible que no estén cualificados para asesorarte en cómo debes tomar esta decisión. Volviendo a nuestro argumento original, puede que te salga bien, pero eso no quiere decir que la decisión esté bien tomada. Puede no tener el enfoque adecuado, ni incorporar la información adecuada. Y si la incorpora, puede no interpretarla de forma adecuada.

Por decírtelo de forma muy directa y gráfica: Si sigues ciégamente esos pasos que el Soprano habitual te marca y que hemos comentado anteriormente, en la dinámica económica, laboral y tecnológica actual hay muchas más probabilidades de que acabes en una posición de extrema vulnerabilidad profesional y sin ninguna flexibilidad financiera que de que acabes en la situación opuesta.

Joder Frank… ¿entonces qué demonios debo hacer si quiero estar lo más protegido posible? ¿Me estás diciendo que no estudie en la Universidad? ¿Que no trabaje por cuenta ajena? ¿Que no compre un piso? ¿Que no tenga hijos? ¿Que no me vaya de vacaciones? ¿Por qué no me vuelo la cabeza con un AK-47 y acabamos de una vez?

Paso a paso, colega. No hace falta ir a esos extremos ni mucho menos. Lo único que hemos hecho hasta ahora es poner en tela de juicio el axioma, ampliamente interiorizado en nuestra sociedad, de que un trabajo por cuenta ajena es mucho más seguro que emprender. Y hemos argumentado por qué trabajar por cuenta ajena en esta nueva realidad es mucho menos seguro en la práctica de lo que se pretende hacer ver.

Vale, Frank. ¿Y emprender? ¿Es tan arriesgado como creemos?

Sí, y no. Depende de tu definición de riesgo y de tu horizonte temporal al evaluarlo.

Las consecuencias prácticas de emprender

Emprender es un camino espinoso, no cabe duda. Dependes de ti mismo y nadie va a venir a sacarte las castañas del fuego. Puede que el resultado empresarial que buscas tarde muchísimo en producirse. Incluso puede que no se produzca nunca.

Pero el resultado no es el foco de atención de Frank Spartan. El foco es la transformación personal que se produce mientras el emprendedor persigue ese resultado.

Esta transformación se puede resumir muy bien de esta forma: Emprender es el camino más rápido y directo a adquirir las habilidades que más valor tienen en la nueva realidad laboral actual. Y adquirir esas habilidades es el único camino fiable hacia la auténtica seguridad.

Un emprendedor aprende de todo, porque es lo que su función requiere. Y no lo hace de forma académica, o al menos no en su mayor parte. Aprende haciendo. Probando, equivocándose y corrigiendo.

Un emprendedor entrena su mentalidad y sus emociones mediante la acción para navegar a través de la incertidumbre. Adquiere conocimientos técnicos continuamente para mantener su negocio a flote. Aprende a colaborar con los demás, a promocionar su marca personal, a pulir sus habilidades comerciales. Aprende a desarrollar sistemas y a perfeccionarlos. Aprende a priorizar y a optimizar el uso de recursos durante el proceso de perseguir sus objetivos. Y, sobre todo, aprende a equivocarse y a extraer la sabiduría oculta en cada equivocación.

Ésas son las habilidades que marcan la diferencia en el panorama laboral actual. Son habilidades que nuestro sistema educativo actual falla en formar, y que muchos de los empleos por cuenta ajena que existen fallan en desarrollar. Hasta que eso suceda, cosa que Frank Spartan no anticipa en absoluto en el corto plazo, emprender es la vía mas segura de mantenerse relevante desde el punto de vista profesional a largo plazo.

Por eso, como hemos mencionado anteriormente, el horizonte temporal determina en gran medida la forma de enfocar este debate. A corto plazo puede que estés más seguro trabajando por cuenta ajena, pero a largo estarás más seguro si practicas el emprendimiento. Lo mismo que  a corto plazo te sientes mejor tumbado en el sofá que haciendo dominadas en el gimnasio, pero a largo plazo te sientes mejor si cultivas tu cuerpo y tu mente con ejercicio regular.

Y no te olvides, jovenzuelo, que lo más probable es que vivas al menos 100 años. Más te vale vivirlos con calidad de vida y no arrastrándote por las esquinas.

Todo gira en torno al mismo principio: Decisiones difíciles, vida fácil. Decisiones fáciles, vida difícil.

Vale Frank. Pero, asumiendo que estoy de acuerdo contigo, ¿cómo gestiono la incertidumbre del resultado a la hora de emprender? Es difícil tomar una serie de decisiones vitales como comprar un piso y tener una familia con tanta incertidumbre de resultado.

Ésa, amigo o amiga mía, es una gran pregunta.

¿Cómo resuelvo este dilema?

Para resolver el dilema de si un joven de hoy en día debe ir por la vía de trabajar por cuenta ajena o por la vía del emprendimiento, desglosemos el problema con tres preguntas.

1. ¿Tiene sentido emprender para mí?

Si quieres apostar allí donde las probabilidades están a tu favor, fuck yes.

Si un joven de hoy en día (45 años es joven en mi libro, así que Frank Spartan se autoincluye por el morro) quiere protegerse frente a posibles cambios adversos en su ecosistema laboral, el camino más directo para hacerlo es emprender. Emprender es como un servicio militar para adquirir habilidades importantes que te permiten defenderte ante esos posibles cambios. Si hay una guerra y has hecho el servicio militar, tendrás más probabilidades de sobrevivir. Si has estado comiendo donuts y sólo has cogido un fusil para poder alcanzar la lata de cerveza que está debajo del sillón, lo más probable es que el enemigo te vuele los sesos en cuanto des el primer paso en el campo de batalla.

Y, por si no lo sabes, estamos en guerra. Siempre hemos estado en guerra. Porque siempre estamos intentando sobrevivir.

Por si todo eso fuera poco, el coste de emprender ha caído a niveles de mínimos históricos. Internet permite acceder a todo lo necesario para poner en marcha infinidad de proyectos de emprendimiento sin necesidad de una gran inversión de recursos financieros. Se puede conseguir software mediante suscripción, subcontratar fabricación, logística y todo tipo de servicios a un precio muy atractivo en comparación con épocas anteriores, porque la oferta es accesible a nivel global. El coste ya no es el problema.

2. ¿Sobre qué debo emprender?

Ésta es la fácil: Sobre lo que te dé la real gana. Pero, ya que vas a tener que saltar muchas vallas, es conveniente que elijas algo que te guste y que se te dé bien. Tu reto es conseguir hacerlo viable y eso lleva algún tiempo. Si te gusta y se te da bien te resultará más fácil y rápido hacer progresos y mantenerte motivado.

Recuerda que no tienes que acertar a la primera. De hecho, lo más probable es que vayas pivotando modelo de negocio hasta que des con lo que funciona.

3. ¿Cuándo debo emprender?

Ésta es la difícil. Depende de tus objetivos vitales y tu vocación.

Puede que antes de adentrarte por ese camino prefieras trabajar un tiempo por cuenta ajena para adquirir cierta experiencia, formar una red de relaciones profesionales y construir un colchón de ahorros para comprar un piso, viajar o tener hijos.

En ese caso, lo que probablemente tiene sentido es que sigas trabajando por cuenta ajena y construyas poco a poco un proyecto de emprendimiento en tu tiempo libre. Es una buena combinación que te permite la estabilidad cortoplacista de recibir una nómina todos los meses y a la vez cultivar las habilidades que mejor te blindarán contra la incertidumbre en el largo plazo. Puede que incluso te diviertas mucho poniendo ese proyecto en práctica.

Ya, Frank… pero es que tengo que ver la serie de Netflix, leer el Marca y oír la radio. No tengo tiempo para eso.

Decisión tuya. Ya sabes lo que hay: Decisiones difíciles, vida fácil. Decisiones fáciles, vida difícil.

Si, por otra parte, sientes una vocación inmediata y quieres lanzarte con todo a construir tu propio proyecto renunciando a trabajar por cuenta ajena, no seré yo el que te frene. Pero, a título personal, no me parece mala idea construir un poco de experiencia y colchón financiero trabajando por cuenta ajena y desarrollando algunas habilidades que pueden serte útiles para reducir el riesgo de ejecución a la hora de emprender. Es una cuestión personal de tolerancia al riesgo.

Y con esto concluimos el análisis de Frank Spartan sobre el emprendimiento en el maravilloso, vibrante y jodidamente impredecible mundo en que vivimos.

¿Te sigue pareciendo tan arriesgado emprender?

Pura vida,

Frank.

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