Por qué debemos hacernos las grandes preguntas

A Frank Spartan nunca le ha gustado mucho el hábito de hablar por hablar.

Sí, reconozco que el protocolo de hablar de cosas poco relevantes para romper el hielo es universal, pero como buen aprendiz de espartano, mi mente enseguida se concentra en extraer algo útil de la conversación. O, dicho de otro modo, en hacer de ese momento algo especial. Y la consecuencia práctica de este hábito es que si percibo que esa posibilidad no está en el menú, tiendo a querer terminar la conversación sin esperar demasiado, salvo algunas excepciones.

Esto puede sonar un poco brusco, pero en mi opinión no lo es. Es simplemente poner el listón al uso de mi tiempo un poco más arriba. Porque, de todas las cosas con las que contamos, el tiempo es nuestra más preciada posesión. La única que no podemos expandir por mucho que queramos, excluyendo algunos trucos a los que podemos recurrir para alargar la percepción de lo rápido que transcurre ese tiempo en nuestra cabeza.

Quizá tengo más presente el principio de Memento Mori y siento una mayor necesidad de aprovechar el tiempo que otras personas; quizá hablar de cosas poco relevantes no signifique para esas personas desaprovechar el tiempo; o quizá lo que para mí no es relevante, sí lo sea para ellas. La desconexión puede manifestarse de formas muy variadas.

Las joyas escondidas en situaciones aparentemente irrelevantes

A pesar de todo esto, a veces me encuentro con situaciones en las que el tema de conversación no me interesa demasiado, pero percibo que la otra persona tiene una pasión especial por el mismo. Percibo que el tema no es una forma cualquiera de intentar llenar el silencio con palabras, sino que forma parte de la naturaleza e intereses profundos de esa persona.

Y entonces Frank Spartan escucha con atención y fascinación, porque siempre es interesante entrar en contacto con la auténtica naturaleza de alguien cuando se encuentra desprovista de la influencia de patrones sociales de comportamiento e imagen, aunque sea solamente por unos minutos.

Lamentablemente, esto no pasa demasiado a menudo. ¿Por qué no?

Una razón de peso es que nos cuesta mucho hablar de los temas que de verdad nos interesan y nos preocupan, incluso con nuestros amigos más íntimos. Nos cuesta mostrarnos tal y como somos. Estamos más cómodos presentando el personaje que pensamos que mejor encajará con las expectativas de nuestro interlocutor, porque nos sentimos vulnerables sin ese escudo. Tenemos miedo a fracasar en nuestro deseo inconsciente de que nuestra auténtica naturaleza genere conexión con el otro.

Sin embargo, esta forma de actuar no suele redundar en una interacción satisfactoria con esa persona, porque con frecuencia conduce a que nos guardemos los temas de conversación más interesantes para nosotros bajo llave. Y entonces sacamos los temas menos interesantes al escenario, porque creemos que son los que más interesan a nuestro interlocutor.

¿El resultado? Un montón de conversaciones que no se traducen en nada más que en una enorme cantidad de tiempo desperdiciado y una falsa sensación de seguridad a través de una ilusión de pertenencia social al entorno en el que nos movemos. Un jodido despropósito.

Es más, incluso si Frank Spartan legitimara el objetivo de pertenencia social como el más importante de todos, cosa que no hago ni por asomo, la probabilidad de acertar con esta estrategia es mucho más baja, porque deben cumplirse dos cosas simultáneamente:

  1. Tienes que estimar correctamente lo que valora o aprecia el otro; y
  2. Tienes que reproducir correctamente con tu conversación y comportamiento lo que has estimado que valora o aprecia el otro.

Es decir, la probabilidad de conseguir tu objetivo de conectar con o agradar a tu interlocutor es igual a la multiplicación de las probabilidades de acertar en cada una de esas dos cosas por separado. Y generalmente esa probabilidad combinada es inferior al 50%. Te lo dice Frank Spartan como hijo de matemático chiflado que soy.

Para acabar de desmoronar las escasas virtudes de esta estrategia, te recuerdo lo más importante: Incluso si aciertas, estarás atrayendo y agradando a gente que no es afín a tu verdadera naturaleza, sino al personaje social que has creado. Y eso, amigo mío, es un error de cálculo en el rumbo de tu embarcación que, con la repetición, alcanzará proporciones megalómanas al cabo del tiempo.

La influencia de las grandes preguntas en nuestra forma de interactuar

Una de las situaciones habituales que me encuentro cuando hablo con la gente, bien de mi entorno cercano o de otros entornos que frecuento esporádicamente, es que muchos de ellos no se hacen las grandes preguntas. O al menos dicen que no se las hacen.

Las grandes preguntas no han cambiado con el paso del tiempo. Son preguntas como “qué quieres hacer con tu vida”, “cuáles son tus sueños”, “qué te apasiona hacer”, “cómo quieres que se te recuerde” y cosas por el estilo.

Cuando el tema de las grandes preguntas sale en una conversación, a veces me encuentro con expresiones faciales de agobio y exhalaciones prolongadas, acompañadas de retórica al uso: “Buff, eso es muy profundo para mí”, “yo no me hago esas preguntas”, etcétera, etcétera.

Y entonces Frank Spartan saca de la chistera de la empatía su expresión facial de comprensión y, al de un rato, cambio de tema sin hurgar demasiado en el por qué de esa falta de interés. Por muchas razones, pero, sobre todo, por no incomodar a la persona en cuestión.

Pero luego la voz de Stelios me dice: Y un carajo. O a veces me habla en inglés y me suelta un “Bullshit”. Como regodeándose de que sabe idiomas.

Y el dichoso espartano tiene razón. Porque Frank Spartan está plenamente convencido de que prácticamente todos nosotros, aunque parezca que no, nos hacemos las grandes preguntas a nosotros mismos tarde o temprano. Algunos lo hacemos directamente y otros simplemente sentimos su presencia revoloteando en alguna parte de nuestra mente cuando nos sucede algo relevante, o cuando nos enfrentamos a una decisión trascendente en nuestra vida.

Se podría decir que las grandes preguntas nos acaban encontrando, porque son una parte fundamental de nuestra espiritualidad. Y aunque estemos algo desconectados de ella en nuestro día a día, esas preguntas se acaban manifestando de alguna forma.

Lo gracioso del tema es que esto sucede incluso en ambientes poco dados a la reflexión filosófica.

Deja que Frank Spartan te ponga a prueba con una experiencia que puedes poner en práctica fácilmente: Habla con alguien que te parezca interesante pero que no conozcas de nada. Puede ser en un bar, en la calle, en una cena… donde sea.

Cuando lo hagas, usa el método habitual de interrogatorio checheno con los punzones estándar para romper el hielo: Qué está haciendo ahí, si tiene pareja, en qué trabaja, por dónde sale, etcétera, etcétera. Vamos, las cosas en las que crees que esa persona invierte la mayoría de su tiempo y energía en el día a día y que no le van a sonar demasiado amenazantes o intrusivas. Eso le tiene que resultar interesante por narices, ¿no?

Error. Si sigues esa estrategia, es muy posible que al de un par de minutos observes una abrumadora expresión de aburrimiento en la cara de tu interlocutor acompañada de un desvío constante de miradas hacia puntos aleatorios de la sala, su móvil y su reloj. Aunque si eres Brad Pitt o Cindy Crawford, quizá tengas una oportunidad.

Ahora prueba otra estrategia. Habla con alguien, tras unos pocos minutos de romper el hielo, interesándote por las cosas que le apasiona hacer, su filosofía de vida, cuáles son sus sueños y temas similares. Y una vez hayas escuchado a esa persona, añade tu perspectiva personal sobre esos mismos temas.

Frank Spartan te asegura que, salvo que tus formas sean inadecuadas, es muy posible que compruebes que esa persona no se cansa de hablar contigo durante bastante tiempo, porque el fondo de la conversación es interesante para ella. Y no sólo eso: Resulta interesante porque es algo poco común. En nuestro día a día no solemos tener tantas oportunidades para mostrarnos como realmente somos y lo que realmente queremos.

A todo el mundo le interesan las grandes preguntas. Porque a todo el mundo le interesa su verdadera identidad. Casi todos intuimos, de una forma u otra, que en ella está el secreto de la felicidad, aunque nuestra conducta diaria se vea tremendamente influenciada por cómo nos han educado y por las expectativas de nuestro entorno.

Por eso, cuando nos dan una oportunidad genuina de mostrarnos tal y como somos de verdad, saltamos a ella sin pensarlo. Y además nos divertimos haciéndolo.

Las implicaciones de hacerse las grandes preguntas

Las respuestas a las grandes preguntas son ideas que llevamos muy dentro de nosotros y que revelan lo que realmente somos.

Esas preguntas resuenan con fuerza en nuestro interior cuando somos jóvenes y nos vemos avocados a elegir una trayectoria profesional. Pero a muchos nos da miedo seguir haciéndonos esas preguntas con los años, porque somos cada vez más conscientes de que nuestra vida discurre por un camino diferente. Un camino que se aleja progresivamente de lo que creemos que son las respuestas a esas preguntas.

A menudo, ésa es la verdadera razón por la que decidimos no hacernos esas preguntas o que esos temas nos parezcan demasiado profundos: La incongruencia que existe entre cómo estamos viviendo nuestra vida y las respuestas que daríamos a esas preguntas si nos las hiciéramos.

Esa incongruencia asusta. Nos hace sentir pequeños y frágiles. Y por eso enterramos las preguntas. Sin preguntas, no hay respuestas. Y sin respuestas, no hay incongruencia.

Frank Spartan te dice que ésa no es la solución. Por mucho que entierres las grandes preguntas, la incongruencia sigue existiendo. Y además tiende a crecer en la sombra con el tiempo.

Esa incongruencia se acabará manifestando tarde o temprano. Bien de forma natural o porque algún acontecimiento inesperado la impulse a salir al exterior. Cuando eso suceda, comprobarás que la incongruencia tiene un tamaño cien veces mayor del que un día tuvo, y que tú tienes mucha menos energía, habilidades y tiempo para derrotarla. Por eso tienes que actuar ahora.

Una de las primeras cosas que me dijo Stelios es que me hiciera la gran pregunta de cuál era mi filosofía de vida. Y que no la dejara sin contestar.

Frank, para empezar a reconstruir tienes que saber lo que te importa de verdad. Escribe lo que te parece importante sobre cómo vivir. Escribe sobre tu vida ideal, sin prestarle atención a tu vida actual. Escribe sobre tus sueños. Escribe sobre lo que quieres dejar como legado cuando estires la pata. Ésa es tu hoja de ruta y debes mantenerla siempre cerca. Sin ella podrás vivir, pero estarás perdido.

Cuando hice lo que Stelios me dijo, comprobé que tenía razón.  Fue una forma extraordinariamente efectiva de reconectar conmigo mismo. De entender con claridad lo que de verdad me importaba en la vida y lo que no.

Después de construir mi filosofía de vida de forma explícita, la pregunta surgió en mi cabeza inmediatamente: ¿Cómo había podido tomar decisiones durante toda mi vida sin haber hecho aquello antes?

¿Cómo había elegido mi trabajo, mis aficiones, mis relaciones personales? ¿Cómo había elegido actuar en cada uno de esos campos durante toda mi vida? ¿Cómo demonios había hecho todo eso?

Y luego pensé en cómo era mi vida actual y cómo conectaba con la filosofía de vida que había escrito. La incongruencia entre ambas era enorme. Pero no me había dado cuenta hasta entonces, porque en algún punto del camino había decidido enterrar las grandes preguntas.

No dejes que eso te suceda. Y si ya lo ha hecho, coge pala y a cavar. Desentierra las grandes preguntas, dales la respuesta que emerge de tu auténtica naturaleza y empieza a cambiar las cosas para corregir esa incongruencia.

Si lo piensas fríamente, lo peor que te puede pasar cuando lo hagas es que seas demasiado interesante cuando hables con la gente.

Pura vida,

Frank.

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