Por qué no conseguimos parar el tiempo (Parte II)

En la primera parte de este artículo analizábamos los motivos de percibir que el tiempo pasa muy deprisa, así como la conveniencia de formar y presentar nuestra opinión con humildad, dado que habitualmente no tenemos ni puñetera idea de lo que hablamos a pesar de que nos empeñemos en creer lo contrario.

Estos dos conceptos, la sensación de rapidez en la percepción del paso del tiempo y la tendencia a creer que tenemos toda la razón del mundo al formar una opinión sobre algo, pueden aplicarse a un tema que a Frank Spartan le parece muy interesante: La práctica habitual en el proceso de búsqueda de la felicidad en nuestra sociedad occidental.

Vamos a ello, marinero. Y como aquí no pensamos en pequeño, empecemos con una pregunta ambiciosa.

¿Por qué no conseguimos ser felices?

Esta pregunta presupone que muchos de nosotros no somos felices. Quizá eso sea cierto o quizá no. Pero la experiencia personal de Frank Spartan es que la mayoría de la gente que conozco no lo es. Y todo lo que leo sobre investigaciones locales e internacionales al respecto, me corrobora que la mayoría de la gente que no conozco tampoco lo es. Así que mi tesis personal sobre el tema es que la mayoría de nosotros no conseguimos ser felices, o, dicho de otro modo, no conseguimos sentirnos realmente satisfechos con la vida que vivimos. Puede que nos encontremos más o menos cómodos, pero no satisfechos en un sentido profundo, en armonía con nosotros mismos y con los demás o experimentando alegría de vivir.

Parafraseando a Henry David Thoreau – quien vivió de forma muy acorde con los principios filosóficos de este blog – la mayoría vivimos en un estado de tranquila desesperación. Un estado anímico que no es lo suficientemente doloroso como para obligarnos a cambiar, pero debajo del cual subyace una triste sensación de vacío a la que nos acostumbramos y en la que permanecemos a lo largo de los años.

Vale Frank, capullo, ya me has aguado la fiesta. Digamos que siento algo parecido a lo que estás describiendo. Pero… ¿cuál es la raíz de eso? ¿De dónde surge?

Cada uno de nosotros tenemos nuestras circunstancias particulares, pero si observamos la dinámica de comportamiento global podemos extraer algunas conclusiones que quizá también sean de aplicación, de algún modo, a nuestro caso personal.

Vivimos en unas circunstancias que estimulan la constante comparación con los demás. Y los demás, en las culturas occidentales y en cada vez mayor número de las orientales, son un conjunto de individuos tremendamente propensos a creer que más es mejor. Lo creen con tanta intensidad como el devoto religioso que defiende a capa y espada que se le ha aparecido la divinidad, en cualquiera de sus formas, mientras paseaba tranquilamente por el campo.

Codiciamos lo que vemos, decía Aníbal Lecter en El Silencio de los Corderos. La codicia y la insaciabilidad, en sus formas más puras, surgen de lo que vemos ahí fuera. Surgen de las tentaciones que la maquinaria de la publicidad coloca delante de nuestros ojos con mensajes subliminales que estimulan nuestros deseos; surgen de la comparación con las personas de nuestro entorno más cercano. Y ahora, gracias a las redes sociales, surgen también de la comparación con personas que no conocemos de nada y con fragmentos de sus experiencias que han sido cuidadosamente seleccionados para conseguir popularidad y despertar el ansia de imitación.

Nuestra sociedad se ha afanado en construir todo lo necesario a nuestro alrededor para que nos veamos constantemente expuestos a tentaciones materiales y deseemos más y más. Es un proceso que no tiene fin. Una vez nos subimos a ese tren, nunca conseguimos permanecer satisfechos, porque una nueva tentación acaba apareciendo ante nuestros ojos y se convierte en un nuevo objetivo que perseguir para calmar nuestra ansiedad frenética de ser aceptados.

Apenas nos damos cuenta, pero este hábito, cuando se afianza con la repetición, se convierte en una filosofía de vida que dirige nuestros pensamientos y decisiones. Tal es la gravedad del asunto, que Frank Spartan la va a bautizar con un acrónimo, con redoble de tambor de fondo, para que el concepto suene más científico y solemne.

Ese acrónimo es MeM: La filosofía del “Más es Mejor”. Y si MeM te suena a enfermedad venérea no es ninguna casualidad, como veremos a continuación.

Implicaciones prácticas de la filosofía MeM

Hace poco tiempo, un amigo me dijo que su prioridad era reducir las horas de trabajo y jubilarse cuanto antes, porque quería dedicar más tiempo a la familia y a sus aficiones personales. Cuando le pregunté qué era lo que se lo impedía, me dijo que no le quedaba más remedio que seguir trabajando muchas horas para sufragar sus gastos, entre los que se encontraba una hipoteca considerable. Me dijo que se había comprado una casa de 160 metros cuadrados en el centro de la ciudad en la que vivía cuando tenía 35 años, porque la necesitaba. Su familia tiene cuatro miembros: él, su mujer y sus dos hijos.

Esa necesidad no es consustancial al ser humano. No es como el hambre, el frío, o la necesidad de relacionarse. Es una necesidad creada artificialmente al aceptar comulgar con lo que el entorno nos comunica que debemos hacer. Los padres de mi amigo vivían en un piso que era la mitad de grande con el doble de hijos y muchas menos comodidades. Y según mi amigo fueron muy felices allí. ¿Por qué misterio del cosmos el ser humano necesita, incluso este amigo al que Frank Spartan considera bastante cabal, una escasa generación más tarde, una casa de 160 metros cuadrados para ser feliz?

Esto puede parecer un caso anecdótico y aislado, pero nada más lejos de la realidad. Es práctica habitual, y no sólo en el proceso de decisión de compra de vivienda, sino que se extiende a muchas otras áreas de la existencia humana en las sociedades occidentales.

Proceso habitual de búsqueda de satisfacción mediante la filosofía MeM

Adoptar el MeM como filosofía de vida genera una amalgama de creencias y pautas de conducta en muchos campos vitales, que tienen importantes ramificaciones sobre cómo vivimos y cómo de libres nos sentimos para cambiar las cosas si un buen día nos diera la real gana de hacerlo. Algunas de estas creencias son las siguientes:

  • El trabajo con mayor sueldo y estatus es el mejor
  • La casa con más metros cuadrados y en la zona más céntrica es la mejor
  • El restaurante que está más de moda es el mejor
  • La ropa más cara o la que más recomienda la influencer de turno es la mejor
  • El coche más grande y con marca más reconocida es el mejor
  • El colegio más caro es el mejor
  • La experiencia vacacional más exótica es la mejor
  • La alternativa con más comodidades es la mejor

Estas creencias se encuentran arraigadas con muchísima fuerza en la inmensa mayoría de personas, por los motivos expuestos anteriormente. Y el criterio para llevarlas a la práctica o no, es tan increíblemente sofisticado como responder a esta sencilla pregunta: ¿Me lo puedo permitir? 

Generalmente, si percibimos que podremos seguir respirando bocanadas de aire sin un riesgo enorme de que un sicario llame a nuestra puerta para reclamar el pago de nuestras deudas, la respuesta a esa pregunta es que sí, me lo puedo permitir. Sin más miramientos. Y esa forma de pensar nos va metiendo poco a poco en una ciénaga de la que luego resulta tremendamente difícil salir. Frank Spartan tiene su propia definición de lo que significa poder permitirse comprar algo y que, como seguramente intuirás, tiene poco que ver con ésta. Pero eso lo veremos en otro artículo.

¿A dónde nos lleva todo esto?

Cuanto más fuerte pulsamos los botones de la filosofía MeM, mejor creemos que comparamos con los demás; mejor clasificados nos sentimos en la carrera de nuestra generación; mayor número de mensajes de reconocimiento recibimos de nuestro entorno. Todas esas percepciones de nuestro cerebro conducen a que experimentemos cierta satisfacción, o al menos una ilusión efímera de satisfacción. Y eso nos hace sentirnos más legitimados con la opinión personal que hemos formado sobre las virtudes de la filosofía MeM como medio para encontrar la felicidad.

El problema, amigo mío, es que la vida no es una película de Disney. En algún punto del camino, la experiencia de satisfacción que genera la filosofía MeM se acaba rompiendo. En ese punto, cuando escuchamos atentamente lo que nuestro corazón nos dice, sabemos que esa forma de vivir no tiene demasiado sentido. Porque nos sentimos vacíos. Sentimos una incoherencia creciente entre quiénes somos y lo que de verdad queremos, por un lado, y hacia dónde nos dirigimos, por el otro.

La satisfacción obtenida en cada peldaño de la escalera MeM acaba desapareciendo, en la inmensa mayoría de los casos, con insólita rapidez. Y ésa es la mejor prueba de que esa filosofía no funciona como base de los cimientos sobre los que construir nuestra felicidad a largo plazo.

¿Por qué no nos damos cuenta de todo esto un poco antes?

Hemos defendido la tesis de que la mayoría de personas sigue la vía convencional de búsqueda de la felicidad, anclada en la filosofía MeM, por las razones expuestas. Pero esa sensación de vacío existencial al que esta filosofía eventualmente conduce no suele suceder de inmediato, sino que tarda un tiempo en materializarse. En otras palabras, para cuando ese vacío empieza a aparecer, solemos estar ya metidos hasta el cuello en el camino convencional y haber tomado multitud de decisiones basadas en las creencias de la filosofía MeM.

¿Y por qué no sentimos ese vacío existencial un poco antes? Eso nos vendría cojonudamente bien para poder corregir pronto los desaguisados que hemos creado al decidir en base a esa filosofía. Pero ser consciente de ello cuando todavía eres joven, salvo que tengas a alguien cerca que te abra los ojos o la sabiduría te venga de serie, es complicado. Nuestro entorno y los medios de comunicación siguen alimentando una cortina de humo muy espesa que no nos permite ver lo que hay al otro lado de la filosofía MeM, y su espejismo de satisfacción tarda algunos años en disiparse. Pero eventualmente, a medida que avanza la vida y vamos sintiendo la dolorosa punzada de nuestras inquietudes y la triste decepción de los sueños abandonados, ese vacío acaba apareciendo.

Y aquí es donde se unen los puntos para construir la conclusión de este artículo: En el momento en el que la filosofía MeM deja de producir esa ilusión de auténtica satisfacción, también deja de ser capaz de generar acontecimientos especiales que esculpen muescas de recuerdo en nuestra memoria. Los caprichos y comodidades materiales ya no tienen apenas efecto. Los palos que conseguimos colocar en las ruedas del tiempo practicando la filosofía MeM se vuelven extremadamente frágiles y se rompen con suprema facilidad. Y por eso nos parece que el tiempo transcurre demasiado deprisa a medida que pasan los años. Porque nada es realmente original, ni realmente nuevo, ni realmente diferente. Todo se convierte en una masa homogénea de rutina cómoda y silenciosamente dolorosa, de la que las enormes limitaciones financieras, mentales y emocionales que hemos desarrollado con los años hacen muy difícil que podamos escapar.

En ese momento de revelación, las claves que se nos presentan son tres:

  1. Cómo de densas son esas limitaciones y barreras que hemos construido a nuestro alrededor mientras navegábamos con ese viento venenoso en nuestras velas
  2. Qué estamos dispuestos a hacer para derribarlas y generar un mayor grado de libertad
  3. Qué haremos con esa libertad una vez la conquistemos

La combinación que le demos a esas tres claves determinará nuestra capacidad de transformar la gratificación inmediata e ilusoria de la filosofía MeM en la satisfacción real, profunda y duradera de vivir una vida fiel a quiénes somos, una vida de crecimiento, una vida con significado y propósito. O, en otras palabras, nuestra capacidad de encontrar la felicidad mediante el modelo del que hablaban, hace ya muchos siglos, los expertos. Esos expertos a los que, atrincherados en nuestra opinión personal, hicimos mucho menos caso que al vecino de al lado o al personaje famoso que no tiene ni idea de quién carajo somos.

¿Cuál es el siguiente paso?

Frank Spartan no se arrepiente de haberse equivocado cuando decidió subir alegremente por la escalera de la filosofía MeM durante años. Porque esa ascensión me permitió sentir la picadura de la insatisfacción y volverme mucho más perceptivo sobre lo que no funcionaba.

Poco puedes hacer sobre el camino que ya has recorrido. Estás donde estás y no tienes ninguna capacidad de influencia sobre el pasado. Así que respira hondo, echa un vistazo a las provisiones que te quedan en el petate y mira hacia delante.

Cuando lo hagas, verás que tienes ante ti dos caminos.

Uno es el camino de la filosofía MeM. Este camino es diáfano, está perfectamente señalizado y por él discurre un gran número de personas. Muchos de ellos son amigos cercanos, familiares e incluso gente que ahora admiras.

El otro es el camino que los expertos que han investigado la felicidad humana te señalan. Pero es un camino que no tiene señales, se encuentra envuelto por la niebla y parece poco transitado.

Allí, de pie en el cruce de caminos, inmóvil, miras en ambas direcciones y piensas: ¿Cuál de los dos debo tomar?

Y esa decisión marcará tu vida, y tu capacidad de parar el tiempo, como pocas otras lo harán.

Pura vida,

Frank.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.