Por qué no conseguimos parar el tiempo (Parte I)

La semana pasada quedé con un viejo amigo con el que he compartido experiencias muy diversas a lo largo de mi vida a tomar una cerveza. Como es habitual, esa cerveza se transformó misteriosamente en una larga hilera de ellas y acabamos conversando durante mucho tiempo.

En un momento dado de la conversación, empezamos a hablar sobre la época en la que nos fuimos juntos a estudiar al extranjero. Tendríamos alrededor de 23 años y era la primera vez que salíamos fuera durante tanto tiempo. Fue una experiencia inolvidable, con innumerables recuerdos, que nos unió aún más de lo que ya estábamos.

Una vez hubimos desmenuzado muchos de esos recuerdos sobre la barra de aquel bar, mi amigo me dijo que era increíble lo rápido que pasaba el tiempo. Yo asentí.

¿Cuántos recuerdos intensos tienes de los últimos cinco años?” – Le pregunté.

Joder, pues no tantos” – dijo – “¿Será que estoy haciendo algo mal?

No lo creo, pero tú eres un caso poco común” – le dije mientras pedía otras dos cervezas.

¿Y eso qué significa?” – preguntó él.

Que lo que haces tú con tu tiempo no suele ser lo habitual” – dije yo – “Tú lo haces bastante bien”.

Como sigamos a este ritmo, dudo que mañana por la mañana piense así” – dijo riéndose.

La rapidez con la que transcurre el tiempo

Una de las razones por las que el tiempo parece que pasa cada vez más rápido es la percepción relativa: A medida que envejecemos, cada nuevo año representa una parte cada vez más pequeña del conjunto de años que hemos vivido ya, y ese efecto hace nuestra mente perciba que cada nuevo año, en líneas generales, trascurra más rápido. Sobre este efecto no podemos hacer gran cosa porque es, hasta cierto punto, inevitable.

La otra razón por la que el tiempo parece que pasa cada vez más rápido es que, habitualmente y sin que seamos demasiado conscientes de ello, la unidad que utilizamos para medirlo no es el reloj o el calendario – el tiempo cronológico – sino los acontecimientos especiales. Las cosas que se salen de la rutina. Las cosas nuevas, diferentes, originales.

El problema es que esta forma de medir el tiempo tiene escondida una trampa muy cruel en su interior: A medida que van pasando los años y vamos acumulando responsabilidades y tareas en distintos ámbitos, y a medida que nuestra energía y curiosidad vital se van reduciendo, los acontecimientos especiales suceden con cada vez menos frecuencia. Cada vez hacemos menos cosas que nos hacen sentirnos realmente vivos y que dejan una muesca para el recuerdo.

Por decirlo de una manera más gráfica, cada vez vemos más Netflix y cada vez nos damos menos baños en el mar en pelotas por la noche. O lo que sea que nos haga sentirnos vivos en nuestro caso particular.

Y claro, menos acontecimientos especiales = mayor sensación de no haber aprovechado el tiempo = mayor sensación de que el tiempo pasa muy rápido. Las unidades de tiempo para crear acontecimientos especiales se nos escapan entre los dedos, porque en vez de eso las invertimos en experiencias rutinarias.

Entonces… ¿a qué recurrimos? A consumir. A darnos placeres materiales para acallar esa voz que nos dice que no estamos aprovechando el tiempo lo suficiente. Vemos el consumo como la forma más efectiva de generar la sensación de que estamos aprovechando la vida. E indirectamente, la sensación de que estamos parando el reloj y de que lo podemos seguir haciendo indefinidamente volviendo a consumir o consumiendo más cantidad, más calidad y durante más tiempo.

¿Es ésta la mejor forma de frenar el paso del tiempo y de sentir que estamos aprovechando la vida?

Veámoslo. Para empezar, Frank Spartan te plantea la siguiente consideración:

Piensa en un momento en el que sentiste una gran satisfacción usando o consumiendo algo. Puede ser viendo una película en la tele, comiendo en tu restaurante favorito, el primer trayecto en tu flamante coche nuevo, el momento en el que firmaste la compra de tu casa, luciendo un reloj recién adquirido, un bolso, unos zapatos, un paseo en barco, etcétera. etcétera.

Ahora piensa en un momento en el que hiciste algo fuera de la rutina en compañía de una persona especial o en el que conseguiste algo relevante para ti por méritos propios y después de atravesar dificultades importantes. Pueden ser cosas como una conversación a corazón abierto en la barra de un bar, la reacción de un amigo cuando le escribiste aquella carta, la sorpresa que le diste a tus padres en su aniversario, aprobar una asignatura, correr un maratón, montar una empresa, tocar un instrumento, aprender a bailar, etcétera, etcétera.

Cierra los ojos y visualiza ambas situaciones. Recuerda cómo eras entonces, lo que sentiste en cada una de ellas y lo que sientes ahora cuando las rememoras.

Ya es suficiente. Puedes volver a puerto, marinero.

Ahora, respóndeme a esto: ¿Cuál de las dos te inspira más? ¿Cuál de ellas es mejor recuerdo? ¿A cuál de los dos recuerdos renunciarías y a cuál no?

A no ser que pertenezcas al árbol genealógico de Epicuro o no te hayas esforzado en tu vida para conseguir algo que realmente te interese, apuesto todas mis fichas a que has elegido una experiencia del segundo grupo. La inmensa mayoría de la gente lo hace. Lo sé muy bien porque Frank Spartan ha hecho esta pregunta muchas veces y en distintos contextos.

La conclusión, en la inmensa mayoría de los casos, es ésta: El sentido de satisfacción de las experiencias del primer grupo se diluye y se olvida rápidamente, mientras que el sentido de satisfacción de las experiencias del segundo grupo permanece.

Si estoy en lo cierto y has elegido una experiencia del segundo grupo, la siguiente pregunta que te lanzo es: ¿Tiene tu respuesta alguna manifestación en la forma en la que decides asignar tu tiempo y tu energía vital en tu día a día? ¿En el tipo de experiencias que decides crear? ¿O existe una discrepancia importante entre lo que crees que tiene sentido hacer y lo que haces en la práctica?

La formación de creencias

Existe una cualidad muy característica del ser humano. La capacidad de asumir que tenemos razón. De que nuestra opinión es la más válida, porque proviene de nuestra experiencia directa y de nuestro infalible sentido común.

En otras palabras, proviene de nuestro modelo mental de cómo funciona el mundo. De una lógica que, al contrario que otras ramas de la lógica como la matemática o la simbólica, no es universal, sino personal, única y no directamente extrapolable a otras personas.

Cuando abordamos un tema que nos resulta relevante, echamos mano de nuestro modelo mental y formulamos nuestra opinión. Y sea cual sea la reacción que recibimos del entorno en el que nos encontramos, nos atrincheramos en esa opinión personal utilizando todo tipo de justificaciones. No damos nuestro brazo a torcer, porque anclamos nuestro reconocimiento social en la supervivencia de nuestra opinión. Y con el reconocimiento social no se juega.

Si esto te recuerda un poco a ti mismo en determinadas situaciones en las que opinabas con vehemencia sobre alguna cosa, deja que Frank Spartan te haga unas preguntas:

¿Cuánto tiempo dedicaste a investigar en profundidad el fenómeno sobre el que opinabas?

Ya.

¿Qué conocimientos técnicos poseías para juzgar ese fenómeno con credibilidad?

Ajá.

Si la respuesta a las dos primeras preguntas es poco o nada, porque basaste aquella opinión fundamentalmente en tu intuición, déjame que acabe mi interrogatorio con una última pregunta:

¿Crees que posees una intuición superior a la mayoría de los mortales que te permite entender perfectamente ese fenómeno sin necesitar tiempo para investigarlo o conocimientos técnicos?

Te gustaría creer que sí, ¿verdad? ¿Pero qué te dice el sentido común?

Eso. Que es poco probable.

¿Cuál es nuestra opinión personal sobre la mejor forma de ser felices?

Para cada fenómeno que se nos ocurra existe gente brillante que posee los conocimientos técnicos requeridos y ha dedicado el tiempo necesario a investigar para convertirse en experto sobre el fenómeno en cuestión. Y lo mejor de todo, las conclusiones de sus investigaciones están disponibles para nosotros simplemente alargando un brazo y cogiendo un libro de la balda. O simplemente extendiendo un dedo para hacer clic.

Desde hace ya algún tiempo, cuando Frank Spartan se dispone a formular su opinión sobre algo, a veces, no siempre, encuentro la clarividencia suficiente para hacerme las preguntas anteriores a mí mismo antes de abrir la bocaza. Y cuando lo hago, suelo concluir que es conveniente presentar mi opinión con humildad, si es que conviene presentarla en absoluto. Es un hábito que me ha dado muy buenos resultados en la relación con los demás porque me ha librado de muchas discusiones que no habrían acabado bien. Situaciones en las que alguien se toma la diferencia de opinión y la forma en la que se expresa como algo personal y donde la relación se acaba emponzoñando.

En relación a esta idea de la conveniencia de formar y expresar una opinión con humildad en vista de nuestras habituales limitaciones de conocimiento, mi curiosidad sobre ciertos fenómenos me ha llevado a leer muchos libros para conocer las conclusiones de los expertos. Y, de esa forma, poder opinar con un poco más de base.

En el área de la felicidad, por ejemplo, la ciencia ha avanzado muchísimo. Es un campo de conocimiento que ya despertó el interés de los grandes filósofos griegos y en el que millones de horas de investigación se han invertido para averiguar, más allá de la duda razonable, cuáles son los factores que contribuyen a la felicidad y a la satisfacción personal. Y los expertos concluyen que, a pesar de la enorme evolución en conocimientos, tecnología y estilo de vida que la raza humana ha experimentado con el paso de los siglos, esos factores que generan felicidad se han mantenido bastante estables con el paso del tiempo, porque son consustanciales a la naturaleza humana más básica.

Entre ellos están, sin orden de prioridad, salud física y mental, relaciones satisfactorias, una ocupación con significado, libertad/autonomía y una filosofía de vida que mantenga toda la estructura unida. Es posible que cada uno tengamos alguna otra cosa que añadir en base a nuestras idiosincrasias particulares, pero esos factores forman el armazón universal de la felicidad humana. Tanto a día de hoy como cuando corríamos por el bosque en taparrabos.

Por tanto, en este tema no hay mucho que debatir, ¿no es verdad? Los expertos nos han dado ya la respuesta. ¿O le das más validez a la opinión personal que surge de tu intuición, porque piensas que nadie conoce mejor lo que te hace más feliz que tú mismo? ¿Estás tan seguro de que estás en lo cierto?

Si es así, reflexiona. Esa opinión probablemente requiere una dosis de humildad y también abrir la puerta a la posibilidad de que estés equivocado.

Los expertos tienen muchas más probabilidades de acertar que tú. No solamente porque lo han investigado con rigor y detalle a lo largo de muchos siglos, sino también, y especialmente, porque tú estás metido en tu burbuja y solamente conoces la realidad en la que te encuentras ahora. Pero hay muchas otras posibles realidades a las que podrías acceder a través de la superación personal y que te llevarían, muy probablemente y como avalan las investigaciones al respecto, a cotas superiores de felicidad.

¿No te he convencido aún? Tranquilo, no te voy a soltar tan fácilmente.

En la segunda parte de este artículo analizaremos hacia dónde lleva el camino convencional de búsqueda de felicidad y por qué tenemos una opinión tan fuerte de que es el camino correcto.

Pura vida,

Frank.

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