La diferencia entre ser amable y ser idiota

Desde hace algunos años, no dejo de oír que hay conflictos por todas partes.

Que la gente se enfada y pierde los nervios con muchísima facilidad.

Que la crispación y la agresividad empapan cualquier tipo de comunicación.

Que todo el mundo se ofende por cualquier cosa.

Que estamos al borde de una guerra civil.

Que el mundo entero se va a ir a la mierda por correo urgente.

Etcétera, etcétera.

Y sí, quizá en estos tiempos seamos demasiado sensibles. Quizá cualquier comentario anónimo en Internet haga que nos hierva la sangre y nos apresuremos a teclear furiosamente por qué el capullo de turno que ha dicho esa barbaridad está profundamente equivocado, aderezando nuestra réplica con insultos e improperios de todo tipo.

Quizá algo de eso esté sucediendo. Quizá mucho. Quizá el conflicto que existe entre nosotros sea más acusado y se esté exteriorizando más que antes. O quizá siempre haya sido así y ahora simplemente lo apreciemos con más claridad gracias a las redes sociales y las nuevas tecnologías.

En cualquier caso, ¿es esta existencia de conflicto social algo tan preocupante? A lo largo de la historia, siempre ha habido grupos. Siempre ha habido tribus. Y las tribus tienen la curiosa manía de darse de guantazos constantemente con otras tribus que son – o se perciben – diferentes.

Donde hay grupos, hay conflicto. Es inevitable y consustancial a la naturaleza humana. Y después de tantos siglos de conflictos aquí seguimos, con el nivel de vida promedio más alto de la historia de la humanidad y mejorando por momentos.

Así que no, Frank Spartan no está por la labor de creer que todo este rollo de la crispación social sea un problema tan serio como muchos lo pintan. De hecho, el que cualquier país con varios puñados de habitantes tenga a su disposición armas de destrucción masiva genera, de forma perversa, un incentivo muy poderoso para que nadie se ponga demasiado chulo.

Lo que sí me parece un problema más serio es que la importancia del individuo se subordine a la importancia de los grupos, lo cual está sucediendo cada vez más frecuentemente en todas partes.

¿Por qué?

Porque cuando eso sucede dejamos de pensar por nosotros mismos, nos desconectamos de quiénes somos y entregamos, con un lacito rojo, el timón de nuestra vida a otros, por el mero deseo de pertenecer a un colectivo de ideas uniformes, inflexibles y desprovistas de cualquier matiz.

Ésa es la gran enfermedad de nuestra sociedad actual. Es ahí donde se encuentra el verdadero problema. En definir nuestra identidad en base al grupo al que pertenecemos. En qué ésa sea la primera piedra sobre la que se construye todo lo demás.

Nuestro gran desafío, si queremos apostar en el juego de la felicidad allí donde las probabilidades están a nuestro favor, es recuperar y preservar la supremacía del individuo sobre el grupo.

Pero… ¿cuál sería la forma más efectiva de hacerlo? ¿Cuál sería la forma más efectiva de conseguir que el individuo se convierta en el núcleo del que emanan nuestras decisiones y nuestra identidad? ¿Cuál sería la forma más efectiva de recuperar el control sobre el camino que lleva a nuestra definición de felicidad, en función de nuestras características y circunstancias particulares?

Podría decirte que hay muchas formas de llegar ahí, pero en realidad todas surgen del mismo principio, y es éste: Esculpir nuestro carácter para que nuestro comportamiento se encuentre en armonía con nuestros valores.

Lo interesante del asunto es que para aplicar este principio debemos aceptar – y abrazar – el riesgo de generar conflicto con los demás. Es decir, eso de lo que parece que tanto hay a nuestro alrededor.

Esto te puede sonar paradójico, pero no lo es.

Veámoslo.

La diferencia entre ser amable y ser idiota

Un amigo me dijo recientemente que ya no proponía planes de ocio en el grupo de whatsapp porque estaba hasta las narices de que algunas personas no contestaran, incluso cuando se les preguntaba directamente.

Una amiga que tiene un negocio me dijo también que prefería posicionar su oferta de servicios de otra manera que casaba mejor con su forma de ser, pero que un cliente importante no estaba de acuerdo y le había insistido en que no lo hiciera. Así que no lo hizo.

Y hace un par de semanas, un amigo al que parecían irle las cosas bastante bien me confesó que había estudiado abogacía para no decepcionar a sus padres y que no le llenaba demasiado, pero que a estas alturas no tenía sentido cambiar de profesión.

Todas estas historias tienen un patrón común: Me trago la mierda yo solito para evitar generar un conflicto incómodo con los demás.

Muy a menudo, esta forma de actuar nos parece correcta. Al hacer algo así, nos decimos a nosotros mismos que estamos siendo amables. Y es bueno ser amable, ¿no? Es como si trascendiéramos el fango de los conflictos, como si fuéramos más sabios, más maduros, más conciliadores, más diplomáticos. Es como si estuviéramos eligiendo que reinara la paz.

Pero hay un pequeño problema.

A veces no somos amables. A veces somos idiotas.

¿Y cómo sabemos si estamos siendo lo uno o lo otro?

El modelo mental de Frank Spartan para saber cuál es cuál se basa a la interrelación de dos grandes variables:

  1. El grado de conflicto interno que nos genera un determinado comportamiento
  2. La importancia que tiene el tema en cuestión en nuestra escala de valores y nuestra filosofía de vida

Imagina que te planteas si debes sacrificar lo que en realidad quieres en relación a algo, lo que sea, para evitar crear una situación incómoda (un conflicto) con alguien.

¿Será ésa la opción correcta?

Depende.

Veamos las cuatro posibles combinaciones de esas dos grandes variables.

Cuadrante 1: Es un tema importante en tu escala de valores y no hacer lo que deseas te genera un alto grado de conflicto interno

Si lo que quieres en realidad afecta a un área de tu vida de gran importancia para ti en tu escala de valores, la opción que más te conviene por defecto es evitar el conflicto interno y ser fiel a tus principios, aunque ello implique generar conflicto con otras personas.

Sí, lo que te estoy diciendo es que probablemente debas revolverte y enseñar los dientes. De hecho, necesitas encontrar una muy buena razón para no decirle a esa persona que se empeña en empujarte hacia otro lado que se vaya a freír espárragos – con elegancia, por supuesto. Cualquier otra forma de actuar es un suicidio a tu bienestar emocional y tu satisfacción vital a largo plazo.

Puede que creas que estoy exagerando, pero no lo estoy haciendo en absoluto. Si ese modus operandi de sacrificar las cosas importantes por evitar conflictos con otras personas se convierte en hábito, estás fiambre.

Un fiambre físicamente vivo y sin conflictos con nadie, pero más muerto que Dillinger vital y espiritualmente hablando. Enhorabuena, colega. La has liado parda.

Hace poco Frank Spartan tuvo una situación similar a la historia que me contó mi amigo en relación a sus propuestas de planes de ocio al grupo de whatsapp. Uno de mis amigos no contestaba cuando se le preguntaba. Al principio fue algo esporádico, pero después se convirtió en frecuente y habitual.

Frank Spartan podría haber dicho: Bah, estará liado, es como es, o alguna otra cosa de ese estilo, y pasar del tema.

Pero no, eso no es lo que hice.

No lo hice porque las relaciones de amistad son un tema muy importante para mí. Creo que la amistad no es algo que se mantiene vivo por el mero hecho de haber nacido en tiempos pasados, sino por una decisión que se toma día a día, mes a mes, año a año. Por eso, la persona que quiera estar en una categoría de amistad elevada conmigo, tiene que decidir ganárselo. Lo mismo que tendré que hacer yo, si quiero estar en una categoría de amistad similar con ella.

Quid pro quo. Tan simple como eso.

¿Y eso qué significa? Que no todo vale. Alguien que nunca “tiene tiempo” para contestar cuando le preguntan no puede estar apoltronado en mis categorías de amistad prioritarias. El tiempo que le dedicas a las cosas, si esas cosas son prioridad, se encuentra. Y si no se encuentra, es que no son prioritarias. Ni más, ni menos.

En esa situación, encogerse de hombros y pasar aquello por alto no era ser amable, sino ser idiota. Así que decidí generar una situación incómoda y le dije a aquella persona, con buenas palabras, que eso de no contestar era una falta de respeto y un comportamiento poco digno de alguien que se suponía que era un buen amigo.

Sí, fue una situación tensa. Sí, no le sentó bien. Sí, puede que eso haga que nuestra relación se deteriore a partir de ahora.

Pero… ¿mereció la pena?

Absolutamente.

Hacer lo contrario habría implicado crearme un conflicto interno por estar invirtiendo tiempo y atención en alguien que no llega a unos niveles aceptables de comportamiento. Y eso, a la larga, habría sido mucho más dañino que generar esa situación incómoda en ese momento puntual.

Ahora las cartas están sobre la mesa. Los límites están claros. Y el desenlace de esta historia reflejará lo que esa relación de amistad esconde en realidad: Si es una relación de base sólida, probablemente encontraremos la forma de reconducirla. Si es una relación con pies de barro, probablemente se transforme y pase a otro plano más débil o se desvanezca por completo.

Sea cual sea ese desenlace, será algo bueno. Porque la historia, tal y como yo he decidido escribir mi parte, refleja la armonía entre mis valores prioritarios y mi relación con el mundo exterior. Y eso elimina el veneno letal del conflicto interno.

Y es que el conflicto con los demás es algo incómodo, pero muy a menudo es un precio que debemos pagar para obtener paz interna.

Cuadrante 2: Es un tema importante en tu escala de valores, pero no hacer lo que deseas no te genera un alto grado de conflicto interno

Si te encuentras en esta situación, es probable que ahí pase algo raro y que debas detenerte a reflexionar un poco.

Una posible conclusión de ese proceso de reflexión puede ser que esta forma de enfocar la situación sea una ilusión creada a través de unos hábitos de comportamiento que con el tiempo te han hecho demasiado condescendiente, de forma que ya tiendes a complacer a los demás de forma prácticamente automática a costa de tus propios intereses, incluso en temas que son importantes para ti.

En estas situaciones puede que no sientas el conflicto interno de forma tan evidente porque no está en la superficie, pero eso no significa que no exista. Profundiza e intenta entender lo que de verdad sientes, porque si el tema es realmente importante para ti, puede que ese conflicto se halle enterrado en la sombra de tus emociones.

Eso no sería ninguna tontería, porque vendría a significar que en realidad te encuentras en el Cuadrante 1, no el Cuadrante 2, lo que implica que probablemente debas enseñar un poco los dientes y no ser tan condescendiente.

Si crees que éste puede ser tu caso, no esperes demasiado para hacer introspección, porque cuanto antes te des cuenta de ello, mejor. Ese tipo de desequilibrios internos tienden a hacerse muy grandes en la sombra. Y cuando menos te lo esperas, estallan.

Por otro lado, si después de haber profundizado concluyes que no hay, definitivamente, un grado alto de conflicto interno, quizá sea porque ese tema no es tan importante en tu escala de valores como creías, lo cual es una interesante revelación.

Cuadrante 3: Es un tema poco importante en tu escala de valores y no hacer lo que deseas te genera un alto grado de conflicto interno

Si te encuentras en esta situación, alerta roja.

Esto probablemente signifique que te conviene trabajar en la gestión de tus emociones, porque estás consumiendo grandes dosis de energía interna reaccionando a cosas que en teoría no son tan importantes para ti, con el efecto pernicioso adicional de crear conflictos innecesarios con los demás.

Es clave elegir bien dónde concentras tu energía. Reaccionar a todo lo que se mueve como si fuera igual de importante es una receta segura para perder el rumbo y que tu entorno se rebele contra tu falta de empatía y tu inflexibilidad.

Esfuérzate en discernir qué es realmente importante para ti y qué no lo es, y trabaja tus emociones para no tomarte lo segundo tan a pecho. Vivirás más años y serás más feliz.

Cuadrante 4: Es un tema poco importante en tu escala de valores y no hacer lo que deseas no te genera un alto grado de conflicto interno

Si te encuentras en esta situación, enhorabuena.

Eso significa que estás enfocando tu energía en los destinos correctos, trascendiendo las limitaciones del Cuadrante 3. Ésta es la típica situación en la que puedes permitirte el lujo – y quizá debes hacerlo – de evitar el conflicto con otras personas.

En otras palabras, puedes dar rienda suelta a ser amable.

El siguiente gráfico representa de forma visual dónde se encuentra cada uno de estos cuatro cuadrantes y cuáles son sus implicaciones:

La conclusión de todas estas reflexiones es doble:

  • Lo más equilibrado desde el punto de vista de conexión con el mundo exterior es ser amable y doblarse como el junco en todo aquello que no sea particularmente importante y prioritario para nosotros, evitando los conflictos con los demás.
  • Lo más equilibrado desde el punto de vista de conexión con nosotros mismos es enseñar los dientes en todo aquello que sea particularmente importante y prioritario para nosotros, aun a riesgo de que ello genere conflicto con los demás.

El gran secreto de la armonía entre ambas conclusiones es ser selectivos. Las cosas que son de verdad importantes para nosotros deben ser solamente unas pocas, no muchas. Elígelas bien.

Y cuando tengas que pelear por ellas, pelea a muerte. Porque a muerte es.

De esta forma se forja el carácter. De esta forma el individuo puede conservar su fortaleza e independencia frente a la emponzoñada influencia de los grupos. Y de esta forma se evita el único conflicto que debemos evitar a toda costa: El conflicto con nosotros mismos.

Pura vida,

Frank.

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