4 tendencias culturales que nos han hecho perder el norte

A menudo me pregunto cómo les irá a mis hijos en el loco mundo hacia el que parecemos dirigirnos.

Es cierto que las cosas, en general, han mostrado una tendencia positiva y no parece haber ningún indicio de que dicha tendencia vaya a revertirse en el corto plazo. Pero cuando Frank Spartan dice “estamos yendo a mejor”, me refiero a nuestra capacidad de tener las necesidades básicas cubiertas, a los medios existentes para evitar grandes males a nivel individual y colectivo, y al acceso a oportunidades para construir nuestra vida como más nos convence. Me refiero a los grandes problemas que muchas civilizaciones anteriores no tenían resueltos, y que ponían la supervivencia individual en el puesto más alto del pódium de las prioridades vitales.

La inmensa mayoría de nosotros, en el mundo Occidental al menos, sí que tenemos esos grandes problemas largamente resueltos. Sin embargo, como suele ser el caso en cualquier proceso de evolución, el progreso en esa dirección ha dado pie a la aparición de otras complicaciones de segundo orden que, aunque de aparente menor gravedad que las primeras, tienen un impacto muy material en nuestra capacidad para ser felices.

Muchos de estos problemas de segundo orden a los que me refiero son de índole cultural. Aspectos que modulan nuestra forma de pensar, de sentir y de actuar en direcciones que, en la opinión de Frank Spartan, nos hacen un flaco favor.

En este post vamos a hablar de algunas de esas abominables tendencias culturales que nos envuelven en la actualidad, así como la estrategia más adecuada para coexistir con ellas de forma más o menos armoniosa y no perecer en el intento.

1. Mis emociones determinan mi interpretación de la realidad externa

Una de las grandes revoluciones culturales de los últimos tiempos es la supremacía de las emociones y sentimientos sobre la ciencia y la realidad objetiva. En otras palabras, el mundo es como yo me siento. O, mejor dicho, el funcionamiento del mundo debe adecuarse a mis emociones, porque mis emociones son el centro neurálgico del que emana la realidad.

A nivel individual esto genera unas consecuencias desastrosas, porque tiene un efecto directo en nuestro sentido de lo que está bien y lo que está mal. Impacta en nuestra escala de valores. Y se traduce en cómo nos relacionamos con el mundo a nuestro alrededor.

El otro día estaba comiendo en un restaurante con un grupo de personas. Había muchos niños con nosotros y estaban montando algo de alboroto. En un momento determinado, uno de los camareros del local vino a decirnos que las personas de la mesa de al lado se habían quejado porque los niños de nuestra mesa estaban tirando objetos a su mesa mientras comían.

Pues bien, la reacción de una de las personas que estaban conmigo fue criticar a los de la mesa de al lado y tacharles de idiotas, alegando que debían saber que ése era un restaurante al que van niños, y el que los niños tiren cosas a otras mesas es algo perfectamente natural.

Así, sin más, nos encontramos en la absurda conclusión de que el mal comportamiento no es el de unos niños de edad avanzada que lanzan objetos a la mesa de al lado en un sitio público y molestan, sino el de las personas que se quejan de ello. Y, por supuesto, la respuesta apropiada no es dar una reprimenda y educar a esos niños, sino criticar a los de al lado por no entender “que son niños”.

Esto, hoy en día, es lo habitual. Es lo generalmente aceptado. Así me siento, así leo la realidad. Así me siento, así debe funcionar el mundo. Pero la realidad es otra. La realidad es que hay un comportamiento, el de los niños, que, con las reglas sociales más básicas en la mano, es objetiva e inequívocamente inapropiado. Y es en ese comportamiento que la atención debe centrarse. La virtud no está en exigir a los demás que toleren un comportamiento inapropiado para adecuarse a mis emociones, sino en prevenir y corregir el comportamiento inapropiado para preservar la armonía social… y también para evitar que esos niños tan inocentes,  que sólo habían hecho una pequeña travesura, se conviertan en unos capullos integrales cuya capacidad de joder a los demás se multiplique por cincuenta con el paso del tiempo. 

Frank Spartan ha hablado de este aspecto en muchas ocasiones. Las emociones, por muy humanas e inevitables que sean, distorsionan nuestro juicio. Debemos reconocerlas e intentar entenderlas cuando surgen, pero no asumir alegremente que encierran la llave a un mejor entendimiento de la realidad y a una lectura más sabia de lo que se debe y no se debe hacer. En la inmensa mayoría de los casos, no lo hacen. Y por eso debemos cuestionarlas en todo momento, no legitimarlas y entregarles el timón de nuestro comportamiento por su mera aparición en escena, por intensa que sea.

En las sabias palabras de Mark Manson, “fuck your feelings”.

“Elige la respuesta no emocional a cualquier situación y verás cómo de fácil se vuelve tu vida”

Naval Ravikant

2. La compasión es más importante que la verdad

Otra corriente cultural interesante son las alteraciones en la jerarquía de valores que la sociedad en general ha ido incorporando a lo largo del tiempo. Por ejemplo, ser compasivo con los deseos arbitrarios de los demás parece ser ahora mucho más importante y prioritario en la agenda social e institucional que ser fiel a la verdad.

Frank Spartan no se opone en absoluto a la compasión, sino todo lo contrario. La compasión es un atributo fundamental en una sociedad civilizada. Pero la importancia de la verdad debe estar muchos peldaños más arriba que la de la compasión, si queremos evitar adoptar una opinión de nosotros mismos y una forma de interactuar con el mundo que se encuentre completamente desconectada de la realidad.

Hoy en día tenemos personas con género fluido que exigen que los demás se refieran a ellas con los pronombres con los que subjetivamente se identifican a sí mismas, adolescentes que se declaran transexuales a un ritmo nunca jamás visto, legislación que otorga privilegios a colectivos que se autoproclaman marginados y desfavorecidos sin ninguna evidencia rigurosa de ello, y atención mediática y social prioritaria a cualquier reclamo de opresión y discriminación, por infundado que sea.

El hilo conductor de todas estas corrientes ya no es el deseo genuino de corrección de anomalías reales, como lo pudo ser antaño. Ya no. Ahora estamos en un lugar en el que hemos abrazado la compasión como respuesta cultural a actitudes esencialmente narcisistas y hambrientas de protagonismo, dejando la verdad sangrando en la cuneta para evitar herir sensibilidades. Y la consecuencia de ello es que estamos creando un grupo de jóvenes que cada vez están más confundidos y no saben distinguir lo que es cierto de lo que no lo es. Personas que creen que se merecen las cosas, y que los demás deben ayudarles a obtenerlas, simplemente por existir. Y si los demás no les dan lo que quieren, entonces son malas personas que merecen ser públicamente señaladas, humilladas y canceladas.

Esta forma de pensar ha penetrado en nuestra cultura como un virus. En la opinión de Frank Spartan, es una corriente equivocada y enferma. La búsqueda de la verdad siempre debe primar sobre la compasión, o la compasión se utilizará de forma retorcida para conseguir poder con falsos pretextos.     

La forma de coexistir con esta tendencia no es sencilla, pero sí simple: En el plano individual, hemos de elegir la verdad. Hemos de elegir desoír los argumentos emocionales y los ataques personales de las personas narcisistas que esgrimen la compasión como forma de convicción, e indagar con valentía para descubrir lo que es realmente cierto y lo que no lo es.

Ésa es la única forma coherente de vivir. Eso es lo que debes proyectar con tu comportamiento a tu familia, a tus amigos y a tus compañeros de trabajo. Y si hieres alguna sensibilidad al hacerlo, que así sea. El dolor es un peaje inevitable para el que decide abrazar la verdad. Pero es un peaje que merece la pena pagar.

“Sólo las mentiras necesitan subvención del gobierno. La verdad se impone sola.”

Antonio Escohotado

3. La igualdad es más importante que la libertad

Otra de las grandes alteraciones en el orden de la escala de valores sociales que se ha ido imponiendo en los últimos años es la supremacía de la igualdad con respecto a la libertad de elección.

El interés ciego por la igualdad es uno de los disparos más alejados de la diana que Frank Spartan recuerda. Es un objetivo absurdo que desafía la lógica más elemental. Sin embargo, la locura generalizada en la que estamos inmersos ha provocado que dicho objetivo se encuentre actualmente en la cúspide de la agenda social y política de nuestros días.

Veamos.

La libertad de elección es el catalizador de casi todo lo bueno de lo que disfrutamos en este mundo. Cuando las personas pueden ejercer su libertad sin grandes restricciones, pueden tomar decisiones que maximicen su propio bienestar haciendo el mejor uso posible de sus talentos y circunstancias personales. De ese proceso de decisión se obtienen recompensas si se tiene éxito, o aprendizajes (a.k.a. “bofetada en los morros”) si no se tiene. Y eso provoca que nuestra toma de decisiones se vaya refinando con el tiempo, provoca que vayamos obteniendo mejores resultados y provoca que la sociedad se acabe beneficiando de ello, directa o indirectamente.

La mano invisible de Adam Smith, ¿recuerdas?

Pues bien, tal y como se ha demostrado en repetidas ocasiones, cuando permites a las personas actuar con libertad, lo que obtienes, con absoluta certeza, es desigualdad. Y cuanta más libertad les das, más desigualdad obtienes.

¿Por qué?

Porque no somos iguales, joder. Nunca lo hemos sido y nunca lo seremos. Y esto, lejos de ser malo, es fantásticamente bueno.

Cada uno de nosotros tenemos talentos diferentes, debilidades diferentes, sueños diferentes, miedos diferentes, entornos diferentes, aprendizajes diferentes, experiencias diferentes y capacidades para navegar las procelosas aguas de la vida que son también diferentes.

Y, por tanto, si nos dejan actuar con libertad, vamos a tomar, con absoluta seguridad, decisiones diferentes. Y aunque esas decisiones fueran las mismas, nuestra capacidad de ejecutarlas con destreza sería en cada caso diferente, el impacto del azar en el desarrollo de las cosas sería en cada caso diferente, y por tanto obtendríamos, inevitablemente, resultados en cada caso diferentes.

Unos vamos a elegir una cosa y otros otra. Y unos vamos a hacer la misma cosa mucho mejor que otros. Esas diferencias siempre van a estar ahí, salvo que las aniquilemos a martillazos por la fuerza. Y seríamos estúpidos como sociedad si no pusiéramos los incentivos adecuados para maximizar los beneficios de esas inevitables diferencias, sin dejar de proteger al débil y sin dejar de combatir las injusticias.

Ahora comparemos esto con lo que está pasando en la práctica en nuestra cultura actual, y obtendremos la conclusión inmediata de que nos hemos vuelto todos locos. Porque lo que estamos haciendo es exactamente lo contrario de lo que tiene sentido lógico: Aniquilar las diferencias por la fuerza, a golpe de legislación y a base de ráfagas de adoctrinamiento de masas que empiezan desde la enseñanza en los colegios y continúan en las instituciones y los medios de comunicación.

Queremos las mismas recompensas, con independencia de las enormes divergencias de interés, talento, esfuerzo y mérito entre las personas. Tan absurdo como cierto. Y lo llamamos, con dos cojones, “justicia social”.

La solución para sobrevivir esta tendencia cultural también es sencilla: No sientas ningún pudor por poder hacer algo mejor que los demás. Si destacas en algo, poténcialo. Si obtienes mejores resultados que otros, exige que los que se benefician de tu talento y tu trabajo te recompensen adecuadamente por ello. Y respeta y acepta que recompensen más a otros que hacen las cosas mejor que tú. Ésa es la forma de que mejores tú, y también la forma de que mejore la sociedad.

Incentivar la excelencia de habilidades dentro de un marco que estimula la diversidad de intereses a través de la libertad de elección es el único camino viable para prosperar como sociedad. Lo contrario es atarse una soga al cuello y bailar un zapateado en una silla que cojea.

“La envidia fue considerada una vez como uno de los siete pecados capitales antes de que se convirtiera en una de las virtudes más admiradas, bajo su nuevo nombre de “justicia social”.

Thomas Sowell

4. Hombres y mujeres son competidores

La última gran aberración del contexto cultural actual en nuestra lista es que hombres y mujeres han dejado de ser compañeros de viaje para convertirse en competidores en la conquista del poder.

Ésta es una de mis favoritas. No hay por dónde cogerla, por mucho que se intente.

En algún punto del camino, una serie de personas decidieron intentar convencer a las mujeres de que estaban siendo cruelmente sometidas por el diabólico sistema patriarcal y que debían revolverse y librarse de sus ataduras, hacerse fuertes e independientes y emular todo lo que hacían los hombres, para demostrar al mundo que eran tan capaces como ellos.

Ese tren empezó a andar, con la caldera furiosamente alimentada por la leña del adoctrinamiento institucional, y azuzado por políticos especializados en expandir su popularidad provocando conflictos entre diversos colectivos. Este proceso continuó durante varios años y acabó derivando en un sinsentido social como el actual, en el que hombres y mujeres están más enfrentados entre ellos que nunca antes en la historia de la humanidad. De hecho, hay historiadores que destacan la relación histórica entre hombre y mujer como “colaborativa, armoniosa y simbiótica”, lejos de la crispación antagónica que existe en la actualidad.

[Nota: Si quieres profundizar en este tema, te sugiero que veas algunos vídeos de una investigadora anónima de alias “Xeno”, como éste. No son vídeos que destacan por sus efectos especiales, pero sí por su rigor de investigación y la calidad de su información.]

Actualmente nos encontramos inmersos en una corriente cultural que incentiva a las mujeres a priorizar su carrera profesional sobre la maternidad, así como a desarrollar atributos de personalidad y exhibir comportamientos típicamente masculinos con el objetivo de alcanzar mayor poder y representación en la sociedad. Y esa corriente cultural al mismo tiempo exhorta a los hombres a diluir su masculinidad y reprimir su tendencia natural a la lucha, la iniciativa y el liderazgo, mientras que promociona que desarrollen su sensibilidad y la exteriorización de sus emociones.

En otras palabras, se está masculinizando a las mujeres y feminizando a los hombres. Y se está haciendo a gran escala.

Esto es una abominación. Podría quedarse en una abominación meramente anecdótica, pero el problema es que tiene consecuencias prácticas importantes.

La mujer heterosexual promedio, por naturaleza, no se ve atraída por hombres feminizados. Puede que después de toda esta descarga de monsergas ideológicas muchas personas digan que lo que los hombres deben hacer es entrar en contacto con su lado femenino y bla, bla, bla. Pero Frank Spartan se juega la barba a que no es eso lo que la mujer heterosexual promedio quiere realmente en una pareja en la práctica, porque atenta contra el instinto natural de la atracción sexual y cercena el pricipio básico de polaridad en las relaciones.

El instinto natural siempre ha sido el factor predominante en la atracción sexual y las estrategias de apareamiento a lo largo de los siglos. Y lo seguirá siendo, por mucho que se intente erradicar con artimañas. Es demasiado visceral. 

Al mismo tiempo, el hombre heterosexual promedio, por naturaleza, no se ve atraído por mujeres masculinizadas. Lo que más le atrae de la mujer no es su éxito profesional, ni su independencia financiera, ni su ambición, agresividad o liderazgo, ni que masque tabaco y lo escupa en la acera. Lo que más le atrae es su feminidad, que le muestre respeto y que no haya tenido más experiencias sexuales previas con otros hombres que Cicciolina. Ésa es la naturaleza del hombre heterosexual promedio, por muy políticamente incorrecto que suene.

Conclusión: La cultura está empujando a hombres y mujeres a convertirse en algo que es diametralmente opuesto a lo que a ambos les atrae del otro de forma natural. Y eso va a generar una disminución en el grado de estabilidad de las relaciones amorosas, el debilitamiento de la estructura familiar, el colapso de la tasa de natalidad y una explosión en los niveles de depresión por sentimiento de soledad y ausencia de significado vital, especialmente en la última fase de la vida. A algunas personas el nuevo modelo cultural de individualismo empoderante les servirá, pero muchas otras van a ser dolorosamente conscientes, cuando ya sea demasiado tarde, de que todos esos logros profesionales y toda esa independencia y libertad no significan un carajo en comparación con tener una pareja estable y una familia que se quiere y se apoya en los momentos difíciles.

Mark my words.

La forma de escapar del remolino de esta tendencia cultural es más compleja. Requiere profundizar en el conocimiento de uno mismo, expresar lo que creemos que somos y perseguir sin pudor lo que realmente queremos, aceptando responsabilidad individual sobre nuestra conducta y sus consecuencias. Sin ceder a las crecientes presiones del entorno para que nos adecuemos a lo que la agenda 2030 dice que debemos hacer para ser ciudadanos igualitarios, inclusivos, sensibles, compasivos y eco-friendlys. Todo lo que tu amigo Frank lleva diciendo durante años en este blog, básicamente.

Es indudable que las corrientes ideológicas de ahora han provocado que las posibilidades de conectar con alguien y formar una relación de pareja sólida que preserve atracción mutua y resista los vaivenes de la vida se hayan debilitado. Muchas personas tienen hoy en día la cabeza llena de pájaros de color violeta que, lejos de unirnos, nos separan. Pero aún hay otras muchas personas que no. Sé fiel a ti mismo. La autenticidad será el mejor reclamo del tipo de persona que buscas, y también el mejor imán para mantenerla a tu lado. Si es eso lo que quieres, claro.

“¿Por qué las mujeres intentamos cambiar a un hombre durante diez años después de casarnos y luego nos quejamos de que ya no es el hombre que recordábamos?”

Barbara Streisand

Ahí tienes, cuatro grandes tendencias culturales cuyos viscosos tentáculos debes evitar a toda costa. Ándate con cuidado o te morderán el trasero cuando menos te lo esperes.

Pura vida,

Frank.

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