Cómo enfocar esta crisis para aprender sus grandes lecciones

En estos días tan complejos que vivimos a raíz de la situación provocada por la propagación del COVID-19, hay varios fenómenos que se están produciendo. Uno de los más interesantes es el tipo de reacciones que estamos viendo a la situación en la que nos encontramos.

Pongamos un poco de contexto antes de entrar en harina.

En primer lugar, estamos asustados y preocupados. Nos enfrentamos a una situación de alarma generalizada que puede generar un perjuicio relevante para una parte de la sociedad, incluidos nuestros seres queridos, y no sabemos qué nos deparará el futuro.

En segundo lugar, estamos socialmente aislados. Y esa sensación de aislamiento multiplica nuestra sensación de pérdida de contacto con personas y experiencias que ahora valoramos mucho más que en condiciones normales.

En otras palabras, algo que teníamos, de cuya importancia quizá no éramos tan conscientes, de repente nos falta. Nos falta certidumbre sobre el futuro y nos falta calor humano. Y podemos sentir el hueco de su ausencia tan claramente en nuestro interior que parece que nos duele.

Hay personas que están atravesando una angustia real y profunda. Personas con familiares en estado grave, profesionales en primera línea de fuego trabajando incontables horas en condiciones precarias y empresarios y autónomos que están mirando al fantasma de su ruina personal directamente a los ojos. Y hay muchas otras personas que no están atravesando problemas tan graves, más allá de la incomodidad del confinamiento. Los primeros están obligados a concentrarse en el gran problema que tienen delante, mientras que los segundos tienen más flexibilidad para reaccionar de maneras diferentes.  

Una de las reacciones que más está destacando en este segundo grupo, impulsada por esa sensación generalizada de vulnerabilidad, es responder de forma moralista, lanzando mensajes y peticiones a los cuatro vientos para mejorar el mundo, criticando comportamientos y exigiendo a no sé quién que haga esto o aquello. Porque creemos que, de esa forma, ese vacío interior que ahora sentimos se volverá a llenar y todo será otra vez como antes.

Sin embargo, por muy natural que sea, ¿tiene esta actitud de ponernos la gorra de la crítica y la moralidad tanto valor como creemos? 

Dicho así… pues no, la verdad es que no lo parece. Reaccionar así no implica que tengamos ningún mérito especial. O que estemos haciendo algo nos vaya a ayudar a vivir, como individuos o como sociedad, de forma más justa, solidaria, libre y equilibrada. 

Lo que implica, sencillamente, es que estamos intentando sofocar un desequilibrio emocional a través de expresiones, como solicitudes de todo tipo a plataformas como change.org y caceroladas contra el gobierno, desde la comodidad de nuestro sofá. Un sofá que, a pesar de que esté entrando en contacto con nuestro trasero más tiempo del que nos gustaría, sigue siendo un sofá. No es una mesa de tortura, ni una trinchera de guerra, ni una bota malaya.

Y sí, es cierto que estamos siendo muy cívicos respetando el confinamiento como buenos ciudadanos. Pero no olvidemos que es una obligación impuesta por las autoridades y que eso, combinado con el miedo, ha influenciado largamente nuestra conducta. Podrían habernos dejado actuar en base a nuestro libre albedrío, pero sabes tan bien como yo que la raza humana no está preparada para tener tanta libertad en este tipo de situaciones. Si el gobierno levantara hoy la prohibición de salir a hacer deporte sin dar ninguna explicación, habría miles de personas en las calles en cuestión de minutos. 

La gran pregunta que rodea a toda esta situación

En este contexto, puede que todas estas críticas, moralinas y peticiones no tengan tanto valor, ni deban ser objeto de tanto elogio como parece a primera vista. Puede que, en cierto modo, estén descafeinadas porque tienen lugar en una situación vital en la que nuestra descompensación emocional y las imposiciones legales nos llevan a responder, inevitablemente, de esta manera.

Lo que nos lleva a la gran pregunta. Y esa pregunta es ésta:

Cuando hayamos atravesado esta traumática experiencia del coronavirus y volvamos a la «normalidad», cuando ya no tengamos esa descompensación emocional que ahora nos invade, ¿habremos conseguido generar un cambio real en nuestra mentalidad y nuestra escala de prioridades? ¿habremos introducido en nuestra vida cambios permanentes de comportamiento que proporcionen a todas esas moralinas de sofá una manifestación práctica?

Porque si es así, entonces sí. Entonces Frank Spartan dirá que eso tiene mérito y valor. Porque ese tipo de cambios permanentes en la conducta de cada uno es lo que conduce a que podamos vivir una vida más plena como individuos y como sociedad, y a contribuir a que el mundo sea un poco mejor. No las reflexiones y reacciones esporádicas que se producen dentro de un experimento de laboratorio y que después no tienen ninguna expresión en nuestra vida cotidiana.

El problema es que aún no conocemos la respuesta a esta pregunta. Aún estamos dentro del experimento de laboratorio y operamos con respuestas emocionales predecibles. Solamente conoceremos la respuesta cuando esta inusual situación vital pase de largo y entremos en otra situación diferente. Ésa en la que estamos acostumbrados a funcionar, donde nadie parece encontrarse en peligro inminente y donde volvamos a gozar de plena libertad para comportarnos como nos plazca. La situación de toda la vida, vamos.

Ahí es donde estará nuestro verdadero “test de coronavirus”. Cuando nos encontremos en esa nueva situación vital, en la que recuperamos nuestra libertad, comprobaremos si realmente somos capaces de incorporar a nuestra forma de pensar y vivir algunas de las lecciones que esta situación que ahora atravesamos nos está ofreciendo, o por el contrario seguimos conviviendo alegremente con las mismas incongruencias con las que convivíamos antes de que todo esto sucediera, sin haber aprendido absolutamente nada.

Paradójicamente, y con una perspectiva de largo plazo, la transcendencia de esta fase que atravesamos ahora no es tanto su gravedad en sí misma, que es enorme, sino su gran potencial para despertar nuestra autocrítica y toma de conciencia sobre cómo deberíamos vivir cuando recuperemos la plena libertad para hacerlo.

Para ilustrar mejor este punto, pongamos un par de ejemplos de las moralinas más populares en las redes sociales y veamos cómo tiene sentido enfocar nuestra energía respecto a ellas para salir de esta situación con la elegancia del Gran Gatsby. Y es que hay que tener ojo, porque no todas las moralinas son iguales.

Moralina que hay que evitar: Todo lo que los políticos, las instituciones y el mercado deberían hacer

Bueno, ésta es un clásico y tiene infinitas ramificaciones. Que si deberían hacer que los científicos cobren más que los futbolistas y los tertulianos. Que si el rey debería donar sus posesiones a la sanidad pública. Que si deberían desincentivar las donaciones a la Iglesia e incentivar las donaciones a la ciencia. Y docenas de variaciones similares.

Por mucho que nuestras vísceras nos pidan dar aullidos como una manada de lobos salvajes para exigir este tipo de cambios en una situación tan emocionalmente cargada como ésta, es un mal uso de nuestra energía. Primero, la probabilidad de conseguir esos cambios es pequeña y son procesos que duran mucho tiempo, mientras que tenemos a nuestro alcance otras soluciones para poder preservar nuestro equilibrio emocional que son más efectivas e inmediatas. Y segundo, las cosas son mucho más complejas de lo que parece y tienen una razón de ser que a veces no acertamos a entender del todo. La definición de lo que es justo es un término muy escurridizo.

Por ejemplo, no hay nadie sentado en un sillón en lo alto de una montaña que decide qué profesiones cobran más y cuáles menos. Estamos en una economía de libre mercado. Las profesiones del ámbito privado se remuneran en función de su capacidad para generar beneficios para las organizaciones que contratan a esos profesionales y de las leyes de oferta y demanda. Y las profesiones del ámbito público se remuneran en base al programa político del partido en el poder y los límites de los presupuestos del Estado. Ni más ni menos.

Los futbolistas cobran tanto porque las organizaciones que los fichan creen que pueden generar beneficios suficientes monetizando por diversas vías el interés general de la población en el fútbol. Puedes creer que el fútbol está totalmente sobrevalorado en nuestra sociedad – yo lo creo -, pero la realidad es que la industria del fútbol genera una gran cohesión social, muchos puestos de trabajo y una enorme cantidad de impuestos (más de €4.000 millones anuales) que ayudan a sufragar los salarios de los profesionales del sector público y las inversiones en el sistema sanitario. Como decíamos antes, las cosas no son tan sencillas.

¿Que el rey debe donar sus posesiones? El rey hará lo que crea conveniente cuando lo crea conveniente, porque las ramificaciones de un movimiento de ese calibre son muy profundas, tanto en nuestro país como en otras monarquías internacionales. Por mucho que creas que debe hacerlo, no tiene sentido que dediques tu energía a intentar conseguir algo así. Desde luego, ésa no debe ser ni de lejos una prioridad en la asignación de tu energía.

¿Que las donaciones a la Iglesia deben desincentivarse en favor de las donaciones a la ciencia? Bueno, eso es cuando menos discutible. La Iglesia, aunque solamente sea un vehículo para acercarnos a la supuesta divinidad y tenga sus puntos negros de funcionamiento interno y conducta de algunos de sus miembros, proporciona la forma más universal de guía ética y moral, motivación y satisfacción espiritual en nuestra sociedad. Sin ella, muchísima gente se encontraría perdida y sin impulso para seguir adelante. Aunque tú no creas en la institución y quieras prenderle fuego, la realidad es que cumple una enorme función de contención emocional y sigue existiendo – y se sigue alimentando – por esa razón.

Es cierto que existen excepciones a esta línea argumental de que no debes priorizar la asignación de tu energía hacia tratar de influenciar a las instituciones. Por ejemplo, la supervivencia económica. En la situación actual hay muchas empresas y autónomos en una situación extremadamente complicada y que no pueden salir de este atolladero por sí mismos, hagan lo que hagan. En ese caso sí es necesario dedicar energía a provocar una rápida reacción en nuestros gobernantes, porque esas personas se están jugando el poder mantenerse a flote o no. Y lo mismo con el aprovisionamiento de material para el personal sanitario. Pero, más allá de algunas contadas excepciones como éstas, el auténtico poder para cambiar las cosas se encuentra, como casi siempre, dentro de cada uno de nosotros.

Si crees que los futbolistas cobran demasiado, no contribuyas al interés general por el fútbol. Yo dejé de hacerlo hace muchos años y aunque te parezca increíble sigo vivito y coleando. Pero si sigues siendo socio de tu club o viendo los partidos en la televisión, no tengas los bemoles de criticar los excesos del mundo del fútbol porque, o bien serías un hipócrita, o bien estarías demostrando tu ignorancia sobre cómo funcionan las cosas. Elige tu veneno.

Si crees que la ciencia debería recibir más dinero, puedes votar a los partidos políticos que impulsen esa iniciativa o incluso donar parte de tus ahorros. Nadie te lo impide. Pero no te enzarces en una cruzada contra la Iglesia para justificar tu propia inacción.

Si crees que el rey debe donar sus posesiones a la sanidad pública, puedes hacer un curso de hipnosis y tratar de someterle a tu voluntad cuando se vaya de poteo por tu ciudad. Pero no le uses como excusa para no poner tu propia casa en orden.

Todas estas formas de actuar sí son un buen uso de tu energía – bueno, quizá la de tratar de hipnotizar al rey es cuestionable -, pero martillear las redes sociales con tus moralinas sobre lo que deben hacer los políticos y la sociedad en general no lo es. Hay otras formas mucho más efectivas e inmediatas de mejorar las cosas, empezando por enderezar tu propio comportamiento en todo aquello que no se corresponde con tus valores. Seguro que trabajo en ese campo no te va a faltar, lo mismo que no nos falta a casi ninguno de nosotros.

Moralina que sí hay que tener en cuenta: Es el momento de apreciar el verdadero valor de las cosas

Ésta es otra de las grandes moralinas que circulan por las redes, aunque en mucho menor grado que la primera. Lo que viene a decir es que antes pasábamos por alto todo lo que teníamos y esta experiencia debería enseñarnos a apreciarlo un poco más.

Y, mira tú por donde, Frank Spartan está absolutamente de acuerdo con esa idea. Se puede aplicar a infinidad de cosas, como la salud, el trabajo y el aire libre. Pero la principal, la que más potencial de transformación tiene en el conjunto de nuestra vida, es la forma en la que enfocamos las relaciones personales.

El virus nos ha enseñado muchas cosas. Una de ellas es que nuestro tiempo es finito y puede agotarse en cualquier momento. Nos ha enseñado de cerca el precipicio de que la vida de nuestros familiares puede llegar a su fin mucho antes de lo que esperábamos. De que las ocasiones de crear momentos especiales con nuestros amigos no durarán para siempre. De que hay personas que no conocemos que están dispuestas a ayudarnos en los momentos más difíciles incluso poniendo en riesgo su propia vida

Esta moralina es diferente. Nace de nuestra esencia, de nuestra identidad, de nuestro espíritu. Tiene una sustancia muy profunda. Debemos prestar atención a cómo brota de nuestros corazones en estos momentos de dificultad y debemos recordarla cuando esa dificultad desaparezca. 

Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida, es el conocimiento y el recuerdo

Albert Camus – La Peste (1947)

La pregunta es… ¿Cómo podemos asegurarnos de que ese recuerdo se traducirá en acciones concretas cuando pase todo esto? ¿Cómo podemos asegurarnos de que incorporaremos ese recuerdo a nuestra vida cuando volvamos a la normalidad, cuando ya no tengamos ese desequilibrio emocional que alumbra su importancia?

A grandes males, grandes remedios

Uno de mis autores preferidos dice que nuestros cambios de perspectiva más radicales suelen tener lugar en la fase final de nuestros peores momentos. Son esas situaciones en las que sentimos un dolor intenso las que provocan que cuestionemos el tipo de vida que estamos viviendo y los valores que la gobiernan.

Esta fase que estamos atravesando es un manantial de clarividencia y aprendizaje. Observa cómo te sientes. Observa si percibes que deberías haberte comportado de forma diferente en algunas de tus relaciones familiares o personales, o si planeas comportarte de forma diferente en ellas cuando pase todo esto. Observa si, después de todos los actos de heroicidad que has visto, tienes otra opinión de la humanidad. Observa si, en el contexto de toda esta experiencia, piensas diferente sobre la amabilidad y solidaridad que tiene sentido mostrar a las personas que encuentres en tu camino de ahora en adelante. 

No alejes el dolor, acéptalo y zambúllete en él. Debes entenderlo. Porque sólo entendiéndolo podrás recordarlo. Y sólo recordándolo podrás usarlo como motor de cambio.

Escribe en un diario. Escribe para que, una vez todo vuelva a la normalidad, puedas comprobar, sin que la memoria te juegue malas pasadas, cómo te sentías y qué es lo que considerabas realmente importante durante estos momentos difíciles.

Si haces todo esto, puede que tu escala de prioridades y tus valores cambien. Y no me refiero a solamente durante la fase de desequilibrio emocional que estamos atravesando, sino de forma permanente.

Desde esa posición, te será mucho más sencillo formar hábitos que impulsen la calidad de tus relaciones personales. Te será mucho más sencillo posponer algunas tareas para ver a las personas que te importan. Te será mucho más sencillo escuchar y empatizar. Te será mucho más sencillo expresar tus emociones para lograr una conexión más profunda con quien crees que merece la pena. En una palabra, te será más sencillo poner las relaciones personales en lo alto de tu lista de prioridades, aunque las obligaciones y el estrés del día a día sigan tratando de confundirte.

Cuando hagas esto podrás decir que has aprendido algo importante. Podrás decir que la mierda de situación que nos vimos obligados a vivir por aquel condenado virus tuvo también su lado bueno.

Y es que, curiosamente, el que haya un lado bueno en esta historia depende exclusivamente de ti.

Pura vida,

Frank.

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