El ingrediente más importante de nuestra educación

Hace unos días, Frank Spartan mantuvo una conversación con unos amigos sobre la coyuntura actual en España y las razones por las que la economía, los valores, el civismo, la política, la ambición de los jóvenes y muchas otras cosas no funcionaban bien del todo, ni parecían realmente haber funcionado bien nunca.

Las opiniones fueron muy diversas. Algunos atribuyeron las desventuras del país a las carencias éticas estructurales del sistema político, otros a la pirámide poblacional, otros al elevado peso de la Administración y el sector público, otros a la cultura de cachondeo, picaresca y escaqueo que se filtra en la forma en la que hacemos las cosas desde tiempos inmemoriales.

Y sí, no cabe duda de que todos estos factores tienen su influencia en el resultado. Pero la mira telescópica de Frank Spartan estaba fija en otro lugar. Algo más básico y más esencial en la partitura de la sinfonía que sonaba  continuamente en las cabezas de los miembros de nuestra sociedad, y de muchas otras, y que en mi opinión determinaba todo lo que sucedía más que ninguna otra cosa:

La forma en la que forjamos el carácter.

En la formación del carácter hay dos elementos de importancia crucial. Uno es la educación que recibimos en el entorno familiar y el otro la educación que recibimos de las instituciones.

La educación en el entorno familiar es una especie de lotería en la que participamos de forma involuntaria. Nos puede tocar una familia que hace las cosas bien o una que hace las cosas mal. Y nosotros no podemos hacer nada para alterar el resultado de ese sorteo. Lo único que podemos hacer, una vez dentro, es decidir si comulgamos con la forma de ver el mundo que la familia que nos ha tocado nos inculca, que es el camino más frecuente, o no lo hacemos.

La educación de las instituciones, por el contrario, no se encuentra envuelta en tanta aleatoriedad. Todos, quién más, quién menos, pasamos por un sistema general de educación relativamente uniforme y homogéneo, porque eso es lo que dictan las normas.

Aquí es donde empezamos a zozobrar, porque en el momento de entrar por esa puerta, empiezan a grabarnos a fuego en nuestro sistema de creencias una serie de cosas. Y algunas de ellas no nos ayudan lo más mínimo a forjar un carácter ganador con el que enfrentarnos a la vida:

  • La primera es que sólo hay una respuesta correcta a una pregunta.
  • La segunda es que sólo la inteligencia cognitiva tiene valor.
  • La tercera es que lo que importa son los resultados, no el proceso para llegar a ellos.
  • La cuarta es que la habilidad fundamental para tener éxito es la capacidad de almacenar la información que nos proporcionan las figuras de autoridad, sin que haya ninguna necesidad de cuestionar esa información, rebatirla o criticarla.
  • La quinta es que equivocarse es algo malo.
  • La sexta es que tener nuestra propia opinión o hacer las cosas a nuestra manera es peligroso, y que es preferible no destacar y hacer lo mismo que hacen los demás.
  • Y la séptima es creer que una vez que completamos la educación que nos ofrece el sistema tradicional, ya estamos más que preparados para desenvolvernos bien en la vida.

Te suena todo esto, ¿a que sí? Seguro que muchas de estas creencias que interiorizaste a tu paso por el sistema educativo tradicional han hecho mella en la forma en la que ahora ves el mundo y sigues considerándolas en tus pensamientos y en tu conducta como verdades casi absolutas.

Pues bien, todo esto es una ilusión. Una ilusión muy poderosa, es cierto. Pero estas creencias distan mucho de cómo funciona la energía que impulsa las dinámicas del mundo real.

La realidad descarnada y desprovista de romanticismos, orgullos patrios y tópicos culturales es que el sistema educativo tradicional te proporciona algunas herramientas de valor, como la capacidad de procesar y sintetizar información, la capacidad de memorizar y – mínimamente – la capacidad de razonamiento. Pero no va mucho más allá de eso.

La realidad es que lo que este sistema proporciona son unos simples galones, no las habilidades prácticas necesarias para sobrevivir ahí fuera.

La realidad es que este sistema es una imposición institucional con el objetivo fundamental de mantener el orden social y no persigue maximizar la libertad de pensamiento y el desarrollo personal del individuo.

La realidad es que las enseñanzas realmente útiles para que seamos capaces de construir una vida satisfactoria suelen encontrarse fuera de este sistema y no dentro de él.

La realidad es que la mayoría de la gente que invierte todos esos años para completar el proceso de educación tradicional no tiene ni idea de quiénes son y lo que quieren. Y lo que es más importante, no tienen nada claro cuáles son los valores y las reglas vitales que deben priorizar, entre todas las que existen, para poder llegar ahí.

En otras palabras, cuando terminamos nuestra andadura por el sistema educativo tradicional, salvo que tengamos la fortuna de haber sido premiados con un  boleto ganador en la lotería familiar, solemos encontrarnos a años luz de formar un carácter con principios y valores sólidos que nos permitan prosperar en la vida.

No tenemos cimientos ni referencias. Sólo ideas difusas sobre lo que debemos hacer, en muchos casos implantadas por otras personas que no saben absolutamente nada sobre nosotros. Nuestra veleta cambia de dirección al primer golpe de viento. 

Y ahí es donde la bola de nieve empieza a rodar y se convierte en un objeto incontrolable de dimensiones descomunales.

A partir de este punto el problema se expande de forma exponencial, porque con todo el ruido, distracciones y cantos de sirena que hay a nuestro alrededor, sin un carácter brújula que nos guíe, somos una presa extremadamente fácil para los muchos y muy variados depredadores de almas que hay sueltos por ahí.

Somos una presa fácil para prestar atención a los incentivos inadecuados y sucumbir a las tentaciones.

Somos una presa fácil para dejarnos influenciar por los demás, sean personas afines, fiables y cercanas a nosotros o no.

Somos una presa fácil para elegir el camino sencillo y priorizar las recompensas de corto plazo.

Somos una presa fácil para someternos a la influencia de las ideologías grupales, ensordeciendo nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos.

Somos una presa fácil para mantenernos muy ocupados persiguiendo fantasmas que no conectan realmente con nuestros deseos más profundos.

Y como consecuencia de todo esto, somos una presa fácil para acabar sintiéndonos muy perdidos, a pesar de haber seguido a rajatabla las reglas que nos comunica la sociedad en la que vivimos.

Muchas personas están exactamente ahí ahora mismo. Muchas, muchas, muchas más de las que parecen.

Algunas hemos perdido la fe y hemos decidido aceptar el sutil aguijón de la insatisfacción como algo sobre lo que no podemos hacer gran cosa.

Algunas otras seguimos albergando cierta esperanza de conseguir algo mejor, pero no atinamos a salir de este agujero porque no sabemos realmente qué demonios hemos hecho mal.

La formación del carácter

Llegados a este punto, supongo que tienes una ligera intuición sobre lo que Frank Spartan te va a decir.

Ese carácter sólido, esa brújula que te guía por la vida es absolutamente clave para tu felicidad a medio y largo plazo, porque es un elemento fundamental para conseguir que tus decisiones redunden en una mayor satisfacción vital. Sin él, por mucho que encajes perfectamente en la sociedad en la que vives, acabarás sin dirección.

Quizá te encuentres cómodo, pero estarás perdido. Y ése no es un buen sitio, a pesar de que la nutrida compañía en la que te encuentras te haga creer que lo es. Si no te has dado cuenta aún, lo harás tarde o temprano.

Ya hemos visto que no puedes confiar en la educación tradicional ni en el sistema de incentivos que impera en nuestra sociedad para salir de este atolladero, así que no te queda otro remedio que aceptar la responsabilidad de forjar ese carácter y fabricar esa brújula por ti mismo.

La pregunta es… ¿cómo?

¿Cómo podemos atravesar con la mirada todo ese humo de tentaciones, convenciones sociales y ruidos que nos envuelven, y apreciar lo que hay más allá? ¿Cómo podemos fiarnos de que la dirección que llevamos es buena?

Ésta es una pregunta compleja y resulta muy difícil responderla de forma breve. Pero ocurre que Frank Spartan es un artista de la síntesis y lo va a hacer.   

Vamos a dividir la respuesta en dos partes: Cómo empezar y cómo continuar.

Cómo empezar: El ejercicio de proyección del Yo

Para descubrir cómo podemos levantar el trasero del sillón de la complacencia e iniciarnos en este proceloso viaje de formación del carácter, vamos a echar mano de una estrategia del psicólogo clínico canadiense, y uno de mis autores de crecimiento personal favoritos, Jordan Peterson: El ejercicio de proyección del Yo.

Hace algunos años vi un vídeo de Peterson explicando este ejercicio. Y recuerdo que pensé que eso había sido precisamente lo que Frank Spartan había hecho, aunque con un enfoque ligeramente diferente y sin darme demasiada cuenta de ello.

El ejercicio de proyección del Yo implica visualizar dónde quieres estar dentro de unos años. Qué tipo de persona quieres ser, qué tipo de cosas quieres tener y qué tipo de actividades quieres hacer para tener una vida que merezca la pena vivir, sea cual sea tu definición de lo que eso significa. Y has de escribir todo eso en un papel, como dice Peterson, «como si tu vida dependiera de ello». Porque en cierto modo, lo hace.

Puede que pienses que no vas a tener nada claro el contenido de esa visualización, pero cuando le dediques un poco de tiempo a examinar la pregunta verás que empiezan a aparecer algunas cosas que de verdad te interesan. Verás que también aparecen otras que no te interesan tanto. Y también verás que aparecen otras que te interesa evitar a toda costa. Caminos que representan vías para dar rienda suelta a las partes de tu personalidad de las que te sientes menos orgulloso y que no te llevarán a buen puerto. 

En otras palabras, tendrás una imagen de algo que, para ti, tiene verdadero sentido perseguir y también una imagen de algo de lo que tiene sentido alejarse. Ambos definidos en el contexto único de tu personalidad, valores y deseos. Los que son tuyos y de nadie más.

Todo esto puede aparecer en tu cabeza de forma bastante abstracta, pero incluso si es así, el ejercicio te proporcionará información extremadamente valiosa de lo que te dicta tu fuero interno sobre el tipo de horizonte al que te debes dirigir y el tipo de caminos que debes ignorar. Una visión de lo que te gustaría que fuera tu vida y de lo que te gustaría que no fuera. Y esa información es oro puro a la hora de tomar decisiones.

El siguiente paso del ejercicio es elegir qué tipo de acciones te van a acercar a esa visión y qué tipo de acciones te van a alejar de ella. Hay muchas posibles acciones, actividades y hábitos que encajan en cada una de esas categorías para las diferentes dimensiones vitales (trabajo, relaciones, pareja, ocio, salud, etcétera), y sólo tienes que elegir algunas que se adapten bien a tu personalidad y tus circunstancias.

Y el tercer y último paso es hacer hueco en tu día a día para poner en práctica esas acciones que has seleccionado como vías para acercarte poco a poco a tu visión del tipo de vida que quieres tener. El tamaño de ese hueco es cosa tuya, pero asegúrate de que es mayor que cero.

¿Te parece importante tener una buena relación con tu familia? Encuentra tiempo para compartir momentos con ellos o hacer otras cosas que fortalezcan la relación.

¿Te parece importante tener buena salud física? Encuentra tiempo para hacer deporte.

¿Te parece importante tener buena salud mental? Encuentra tiempo para desconectar, reflexionar o meditar.

¿Te parece importante tener buena salud financiera? Encuentra tiempo para educarte sobre finanzas personales, en particular buenos hábitos financieros e inversiones.

¿Te parece importante tener relaciones de amistad enriquecedoras? Encuentra tiempo para compartir tus inquietudes con las personas adecuadas.

¿Te parece importante tener buena relación con tu pareja? Encuentra tiempo para compartir momentos íntimos con ella sin distracciones.

¿Te parece importante tu crecimiento personal? Encuentra tiempo para involucrarte en actividades que no dominas y entornos con los que no estás familiarizado.

¿Te parece importante tener un trabajo más satisfactorio? Encuentra tiempo para aprender cosas o conocer personas que te ayuden a conseguirlo.

¿Te parece importante tener más tiempo para poder hacer todo lo que te gustaría hacer? Deja de dedicar tanto tiempo a gilipolleces que no te ayudan o incluso te perjudican, que seguro que hay infinidad de ellas.

Es así de simple. No tiene más misterio. Si quieres complicarlo, es porque estás buscando excusas.

Una vez entres en esta dinámica de progreso hacia tu visión, las fuerzas que determinan cómo se va desarrollando tu vida entrarán en funcionamiento de forma natural. La visión de quién quieres ser se irá haciendo más y más nítida a medida que incrementas tu nivel de experiencia e interacción con el mundo. Y esa creciente nitidez te ayudará a discernir cada vez mejor cuál es el camino correcto en cualquier bifurcación. El camino que mejor conecta con la percepción de quién eres y la visión de quién quieres ser.

Esto no significa que no vayas a encontrar dificultades. Las encontrarás. Pero esas dificultades no se abordan de la misma forma cuando estás recorriendo un camino que has elegido libremente en base a tu visión personal de lo que es una buena vida, que cuando te mueves torpemente por el mundo sin saber por qué haces lo que haces. Tu nivel de motivación y compromiso para superar esos obstáculos será muy superior si sientes que estás en control, a través de la aceptación de tu responsabilidad personal, de los elementos definitorios de tu vida. Sean cuales sean las sorpresas que te depare la providencia por el camino.

Así se forma un carácter ganador.

Si decides ignorar este proceso de introspección y acción práctica y te decantas por la trayectoria convencional, es posible que compruebes que la agenda se te llena misteriosamente de cosas intrascendentes. Es posible que compruebes que te encuentras sumergido en un bucle interminable de achicar el agua que continúa entrando en tu vida, sin que ello produzca ninguna mejora significativa. Y es posible que dentro de muchos años te preguntes cómo has podido acabar donde estás, y que no tengas ninguna respuesta.

El ejercicio de proyección del Yo tiene gran utilidad a cualquier edad, porque cualquier momento es bueno para empezar a mejorar las cosas. Pero tiene especial utilidad cuando eres joven y tienes mucho tiempo por delante para conseguir resultados.

Ahora dime: ¿Imaginas cuánto cambiarían las cosas en nuestra sociedad si todas nuestros centros educativos incluyeran una asignatura con este tipo de clases en su programa? Es imposible saberlo, pero apostaría la barba a que viviríamos en una realidad completamente diferente a la nuestra. Y no precisamente peor.

Éste es el ingrediente más importante en nuestra educación. El ingrediente que hace que la receta cobre vida y adquiera sentido y armonía. El ingrediente que, desafortunadamente, nos falta en la educación del ámbito institucional y también, a menudo, en la educación del ámbito familiar.

Si tienes hijos y deseas darles lo mejor, hay una forma muy sencilla de conseguirlo, además de gratuita: Facilita que se expongan a este tipo de ideas desde bien pronto. Éste es el tipo de educación que marca la diferencia en la capacidad de una persona para ser realmente feliz en el conjunto de una vida. Les estarás proporcionando algo mil veces más útil que la carrera universitaria más prestigiosa del mundo.

Y eso es un pensamiento esperanzador.

Cómo continuar: La conciencia de uno mismo

Una vez que nuestro ejercicio de proyección del Yo nos ha iniciado en el camino en el que vamos forjando nuestro carácter, nuestro cometido es afinar nuestra trayectoria corrigiendo las desviaciones que vayan surgiendo. Y la forma de hacer eso es alentar el deseo e instaurar el hábito de mejorar nuestra capacidad de conocernos a nosotros mismos.

El conocimiento de uno mismo es un viaje que nunca termina. Según vamos acumulando experiencias, nuestra personalidad, creencias y comportamientos van evolucionando. Y si no prestamos atención a esa evolución, perderemos conexión con quiénes somos y qué queremos en cada momento.

Por eso es tan importante incorporar prácticas que nos mantengan en conexión frecuente con nosotros mismos. Cosas como encontrar momentos para bajar el ritmo, saber disfrutar del momento presente, leer libros que despierten preguntas en nosotros, realizar actividades que estimulen nuestra capacidad de profundizar en nuestra conciencia y nuestra habilidad de conectar con nuestras emociones.

Todas estas prácticas nos ayudarán a continuar progresando en nuestro autoconocimiento. Y ese mayor autoconocimiento nos permitirá ir puliendo nuestro carácter y tomar mejores decisiones según vamos atravesando diferentes etapas de nuestra vida.

El carácter puede ser tu arma más poderosa o tu enemigo más encarnizado en el proceso de búsqueda de la felicidad. Puede ser el factor que te haga sentir que todo está alineado y que la vida tiene un sentido o el que te haga sentir que la vida es un cúmulo de frustraciones sin ninguna razón de ser. Y puede ser el elemento que provoca que tus actos mejoren la calidad de la sociedad en la que vivimos, o el que provoca que tu existencia no tenga demasiada relevancia en todo lo que te rodea.

¿Lo mejor de todo? Eres tú quien decide cuál de esas dos opciones se acaba manifestando en tu vida.  

Pura vida,

Frank.

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1 comentario en “El ingrediente más importante de nuestra educación”

  1. Gracias Frank por seguir sacando a la superficie aspectos de la vida tan importantes y que en el día a día parecen estar ocultos. Me ha gustado mucho la parte en que señalas la importancia que tiene en nosotros la sensación de control de los elementos que definen nuestra vida. Lección muy valiosa la de aceptar nuestra responsabilidad personal en este proceso, y factor clave para enfrentarse a las dudas que puedan surgir en el camino.

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