Mi encuentro con Stelios (Parte I)

Ocurrió el 24 de diciembre de 2010. Yo tenía 35 años y estaba a punto de cumplir 36.

Eran las seis de la tarde. Uno de mis jefes – porque Frank Spartan era tan afortunado en aquella época que no solamente tenía uno, sino varios – me había llamado al móvil para que hiciera algunas cosas urgentes ese mismo día.

Sí, lo captas: La tarde-noche del día de Nochebuena. Básicamente el momento en el que el mundo entero tiene un vaso lleno de algún líquido alcohólico de alta graduación en la mano y grita improperios de celebración a pleno pulmón.

Recuerdo muy bien la sensación. Yo había estado trabajando muy duro en los últimos meses y estaba deseando encontrarme con mis amigos de la infancia, a quienes no había visto desde hacía algún tiempo, para tomar algo antes de la cena familiar. Sin embargo, la posibilidad se desvanecía delante de mis ojos. Como una sonriente estatua de hielo que se derretía poco a poco ante un sol testarudo y maligno. Me sentía como si un gorila de espalda plateada me estuviera quitando la miel de los labios y exigiéndome que le recogiera la pastilla de jabón del suelo mientras se desabrochaba el pantalón.

Miré por la ventana con tristeza desde el despacho de mi padre, desde donde solía trabajar durante las Navidades, y vi a algunas personas en la calle. La mayoría de ellas parecían dirigirse con prisa hacia algún sitio. Muchas de ellas reían. O eso me parecía a mí.

Pensé que me gustaría estar allí abajo, caminando también con prisa, dirigiéndome hacia el bar en el que se estaban reuniendo mis amigos. El bar donde solíamos quedar todas las Nochebuenas para empezar una larga ronda de cervezas que se prolongaba hasta la hora de la cena. Pero no estaba allí abajo. Estaba en un despacho con un gorila de espalda plateada cachondo al teléfono.

Entonces, por primera vez, Stelios me habló.

La voz en la lejanía

Frank, escúchame.

Aún no me conoces, pero yo a ti sí. Deja de prestar atención a las majaderías de ese palurdo del teléfono por un momento y escúchame.

Su voz era profunda y lejana, como si viniera de una dimensión diferente a donde yo me encontraba. Decidí escuchar lo que me decía mientras oía, de fondo, el murmullo de la alterada voz de mi jefe.

Te he seguido la pista durante algún tiempo, Frank. Me caes bien. Me gusta cómo piensas. Pero hay algo que estás haciendo mal, amigo mío. Has desarrollado una creencia que te mantiene atado de pies y manos y no te deja ser quien podrías llegar a ser. Tienes que deshacerla.

Todo lo que te pasa en esta vida, salvo muy contadas excepciones, es fruto de las decisiones que tomas. Tienes mucho más poder para dirigir tu vida del que tú crees. Solamente tienes que estar dispuesto a pagar el precio.

Seguí escuchando a Stelios, en silencio. El murmullo del teléfono continuaba incansable.

Sé que lo que de verdad quieres es compartir unos momentos con tus amigos de la infancia esta tarde. Eso tiene un precio, que es no hacer lo que tu jefe espera de ti, que eso no le guste y que decida hacer algo al respecto que no te guste a ti. ¿Estás de acuerdo?

Dije que sí.

Bien. Ahora ponte en el peor de los casos. El peor de los casos no es que tu jefe te cercene la cabeza con una espada Samurái y orine sobre tu cuerpo decapitado. Vives en una sociedad civilizada, al menos en apariencia, y esas cosas ya no pasan. Tu integridad física está a salvo. Lo único que peligra es tu integridad social y eso no es tan importante como crees.

El peor de los casos es, probablemente, que tu jefe se cabree y haga que pierdas tu trabajo. Incluso si eso sucediera, has trabajado duro y tienes experiencia. Puedes encontrar otro trabajo sin grandes dificultades.

¿Por qué te digo todo esto? Porque quiero que entiendas dos cosas: La primera es que el peor de los casos no implica un precio tan alto como crees, porque tu mente tiende a magnificar las consecuencias negativas de hacer algo con lo que no estás familiarizado. Y la segunda es que has inflado tanto ese precio en tu cabeza que ello te impide apreciar con claridad la satisfacción que podrías experimentar creando otra realidad diferente a la actual. 

Voy a pedirte que hagas algo: Dile a tu jefe que tienes un tema personal importante y que no vas a hacer hoy lo que te está pidiendo, pero que lo harás en cuanto te sea posible. Sé amable, habla despacio y hazlo con calma. Y, antes de hacerlo, intenta empatizar con tu jefe, porque simplemente tiene un problema que está intentando solucionar. Su objetivo es sentirse mejor, al igual que el tuyo. En el fondo ambos estáis haciendo algo parecido, así que no le juzgues tan deprisa.

En otras palabras, hazlo con estilo, pero no aceptes un no por respuesta. ¿Mantente firme, me oyes bien?

Al oír las palabras de Stelios, dudé por un momento. Él percibió mis dudas y volvió a hablar.

Confía en mí Frank. No permitas que tus miedos te distraigan de lo que sabes que es correcto. Haz lo que te digo y empieza a sentir el poder de crear tu propia realidad. Es algo que debes experimentar por ti mismo.

Había una verdad profunda en las palabras de Stelios. No llegué a esa conclusión con un pensamiento lógico. Simplemente supe, de algún modo, que tenía razón.

El momento de pagar el precio

Sin más miramientos, decidí hacer caso a lo que me había dicho Stelios. Interrumpí a mi jefe con educación y le dije que no iba a hacer lo que me estaba pidiendo.

Pude sentir la perplejidad del gorila cachondo al otro lado del teléfono. Al cabo de unos segundos de silencio, el cuadrumano recuperó el habla y me insistió en que hiciera lo que me pedía; pero yo, como Stelios me había dicho, me mantuve firme. Después de varias intentonas sin éxito, cedió y me pidió que le mantuviera informado de cuándo podría dedicarle tiempo al tema que le preocupaba. Su voz destilaba malhumor; estaba claramente contrariado.

Al colgar, sentí que había cruzado una línea roja y la preocupación afloró en mi cabeza. Stelios me habló de nuevo:

Enhorabuena, gorrión. Has tenido dos cojones.

Ahora ya no puedes hacer nada al respecto; lo hecho, hecho está. Así que disfruta de los momentos que has elegido mantener con vida. Ve con tus amigos y disfruta al máximo. Y recuerda que esos momentos son sagrados. Son momentos que reflejan que estás haciendo lo que realmente quieres. Reflejan que eres libre, aunque no te suelas comportar como tal. Y por eso hay que pelear por ellos, como tú acabas de hacer ahora mismo.

Momentos después, cuando compartía una cerveza con mis amigos de la infancia, tuve una sensación de alegría y plenitud que no había tenido en mucho, mucho tiempo. Aunque no estábamos haciendo nada especial, me sentí auténticamente feliz, allí con ellos, como pocas veces me había sentido. Hasta me pareció oír el eco de las carcajadas de Stelios, mirándome con satisfacción desde donde fuera que estuviera ese cabronazo.

Después de aquel día, Stelios y yo fuimos uña y carne.

Lo que vino después

Tras el episodio de la conversación con mi jefe y mi posterior juerga con los amigos, entré en una fase de confusión.

No sabía muy bien lo que quería. Y tampoco sabía muy bien quién era. Mi personalidad se había fundamentado durante años en hacer lo que se esperaba de mí, pero ahora estaba empezando a cuestionar seriamente si eso tenía algún sentido. Los viejos puntos de referencia, antaño tan nítidos, empezaban a difuminarse lentamente.

Una mañana de sábado me desperté pronto. No pude volver a conciliar el sueño, así que me puse los calzones y conduje hasta una zona de montaña.

No pensé proactivamente en nada durante alrededor de media hora. Simplemente anduve, observando las laderas verdes y sintiendo el aire frío de la mañana en mi rostro, calentándose poco a poco a medida que el sol se tornaba más poderoso.

Cuando sentí que estaba preparado para enfrentarme a él, le llamé.

Frank: A ver, tío listo, ¿qué es lo que he hecho mal? ¿Por qué me siento vacío?

Stelios: Hay muchas razones, pero una destaca sobre las demás.

Frank: Eso no suena nada bien.

Stelios: ¿Quieres oír la verdad o no?

Dudé por un momento. Concluí que no tenía sentido decir que no.

Frank: Supongo que sí.

Stelios: La verdad es que nunca has decidido por ti mismo. Siempre has hecho lo que intuías que los demás esperaban de ti, sin prestar atención a lo que tú querías de verdad.

Frank: He estado pensando en eso. Puede que lo haya hecho de vez en cuando, pero tampoco creo que sea tan grave como para convertirlo en la causa principal de que me sienta vacío.

Stelios: Ya veo. Hagamos una prueba muy sencilla. ¿Por qué vas a ese trabajo cada día?

Frank: Porque me gusta.

Stelios: Eso no es verdad, y aunque lo fuera no es la razón. Si no vas a ser sincero, tengo cosas mejores que hacer.

Respiré hondo durante algunos segundos.

Frank: Soy bueno haciéndolo.

Stelios: No es la razón.

Frank: Lo hago para que mi familia pueda vivir bien.

Stelios: Caliente, pero ésa tampoco es la razón.

Pensé durante algunos momentos.

Stelios: Tranquilo, no tengo prisa. Es una pregunta difícil, sobre todo porque nunca te la has hecho en serio antes de ahora.

Frank: Porque quiero pertenecer.

Stelios: Aún no has dado en el clavo, pero ya casi estás.

Me costaba admitir lo que me venía a la cabeza, pero no tenía sentido ignorarlo. En cualquier caso, tenía la extraña sensación de que Stelios podía leer mis pensamientos.

Frank: Porque tengo miedo a no pertenecer.

Stelios: Bingo. Enhorabuena, sólo han pasado veinte minutos desde que te hice la pregunta.

Frank: No me haces ni puñetera gracia, ¿sabes, espartano de pacotilla?

Stelios: Mi objetivo no es hacerte gracia. De hecho, te voy a dar más de un puñetazo en el estómago, así que ve acostumbrándote.

Ya tienes la respuesta: Te sientes vacío porque dedicas tu energía a algo que no encaja con tus deseos más profundos; y lo haces porque crees que eso apaciguará tu miedo a no pertenecer. Es posible que tu inclinación natural sea continuar en el camino que has venido recorriendo hasta ahora, para no tener que enfrentarte a ese miedo cara a cara. ¿Es así?

Frank: Creo que sí, pero ya no estoy tan seguro como antes.

Stelios: Eso suena bastante prometedor. Por algo te dije antes que me caes bien. Y creo que ya estás listo para empezar a despertar, gorrión.

Frank: ¿Despertar a qué?

Stelios: Te lo contaré. Escúchame atentamente.

Me senté en una roca y escuché la profunda voz de Stelios, mientras contemplaba cómo los árboles se confundían unos con otros hasta que se perdían en el horizonte.

Pura vida,

Frank.

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