¿Qué tipo de éxito persigues en tu vida?

Hace algunos años, Frank Spartan entabló amistad con un joven de ascendencia india criado en Londres. Para conservar su anonimato, le llamaremos Samir.

Samir y yo trabajamos juntos durante algún tiempo. Era un joven brillante. Muy inteligente, agudo en sus observaciones, rápido de pensamiento y tremendamente perceptivo. Tenía también mucha facilidad para relacionarse con la gente y un palpable carisma cuando hablaba en público. Lo tenía todo. El “full package”, como decían los anglosajones. Al de poco tiempo de conocerle, no me cupo la menor duda de que alcanzaría el éxito profesional y llegaría muy lejos.

Sin embargo, había un pequeño problema. Samir medía el éxito en su vida con una métrica muy concreta: La retribución económica. Para él, los triunfadores eran los que más dinero ganaban. Su valía profesional venía determinada por esa métrica por encima de ninguna otra, hasta el punto de que las personas a las que se sentía atraído, no sólo en su entorno profesional sino también en el personal, eran personas que ganaban mucho dinero. La retribución económica era el centro magnético de sus relaciones, el símbolo del éxito en la vida.

Samir progresó en su carrera profesional rápidamente. Su talento fue reconocido y promocionó a un puesto de gran responsabilidad en una de las empresas más relevantes del mundo. Sin embargo, nunca consiguió sentirse satisfecho. Cuando nos veíamos, pasaba media conversación quejándose de que este o aquel colega no merecían todo el dinero que les pagaban. Y en el siguiente encuentro, el colega objeto de sus quejas era otro diferente, pero el motivo era siempre el mismo: Se sentía frustrado porque alguien, en algún sitio, ganaba más dinero que él.

¿Cuándo y cómo adoptamos nuestra definición de éxito?

Las semillas de nuestra definición de éxito empiezan a plantarse en nuestra mente a muy temprana edad. Nos vamos impregnando de los mensajes, expresiones faciales y formas de actuar que vemos en nuestros familiares, en el colegio, en nuestros amigos, en la televisión y en las redes sociales. Vamos entendiendo que esa jauría humana sin rostro que llaman sociedad valora, prefiere y pone delante de las cámaras a unos tipos de personas más que a otros.

Lentamente, empezamos a distinguir las cualidades y el estilo de vida que diferencian a las personas que pertenecen al grupo que recibe todas esas alabanzas. Entrar en ese grupo se convierte en algo muy tentador. Y lo contrario se convierte en algo aterrador.

¿A quién no le gusta que le alaben? ¿A quién no le gusta contar con el beneplácito, la admiración y el aplauso de los demás? Y de la misma forma, ¿a quién no le disgusta que le critiquen? ¿A quién no le disgusta que le digan que está loco, que es un fracasado, que es un egoísta y un desagradecido por no hacer lo que se espera de él o de ella?

La necesidad de aceptación y pertenencia al grupo está muy arraigada en nosotros. Es una de las necesidades más viscerales y básicas que tenemos. Y a menudo, el atajo que encontramos para satisfacer esa necesidad es perseguir las mismas metas que apreciamos que la mayoría persigue. Las mismas metas que nos fueron comunicadas sutilmente a través de múltiples canales mientras crecíamos. Las metas que ha conseguido ese grupo que recibe las alabanzas y al que resulta tan tentador pertenecer. Cuando empezamos a adoptar esas metas como nuestras, lentamente se convierten en creencias. Y esas creencias determinan las decisiones más relevantes que tomamos a lo largo de nuestra vida.

Prácticamente sin darnos cuenta, nuestra mente procesa toda esta información y la simplifica por medio de algoritmos:

  1. Si hago X, conseguiré Y.
  2. Si consigo Y, perteneceré al grupo de los triunfadores.
  3. Si pertenezco al grupo de los triunfadores, seré feliz.

Una vez interiorizados, estos algoritmos operan la mayor parte del tiempo de forma subliminal, unos metros por debajo del radar de la consciencia. Pero tienen una influencia enorme sobre nuestra visión del mundo, el sistema de valores que vamos formando y los caminos que elegimos al llegar a las encrucijadas.

Estudia y saca buenas notas. Encuentra un trabajo con estatus y que pague bien. Compra un coche. Compra un piso. Cásate y forma una familia. Ve de vacaciones a lugares exóticos. Sé fan de un equipo de fútbol. Ve de compras. Rodéate de comodidades y date caprichos, porque tú lo vales.

Todas éstas son reglas sociales, profundamente establecidas en las sociedades occidentales, que nos influencian con mucha fuerza a seguir ciertas pautas de comportamiento. En muchos casos, la presión que sentimos es tal, que nos vemos obligados a seguirlas prácticamente a rajatabla.

Lo relevante de este asunto es que puede que estas reglas nos sirvan bien, pero también puede que no. No sirven bien a todo el mundo, porque cada persona es diferente. Lo que ocurre es que muchos de nosotros no tenemos especial interés en descubrir cómo somos realmente, porque preferimos la sensación de seguridad que obtenemos cuando, al examinar nuestra vida, concluimos con alivio que nos parecemos a las personas de nuestro entorno de referencia. O al menos que no desentonamos demasiado con ellas.

Puede que esperes que ahora lleguen recomendaciones del estilo de “no hay que compararse con los otros”, “sé tú mismo e ignora las opiniones de los demás”, “sigue a tu corazón”, etcétera, etcétera. Cuando oímos esas recomendaciones, todos asentimos con expresión solemne, poniendo los ojos en blanco y reverenciando la sabiduría de esa gran lección vital. Pero un instante después volvemos a nuestros hábitos de compartir gilipolleces en las redes sociales buscando “likes” y de cotillear sobre las personas de nuestro entorno.

Y eso es perfectamente natural y humano. Porque la recomendación de no compararnos con los demás e ignorar las opiniones ajenas, aunque sea muy sabia y suene a verdad de la buena, es bastante inútil en la práctica. La inmensa mayoría de nosotros estamos programados para compararnos con y ser influenciados por los demás. La explicación tiene un ángulo evolutivo, ligado a la supervivencia de la especie, y un ángulo cultural, ligado a las reglas del proceso de aprendizaje en sociedad que se nos aplican desde que tenemos uso de razón.

Fuente: http://dilbert.com/strips/comic/2012-08-25/

Nos han educado para que nos comparemos con los demás. Punto final. Es lo que nuestro cerebro ha aprendido a hacer y ese aprendizaje deja muescas muy profundas en la memoria que resulta increíblemente difícil eliminar. De hecho, con la explosión de la publicidad y el uso de las redes sociales, es más que probable que esas muescas sean ahora más profundas de lo que eran antes.

Ella está más delgada. Yo visto con más estilo. Él gana más dinero. Ella va a un club más exclusivo. Él es más popular entre los compañeros de trabajo. Yo tengo un coche mejor. Ella tiene más arrugas, voz de pito y anda como un pato borracho. Mi casa tiene menos metros cuadrados, pero su barrio está lleno de navajeros y camorristas. Ella va de diva, pero seguro que es más frígida en la cama que un Twister.

No te vuelvas loco. A no ser que seas Gandhi, lo haces y lo seguirás haciendo. Todos lo hacemos, especialmente en las sociedades occidentales, en mayor o menor grado. Pretender deshabilitar este programa en nuestra mente es una meta imposible. Seguirá funcionando, aunque intentes volarlo por los aires con dinamita.

La métrica de comparación con los demás

Como consecuencia de todas estas influencias que se ceban tan cruelmente en nuestra vulnerable y desprevenida estructura mental y emocional, digamos que, como normal general, andamos un poco dispersos cuando decidimos qué metas debemos perseguir para alcanzar el éxito en la vida. Y a menudo pasamos un pequeño detalle por alto.

Podemos definir el éxito como mejor nos plazca.

¿Ehh? ¿Cómo?

Sí. Depende pura y exclusivamente de nosotros.

Esto puede parecer una perogrullada, pero no lo es en absoluto. Si no absorbes profundamente esta verdad y la pones en práctica tras un buen examen sobre tus valores y tu filosofía de vida, lo más probable es que te dejes arrastrar por lo que hacen otros y acabes persiguiendo las mismas metas que ellos sin saber muy bien por qué.

Un número altísimo de personas que conozco dicen que tienen estos o aquellos valores, pero luego toman, una y otra vez, decisiones incongruentes con ellos. Y la razón es que no han definido aún el éxito en función de esos valores y/o no han interiorizado aún esa definición lo suficiente como para actuar en consecuencia. Por eso siguen, quizá inconscientemente, persiguiendo las metas y el tipo de éxito que persigue la mayoría.

Joder, Frank, pero hacer eso es muy difícil – me dirás. Son creencias muy profundas que no se cambian de la noche a la mañana.

Y yo te digo: Tienes razón. Como ya vimos aquí, hay creencias que resulta complicado cambiar, no porque no queramos cambiarlas, sino porque las ramificaciones emocionales de intentarlo son muy amplias e intensas.

Pero también es posible que no sea tan difícil como parece y que todo lo que necesites sea tomarte una pausa y hacer un poco de introspección. Quizá lo que ocurre es que estés confundiendo tu objetivo principal con algo que no es sino una posible derivada de ese objetivo. Que estés confundiendo el tronco del árbol con una de sus múltiples ramas.

Veamos algunos ejemplos:

  • Puedes creer que ganar mucho dinero o ser famoso es tu objetivo principal. ¿Pero es eso cierto? Quizá si escarbas un poco descubras que lo que realmente buscas es que otros reconozcan la calidad de tu trabajo o que te tengan respeto. Que el dinero y la fama no son más que posibles derivadas de ese objetivo principal. Y si escarbas un poco más, quizá descubras que lo que de verdad buscas no es tanto el reconocimiento o el respeto externo, sino la satisfacción interna de haber hecho tu trabajo lo mejor que puedes, de haberte esforzado al máximo y de haber puesto tu alma en ello.
  • Puedes creer que tener pareja es tu objetivo principal. Pero quizá si escarbas un poco descubras que lo que realmente buscas es un estado emocional sólido y equilibrado. Y que una relación de pareja no es más que una posible derivada de ese objetivo principal de salud emocional.
  • Puedes creer que ser devoto y seguir la doctrina de cierta religión es tu objetivo principal. Pero quizá si escarbas un poco descubras que lo que realmente buscas es comportarte con rectitud y conectar con tu espiritualidad. Y que la doctrina de una religión particular no es más que una posible derivada de ese objetivo principal de satisfacer esa sed de espiritualidad.

Y si percibes, incluso sólo sutilmente, que lo que realmente buscas es una cosa distinta a la que originalmente creías, ¿no podrías – deberías – cambiar tu definición de éxito? ¿No podrías elegir otras formas de medirlo?

Las consecuencias prácticas de adoptar otra definición de éxito

Volviendo a los ejemplos anteriores, déjame que te plantee unas preguntas:

¿Qué ocurriría si definieras el éxito como el hacer tu trabajo lo mejor que puedes y expresar tu creatividad, poniendo todo tu esfuerzo y pasión en ello, en vez de definirlo como ganar mucho dinero, tener un club de fans o un coche más grande que el del vecino?

¿Qué ocurriría si definieras el éxito como conseguir llegar a un estado emocional equilibrado, donde generes autoestima por ti mismo y construyas relaciones sinceras y profundas con los demás, en vez de definirlo como encontrar la pareja perfecta?

¿Qué ocurriría si definieras el éxito como conectar con tu espiritualidad y actuar con rectitud, bondad y amabilidad, en vez de definirlo como seguir ciegamente las directrices de una religión concreta con el único objetivo de no quemarte ese temeroso culo tuyo en el fuego del infierno?

Lo que probablemente ocurriría es una sucesión de implicaciones prácticas enormes, porque nuestra definición de éxito determina los aspectos clave de nuestra conducta. Dependiendo de qué definición de éxito elijamos, podemos llegar a vivir dos vidas totalmente distintas, porque las consecuencias conductuales de esa elección son muy poderosas y de muy largo plazo.

  • Elegir el trabajo mejor pagado, aunque no nos realice demasiado, o elegir un trabajo que nos apasiona y entregarnos a él en cuerpo y alma.
  • Vivir con valentía e interés por desarrollarnos a nosotros mismos, fortaleciendo nuestra autoestima y con actitud abierta a probar nuevas experiencias, o vivir buscando a la pareja soñada que posee la llave mágica para elevarnos a un nivel de satisfacción al que nosotros mismos no podemos llegar.
  • Explorar vías para desarrollar nuestra espiritualidad, conectar con nosotros mismos y practicar la bondad en la vida diaria, o acudir a templos, creer en dogmas y repetir mantras.

Como puedes ver, son vidas muy diferentes. Cuando no hacemos ningún ejercicio de introspección y seguimos con el piloto automático, a menudo tenemos la impresión de que nuestra vida ha transcurrido como debía, porque asumimos que nuestra definición de éxito, y las creencias que derivan de ella, vienen de serie y son inmutables. Y por tanto, que nuestra forma de actuar tiene todo el sentido del mundo.

Pero no son inmutables. Se pueden cambiar. Y a veces, se deben cambiar.

La definición de éxito con la que todo cobra sentido

Vale. Bien. Digamos que te compro el argumento, Frank. Digamos que acepto que puedo cambiar mi definición de éxito. Pero… ¿cómo demonios elijo una definición de éxito que tenga sentido para mí?

Ésa es una buena pregunta y, como todas las buenas preguntas, no es fácil de contestar. Para hallar la respuesta, vas a tener que profundizar en lo que es realmente importante para ti. Vas a tener que discriminar. Vas a tener que elegir y priorizar unas cosas sobre otras y vas a tener que ser jodidamente honesto contigo mismo haciéndolo.

¿Y sabes qué? No va a ser un paseo por el parque. Va a ser incómodo. Va a doler. Porque al elegir de forma consciente, también vas renunciar de forma consciente.

¿Prefieres ganar mucho dinero haciendo algo que no te gusta demasiado, o ganar menos haciendo algo que te apasiona? ¿Prefieres fama y popularidad en una actividad banal o anonimato en una actividad que contribuye a mejorar el mundo? ¿Prefieres estar solo o con una pareja que no te aporta demasiado? ¿Prefieres pasar más tiempo con tus hijos o pasar más tiempo en la oficina para poder pagarles un colegio mejor?

Ésas son preguntas difíciles. Son preguntas que nos ponen frente a frente con nuestros demonios, sombras y miedos, que son elementos que solemos mantener ocultos. Pero debes hacértelas para conocerte mejor y poder dirigir el timón con mayor destreza mientras navegas por la vida. Lo que Frank Spartan te dice sin dudarlo es que elegir métricas internas de éxito, ligadas a lo que nuestra voz interior nos dice que debemos hacer, tiene más probabilidades de llevarte a vivir una vida más rica y satisfactoria que elegir métricas externas de éxito como la fama, el dinero o el estatus.

Ya que hemos concluido que no podemos dejar de compararnos con/vernos influenciados por los demás, resulta más sano y constructivo que nos comparemos o nos veamos influenciados en aspectos que podemos generar y alimentar nosotros mismos, como la dedicación, el compromiso, la destreza, el afán de superación, la voluntad de aprendizaje y crecimiento y la búsqueda de propósito, que que nos comparemos y nos veamos influenciados en aspectos externos, como el dinero, la fama o el estatus.

¿Por qué? Porque la comparación con los demás en las métricas internas actúa como una fuente de inspiración que nos conecta aún más con nuestra voz interior y nos ayuda a descifrar sus anhelos. Por el contrario, la comparación con los demás en las métricas externas nos catapulta a adentrarnos en una espiral de insatisfacción y frustración permanente, porque el resultado no depende de nosotros mismos. Y eso es como perseguir escurridizos fantasmas que nos enseñan el dedo corazón mientras se alejan volando a carcajadas. Es un juego en el que siempre acaba ganando la casa y los matones te echan del local, sin blanca y sin alma, a un callejón oscuro. Por mucho que en las primeras fases del juego te creas que eres Paul Newman en El Golpe.

Para ilustrar estas ideas, permíteme que te cuente una historia personal:

Frank Spartan se cruza de vez en cuando con profesionales del empleo en el que trabajaba en mi vida anterior y de empleos similares. Si usara las métricas de éxito que comunica nuestra sociedad, sería extremadamente probable que yo, en mis circunstancias actuales, me sintiera inferior, menos exitoso y de menor valía cuando me encuentro con ellos. Ellos ganan más dinero, llevan trajes caros, viajan en primera clase, comen en restaurantes de lujo, tienen casas más grandes y se alojan en hoteles de cinco estrellas. Yo voy con vaqueros y mochila, tengo que engatusar a las azafatas con triquiñuelas para que me hagan caso y suelo alojarme y comer en sitios más económicos.

Sin embargo, en un momento dado decidí no usar esas métricas para medir el éxito. Las métricas que ahora uso son otras: El sentirme libre, el vivir conforme a mis principios, el salir de mi zona de confort y aprender cosas nuevas, el mejorar en ciertas áreas de mi personalidad que considero importantes para desarrollar una buena relación con los demás, el dedicarme en cuerpo y alma a un proyecto profesional que me llene y a la vez tenga como objetivo generar un impacto positivo en la vida de algunas personas, el ser mejor hijo, padre, compañero y amigo cada día. Ésas, y otras similares, son las métricas que componen mi definición de éxito y que guían mi toma de decisiones.

Como puedes ver, todas esas métricas de éxito son internas. Cobran valor con mi actitud y mi conducta. Y si producen resultados externos favorables mejor que mejor, porque a todos nos satisface recibir recompensas externas. Es simplemente que esas recompensas no conforman la definición de éxito, sino que son una derivada de él.

Según esta forma de medir el éxito, tanto si miro hacia dentro y escucho a mi voz interior, como si miro hacia fuera – influenciado por la esa puñetera programación innata y cultural de la mente – y me comparo con los demás, concluyo que lo estoy haciendo bien. Porque en las métricas que a mí me importan soy una persona de éxito. Y además, las azafatas siempre acaban haciéndome caso aunque no lleve un traje de Armani. Misterios de la atención y la sonrisa.

Lo que me lleva al comienzo de este post y a mi querido amigo Samir.

Samir se afana día tras día en encontrar formas de aumentar su retribución económica hasta nuevas cotas, porque cree que así sentirá que por fin ha alcanzado el éxito. Trabaja más horas, cubre a más clientes, negocia sin descanso, lanza ultimátums a su jefe, explora otras alternativas profesionales y, a consecuencia de todo esto, pasa cada vez menos tiempo con su familia. Para él no existe otra opción, porque es la única forma que aprecia de conseguir su objetivo.

El único problema es que, aunque Samir esté avanzando rápidamente, lo está haciendo hacia el destino equivocado. Se dirige ciegamente hacia una pelea que no puede ganar.

El pensamiento que inunda mi mente cuando a veces pienso en él, desgarrador, delirante y trágico al mismo tiempo, es que, curiosamente, el éxito siempre ha estado al alcance de su mano. Podría llegar a él tan rápido como puede chasquear sus dedos, sin necesidad de quedarse sin aliento intentando cambiar las cosas a su alrededor. Sólo tiene que mirar hacia dentro, hacerse un par de preguntas difíciles y dejar que las respuestas se vayan manifestando, día a día, en su forma de actuar.

Y es que vivir envuelto en ansiedad y frustración, o hacerlo envuelto en equilibrio y satisfacción, es a menudo una simple cuestión de perspectiva.

Pura vida,

Frank.

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