Cuando das un par de pasos hacia atrás y tomas perspectiva, lo que no haces a menudo en absoluto, varias cosas se te revelan. Una de ellas es la majestuosa habilidad de observar lo que estás haciendo desde una perspectiva causal.
Muchos de nosotros tendemos a pensar que las decisiones que tomamos son fruto de un plan meticulosamente calculado que se enraíza a la perfección con nuestra identidad y objetivos vitales. Que tenemos un férreo control del timón de nuestro barco y lo pilotamos con audacia por la vida como si fuéramos aquel Rusell Crowe con sobrepeso en Master and Commander. El oleaje del océano nos fastidia ocasionalmente la travesía y nos revuelve el estómago, pero asumimos sin titubeos que tenemos muy claro por qué navegamos como navegamos.
La pregunta es… ¿es esto realmente así?
¿Tiene esa idea de control, prácticamente imperceptible en nuestro subconsciente, una manifestación palpable en nuestra vida? ¿O es sólo una ilusión?
Quizá sea una pregunta sin respuesta. O quizá la respuesta sea “sí” o “no” dependiendo del enfoque y la meta-percepción de cada uno.
Sin embargo, lo que sí puedo decirte es que, a pesar de ser abrumadoramente mayoritario, el camino más habitual no es el único modo de vivir. Ni tampoco el más útil.
Los dos caminos
Nuestra arquitectura cognitiva tiende a interpretar nuestro papel en la película de la vida de la siguiente manera: Hay un capitán de barco (nosotros) y un mar (el mundo a nuestro alrededor) a través del cual debemos navegar (tomar decisiones) para conseguir nuestros objetivos vitales.
Esto nos resulta bastante obvio. Probablemente al leerlo tu cerebro haya saltado de inmediato a la conclusión “sí, claro, el mundo está ahí afuera y yo soy el que navego a través de él”.
Lo que quizá no sea tan obvio es que, a un nivel metacognitivo, en cierta fase de nuestra vida se suele producir una bifurcación sobre nuestra concepción de cómo opera (o cómo debería operar) ese capitán. Y muchos de nosotros no somos en absoluto conscientes de que, al elegir uno de los dos caminos en esa bifurcación, renunciamos de facto al otro. De hecho, no somos conscientes de haber elegido nada, porque no percibimos que hubiera elección alguna. Sólo había un único camino que seguir dentro de nuestro campo visual.
Pero no, no es así.
El que no hayamos reparado en el otro camino no significa que no exista. Es un punto ciego en nuestra visión periférica, pero está ahí, aunque no lo veamos.
1. El camino del deseo de control
El camino más habitual, el más concurrido, es el que Frank llama “el camino del deseo de control”.
En este camino hay dos etapas diferenciadas.
Durante la primera etapa, vas formando una idea o concepto de identidad personal que se nutre de tu perfil de personalidad congénito (los atributos base de tu forma de ser), el entorno en el que te desarrollas, las experiencias que tienes de forma activa (haciendo) o pasiva (recibiendo/sufriendo), los contenidos que consumes y la interacción con las personas con las que te relacionas.

Cuando esa primera fase toca a su fin, momento vital que podemos establecer de forma genérica con una circunferencia de 3-4 años de radio alrededor de los 25 años de edad, se fragua una concepción de identidad personal que consiste en tu percepción subjetiva de quién eres, cómo eres, qué valoras y en qué crees. Una concepción que hasta entonces ha ido evolucionando de forma dinámica en base al feedback recibido por los diferentes canales que conectan con tu radar sensorial, pero que al llegar a ese momento vital empieza a solidificarse.
Llamemos a esta concepción “Identidad Percibida”. O, dicho de otra forma, el “Yo” que creo que soy.
Es en ese momento cuando el cerebro nos empuja sutilmente a creer que siempre seremos ya así. Todas las conversaciones que tenemos con nosotros mismos (esa voz que percibes que te habla constantemente) no hacen sino reforzar el material que compone esa Identidad Percibida. Y todas las experiencias que tenemos se perciben y filtran a través del color de las gafas de esa Identidad Percibida.
Este fenómeno psicológico fue inicialmente investigado por el psicólogo Dan Gilbert en 2013. Gilbert lo llamó el “end of history illusion» (la ilusión del fin de la historia). Sus investigaciones revelaron que las personas, tanto las más jóvenes como las de mediana edad y edad ya avanzada, creían haber cambiado mucho cuando miraban hacia el pasado, pero al mismo tiempo esperaban cambiar relativamente poco en el futuro. La gente parece percibir el presente como un momento decisivo en el que finalmente se han convertido en la persona que serán durante el resto de su vida.
Todo esto sucede sutilmente en nuestras cabezas y apenas nos damos cuenta de ello. Pero la implicación práctica es muy relevante, porque a partir de entonces tomamos decisiones en estricto alineamiento con esa Identidad Percibida. O lo que es lo mismo, en base a una percepción subjetiva de una identidad fija e inmutable.
“Somos así y es lo que hay”.
Y por tanto hemos de conducir nuestro barco exclusivamente por aquellas rutas que se ajustan a esa rígida autopercepción. Cualquier otra ruta se autoexcluye sin titubeos “al no ser para nosotros”.

En este camino, el camino habitual, no cuestionamos la identidad en la que hemos aterrizado. Nuestro cometido es encontrar un trocito de mundo, en cada una de las parcelas de la vida, que encaje adecuadamente con esa identidad.
¿Introvertido? Buscamos espacios exentos de interacciones sociales.
¿Impaciente? Exigimos respuestas rápidas de los demás.
¿Tradicional? Nos refugiamos en ideologías políticas conservadoras.
¿Ambicioso? Perseguimos empleos de alta remuneración y que proyecten estatus.
¿Independiente? Huimos de los compromisos.
¿Perezoso? Buscamos el máximo apalancamiento por unidad de esfuerzo.
¿Malas experiencias previas en las relaciones de pareja? Tendemos a protegernos y vamos “con el freno de mano”.
En otras palabras, nuestra vida se convierte en un intento desesperado de encontrar ecosistemas en el mundo exterior que se adecúen a la estatua de hielo de nuestra Identidad Percibida. Y cuando se produce una inconsistencia entre ambas dimensiones, o bien hay un rechazo inmediato del ecosistema exterior, o bien la frustración fluye a borbotones mientras nos afanamos dolorosamente en intentar cuadrar el círculo.
Queremos que la realidad externa se pliegue a la imagen congelada de nuestra dimensión interna.
Intentamos “encajar” una figura de cerámica en algún molde que casualmente se adapte a ella.
En otras palabras, tenemos ansia de control del mundo exterior.
Así es como la inmensa mayoría de nosotros navegamos por el mar de la vida. Aferrados a nuestra Identidad Percibida y asumiendo, inocentemente, que es la única forma de vivir.
Pero no es la única.
2. El camino del interés por el descubrimiento
Existe un camino alternativo al camino del deseo de control. Es un camino mucho menos concurrido, y no es por casualidad.
Es el camino que Frank llama “el camino del interés por el descubrimiento.”
Empecemos por una máxima universal, que no es otra que la dificultad para interiorizar una idea sabia sin haberla experimentado personalmente. Un clásico de la gente joven, y no tan joven.
“The only thing an old man can tell a young man is that life goes fast, real fast, and if you’re not careful it will be too late.
But of course, the young man will never understand this truth.”
– Norm McDonald
Frank es bien consciente de esta realidad. Pero, al mismo tiempo, todo lo que escribo en este blog va dirigido a aquellas personas que quieren ir más allá de lo que es habitual y vivir una vida extraordinaria. Así que voy a pedirte que, aunque no hayas experimentado estas ideas aún, las contemples y – eventualmente – las apliques. Puede que te sorprendas para bien.
Ya sé que no es fácil. Me importa un carajo. Si quieres algo fácil, lee el Cosmopolitan.
Sigamos.
El primer paso del camino del interés por el descubrimiento es el acto consciente de reflexionar por qué crees que eres como eres. En otras palabras, preguntarte a ti mismo cuál de estos dos relatos te resulta más creíble y por qué:
- Relato 1: Una voluntad superior me ha creado de forma predeterminada para ser así.
- Relato 2: Soy así por un cúmulo de circunstancias biológicas (genéticas) y de contexto, en las que el azar ha tenido un papel muy relevante.
Esta reflexión es extraordinariamente infrecuente, y no es de extrañar, porque parece amenazar los cimientos mismos de nuestro sentido de identidad. El cerebro nos lleva por el camino fácil, que es que nunca nos planteemos siquiera el preguntarnos algo así.

El Relato 2 intimida, ¿no es así? Es como si nos hiciera pequeños, irrelevantes, como una cáscara de nuez flotando a merced de las olas en medio de una amenazante tormenta. Por eso la gran mayoría de personas, incluso las no religiosas o creyentes, se aferran al Relato 1.
“Somos así y no podríamos haber sido de otra manera”.
“Estábamos destinados a ser así”.
“Hemos cambiado en el pasado, pero ya no vamos a cambiar”.
Esta concepción mental nos permite darnos a nosotros mismos unas palmaditas de importancia en el hombro, ¿verdad?
Claro que sí. Porque es el terreno del ego.
Ahora bien, ¿cómo de seguro estás de que esa forma de ver las cosas es correcta? ¿O, mejor dicho, de que es la forma que más se acerca a la “verdad”?
¿Crees que estabas predestinado a ser contable?
¿A ser fan del Real Madrid?
¿A ser padre de familia?
¿A tener la afición de andar en bici?
¿A vivir en Zaragoza?
¿A ser de derechas o de izquierdas?
Puedes decirme que sí. Pero debes admitir que es también posible que no sea así.
De hecho, debes admitir que el sentido común indica que es probable que no sea así, por la sencilla razón de que, si te raptaran al nacer y te colocaran en otras circunstancias distintas, serías “otra persona”. O, dicho de otro modo, pensarías y actuarías distinto. Más distinto cuanto más distintas fueran esas circunstancias y más distintas fueran tus experiencias fruto de esas circunstancias.
No te gusta oír eso, ¿verdad? Es como un aguijón que pica. Tu ego se revuelve contra ese pensamiento, porque te drena de sentido de importancia.
Pero eso no significa que no sea el relato probablemente más cercano a la verdad.

La conclusión de esta reflexión es que quizá, sólo quizá, tu identidad no sea tan fija e inmutable como tu idea natural de “Identidad Percibida” te quiere hacer creer.
Quizá, sólo quizá, no deba ser el mundo exterior el que se adapte a ti.
Quizá, sólo quizá, tenga sentido desbloquear un poco las caderas de esa Identidad Percibida y mimetizar tu conducta con los diferentes ecosistemas externos con los que interactúes para conseguir tus objetivos.
“Be water, my friend” – te suena, ¿verdad?
¿Pero eso qué significa, Frank? ¿Que nada es permanente? ¿Que todo fluye? ¿Que mi identidad es una quimera?
Bueno, desde una perspectiva espiritual… probablemente sí. Probablemente sea una quimera. No tenemos indicios sólidos de ello, pero tiene toda la pinta.
Sin embargo, desde una perspectiva práctica… no debe serlo.
Desde una perspectiva práctica, necesitamos un terreno firme en el que apuntalar nuestro mapa vital. Un casco de barco estable con el que navegar por el mar de la vida. Sin eso, conviviríamos con la tentación de caer en el nihilismo.
Ese terreno firme son tus valores.
Qué es lo que más te importa. Dónde están las líneas rojas. Qué cosas estás dispuesto a sacrificar para preservar qué otras.
Ese es tu carácter. Es el compromiso que haces contigo mismo. Es una decisión consciente que se fragua a través de las oportunidades en las que la vida te pone a prueba.
Ese es el reducto más impenetrable de tu “identidad”.
Es quien decides ser.
No quien te han destinado a ser. No quien has nacido siendo. No quien las circunstancias te fuerzan a ser.
Es quien decides ser.
Libre antes que exitoso, íntegro antes que admirado, fiel antes que aprovechado, amable antes que justo, honesto antes que conciliador. O viceversa.
Esas son decisiones que sólo tú tomas. Y son las que más marcan quién eres en realidad.

Y tu perfil base de personalidad… ¿qué? ¿No determina eso tu identidad? Si eres extrovertido, maniático, ordenado, creativo, emocional… ¿Y tu nivel de inteligencia?
Puedes pensar que sí, pero todo eso no es más que la lotería genética que te ha tocado. Es azar. O al menos, algo sobre lo que no tienes gran capacidad de decisión. Y algo tan elusivo como eso no parece ser un buen terreno sobre el que apuntalar tu sentido de identidad. Son atributos que te acompañan en el camino y que te facilitan o dificultan el avance hacia tus objetivos vitales, pero no son definitorios de tu esencia. Tu esencia son los valores que eliges priorizar al enfrentarte a las pruebas que te encuentras durante el camino. Durante esa travesía que eliges que tu barco recorra por las procelosas aguas de la vida.
“It’s not hard to make decisions when you know what your values are.”
― Roy Disney
Pasemos ahora a la conclusión más relevante.
La forma más útil de abordar la vida es mantener flexibilidad de adaptación en prácticamente todo eso que antaño considerabas “tu identidad”, excepto en tus valores.
En otras palabras, tus valores determinan tus objetivos vitales y las líneas rojas que no debes cruzar al avanzar hacia ellos. Todo lo demás es un tablero de libre movimiento en el que adoptas la “identidad” que mejor funcione en base a la experimentación (“ensayo-error”).
Actúas básicamente como un científico, intentando descubrir la mejor forma de conseguir lo que quieres sin profanar tu escala de valores.
Eso implica que puedes acabar siendo/actuando de una forma en el trabajo y de forma distinta en casa. De una forma con tu pareja y otra forma distinta con tus amigos. De una forma con unos amigos y una forma distinta con otros. De una forma estando con gente y de una forma distinta estando solo.
Y no, eso no significa que no seas consistente. No significa que estés siendo “infiel a ti mismo”. No significa que seas “inestable”, o “impredecible”, o “insincero”. Simplemente significa que eres fiel a la capa más definitoria de tu personalidad, pero flexible en las capas superficiales.
Frank Spartan hace literalmente esto desde hace ya algunos años. Dependiendo del ecosistema en el que me voy a adentrar en los diferentes momentos y circunstancias, adopto conscientemente “una personalidad” u “otra”. Puedo ser el “Deportista Concentrado” (tenaz, disciplinado, inflexible) a primeras horas de la mañana, el “Escritor Creativo” (flexible, abierto, fluido) cuando escribo este blog, el “Mejor Padre” (paciente, empático, instructor, flexible en unos campos y autoritario en otros) cuando estoy con mis hijos, el “Inversor Agresivo” (rápido, exigente, determinado) cuando analizo oportunidades de inversión, el “Trabajador Eficiente” (exigente, directo, con vocación de excelencia y sentido de urgencia) cuando trabajo con otras personas en proyectos profesionales, el “Mejor Amigo” (detallista, atento, honesto, amable) cuando estoy con mis mejores amigos, etcétera, etcétera. Son personajes diferentes, cada uno adaptado a las circunstancias particulares de cada ecosistema después de explorar y descubrir, con mentalidad de científico, lo que mejor funciona. Pero todos esos personajes están firmemente engranados en la escala de valores que define a Frank.
La utilidad de esta práctica se fundamenta en las investigaciones de formación de hábitos. Los hábitos ligados a «sentido de identidad» (hago esto porque es lo que una persona así haría) son más sólidos que los hábitos ligados a objetivos (hago esto para conseguir aquello). Por eso, la flexibilidad de identidades facilita que realices (y mantengas) los comportamientos más adecuados en los diferentes ecosistemas.
La experimentación en múltiples situaciones vitales te demuestra que a veces conviene ser agresivo y a veces conviene ser paciente. A veces conviene ser honesto y a veces conviene decir una mentirijilla. A veces conviene sufrir a corto plazo para ganar a largo plazo y a veces no. A veces conviene ser flexible y a veces conviene ser disciplinado. Y navegar con destreza a través de todas esas situaciones vitales adoptando la estrategia (o personaje) que más te conviene no altera en absoluto quién eres realmente, siempre que no traiciones tu núcleo más sagrado.
“Be water, my friend”, pero sólo en lo que no te define.
En el resto, “be you”.
Pura vida,
Frank.

