7 cosas que no anticipaba sobre mi nueva vida

Cuando Frank Spartan decidió salirse del carril de Scalextric por el que circulaba, tenía ciertas nociones preconcebidas sobre cómo sería su nueva vida.

Preconcebidas, por una sencilla razón: No conocía bien a nadie, con una edad o situación vital parecida a la mía, que hubiera dimitido de su trabajo voluntariamente sin intención de involucrarse en otro proyecto profesional de inmediato. Y, por eso, no tenía referencias claras sobre lo que me esperaba.

Sólo tenía mi intuición. Pero la intuición a veces falla.

La principal de esas nociones preconcebidas era la opcionalidad. Podría dedicar mi tiempo a lo que quisiera, cuando quisiera.

Eso sonaba muy bien. Pero, al mismo tiempo, esta supuesta ventaja tenía también su lado oscuro. Frank Spartan siempre ha tenido el principio de la paradoja de la elección muy presente, el cual predica que a partir de cierto límite, tener más opciones a tu alcance acaba siendo contraproducente. Aquellos que hayan entrado alguna vez en un video-club, estado más de media hora intentando elegir qué película llevarse, y al final se hayan decidido por un bodrio infumable por frustración y agotamiento, sabrán exactamente de lo que hablo.

Más allá de esa noción preconcebida de opcionalidad, Frank Spartan no se había comido mucho el coco. Digamos que salté al vacío con la osadía del convencimiento de que las cosas iban a salir bien, de uno u otro modo, por dos razones:

  1. Había entrenado mi fortaleza interior incorporando una serie de hábitos durante algunos años. No era Jason Bourne, pero me sentía fuerte y capaz de superar dificultades e improvisar soluciones
  2. Las características del destino geográfico elegido para la siguiente etapa eran propicias en varias áreas clave: Coste de vida, red de relaciones familiares, sociales y profesionales, educación para los niños, acceso a naturaleza y calidad de vida en general. Era un buen sitio para montar la tienda.

Una especie de sexto sentido me decía al oído que no me preocupara demasiado por no tener la foto perfectamente clara, porque el universo me ayudaría a encajar las piezas del puzle en el momento adecuado. Así que, sin más, respiré hondo y salté, confiando en no caer de bruces en una oscura alcantarilla.

A la hora de escribir esto, ha pasado aproximadamente un año desde que tomé aquella decisión. Parece un buen momento para hacer balance y comprobar si Frank Spartan actuó como un jodido chalado cuando decidió dar aquel salto, o no.

Sin andarme demasiado por las ramas: La respuesta es que no. Puedo ser un jodido chalado, pero aquella decisión no es un ejemplo de ello. Frank Spartan está absolutamente convencido, a día de hoy, de que saltar fue la decisión correcta.

Sin embargo, he de reconocer que algunas cosas me han sorprendido un poco, porque no atiné a anticipar su ocurrencia. O al menos, no atiné a anticipar que ocurrirían en tan alto grado.

Siete, para ser exactos. El número de la suerte.

1. Gasto y necesito mucho menos de lo que pensaba

Cuando me estaba aproximando al momento de cambiar de rumbo, recuerdo que asumía que lo natural sería expandir las actividades de ocio, dado que iba a disponer de más tiempo libre. Y que, homogeneizando los costes de vida de ambas ciudades para hacer la comparación válida, iba a gastar más en divertirme que antes.

Nada más lejos de la realidad.

Mi nueva dinámica de vida no se halla anclada en el disfrute que surge del gasto, sino en el disfrute que surge de hacer extraordinarios los momentos que antes eran ordinarios, a través de una herramienta muy poderosa: La atención. La piedra filosofal que convierte los momentos aparentemente irrelevantes, como por arte de magia, en oro.

Frank Spartan ha aprendido a enfocar la atención en todo lo que le sucede con muchas menos distracciones. Y esa mayor destreza en el uso de la atención ha hecho que el disfrute brote en abundancia de las situaciones más insospechadas: Un paseo al anochecer, un partido de fútbol con unos niños en un parque, una conversación con un desconocido en la calle, leer un libro con los primeros rayos de sol, charlar con mis hijos antes de dormir… la lista no tiene fin.

Esto tiene muchos beneficios, pero uno de los principales es que Frank Spartan no necesita gastar un dineral para irse a la cama con una sonrisa en la cara. Las cosas sencillas, con la atención adecuada, son todo lo que necesito. Y esas cosas sencillas, que prácticamente siempre son gratuitas, me han dado acceso a un nivel de satisfacción mucho más elevado que la que puede ofrecer mi cartera.

2. Mis contactos no acaban de unir los puntos

Desde que dejé mi antiguo empleo, no paro de encontrarme gente que se empeña en buscarme todo tipo de oportunidades laborales y en sugerirme ideas sobre cómo encontrar otro trabajo.

Asumen, de alguna manera, que estoy deseando ponerme a trabajar otra vez en algo parecido, al menos remotamente, a lo que hacía antes. Lo cual es algo natural, dado que es la situación más común.

Y Frank Spartan les agradece su interés. Sin embargo, cuando les explico que no tengo pensado trabajar por el momento, en su mente se debe de producir algún tipo de cortocircuito, porque no acaban de entenderlo. La inmensa mayoría no conciben, incluso diciéndoselo abiertamente, que no quiera ponerme a trabajar para ganar un sueldo. Simplemente no es una opción plausible en su cabeza. Y en muchos casos, su reacción natural es decirme que si no trabajo pronto en algo me aburriré como una ostra, en vez de interesarse por las razones por las que he elegido no hacerlo por el momento.

Esto a Frank Spartan le parece bastante curioso. Pero quizá no lo sea tanto.

3. La mejora de salud física y mental ha sido dramática

Ahora que llevo un año navegando por aguas nuevas, me he vuelto plenamente consciente del castigo al que estaba sometiendo a mi cuerpo y mi mente en mi etapa anterior. Oh boy, estaba siendo un maníaco psicópata y torturador sin una pizca de piedad.

Resulta interesante lo fácil que es infravalorar la gravedad de las cosas cuando no tenemos capacidad de contraste. Yo aprendí a convivir con sedentarismo, mala postura, dolor crónico de espalda, alimentación deficiente, problemas de digestión por comer demasiado rápido, dificultades para conciliar el sueño y altas dosis de estrés y ansiedad, simplemente porque se volvieron omnipresentes con el tiempo y me acostumbré a todas ellas.

Veía esas inconveniencias como algo a lo que no tenía más remedio que adaptarme. Decidí que mi cuerpo y mi mente debían pasar por ese aro, que tenía el diámetro de una aguja de coser, y comulgar con esas ruedas de molino día tras día. Así que acabé considerándolas como algo normal.

Ahora no tengo ninguno de esos problemas. Hago ejercicio y paseo todos los días, mi espalda se encuentra razonablemente sana gracias al yoga y a la práctica de postura consciente, duermo mejor, como mejor y mis niveles de ansiedad y estrés se han reducido a mínimos.

¿Qué quiero decir con todo esto?

Que ahora tengo capacidad de contraste. Y la perspectiva del contraste me ha llevado a una conclusión muy clara: Hay un mundo de diferencia entre la salud física, mental y emocional de mi situación de ahora y la de entonces. Tanta como entre la coordinación de Bud Spencer y la de Bruce Lee. Pero, desde dentro de mi situación de entonces, no tenía ni idea de que fuera tan grande.

Y, aunque Frank Spartan no es un profesional de la medicina, no creo necesite al Doctor House para poder intuir por mí mismo que haber permanecido en la situación de entonces durante un tiempo prolongado habría acabado teniendo consecuencias graves sobre mi salud, en algún momento no muy lejano. Ahora veo, con claridad meridiana, que el riesgo que alegremente había elegido asumir era mucho mayor y las posibles consecuencias mucho más graves, de lo que yo pensaba desde dentro.

4. Estoy tan ocupado como antes y mi ritmo de crecimiento personal se ha multiplicado

Si alguna vez la preocupación de estar demasiado ocioso cruzó mi mente, he de decir que no era demasiado fundada.

Frank Spartan se encuentra ahora involucrado en varios proyectos personales y explorando varias rutas profesionales, y tengo una larga lista de otros temas en los que tengo pensado involucrarme en el futuro. Me faltan horas en el día para hacer todo lo que quiero hacer.

Cada día de la semana, no sólo el fin de semana como antaño, ofrece múltiples oportunidades para disfrutar. Aunque siento cierta debilidad por la llegada del lunes, porque durante la semana puedo profundizar en todas esas áreas de forma mucho más eficiente que durante el fin de semana: Hay menos gente en el gimnasio, en el supermercado, en la biblioteca, en la carretera, en el monte, en la playa, en el metro; los vuelos y alojamientos para los viajes son más económicos; no hay colas; encuentras a gente más interesante; y todo, en general, funciona mejor.

Algunas de las cosas que hago ahora más que nunca son:

  • Leer libros
  • Viajar por interés personal
  • Ejercicio
  • Meditación
  • Pasar tiempo de calidad con familia y amigos
  • Hablar con desconocidos
  • Conocer gente nueva
  • Evaluar oportunidades de inversión
  • Escribir
  • Probar nuevas actividades que requieran superar incomodidad técnica y/o social
  • Aprender cosas nuevas en áreas de lo más variopintas
  • Ignorar las expectativas del entorno
  • El ridículo (pero no demasiado)

Y, gracias a todo ello, estoy creciendo como persona más que nunca. Curiosamente, mucho más que cuando tenía un trabajo y una vida convencional.

5. La dinámica de gestión de mis relaciones es muy diferente

La forma en la que manejo las relaciones interpersonales ha dado un giro considerable. Antes del cambio de rumbo, frecuentaba muchas relaciones por compromiso o costumbre sin reflexionar demasiado sobre lo que aportaban de verdad a mi vida.

Hoy, Frank Spartan sigue una dinámica completamente distinta, no porque la haya planificado de esa manera, sino porque se ha desarrollado así de forma natural.

Ya no frecuento o alimento ninguna relación en la que la persona en cuestión no me estimule a mejorar o me ayude a cumplir mis objetivos vitales de algún modo. Ahora soy consciente de que había algunas personas en mi entorno que me incentivaban a seguir el camino de la rutina, la inflexibilidad, la crítica destructiva, el postureo, la queja constante y, en general, a desarrollar una visión poco constructiva sobre el mundo. Personas que no tenían el tipo de energía que te ayuda a crecer y te levanta el espíritu. Esas personas han pasado a un segundo plano en mi vida, y algunas de ellas incluso han desaparecido de ella por completo. Sin jaleos, ni portazos. Simplemente eligiendo de forma consciente el frecuentarlas menos.

Ahora frecuento y alimento relaciones, más a menudo, con personas positivas, emprendedoras, valientes y con vocación de descubrir cosas nuevas. Porque ése es el tipo de energía que quiero en mi vida. El tipo de energía que me ayuda a crecer. Algunas de esas personas estaban ya en mi entorno, y a otras las he conocido en los últimos meses.

¿El resultado? La diferencia en la calidad de mis relaciones de antes con respecto a la de ahora es como la de la noche y el día. Bud Spencer y Bruce Lee.

6. Mi enfoque sobre el atractivo de los proyectos profesionales ha cambiado

En mi época anterior me atraía la dinámica profesional de formar parte del equipo de una gran corporación. Mayor estabilidad laboral, retribución económica, visibilidad profesional, flexibilidad para transicionar a diferentes roles dentro de la organización, menos riesgo de que te reconocieran en las fiestas de navidad cuando hacías un strip-tease con dos copas de más, etcétera, etcétera.

Sin embargo, mi mentalidad al respecto ha cambiado. Ahora, algunas de las limitaciones de ese tipo de ecosistema laboral se han vuelto mucho más presentes: La imposibilidad de interactuar sin intermediarios con el equipo gestor, la dificultad de apreciar el impacto directo de tu trabajo en la sociedad, la rigidez en la forma de desempeñar tu actividad en base a protocolos establecidos, la burocracia, las rencillas políticas, el foco en las apariencias para salvaguardar la imagen, y algunas más.

Por todas esas razones y otras muchas, Frank Spartan no tiene pensado volver a trabajar en una gran corporación. Lo que ahora me atrae son proyectos dinámicos, flexibles, con espacio para la creatividad y la autonomía, sin rígidos protocolos y donde pueda apreciar el impacto directo de mi trabajo en que el mundo, incluso a muy pequeña escala, sea un poco mejor de lo que era antes de hacerlo.

Supongo que la brújula que ahora guía mis pasos al elegir un proyecto es que éste tenga significado para mí, y que lo pueda llevar a cabo como yo quiera.

Es muy posible que, con este nuevo mantra profesional, mi cartera y mi ego estén menos inflados que antes, pero sé que viviré, dormiré y moriré con una sonrisa mucho más limpia y sincera en mi rostro. Y también sé que proteger esa sonrisa es, y más lo será a medida que pase el tiempo, mucho más importante que afanarse en inflar la cartera y el ego.

7. La educación de mis hijos es más valiosa que la que el dinero podría comprar

Una de las grandes dudas que Frank Spartan tenía antes de cambiar de rumbo era si, al hacerlo, estaría privando a mis hijos de la mejor educación posible. Antes, ellos se encontraban inmersos en un formato de educación anglosajón, que probablemente les prepararía mejor para las habilidades interpersonales y en el que su red de contactos, en teoría, podría ser mucho más internacional, extensa y útil que en mi ciudad natal.

Pero, después de un año en la nueva realidad, comprobé en la práctica, más allá de toda duda, algo que ya intuía: La educación que es relevante para un niño va mucho más allá del centro educativo en el que están y el formato de educación que reciben en él.

Ahora, mis hijos tienen exposición directa a sus dos padres, no sólo a uno de ellos porque el otro está en la oficina, durante un mínimo de cuatro o cinco horas durante todos los días de la semana, frente a los 45 minutos a la hora de la cena en mi vida anterior. Desayunamos juntos con ellos, les acompañamos al autobús del colegio, compartimos momentos de calidad por las tardes, cenamos juntos y leemos juntos antes de que se duerman. Pasan tiempo con sus abuelos, primos y tíos todas las semanas. Pueden crear y fortalecer relaciones con los hijos de nuestros amigos fácilmente, y tienen acceso directo y constante a la naturaleza.

Más o menos lo que pudo hacer Frank Spartan cuando fue un niño de esa edad. Y recuerdo, con intensidad, que fui extraordinariamente feliz durante aquellos años. Pero todo eso era mucho más difícil de crear y estaba mucho menos presente en nuestra vida anterior, por la dinámica profesional y vital que yo tenía entonces.

Quizá mis hijos no aprendan a hablar en público con el acento de un Lord Inglés ni se codeen con las altas esferas en campos de tiro al plato (aunque Frank Spartan tiene que reconocer que le mola el rollo de disparar con un rifle a un ovni en miniatura para volarlo en mil pedazos), pero interiorizarán el concepto de familia y disfrutarán al máximo de ella; desarrollarán su comunicación, estructura emocional y confianza en sí mismos a través de múltiples puntos de apoyo; expandirán su amor por la naturaleza; aprenderán valiosas lecciones sobre la vida a través de su interacción frecuente con muchos miembros de la familia; convivirán con y aprenderán a valorar las cosas sencillas; y tendrán unos cimientos sólidos para crear una relación mucho más profunda y sincera con sus padres a lo largo de todas las etapas de su vida.

Además, salvo que Frank Spartan pase a mejor vida tras lanzarse de un avión con un paracaídas que no acaba de abrirse, contaré con el tiempo y circunstancias para enseñarles los trucos de Jedi que les permitan alcanzar la Libertad Financiera por sí mismos, no mucho más tarde de que cumplan 40 años. Y confío en que eso, junto con el ejemplo que tienen en casa, les estimule para lanzarse a hacer aquello que les reporte máxima satisfacción durante una parte muy amplia de sus – espero – largas vidas. Porque es ahí donde se encuentra la clave para vivir una vida que merece la pena, y porque Frank Spartan, aunque tenga cerca de 80 años en ese momento, todavía irá habitualmente al gimnasio a hacer sentadillas y les dará una gran patada en el culo si desperdician esa oportunidad.

Ahora sé que estos son los auténticos ingredientes de la mejor educación posible que podría darles. La educación que mejor les preparará para la vida y la incertidumbre del cambio constante con la que tendrán que convivir mientras crecen. Una educación sencilla, pero a la vez mucho más valiosa que la que el dinero, sin el tiempo y la atención de sus padres, podría comprar.

Y así, incluso un espartano exigente como yo puede irse a dormir tranquilo.

Pura vida,

Frank.

4 comentarios en “7 cosas que no anticipaba sobre mi nueva vida”

  1. Coincido 100% con tu planteamiento Franky. Es curioso ver como la gente se afana en hacer que la vida de los demás sea lo más parecida posible a la suya, como si el hecho de ver que otras personas se decantan por caminos diferentes de alguna manera les hiciese sentir incómodos. No, no vuelvas a trabajar nunca más en aquello que no te interese, aunque a los demás les parezca una locura. Cuando haces lo que te gusta no lo consideras trabajo, no decides hacerlo por el dinero que puedas ganar o no, lo haces porque crees que es algo en lo que vale la pena invertir parte de tu limitadísimo tiempo en este planeta. Yo a la gente le diría…de verdad estas seguro que eres plenamente consciente de que tu mayor activo en la vida es tu tiempo y esta limitado? si te lo puedes permitir ni se te ocurra malgastarlo haciendo chorradas que ni te van ni te vienen. Un saludo y ánimo!!

    1. Hola Aitor,
      Tienes mucha razón. Sin duda, tenemos mucho que aprender sobre el valor escondido del tiempo. En cierto modo, empezar a andar el camino correcto empieza por eso.
      Un saludo y gracias por comentar.

  2. Hola!

    Me parece muy interesante el blog y me lo estoy leyendo con calma, al final no hay tanto contenido escrito por IFs que lo hayan conseguido (generalmente o el blog es un medio para conseguir esa independencia o no tienen tiempo de atender a los simples mortales que estamos aún en ello…)

    El caso es que si bien no puedo objetar nada con respecto a la mejora de la salud o las relaciones, no dejo de pensar en si realmente una parte de ti no esta echando de menos la adrenalina o tensión que te daba tu anterior trabajo, si tu nueva vida consigue ser tan estimulante …

    Aunque si en el otro lado de la balanza pones el no tener jefes ni horarios obligatorios, o el no tener que pensar en como va el negocio y si llegarás a jubilarte en esa empresa, seguro que la ecuación sale más que bien

    Te sigo, vamos hablando

    1. Hola Lander,
      El punto que comentas es muy interesante. Mis antiguos compañeros me hicieron esa misma pregunta hace varios meses. La respuesta es…depende.
      Yo no dejé mi trabajo porque no me gustara. Me gustaba. O más bien, había aprendido a hacerlo de forma que me gustara. Por eso, hay momentos en los que sí echo de menos la adrenalina. Porque adrenalina, había a raudales. El problema era que el conjunto, todo lo que implicaba directa e indirectamente ese trabajo, no me acercaba a mis objetivos vitales prioritarios. Y por esa razón, cuando sentí que era el momento, me fui. Porque quise probar suerte con otra cosa que me acercara más a esos objetivos y algo me decía que acabaría encontrándolo.
      Por contestar a tu pregunta de forma más explícita: Cuando me fui estaba seguro al 90% de que fue la decisión correcta. Hoy lo estoy al 100%.

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