Por qué debes viajar cuando eres joven

Hace algunas semanas, Frank Spartan tuvo una conversación con un chico de 23 años que estaba en el último curso de la carrera de empresariales en la universidad. Un chico brillante, amable y con facilidad para las relaciones personales. Para conservar su anonimato, llamémosle Jon.

Jon es el tutor de francés de mis hijos. Una especie de ángel de la guarda que les ayuda a hacer los deberes del colegio, ya que el francés de Frank Spartan es tan avanzado como sus conocimientos de termodinámica. Suele venir a casa un par de veces por semana y, a raíz de esos encuentros, hemos construido una buena relación.

Al cabo de unos minutos de conversación, le pregunté a Jon si tenía claro lo que quería hacer después de terminar la carrera.

Él me miró durante unos segundos, como sorprendido por mi pregunta, y dijo: “Hombre, buscar un trabajo y ponerme a trabajar, claro”. Y soltó una risa nerviosa.

“¿En qué?” – pregunté.

“Aún no lo sé. Supongo que en una empresa” – respondió.

“¿Y por qué en una empresa?” – pregunté, tirando del hilo.

“Estudiando empresariales es lo que toca, ¿no?” – dijo.

“Ya veo. Aunque supongo que sabes que ponerte a trabajar inmediatamente no es la única opción que tienes. Vas a tener muchos años para trabajar. ¿Por qué empezar tan deprisa si no tienes claro en qué?” – pregunté.

Me miró, extrañado. Estuvo unos segundos sin decir nada.

Al de un rato, dijo: “No sé. Pero si lo hace todo el mundo, creo que yo también tengo que hacerlo. ¿Qué otra cosa haría si no?” – dijo.

“¿Te has planteado viajar durante algunos meses antes de decidir en qué quieres trabajar?” – pregunté.

Pero antes de que Jon pudiera responder a aquella pregunta, su teléfono móvil interrumpió nuestra conversación y tuvo que marcharse apresuradamente.

Ésta es una situación muy común. Jon tiene una idea en la cabeza del camino que debe recorrer, pero esa idea no germina realmente de sus inquietudes personales. Es una idea que Jon ha permitido, inconscientemente, que su entorno haya plantado en su cerebro. Y él, aunque no tiene aún claro en qué quiere trabajar, asume que tiene que hacerlo inmediatamente. Su energía creativa no se concentra en descubrir si quiere trabajar o hacer alguna otra cosa, sino en qué tipo de trabajo realizar.

Jon se encuentra en una encrucijada con implicaciones vitales que son más relevantes de lo que parece. Porque hay ciertos caminos que, una vez te adentras en ellos, generan una elevada resistencia emocional al cambio. Algunos ejemplos de este tipo de caminos son los siguientes:

  • Empezar una carrera universitaria determinada;
  • Comprar un piso;
  • Casarse;
  • Tener hijos;
  • Llevar a tus hijos a un colegio privado/elitista;
  • Frecuentar ciertos ambientes para expandir tu estatus social;
  • Invertir una gran parte de tus ahorros en un nuevo proyecto;
  • Y, también, empezar a trabajar en una empresa, tal y como Jon se plantea hacer.

Algunos de estos caminos, evidentemente, generan más resistencia al cambio que otros. Pero en todos ellos, si una vez que estamos dentro nos damos cuenta de que no nos convencen, resulta difícil abandonar. A pesar de que, en teoría, poseemos la libertad de hacerlo.

¿Y por qué demonios resulta tan difícil salir de este tipo de situaciones?

Porque cuando entramos en ellas, invertimos energía. Invertimos tiempo, dinero, esfuerzo. Generamos compromisos o expectativas. Y ese proceso a menudo provoca que nos empecemos a repetir ciertas historias a nosotros mismos que nos acaban inmovilizando.

Para ceñirnos un poco al caso concreto de Jon, veamos algunas de las historias más frecuentes que rebotan sin cesar de un lado a otro de nuestra mente, cuando empezamos a sentir que el trabajo que hemos elegido no nos convence demasiado:

  • “Ha pasado ya lo peor, así que voy a seguir”
  • “He trabajado mucho para irme ahora”
  • “Mi familia y amigos pensarían que he fracasado si me voy”
  • “No puedo dejar a mis compañeros tirados”
  • “Me siento moralmente comprometido con lo que le dije a mi jefe cuando me reclutó”
  • “Si sigo un par de años conseguiré la promoción”
  • “Irse tan pronto despertaría sospechas en otros empleadores”

Y un largo etcétera.

Al adentrarnos por esos caminos, todas estas historias que nos contamos a nosotros mismos forman un muro mental que nos resulta terriblemente difícil escalar, aunque desde fuera nos pueda parecer algo sencillo de hacer. Los demás nos dicen que dejemos ese trabajo y busquemos otra cosa. Pero no es tan fácil, ¿verdad que no?

Por eso, antes de meterse alegremente por uno de esos caminos sin una razón de peso, es conveniente que Jon descubra un poco más sobre qué es lo que quiere de verdad. No tiene suficiente conocimiento sobre sí mismo, porque no se ha tomado el tiempo en las circunstancias adecuadas para conseguirlo. Tiene que indagar con mayor profundidad, idealmente sin influencias externas que distorsionen las conclusiones de ese proceso de descubrimiento.

Por eso, lo que Frank Spartan le habría dicho a Jon, si su teléfono no nos hubiera interrumpido, es: Viaja primero. Decide después.

¿Por qué?

Se me ocurren muchas razones, pero hay tres que destacan sobre las demás.

Viajar es una de las mejores formas de aprender cosas interesantes sobre ti mismo

Viajar es una fuente inagotable de auto-conocimiento. Sin embargo, hay dos condiciones muy importantes para tener éxito al intentar obtener ese auto-conocimiento:

  1. Hacer el viaje solo
  2. Que sea un viaje de un mes como mínimo

Viajar solo te permite dejar atrás el comportamiento, los hábitos y hasta la personalidad a la que te has ceñido en tus circunstancias anteriores. Te permite dejar atrás influencias externas y escribir tu historia en una hoja en blanco sin nadie que te observe y te juzgue. Te obliga a interactuar con otros, a improvisar, a probar cosas nuevas.

Cuando haces todo esto, descubres dimensiones de ti mismo que no conocías. Descubres gustos que no sabías que tenías, cosas que nos sabías que existían y dinámicas que conocías pero que no sabías cómo y por qué se producían. Descubres que puedes empatizar con gente de clases sociales y contextos muy diferentes a los tuyos. Que hay un lenguaje de conexión universal que no se rige por culturas, razas o banderas, sino que fluye a través de la visión del mundo, la amabilidad y la colaboración entre seres humanos.

Sin embargo, esto no sucede de la noche a la mañana. Necesitas un tiempo para dejar atrás las influencias y prejuicios de tu entorno anterior y lanzarte a descubrir por ti mismo. Por eso, es conveniente que la duración mínima del viaje sea de un mes. Algo más corto no tendrá, ni por asomo, el mismo efecto.

Viajar te ayuda a entender por qué es bueno tener un propósito en la vida

Al viajar, especialmente si lo haces solo y durante un tiempo prolongado, entras en contacto con realidades muy diferentes. Aprecias de forma directa que una gran parte de la humanidad vive en unas condiciones mucho más precarias que prácticamente todas las personas de tu entorno anterior, de ese mundo que había sido durante muchos años el único existente en tu mente.

Cuando viajas, encuentras a gente que parece mucho más feliz que tú con mucho menos. Quizá te preguntes cómo es eso posible. Quizá ellos mismos, si te decides a interactuar con ellos, te den una pizca o dos de sabiduría al respecto. Esa sabiduría que se encuentra en los lugares más inesperados y que tiene un valor incalculable cuando te encuentras en un estado de conciencia y apertura mental en el que sabes apreciarla.

También aprendes a conectar con el mundo. A desarrollar compasión. A apreciar que todo y todos estamos conectados, aunque no alcances a ver la forma exacta en la que lo estamos. Y así empiezas a comprender, sutilmente, los beneficios de poner tu atención, esfuerzo y pasión en algo más grande que tú mismo.

Viajar te permite experimentar la sensación de vivir una vida que merece la pena

Cuando llegues al final de tu vida, es posible que te sientas orgulloso de algunas cosas y que te arrepientas de algunas otras.

También es probable – muy probable – que las cosas que tu envejecida mano incluya en la lista del arrepentimiento estén relacionadas con no haber hecho algo. Cosas que no hiciste por miedo, falta de confianza, sensación de incomodidad o vergüenza. Riesgos que no tomaste. Cosas que no dijiste.

Sea lo que sea que acabes incluyendo en esa lista del arrepentimiento, Frank Spartan te asegura que salir de tu zona de confort para descubrirte a ti mismo y al mundo que hay ahí fuera a través de un viaje de aventura no estará en ella. Por el contrario, estará en la lista de cosas de las que te sientes orgulloso de haber hecho. Porque, incluso si la experiencia de viajar no produce ninguna consecuencia directa en cómo decides vivir tu vida posterior, el mero placer de la aventura hará de ello un recuerdo extraordinario.

También es posible que en tu viaje encuentres las semillas para empezar a construir una vida que merezca la pena vivir. Una vida con intención y dirección, en lugar de una vida que transcurre a merced de las olas. Y ésa es la última recompensa de la experiencia de viajar: El poder conectar ligeramente, quizá por primera vez, con quién eres y qué quieres realmente en ese momento de tu evolución vital, y después empezar a actuar en mayor consonancia con ello.

Conclusiones

Por todas estas razones, viaja. Hazlo durante algún tiempo. Y hazlo solo.

Viaja cuando todavía eres joven, ligero y sin grandes responsabilidades. Porque antes de lo que crees, la vida empezará a ponerte peso en los hombros y te resultará mucho más difícil.

Viaja cuando no seas tan joven. Aunque tengas más restricciones que antes, encuentra la forma de hacerlo dentro de lo que te permitan tus circunstancias. Porque nunca es tarde para aprender un poco más sobre ti mismo. Puede ser lo que más necesites, aunque debido a la vorágine del día a día no seas consciente de ello.

Frank Spartan debe admitir, con la perspectiva actual, que descubrió los beneficios de viajar de esta manera un poco tarde. Aún así, la experiencia tuvo un impacto enorme sobre mi visión del mundo, las cosas a las que dedico atención, el modo que trato con la gente y los objetivos que tengo ahora.

Así que, si no tienes claro del todo tu camino y percibes que tu mente necesita un empujoncito de perspectiva, te digo lo mismo que a Jon:

Viaja primero, decide después.

Pura vida,

Frank.

1 comentario en “Por qué debes viajar cuando eres joven”

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