¿Es ser optimista una buena elección?

¿Es bueno ser optimista? ¿Es malo? ¿Tiene sentido serlo en el mundo en el que vivimos? ¿Tiene sentido serlo en nuestras circunstancias particulares? ¿En qué situaciones conviene serlo y en qué situaciones no? ¿Tiene algún impacto real en nuestras vidas o no es más que una paja mental sin ninguna manifestación?

Ah, todas éstas son muy buenas preguntas. ¿Qué esperabas de un post de Frank?

El optimismo es, en un grado muy elevado, una elección personal. Sí, hay personas cuyo perfil de personalidad favorece que adopten una perspectiva optimista de las cosas, y viceversa. Pero en el centro del asunto siempre hay una decisión. Una decisión que podemos controlar, seamos conscientes de ello, o no.

El problema es que hay muchos factores externos que influencian esa decisión. Y no siempre somos conscientes de por qué estamos eligiendo ser optimistas y renunciando a ser pesimistas, o haciendo lo contrario. O de las implicaciones que esa elección tiene en nuestro día a día y en el conjunto de nuestra vida.

Pongamos un poco de orden en todo este galimatías, ¿te parece? Empecemos por el principio.

Primer nivel: El mundo

La primera pregunta que debemos responder para poder abordar nuestra decisión de ser optimistas o no desde una base suficientemente sólida es ésta:

¿Qué narices ha estado pasando en el mundo? ¿Cuál es la tendencia en la realidad externa? ¿Estamos yendo a mejor, o nos estamos yendo al carajo por correo urgente?

Bueno, veamos los datos. Es una buena forma de abordar estas cuestiones con algo de criterio, en lugar de lanzarnos a emitir opiniones subjetivas y sesgadas en base a nuestra propia experiencia personal, a pesar de representar un mero 0.00000001% del conjunto. Nos damos a nosotros mismos mucha importancia, ya sabes.

¿Cuáles son los indicadores más relevantes sobre el progreso de una civilización?

Aquí hay opiniones para todos los gustos, pero yo diría que son aspectos como la riqueza per cápita en términos reales, la tasa de alfabetización, los niveles de malnutrición, el porcentaje de población mundial en niveles de extrema pobreza, el porcentaje de personas que reciben educación superior y acceden al mercado de trabajo, la tasa de curación de enfermedades mortales y limitantes, la esperanza de vida, etcétera, etcétera.

Los datos no mienten: Todos esos indicadores han mejorado significativamente desde el momento en el que empezamos a medirlos, muchos años atrás. La conclusión incontrovertible es que la realidad externa de las cosas, en conjunto, va a mejor.

La pregunta es… ¿por qué? ¿Por qué las cosas van a mejor? No somos seres de luz, precisamente. Incluso se podría decir que somos egoístas, agresivos, miedosos y avariciosos más que ninguna otra cosa.

La respuesta a esta pregunta no es obvia. Hay muchas tesis diferentes al respecto, pero Frank Spartan comulga especialmente con una de ellas: La visión de Matt Ridley, investigador británico.

Ridley centró su trabajo en las ramas de la ciencia – con especial énfasis en la teoría de la evolución – y la economía. Y en su obra “El Optimista Racional” argumenta que el impulso natural del ser humano hacia el libre comercio (la actividad de intercambiar cosas con otros para vivir mejor) ha sido el elemento que más ha favorecido el progreso de nuestra civilización.

¿La razón? El deseo de libre comercio provoca que las personas especialicen sus conocimientos y habilidades y se relacionen unas con otras. De esa relación surge un intercambio de ideas. De ese intercambio de ideas surge la innovación. Y de la innovación surge el progreso.

En otras palabras, el progreso no es función de la capacidad cerebral y las ideas de individuos o colectivos estancos. El progreso es función del intercambio de esas ideas a una escala cada vez mayor.

Ridley argumenta que este fenómeno lleva produciéndose durante miles de años. Aporta muchos ejemplos en los que, a lo largo de la historia, naciones o regiones que cayeron en el proteccionismo y redujeron su capacidad de comerciar e intercambiar con otras regiones, bien de forma voluntaria o forzada, interrumpieron e incluso redujeron su nivel de desarrollo. Y argumenta que no hay ninguna evidencia que indique que este impulso hacia el intercambio dejará de producirse en el futuro. Cada vez hay más personas con elevada capacidad cognitiva, cada vez hay más ideas, cada vez hay más medios para compartir esas ideas, y cada vez hay más formas de llevar esas ideas a la práctica.

¿La conclusión?

Muy simple: El análisis aséptico de la realidad externa indica que ser optimista sobre la evolución del mundo en su conjunto es la elección más razonable.

En otras palabras, lo que estamos diciendo es que, aunque no tengamos garantía absoluta de ello, lo más probable es que la realidad externa del mundo en el que vivimos siga yendo a mejor, porque los incentivos para que así sea están ahí.

Ahora bien, la realidad externa no es lo único que importa, ¿no es verdad?

¿Cuál es nuestra interpretación de la realidad externa?

La realidad externa es un bloque muy importante. Pero, desafortunadamente, no es lo que determina nuestras creencias. Lo que determina nuestras creencias es nuestra interpretación de esa realidad externa.

Y aquí es donde empiezan a fallar los botones y la máquina empieza a hacer ruidos extraños, porque esa interpretación se nutre de cosas muy variopintas. Cosas como la información que decidimos consumir, nuestra ideología política, los sesgos cognitivos que más nos afectan, nuestro entorno social y familiar, y nuestras experiencias personales. Y esos factores provocan que dos personas puedan tener una visión completamente diferente sobre esa realidad externa, aunque esa realidad externa sea única y objetiva.

Aquí llegamos al primer nivel de decisión:

Has de asegurarte de que tu visión sobre la evolución del mundo está anclada en una interpretación de la realidad externa que sea suficientemente rigurosa. Y eso significa que quizá tengas que hacerte algunas preguntas para depurarla.

Por ejemplo, imagina que tienes una visión pesimista sobre la evolución del mundo porque crees que nos estamos cargando el planeta. O porque crees que el ser humano es cruel, porque provoca guerras y busca su propio beneficio en detrimento de los débiles. O porque ves noticias malas todos los días en el telediario y en Twitter.

Si estás ahí, tienes que hacer “zoom out” y mirar la foto desde más atrás. Tu perspectiva es demasiado estrecha. Hay muchas cosas buenas, enormemente importantes, que no estás teniendo en cuenta y que están ahí, en la realidad externa.

No, el mundo no es perfecto. Seguro que hay cosas que tú consideras muy importantes que no están tan bien. Incluso algunas que están muy mal. Y tienes razón, hay mucho que mejorar. Pero el conjunto va a mejor. Los datos no mienten. Y todo indica que seguiremos yendo a mejor.

El que tengas una visión optimista o pesimista sobre la evolución del conjunto del mundo es el primer nivel de decisión. Asegúrate de que lo apuntalas bien, porque tiene un gran impacto en cómo enfocas el segundo nivel.

Segundo nivel: Tu propia vida

El segundo nivel de decisión es si debes ser optimista o pesimista con respecto a lo que sucederá en tu propia vida. En este nivel abandonamos la visión macro del mundo y bajamos a la visión micro de tus experiencias personales en los diferentes ámbitos: Carrera profesional, relaciones familiares y sociales, crianza y desarrollo de los hijos, salud física, salud financiera, salud mental, realización y satisfacción espiritual, etcétera, etcétera.

¿Debes ser optimista o debes ser pesimista con respecto a todo eso?

La pregunta de este segundo nivel no es tan fácil de responder como la del primero. Aquí no hay datos que evidencian una trayectoria consistente en el pasado y que facilitan la adopción de una visión sobre el futuro. Sólo tienes una serie de cosas que te han pasado, que pueden ser más o menos agradables, pero que no parece que tengan mucho que ver con que hayas tenido una visión optimista o pesimista de tu vida. Puede que una gran parte del motivo de que hayas obtenido buenos o malos resultados haya sido el azar. Es imposible de saber con seguridad.

Vayamos al punto de partida.

Vamos a empezar definiendo lo que es el optimismo, ¿te parece?

En su versión más “básica”, el optimismo es la creencia de que las cosas van a salir bien.

Pero eso es un poco incompleto, ¿no es así? ¿De qué punto en el tiempo estamos hablando?

Vale, primera revisión: El optimismo es la creencia de que las cosas van a acabar saliendo bien en algún momento, aunque haya baches por el camino.

Bueno, eso está un poco mejor. Pero ¿qué significa “bien”? ¿Que vas a conseguir exactamente lo que te habías propuesto? ¿Y si consigues otra cosa que también te satisface?

Eres un poco tocahuevos, ¿sabes?

Bien, segunda revisión: El optimismo es la creencia de que vas a sentir que tu vida va a mejorar, aunque haya baches por el camino.

Esta segunda revisión es importante, porque para que sientas que tu vida mejora no tienes por qué conseguir exactamente lo que esperabas. Puede ser otra cosa. Puede ser en otro momento. Puede ser algo que parece malo pero que tiene un lado bueno que no descubres hasta más tarde.

No obstante, ¿por qué tiene sentido que yo crea que el resultado va a ser bueno y no malo? No sé lo que va a pasar. Puede que tenga mala suerte. Es imposible de saber. Si somos racionales, quizá haya motivos para ser optimista con respecto al mundo en general, pero no hay un motivo de peso para ser optimista con respecto a mi propia vida. Lo mejor es ser indiferente. Incluso ser pesimista. De esa forma, si obtienes un mal resultado, al menos no te llevas una decepción. Y si obtienes uno bueno, te alegras un huevo. Win-win.

Win-win, ¿eh? Pues te equivocas. Big time. 

El optimismo en movimiento

Hay un elemento que a menudo pasa desapercibido cuando nos planteamos si debemos ser optimistas o pesimistas con respecto a algún aspecto de nuestra propia vida. Un elemento que tiene un impacto enorme en lo que hacemos y lo que no hacemos.

Y ese elemento es éste: La consecuencia que tiene nuestra visión, optimista o pesimista, en nuestra voluntad para involucrarnos en el proceso y actuar.

En otras palabras, decidir ser pesimista es desempoderante. Te desincentiva a actuar y dar lo mejor de ti mismo. Y por eso, lo más probable es que el pesimismo desemboque en inacción. No hacer nada y poner tu fe en que las cosas no vayan demasiado mal.

Si decides ser pesimista, lo más probable es que no inviertas tus ahorros en bolsa. Lo más probable es que no intentes conocer gente nueva. Lo más probable es que no des el primer paso a la hora de montar un plan con amigos. Lo más probable es que no te presentes voluntario a liderar ese nuevo proyecto. Lo más probable es que no llames a esa chica.

Ahora bien, ¿te lleva el optimismo a la acción? No necesariamente. Puedes decidir adoptar una visión optimista sobre tu vida, y aun así mantenerte pasivo en tu conducta. En otras palabras, decides creer que las cosas irán bien, porque el universo está de tu lado. Pero no pones demasiado de tu parte para que eso sea así. Muchas personas que se denominan a sí mismas “positivas” hacen exactamente eso. Es un optimismo de puertas adentro, que no se manifiesta en acciones concretas. Un optimismo con muletas.

No hay diferencia alguna entre un pesimista que dice «no va a salir bien, así que no merece la pena esforzarse» y un optimista que dice «no hace falta esforzarse, seguro que sale bien». En ambos casos, no ocurre nada. 
​— Yvon Chouinard​

Pero tienes otra opción. La favorita de Frank Spartan: El optimismo en movimiento.

Decides creer que tu vida va a mejorar, y te involucras activamente para que así sea.

En ese movimiento está el secreto.

Es ese movimiento el que te permite descubrir cosas que no podías ver desde el lugar en el que tomaste la decisión de ser optimista. Muchas de las cuales son muy, muy buenas. Y que nunca verías si decidieras ser pesimista, o si decidieras ser optimista con muletas.

Tu vida, impulsada por tu mayor predisposición a actuar, se vuelve más interesante. Más excitante. Más plena.

Te arriesgas más. Experimentas más. Aprendes más. Vives más.

Eso sí, no todo vale. Hay una regla de oro que debes respetar siempre a la hora de adoptar una visión optimista que te lleve a involucrarte y actuar: Que el impacto de un mal resultado no sea letal para ti.  

Si la consecuencia de que las cosas no salgan bien es demasiado grave y te impide continuar jugando, es un riesgo que no debes correr. Ése es un tipo de optimismo insano y desequilibrado que no te conviene.

Si contemplas una inversión y puedes arruinarte, no tiene sentido ser optimista. Si contemplas involucrarte en un reto físico y puedes quedarte parapléjico, no tiene sentido ser optimista. Si contemplas hacer algo que puede acabar con una amistad que te importa de verdad, no tiene sentido ser optimista. Si contemplas un camino profesional que puede separarte de la familia, y la familia es lo más importante para ti, no tiene sentido ser optimista.

La premisa clave de la actitud optimista es que, tarde o temprano, de formas que no aciertas a comprender totalmente, tu vida acabará mejorando. Sin embargo, para eso tienes que poder seguir jugando. Correr riesgos está en el ADN de la persona optimista, pero han de ser riesgos que, de materializarse, no te dejen hecho unos zorros en la cuneta.

Como dijo Taleb, se puede ser optimista y totalmente adverso a la ruina a la vez. No son incompatibles. De hecho, es una postura que favorece que la suerte acabe posándose en tu hombro.

Ya casi estamos, colega. Falta una última curva para llegar a puerto.

El optimismo en movimiento… pero desde dentro

Llegados a este punto, todavía nos falta un pequeño problema por resolver.

¿Qué ocurre si no conseguimos lo que queremos? ¿Si decidimos ser optimistas y no logramos el objetivo?

Lo cual es perfectamente posible, por cierto.

¿Nos sacudimos el polvo y seguimos siendo optimistas, como si nada?

No es tan sencillo.

No es tan sencillo si tu motivación es extrínseca. Si te involucras e intentas hacer algo porque quieres conseguir una recompensa externa.

Si lo que buscas está ahí fuera y no lo consigues, es más probable que percibas la experiencia como un fracaso. Y que eso te marque de alguna manera, no demasiado favorable, para el futuro.

Intento llegar a un número determinado de ventas al año para que me paguen más dinero. Intento correr la maratón en 3 horas y media. Intento echarme novia antes de que llegue la navidad. Intento conseguir una rentabilidad en mis inversiones del 7% anual. Intento conseguir el cariño de los demás invitándoles a cenar.

Todos esos objetivos están ligados a cosas que están ahí fuera. No dependen de ti. Y si haces que tu satisfacción dependa demasiado de lo que hay ahí fuera, por muy optimista que seas es muy probable que no alcances un tipo de felicidad de suficiente calidad. Será una felicidad efímera y endeble, que no soportará los vaivenes de la vida.

Por eso tienes que transformar la fuente de tu motivación y convertirla en intrínseca. Si tu motivación es intrínseca, el resultado que obtienes te seguirá importando, pero te importará más el sentir que, al perseguir ese resultado, estás creando algo bueno en ti. Estás siendo congruente con tus valores, con el tipo de persona que aspiras a ser, con tus objetivos de desarrollo personal, con tu propósito en la vida.

Una motivación que emana de dentro. No de qué quieres conseguir, sino de quién quieres ser

Y eso, amigo mío, es un superpoder. El nivel supremo del optimismo.

En el verdadero sentido de la palabra, no puedes perder.

Deja que te cuente una historia.

De vez en cuando veo a un chico de unos 20 años y charlamos sobre cómo le van las cosas. Es muy buena persona, pero un poco desorganizado y bastante tímido. Benditos 20. Todo tan confuso y a la vez tan embriagador.

Hace unas semanas nos vimos y le pregunté, bromeando, si se había echado ya novia. Me dijo, riéndose nerviosamente, que todavía no. Pero que había conocido a una chica en una fiesta que le había gustado.

Llámala – le dije.

No tengo su teléfono – respondió.

Serás melón¿sabes algo más de ella? ¿Dónde vive, dónde trabaja? – le pregunté.

Me dijo que trabaja en un restaurante del centro comercial – respondió.

¿Está ahí los sábados a la tarde? – le pregunté.

Creo que sí. Cuando la conocí era sábado y me dijo que se tenía que ir a trabajar – respondió.

Vale, esto es lo que vamos a hacer – le dije. Tenía pensado ir con mis hijos a ese centro comercial a jugar a los bolos uno de estos fines de semana. Te vienes con nosotros, jugamos unos bolos, te dejas ganar para que mis hijos no te arranquen la piel a tiras y luego te vas a hacer una visita a tu chica.

Nooo… no puedo – respondió.

¿Por qué? – pregunté.

Me da vergüenza. Además… ¿y si no quiere verme? ¿Y si no funciona? – preguntó.

Sí, eso puede pasar – le dije. Pero si pasa, da igual. Porque lo que importa es que te has atrevido a intentar conseguir algo que quieres. ¿Quieres ser una persona que no se atreve a intentar conseguir lo que quiere o una persona que sí se atreve?

Hombre, una persona que sí se atreve – respondió.

Pues ir a ver a tu chica, aunque no consigas conquistarla, te ayudará a ser esa persona que quieres ser. Eso sí, te garantizo que si vas con esa gorra infame que llevas, te dirá que te largues de allí sin mirar atrás – le dije.

Vale, pues lo intentamos. Ya me cambiaré de gorra – dijo riendo.

Nos despedimos y se fue a su casa, ilusionado.

Esta historia ilustra a la perfección la filosofía de este artículo. El optimismo es la respuesta. Es incuestionable que el mundo va a mejor. Eso es algo bueno. Y lo más probable es que tu propia vida también vaya a mejor si te involucras proactivamente, tomas la iniciativa y pruebas suerte intentando conseguir un poco más de aquello que te interesa, incluso si eso implica correr algunos riesgos.

Y aunque los buenos resultados tarden en llegar, sabrás que ya estás ganando. Ahora. Hoy. Porque ya te estás convirtiendo, con esas decisiones, en la persona que quieres ser.

Mantente optimista. No puedes perder.

Pura vida,

Frank.

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1 comentario en “¿Es ser optimista una buena elección?”

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