Por qué debes encontrar la motivación para mejorar y cómo puedes hacerlo

Hace unos días, mis amigos y yo tuvimos un intercambio de opiniones vía mensajes de texto sobre la situación del COVID-19 y la competencia que habían mostrado nuestros gobernantes en la gestión de la pandemia. Hubo una gran variedad de quejas, porque muchos de ellos, incluido yo mismo, no estábamos particularmente satisfechos con la actuación del gobierno. También hubo muchos comentarios sobre las posibles consecuencias económicas que nos aguardaban en los próximos meses y cuándo podríamos volver a hacer algunas cosas que echábamos de menos.

En un momento dado, uno de mis amigos dijo algo así como: “Igual deberíamos preocuparnos más de otras cosas más importantes en vez de todas estas chorradas”. Y adjuntó un artículo sobre la historia de una profesora en Sudamérica que caminaba muchos kilómetros todos los días para llevar los deberes a los alumnos que no tenían acceso a Internet.

Recuerdo que pensé: Sí, tiene razón. Deberíamos expandir nuestra visión un poco, apreciar que nuestra situación sigue siendo privilegiada y centrar la atención en algunas cosas más profundas que el momento en el que podremos volver a los bares.

Pero el ser humano no se suele comportar de esa manera. Lo que suele hacer es centrarse en su pequeño ecosistema y sufrir cuando ese ecosistema experimenta alguna alteración negativa, aunque no sea excesivamente dolorosa.

Y es que la realidad en nuestro mundo occidental es ésa. Muchos de nosotros no estamos satisfechos con nuestra vida. Sentimos que falta algo importante, sentimos un vacío. Pero como el dolor que sentimos como consecuencia de esa insatisfacción no es insoportable y tenemos fácil acceso a múltiples fórmulas de atontamiento psicológico y emocional para enterrarlo temporalmente, no cambiamos nada y seguimos adelante.

El deporte favorito de los seres humanos es permanecer en situaciones insatisfactorias en las que el dolor, a pesar de existir, es soportable.

The mass of men lead lives of quiet desperation

– Henry David Thoreau

El artículo que envió mi amigo ilustraba la idea de que hay personas que renuncian a hacer lo fácil y viven vidas extraordinarias. Personas que arriesgan por una causa que merece la pena para ellas. Pero también es cierto que muchas de esas personas actúan de esa manera impulsadas por sus circunstancias. Muchos de esos casos son protagonizados por personas que experimentaban un dolor intenso que actuó como un resorte para pasar a la acción.

La persona que monta un negocio cuando se queda sin empleo, la que impulsa una iniciativa social para prevenir accidentes o enfermedades que alguien de su familia tuvo, la que se compromete para ayudar a un grupo de personas cuyo sufrimiento aprecia todos los días de primera mano, la que cambia su mentalidad y decide disfrutar a tope de la vida tras haber superado un infarto. Todas ellas han visto el precipicio de cerca, han sentido la punzada del dolor y han sabido canalizar la energía de ese dolor hacia un propósito más constructivo que ha dotado a sus vidas de un nuevo sentido.

Pero, a pesar de esta conclusión, la pregunta de mi amigo dejó una pregunta flotando en la cabeza de Frank Spartan: ¿Es realmente necesario que debamos atravesar un trauma, un dolor intenso, un episodio en el que nuestras vidas parecen desmoronarse para poder evolucionar hacia algo mejor? ¿No hay otra forma que no implique sufrir algún tipo de shock y nos permita trascender nuestra mentalidad egocéntrica, cerrada y cortoplacista y evolucionar hacia una mentalidad más abierta, altruista y enfocada en el crecimiento?

Porque, sí, eso de resurgir del dolor y las cenizas está muy bien, pero si podemos hacerlo desde nuestro estado actual de insatisfacción soportable y sin necesidad de quemarnos a lo bonzo estaría aún mejor, ¿o no?

Salvo que seas masoquista profesional, es difícil concluir que no.

Veamos cómo podemos oír ese “click” en nuestra cabeza que nos impulse a actuar, sin necesidad de que nadie nos arroje al pozo de los leones con una chuleta colgada del cuello. 

La velocidad del proceso de transformación sin dolor

Lo primero que debemos tener en cuenta es que el proceso de transformación sin dolor no suele ser tan rápido como el que se produce como consecuencia de algún tipo de trauma. En este último caso, la gravedad de la situación suele generar una alteración emocional de tal calibre que pasamos a observar las cosas con una lente de relatividad diferente.

Al atravesar ese trauma, ese dolor intenso, nuestras prioridades cambian. Lo que una vez parecía importante, deja de serlo. Otras dimensiones que antes estaban dormidas pasan a ocupar el centro del escenario. Y todo sucede de la noche a la mañana. Es una transformación muy rápida, que se asemeja a un proceso hipnótico. En el verdadero sentido de la palabra, nos convertimos en otra persona.

Sin embargo, cuando no existe tal trauma o dolor intenso y lo que hacemos es intentar dejar atrás una insatisfacción crónica – en el área que sea – pero soportable, ese proceso de transformación suele ser mucho más lento. Los avances hacia una nueva forma de pensar y de actuar parecen microscópicos, porque debemos superar hábitos que están muy arraigados. Y, lo que es más importante, que no se traducen en una situación insoportable para nosotros.

En otras palabras, cuesta mucho encontrar la motivación para continuar.

Al mismo tiempo, la transformación requiere renunciar. No se puede conquistar un nuevo nivel de desarrollo de conciencia sin dejar un poco atrás a la persona que éramos antes.

Y eso es difícil.

Es difícil dejar de tumbarnos en el sofá, como hacíamos siempre, para ponernos a hacer ejercicio. Es difícil dejar hablar de gilipolleces con nuestros amigos, como hacíamos siempre, para compartir algunas inquietudes personales y crear una mayor conexión con ellos. Es difícil dejar de decirle a nuestro jefe lo que quiere oír, como hacíamos siempre, para tener una conversación incómoda sobre nuestros objetivos en la empresa. Es difícil dejar de reprochar en silencio o de forma sarcástica a nuestra pareja lo que no nos gusta de ella, como hacíamos siempre, para hablar abiertamente del tema con sinceridad y empatía.

Ahora bien, el que estos procesos sean difíciles no quiere decir que intentar mejorar nuestra situación y transformar nuestra realidad para experimentar mayor satisfacción no sea una buena apuesta. Lo es. Pero ¿cómo podríamos encontrar la motivación para iniciar el proceso y superar todas estas dificultades?

El tipo de creencias que puede ayudarnos a iniciar el proceso de transformación

Si no contamos con un dolor insoportable que nos inyecte por la vena una buena dosis de clarividencia sobre la necesidad de actuar para mejorar las cosas, la única forma de ver la luz es modificar de algún modo nuestro sistema de creencias.

Si hemos permanecido inmóviles en una situación insatisfactoria es porque hemos elegido hacerlo. Y hemos elegido hacerlo porque hay algo en nuestra cabeza que nos hace justificar esa inacción. Algo en lo que hemos elegido creer.

La solución es simple: Para salir de ese agujero tenemos que elegir creer otra cosa.

El problema de esta estrategia es que la psique es muy puñetera.  No elegimos creer en ciertas cosas así como así. Las creencias que tenemos en la cabeza son el resultado de un largo proceso de aprendizaje, circunstancias y experiencias personales. No se pueden teñir de otro color con la facilidad con la que nos teñimos el pelo.

Por esa razón, si queremos incorporar creencias nuevas que nos ayuden a encontrar la motivación para mejorar nuestra forma de relacionarnos con el mundo y con nosotros mismos, tienen que ser creencias relativamente obvias y poco sofisticadas. Si no, el cerebro opondrá resistencia, porque el cerebro odia los cambios.

Por suerte, no está todo perdido. Hay creencias que cumplen esos requisitos. Veamos algunas de ellas.  

Creencia #1: Memento Mori

Memento Mori es una expresión en latín que hace referencia a la idea de que vamos a morir y que nuestro tiempo es limitado. Los grandes filósofos estoicos la consideraban como una pieza clave para construir una perspectiva que nos motive de forma natural para vivir una buena vida y nos impulse a abandonar la mediocridad y pasar a la acción.

Foto de Daily Stoic

Todos sabemos que vamos a morir. Pero una cosa es “saberlo” sin que ese conocimiento tenga influencia alguna en nuestra conducta, como quien sabe que fumar es malo para su salud, pero aun así lo hace, y una cosa muy distinta es interiorizarlo de verdad.

Desde un punto de vista psicológico, nuestro cerebro tiende a engatusarnos a la hora de percibir el tiempo que nos queda para hacer ciertas cosas. Pensamos que eso que creemos que debemos hacer lo podemos hacer mañana, el mes que viene, el año que viene.

Pero la vida no suele funcionar así, especialmente cuando no sentimos un dolor intenso que nos impulsa a actuar y nuestra insatisfacción es soportable. Nos acomodamos en la inacción. El tiempo pasa y no acabamos de hacer nada. Nos seguimos contando a nosotros mismos que ya lo haremos algún día. Que lo haremos cuando las circunstancias sean más propicias, cuando tengamos menos distracciones, cuando sea el momento ideal. Y, curiosamente, ese día nunca llega.

Una de las trampas mentales más peligrosas, uno de los obstáculos más relevantes para ser feliz, es creer que tenemos tiempo.

No tenemos tiempo. Sólo tenemos este instante. Lo único que podemos controlar es lo que hacemos en él. Lo demás es una ilusión. Y es que, literalmente, vivimos de ilusiones. Vivimos de ilusiones hasta que éstas se quiebran sin previo aviso delante de nuestros ojos.

La idea de Memento Mori puede parecer pesimista a primera vista: ¿Por qué forzarnos a pensar que vamos a morir? No seas cenizo, tío.

Pero nada más lejos de la realidad. Es una idea tremendamente optimista, lo mismo que la filosofía estoica lo es. Es una llamada a no ser tan permisivos con nuestras insatisfacciones, a relativizar aquello que nos preocupa sin necesidad, a valorar lo realmente importante y a elevar el poder de nuestra libertad para aprovechar las oportunidades de engrandecer nuestra vida, en lugar de dejar que el azar de las olas del mar en el que navegamos la dirija a su antojo.

Si hay algo que crees que deberías hacer para mejorar tu vida, no esperes demasiado. Hazlo antes de que sea tarde, porque el poder que tienes en este momento para cambiar las cosas no durará siempre.

You could leave life right now. Let that determine what you do, say and think

– Marcus Aurelius

Creencia #2: Mi cerebro infravalora el riesgo de quedarme donde estoy  

Una de las razones por las que no acabamos de lanzarnos a cambiar las cosas es nuestra percepción del riesgo. Percibimos el riesgo de embarcarnos en un nuevo camino como tener que aceptar una pérdida segura a cambio de una posibilidad de éxito futura e incierta.

Nuestro cerebro tiene dos cualidades que son complicadas de silenciar cuando tomamos decisiones de este tipo: En primer lugar, aborrece las pérdidas. Y, en segundo lugar, valora mucho más la inmediatez que el largo plazo.

Si alimentamos la perspectiva de que, para poder conseguir una cosa en el futuro, tenemos que perder otra en el presente, encontraremos una resistencia psicológica y emocional a hacerlo. Por mucho que, racionalmente, aquello que esperamos conseguir sea más valioso que lo que debemos perder.

Para eliminar esta resistencia psicológica, debemos cambiar nuestra definición de riesgo dándole la vuelta. Debemos adoptar una definición en la que la pérdida no es lo que abandonamos al embarcarnos en el nuevo camino, sino el coste de oportunidad de quedarnos en el camino actual.

En otras palabras, la perspectiva que debemos adoptar no es “Si decido cambiar algunas cosas en mi vida tendré que renunciar a ciertos beneficios de los que disfruto hoy”. La perspectiva adecuada es “Si no decido cambiar algunas cosas, tendré que convivir con las insatisfacciones A, B y C durante el resto de mi vida y nunca podré disfrutar de los beneficios X, Y, Z”. Con esa perspectiva, en el lenguaje de nuestro cerebro, ese coste de oportunidad se interpreta como una pérdida segura.

Intelligent people make decisions based on opportunity costs

– Charlie Munger

Creencia #3: La dificultad es temporal y los beneficios son permanentes

Cuando nos planteamos cambiar algo y observamos el camino desde la barrera, solemos percibir muchas dificultades. Generalmente es un camino nuevo para nosotros, que requiere formas de actuar a las que no estamos acostumbrados. Y, en ese contexto, nuestra confianza flaquea. Empezamos a creer que no vamos a ser capaces, que ese rollo es para otros, que nosotros no estamos dotados de la perseverancia necesaria para superar todos esos problemas.

Pero las cosas no son realmente así. El proceso de crecimiento personal habitual es un proceso progresivo, sin grandes saltos cuánticos, que implica una sucesión de pequeños pasos y requiere un tiempo. A menudo, la enorme dificultad que percibimos en un nuevo camino no es tal. Sólo necesitamos empezar a andar. Y cuando ya estamos en movimiento, todo suele ser mucho más fácil de lo que parecía desde la barrera.

Por eso, es importante que interioricemos una de las ideas clave en la formación de nuevos hábitos: La dificultad que debemos atravesar para forjarlos es temporal, mientras que los beneficios que obtenemos a cambio son permanentes.

Cuando interioricemos esta idea, es posible que apreciemos que sufrir una incomodidad durante un tiempo limitado, a cambio de abrir la puerta que nos lleva a descubrir una mejor versión de nosotros mismos, es un juego al que merece la pena jugar.

Most failures are one-time costs. Most regrets are recurring costs. The pain of inaction stings longer than the pain of incorrect action

– James Clear

Creencia #4: Tu carácter y valores, no los estímulos externos, son el epicentro de tu felicidad

Una de las barreras que nos impiden cambiar las cosas es el deseo de preservar los estímulos externos que nos hacen sentir bien: Las comodidades materiales, la aprobación de los demás, la sensación de encajar en el modelo societario de felicidad.

Esta creencia es muy difícil de deshacer porque surge de la zona más frágil y vulnerable de nuestra alma. Necesitamos sentirnos seguros, protegidos, aceptados. Y la forma más rápida de conseguirlo es adaptarnos a lo que la sociedad nos dice que debemos hacer.

Pero hay una forma de rayar esa pared hasta hacerla pedazos: Escuchar lo que de verdad sentimos.

Si escuchamos atentamente, oiremos una respuesta. Una respuesta que nos confirmará, sin demasiado atisbo de duda, si nos sentimos más bien llenos o más bien vacíos con la vida que estamos viviendo. Y si nos sentimos más bien vacíos, es posible que debamos cuestionar si realmente encontraremos la felicidad a través de todos esos estímulos externos, o si hay algo en nuestro interior que no funciona del todo bien y que debemos corregir cuanto antes.

Muchos de nosotros, en algún momento de nuestras vidas, llegamos a esa abrumadora conclusión: A pesar de todos los logros externos, algo falla. Esa supuesta felicidad que debíamos sentir no se digna en presentarse. Y cuando eso sucede, es probable que haya algo en nuestro estado interno, en nuestro carácter, nuestra filosofía de vida y la forma en la que nos relacionamos con el mundo que no es del todo sana. Hay un conflicto, un desequilibrio interno que, mientras exista, nos impide encontrar la felicidad.

Muchas personas en esta situación desoyen la respuesta de vacío interno y continúan afanándose en perseguir logros externos. Pero para aquellos que escuchan y quieren hacer algo al respecto, existe una forma muy efectiva de reequilibrar nuestro estado interno: Elegir un objetivo que merezca la pena para nosotros y centrar nuestras energías en conseguirlo. Y la razón por la que esta estrategia suele funcionar no es la satisfacción de alcanzar el objetivo en sí mismo, sino la transformación que experimentamos durante el proceso de perseguirlo.

Al centrar nuestra energía en un objetivo que merece la pena, nuestro estado interior evoluciona. Aprendemos cosas nuevas, superamos dificultades, crecemos y nos desarrollamos. La motivación para seguir adelante fluye sin grandes desatinos porque el sendero en el que caminamos tiene sentido para nosotros. De esa forma seguimos avanzando, seguimos en movimiento, seguimos transformándonos y descubriendo nuevas facetas de nuestra identidad.  Y eso nos ayuda a corregir nuestros desequilibrios internos y a acercarnos más a la felicidad, consigamos finalmente el objetivo que perseguimos, o no.

Por todas estas razones, el mero intento de perseguir un objetivo que merece la pena lleva aparejado una gran recompensa: La posibilidad de cubrir, al menos parcialmente, ese vacío que nos habla cuando escuchamos atentamente. Una creencia muy poderosa para ayudarnos a encontrar la inspiración e impulsarnos a pasar a la acción.

Everyone wants to live on top of the mountain, but all the happiness and growth occurs while you’re climbing it

– Andy Rooney

Pura vida,

Frank.

 

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