La razón por la que debes tener conversaciones difíciles

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Hace algún tiempo, leí un libro de Tim Ferris, uno de mis autores y “podcasters” favoritos. En ese libro, Ferris dice algo que se me quedó grabado:  

El éxito de una persona se puede medir, habitualmente, por el número de conversaciones difíciles que está dispuesta a tener”.

Esta idea es muy poderosa y encierra una profunda verdad. Cuando alguien quiere conseguir algo importante, suele encontrar barreras. Y esas barreras suelen ser de dos tipos: Cosas que dependen de nosotros y cosas para las que necesitamos la colaboración de los demás.

En el primer tipo de barreras se encuentran cosas como perder peso o dejar de fumar, mientras que en el segundo se encuentran otras como un aumento de sueldo, inspirar a alguien para que te dé una oportunidad o conseguir que alguien de tu entorno deje de comportarse como un capullo.

En el primer tipo de barreras, la solución suele ser, principalmente, una cuestión de fuerza de voluntad y tenacidad personal. Y eso, aunque no sea moco de pavo, está bajo nuestro control. Al menos en una gran parte.

Sin embargo, el segundo tipo de barreras requiere una solución más sutil, porque a menudo se manifiestan en situaciones con alto potencial de conflictos interpersonales y requieren conversaciones difíciles que no nos gusta nada tener.

¿Por qué tendemos a evitar las conversaciones difíciles?

Las conversaciones difíciles son aguas en las que muchos de nosotros naufragamos estrepitosamente. No sabemos navegar bien por ellas. En esos momentos, las emociones vuelan alto y eso hace que comuniquemos nuestros mensajes – o recibamos los mensajes que otros nos comunican – con torpeza. La mayoría de nosotros nos movemos en ese ambiente como patos mareados.

La evidencia no está de nuestro lado. Cuando nos decidimos a tener ese tipo de conversaciones, comprobamos que la gente se cabrea, se siente dolida, se entristece con nosotros, o nosotros con ellos. En nuestro subconsciente se van acumulando esas experiencias, que recordamos con amargura, y acabamos concluyendo que es mejor evitarlas.

Y eso, con el paso del tiempo, se convierte en un hábito.

Aceptamos convivir con esos conflictos interpersonales en silencio, tolerando cosas que nos incomodan, sin una actitud proactiva de solucionarlos. Tragamos con comportamientos que nos molestan, no pedimos lo que necesitamos, no proponemos cambios para resolver lo que no funciona.

Evitar esas conversaciones difíciles nos da tranquilidad en el corto plazo, pero esos conflictos suelen no desaparecer con el mero paso del tiempo. Las insatisfacciones se acumulan y con ellas nuestra frustración.

Y aquí es donde la frase de Ferris cobra verdadero sentido.

Una vez renunciamos a mejorar estas situaciones para evitar la incomodidad que experimentamos al intentarlo, nos alejamos inmediatamente del éxito. Y posiblemente, si hemos elegido el tipo de éxito que deseamos con un poco de perspectiva, también nos alejamos de la felicidad.

Imagínate ahora que aplicas esta filosofía de comportamiento a múltiples situaciones.

  • No hablas con tu jefe para intentar solucionar las cosas que te desmotivan en el trabajo.
  • No le dices a tu pareja que el plan de ir al fútbol cada domingo te parece un auténtico coñazo o que no te gustan nada esos espaguetis carbonara que se empeña en cocinar todas las semanas.
  • No le dices a tu compañero de mesa que despide un olor corporal nauseabundo y que quizá debería plantearse ducharse por las mañanas.
  • No le dices al vecino de al lado que sus ensayos de guitarra de canciones de Megadeth por las noches te dan ganas de clavarle un puñal malayo y retorcer la empuñadura.

¿Has oído hablar de esas historias en las que una persona que, a ojos de todo el mundo, es afable y encantadora, pero que de repente se mete en un desfile de carnaval vestido de Rambo con un AK-47 y se carga a trescientas personas?

Los protagonistas de este tipo de historias son generalmente personas que van acumulando frustraciones a lo largo del tiempo en silencio, sin hacer frente a los problemas que se les presentan. A veces, porque no saben como hacerlo. Y a veces, porque huyen de las conversaciones difíciles.

Estas personas tragan y tragan. Hasta que un día, sin razón aparente, explotan.

¿Te parece una exageración?

Probablemente tengas razón. Probablemente en tu caso concreto sólo se trate de una pequeña insatisfacción.

Pero debes tener cuidado, porque esa insatisfacción no es estática. Evoluciona.

Renunciar a tener conversaciones difíciles porque te parece embarazoso es un virus que se extiende como la pólvora a todas las áreas de tu vida, y que te aleja de lo que quieres con asombrosa rapidez. Y cuando eso sucede, esa pequeña insatisfacción se va transformando en una insatisfacción mucho más grande y peligrosa.

La pregunta es: ¿Cómo podríamos perder el miedo a las conversaciones difíciles? ¿Cómo podríamos zambullirnos en ellas con la confianza suficiente de que las vamos a gestionar bien y de que vamos a conseguir lo que queremos?

Esta pregunta es muy importante para tu éxito personal en la vida. Así que Frank Spartan va a darte algunas ideas que espero que te sirvan. Algunas de ellas surgen de mi experiencia personal y algunas otras de autores de reconocido prestigio en esta materia, como Marshall Rosenberg o Ron McMillan.

Comenzar con la mentalidad adecuada

Cuando te enfrentes a una situación de este estilo, es importante empezar con unos cimientos sólidos.

Recuerda que son situaciones jodidas. Vas a encontrar dificultades. Y si tus cimientos no son sólidos, acabarás huyendo de esas dificultades a la menor oportunidad.

Por esta razón, debes convencerte primero de que esa conversación difícil es necesaria para poder mejorar las cosas. Debes convencerte de que esconder la cabeza en la arena y confiar en la suerte para que las cosas se arreglen solas no es una buena estrategia. Debes asumir tu responsabilidad presente sobre tu bienestar a largo plazo. Y debes creer, con convicción, que hay un mundo mucho mejor al otro lado de esas dificultades y que el dolor que produce atravesarlas merece la pena.  

En resumen, antes de entrar en harina, asegúrate de que tienes la mentalidad adecuada y los objetivos claros, o la carga emocional que se genera en esas situaciones hará que descarriles y no consigas lo que te propones.

Frank Spartan era muy torpe en este ámbito. Me aferraba a mi punto de vista y me enajenaba cuando la otra persona no estaba de acuerdo con algo que a mí me parecía obvio, hasta el punto que me lanzaba a arrollarla con argumentos lógicos. Pero, por muy obvio y lógico que todo me pareciera, esa enajenación emocional mía llevaba la conversación por cauces que eran poco útiles y me alejaban del objetivo principal.

Ahora tengo este punto mucho más presente y, aunque me queda mucho por hacer al respecto, bailo mejor con este problema.

Si quieres reconstruir una amistad que se ha torcido, o decirle a tu jefe que no te gusta cómo te trata, más te vale creer de verdad que esa conversación difícil es necesaria y que tu prioridad principal, más que preservar tu ego, es mejorar esa relación.

Ésa es la brújula que no debes perder de vista.   

Asegúrate de que la persona con la que hablas se siente segura

En el tipo de conversaciones de las que estamos hablando, generalmente necesitamos que alguien haga algo que no está haciendo. Necesitamos que cambie de marcha. Y eso no es tan fácil como parece, por mucho que creamos que nosotros nos lo merecemos por nuestra cara bonita.

En las conversaciones difíciles, hablamos de temas sensibles. Y cuando hablamos de temas sensibles, la otra persona tiende a ponerse a la defensiva inmediatamente. Por mucha razón que creamos que tenemos, es lo que muy probablemente sucederá.

La naturaleza humana es así. El cerebro interpreta ese tipo de conversaciones sobre temas sensibles como una amenaza.

¿Y qué ocurre cuando estás a la defensiva?

Lo que ocurre es que tu prioridad no es intentar entender a tu interlocutor, sino protegerte a ti mismo. Si percibes que tu interlocutor te ataca de algún modo, por ejemplo, criticando tu comportamiento, no vas a escucharle de verdad. Tu ego va a ponerse en primera fila y va a susurrarte al oído mil y una razones que justifican por qué tu interlocutor no tiene razón.

Por lo tanto, ¿qué debes hacer antes de vomitarle encima a esa persona todo lo que debe hacer o no hacer para satisfacer tus deseos?

Exacto. Tienes que asegurarte de que primero se siente segura.

Hay muchas técnicas para conseguir que una persona se sienta segura. Pero no necesitas un arsenal repleto de armas para ganar esa batalla. De hecho, en la inmensa mayoría de los casos basta con dos.

Una es la apreciación y la otra es el respeto.

  • Antes de empezar: Debes conseguir que la otra persona se sienta apreciada. Si tu mensaje solamente incluye lo que la otra persona debe cambiar o las cosas que está haciendo mal, empezarás con mal pie. Es importantísimo que antes de eso pongas a esa persona en valor por algunas cosas que ha hecho bien.

Si no lo haces, corres el riesgo de que su cerebro simplifique en exceso e interprete que no la valoras en absoluto. Y si eso sucede, estarás cadáver antes de empezar.

  • Durante la conversación: Debes vigilar las reacciones impulsivas a las cosas que la otra persona diga, porque muchas de esas reacciones pueden ser percibidas como una falta de respeto.

La actitud sarcástica, el interrumpir, el menospreciar, el hacer de menos a la otra persona puede parecer lógico en el momento. Incluso puede que, después de cinco minutos, apenas recuerdes que lo has hecho. Sin embargo, esas cosas dejan muescas profundas en la otra persona porque suelen ser interpretadas como falta de respeto. Y la falta de respeto es algo que nos hiere profundamente.

Si la otra persona percibe que no le tienes respeto, todo lo que digas caerá en saco roto. Puede que acabes convenciéndola para que haga lo que tú quieres, pero no lo hará de forma genuina. Y eso acabará mordiéndote el trasero en algún momento, quizá cuando menos te lo esperes.

Si creas un ambiente de apreciación y respeto, los mensajes más problemáticos y sensibles serán mucho mejor recibidos y tendrás muchas más probabilidades de conseguir lo que quieres.

Hacer ver a esa persona los beneficios de ayudarte

Los seres humanos somos, por regla general, egoístas. Hay excepciones, por supuesto. Pero no es lo habitual. Y eso implica que tienes más probabilidades de acertar si asumes que la otra persona va a resistirse a acceder a tus deseos salvo que perciba que hacerlo le reportará algún beneficio.

Muchos obviamos este punto al iniciar una conversación difícil. Nos centramos en lo que nosotros mismos queremos y en las razones por las que nos lo merecemos, pero no tenemos en cuenta que la otra persona tiene sus propios deseos y que es posible que esos deseos entren en conflicto con los nuestros.

La otra persona no tiene por qué ayudarnos. Por mucho que creamos que nos debe algo, es muy posible que ella piense que no es así. La única forma de que esa persona haga algo por nosotros es que quiera hacerlo. Y para querer hacerlo tiene que tener un motivo que tenga valor para ella. No un motivo que tenga valor para nosotros.

Cuando profundices en esta idea, te darás cuenta de que estarás mejor preparado para abordar esa conversación difícil si intentas empatizar primero con esa persona. Si intentas comprender por qué actúa como actúa, por qué hace unas cosas y no otras, qué prioridades tiene y qué problemas le preocupan más.

Si te pones en ese plano mental, es muy posible que se te ocurran cosas que podrías hacer para facilitarle la vida a esa persona en alguna dimensión que sea relevante para ella. Si conectas con ella de esa forma en tu conversación, es muy posible que todo vaya mejor, porque esa persona percibirá que lo que se le plantea no es que se tenga que salir de su carril para ayudarte, sino que existe la posibilidad de que ambos ganéis algo si os entendéis. Y esa perspectiva crea predisposición para colaborar.

Ya. No es fácil.

Si crees que tu jefe es un capullo porque no aprecia tu valía profesional y no te sube el sueldo, lo que te pide el cuerpo es entrar en su despacho a gritos y darle el ultimátum de que, o te sube el sueldo, o te vas. O quizá usar la ley del mínimo esfuerzo como señal de protesta. Y eso te parece absolutamente lógico y justificado.

Y Frank Spartan no cuestiona que esté justificado. Lo que te digo es que no es la mejor forma de conseguir lo que quieres. Lo que te digo es que luches por lo que quieres, pero que lo hagas de forma más inteligente.

Por ejemplo, en este caso podrías hacer lo siguiente:

  1. Infórmate sobre cuáles son los objetivos prioritarios de tu jefe y dónde está encontrando las mayores dificultades.
  2. Toma alguna iniciativa que añada valor en una de esas áreas.
  3. Ten una reunión con tu jefe en la que: a) le agradeces las cosas buenas que ha hecho; b) le reiteras tu compromiso por hacer las cosas bien; c) le recuerdas tus contribuciones; d) le presentas la iniciativa que has tomado; e) le pides más responsabilidad con algún proyecto y le propones que si lo haces bien te suba el sueldo.

Ahora dime… ¿cuál de las dos formas crees que tiene más probabilidades de conseguirte ese aumento de sueldo que deseas?

Y no te preocupes porque no renuncias a nada. Siempre hay tiempo para gritar, sacar el dedo corazón al escenario, largarte de la oficina a lo Jerry Maguire o hacer pintadas de tu jefe ahorcado en la puerta del baño. Pero antes de llegar a eso, quizá debas probar lo otro.

O imagínate el siguiente caso: Un amigo o familiar tiene la costumbre de enfadarse y no hablarte durante días cuando estás en desacuerdo con él sobre algo, porque se lo toma de forma personal.

Es posible que lo que te pida el cuerpo es pasar de esa persona, o echarle en cara su mal carácter, o simplemente esperar a que se le pase el berrinche y volver a tratar con ella como si nada, midiendo tus palabras para que no se vuelva a enfadar. Cualquiera de estas alternativas puede tener sentido en tu cabeza, pero ninguna de ellas te ayuda especialmente a mejorar tu relación o a sentirte mejor.

Por otro lado, podrías hacer lo siguiente:

  1. Aguarda a estar en un momento en el que os encontráis a gusto para sacar el tema. No lo hagas en un momento de calentón.
  2. Menciona algunas cosas buenas de esa persona que hacen que valores la relación y quieras cuidarla.
  3. Explica cómo te sientes cuando esa persona reacciona de la manera que te molesta y por qué. Sin criticar su comportamiento o ponerle etiquetas a lo que está haciendo. Simplemente explica el efecto que tiene en ti, para que la otra persona vea por sí misma lo que está provocando.
  4. Después, guarda silencio. Resiste la tentación de hablar demasiado una vez que llegas a este punto. Deja a la otra persona que interiorice lo que estás diciendo y se pronuncie, sin dejar de mirarla a los ojos.

Ya ves que todas estas formas de enfocar las conversaciones difíciles siguen el mismo patrón:

  1. Mentalidad: Hacernos conscientes de la importancia de tener esa conversación.
  2. Apreciación: Que la otra persona se sienta valorada, no sólo criticada.
  3. Respeto: Que la otra persona se sienta tratada de forma justa y amable durante la conversación.
  4. Beneficios: Que la otra persona aprecie que acceder a tus deseos también tiene ventajas para ella.

Lleva contigo este mapa a la hora de navegar una conversación difícil y llegarás a puerto sano y salvo. Palabrita de Frank Spartan.

Y de esa forma, es muy posible que el éxito del que Tim Ferris habla se acabe posando en tu hombro. 

Pura vida,

Frank.

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