Hoy en día todos tendemos a opinar sobre casi todo, ¿no es así?
Si, es cierto que ahora nos bombardean con información sobre los temas más diversos con mucha mayor intensidad que antes. Vemos debates y opiniones de otras personas por todos los lados, algunas de las cuales se hacen virales online y generan nuevos debates sobre temas satélites del tema principal. Y el resultado es la escultura progresiva de una mentalidad que nos predispone a esgrimir una opinión sobre cualquier cosa que se cruza en nuestro camino.
Esto, en sí mismo, no parece demasiado bueno. El cerebro humano no está diseñado para absorber tanta información, procesarla y emitir (y albergar) tantas opiniones sobre tantas cosas a la vez. Sin embargo, el entorno a nuestro alrededor nos empuja a adentrarnos por ese camino y a permanecer en él sin que nos parezca intuitivamente antinatural.
Día a día, desenvainamos nuestras opiniones y recibimos feedback de diferentes tipos. Por un lado, experimentamos una sensación de alivio y confort al comprobar que otras personas adoptan sus opiniones cabalgando a nuestro lado. Por otro lado, experimentamos una sensación de conflicto al comprobar que otras personas vienen hacia nosotros con ánimo de combate y chocan la espada de sus opiniones contra la nuestra. Y en ese proceso continuo, nuestra percepción de identidad – y nuestra percepción sobre la identidad de los demás – se van transformando.
“People do not seem to realize that their opinion of the world is also a confession of character.”
—Ralph Waldo Emerson
Sin embargo, a pesar de esa sensación de que algunos nos acompañan y de que otros nos plantan batalla, la realidad es que no todas las opiniones son iguales.
¿A qué me refiero con esto?
No estoy diciendo que no todas las opiniones sean igual de válidas. No lo son, pero esa es otra historia. Lo que estoy diciendo es que la arquitectura que subyace a cada opinión puede ser una u otra, porque hay diferentes niveles. Y esos niveles subyacentes no se aprecian a primera vista, porque el foco de luz se centra en la carcasa externa de la opinión en sí.
Veamos cuáles son esos niveles.
Nivel 1 – Opino así porque me hace sentir bien
En el nivel 1 de opinión, la arquitectura subyacente predominante son las emociones. Los datos, el qué dirán, la lógica, etc. pueden ser otros “frisbees” que tu cerebro percibe que surcan el aire hacia ti, pero el “frisbee” que decides coger entre todos ellos y el que decides no soltar por nada del mundo es el que te hace sentir bien.
La arquitectura subyacente de la emoción está generalmente ligada a una concepción “moral”. Si opino así, soy buena persona. Si opinara lo contrario, sería mala persona. Identificamos la opinión en sí con una representación mental de la valía moral de la persona que la emite.

“Pobre”, “me da pena”, “qué majo”, “es injusto”, “no quiero que sufra”, etcétera, etcétera, son aforismos mentales que emergen de esa arquitectura mental subyacente al conformar una opinión. Hay otros instrumentos en la orquesta, pero ese es el que más alto suena y el que acaba determinando el resultado final de la experiencia mental.
Muchas de las opiniones con la que nos encontramos a diario, y muchas de las nuestras propias, siguen este patrón. Seguro que te viene a la mente más de un ejemplo cercano.
Nivel 2 – Opino así por coherencia
Robert Cialdini, psicólogo estadounidense, popularizó el principio de coherencia en su famoso libro “Influencia”, donde analiza las estrategias de persuasión más efectivas, las inclinaciones psicológicas naturales del interlocutor y las fuerzas internas que las guían.
El principio de coherencia explica el fenómeno de que las personas tienden a ser consistentes con sus comportamientos (u opiniones) previas. Un ejemplo de la puesta en práctica de este principio es el método “pie en la puerta”, que a menudo utilizan los comerciales experimentados.
El método “pie en la puerta” consiste en pedir al cliente objetivo que se comprometa a llevar a cabo una acción que le supone un coste pequeño o inexistente. Una vez aceptada esa solicitud, se le pide un segundo compromiso (en la misma línea contextual) de mayor importancia, que es el que realmente el comercial quiere conseguir. El inconsciente del interlocutor proyecta que, si se negara a esa segunda petición, sería – y daría la apariencia al exterior de ser – incoherente con su anterior modo de proceder. Y esa sutil percepción de incoherencia provoca que, a menudo, las personas accedan a realizar comportamientos que no habrían realizado en una primera instancia.
A la hora de formar opiniones, nuestro cerebro cae a menudo en las mismas fauces de la fiera de la coherencia.

Tenemos una percepción de identidad. Unas opiniones previas. Cosas que hemos dicho y hecho antes. Y todo ese equipaje mental pesa toneladas a la hora de formar una opinión sobre algo nuevo que sea remotamente similar.
De la misma forma, tenemos una percepción de la percepción que los demás tienen de nosotros. Una imagen social. Una idea de cómo las personas con las que nos relacionamos nos leen y una interpretación de lo que esperan de nosotros. Y ese lastre social, al igual que el lastre de nuestra propia autopercepción, pesa. A unas personas, más independientes del juicio ajeno, les pesa menos. A otras personas, más dependientes del beneplácito de la tribu, les pesa más. Pero les pesa a todos.
El cerebro tiende a empujarte naturalmente hacia opiniones que sean coherentes con tu autopercepción, tu conducta previa y tu imagen social. Así que cuando te digas a ti mismo con plena confianza que eres un librepensador, mírate al espejo y reflexiona con humildad durante unos segundos. Quizá no lo seas tanto como crees.
Nivel 3 – Opino así por lógica
En el nivel 3 de opinión, la arquitectura subyacente predominante es la lógica. En este nivel somos capaces de desligarnos lo suficiente de nuestra idea de identidad (sea intrínseca percibida o social) para formar opiniones en base a lo que consideramos lógico.
La lógica es una rama de la filosofía que estudia las leyes y formas del pensamiento y que nos permite sacar conclusiones a partir de ciertas premisas (inferencia deductiva), así como identificar debilidades en los argumentos. No es una ciencia empírica, pero sí una ciencia “formal”, y un ingrediente fundamental de disciplinas como las matemáticas o la informática/IA. Desde una perspectiva mental, nos acerca a conceptos como “razonamientos correctos”, “evitar caer en falacias”, “argumentos sólidos en base a la observación empírica de la realidad”, “pensamiento crítico”, etcétera, etcétera.
Según vas leyendo esto, es posible que estés pensando algo como esto:
“Frank, las personas que opinan de esta manera no son muchas”.
Y tendrías razón. No lo son. La gran mayoría de nosotros somos presa fácil de la influencia de nuestras emociones, nuestra concepción de identidad, la percepción de los demás (todos los niveles previos de opinión) y además, por si todo eso fuera poco, caemos constantemente en sesgos cognitivos que distorsionan nuestra capacidad de razonar y opinar con lógica.
Sin embargo, a pesar de la influencia de todos estos factores, hay situaciones en las que conseguimos conformar opiniones cuya arquitectura subyacente fundamental es la lógica, aunque la opinión se encuentre siempre empañada de unas gotas de pintura de los niveles previos.

Ahora bien… ¿es la lógica el santo grial a la hora de conformar opiniones?
No.
Tiene una limitación práctica importante: Es unidimensional.
El razonamiento lógico nos permite obtener conclusiones sólidas a partir de ciertas hipótesis, un proceso similar a resolver una ecuación matemática. Pero a la hora de resolver la “foto general” de un abanico de ecuaciones interrelacionadas y evaluar posibles efectos de segundo y tercer orden, se topa con limitaciones.
La lógica es eficiente a la hora de juzgar una situación definida y acotada: “Un niño de 14 años no debe tener un móvil porque [razón 1] [razón 2] [razón 3]”. Pero no lo es tanto para cuestiones complejas, multifactoriales y con posibles efectos indirectos, como a menudo sucede en la vida real: “Si el niño no tiene móvil, en su contexto vital probablemente sucedería [efecto 1] [efecto 2] y eso podría provocar [efecto 3] [efecto 4], lo que acabaría llevando a [consecuencia 1] [consecuencia 2], y eso sería bueno/malo [conclusión].”
Esto último es lo que podemos llamar “claridad mental”. O si lo prefieres, “perspicacia”. Un enfoque de pensamiento que va más allá de la lógica.
Nivel 4 – Opino así por perspicacia
En el nivel 4 de opinión, la arquitectura subyacente predominante es la perspicacia o claridad mental.
Lo que determina tu capacidad para operar a este nivel de pensamiento es tu capacidad de unir los puntos a nivel multifactorial. O dicho de otro modo, de saber (o al menos intentar) juzgar qué consecuencias tiene adoptar una idea concreta en el mundo real, no sólo a corto plazo sino a largo, y teniendo en cuenta posibles efectos de segundo y tercer orden.
Esta habilidad puede ser innata – cosa que a veces sucede – pero también puede ser entrenada a través de diferentes técnicas. Una de las más efectivas es el estudio y el hábito de aplicación de modelos mentales.
Este extracto del libro “Clear Thinking” de Shane Parrish, autor del blog Farnam Street, explica el concepto de modelos mentales:
“Los modelos mentales son marcos conceptuales simplificados y atajos cognitivos que te ayudan a comprender cómo funciona el mundo, resolver problemas y tomar decisiones inteligentes.
Piensa en tu mente como una caja de herramientas. Así como un carpintero necesita más que un martillo para construir una casa, tú necesitas un conjunto diverso de «herramientas» para desenvolverte en situaciones complejas del mundo real. Estas herramientas son las ideas fundamentales de disciplinas como la física, la biología, la economía y la psicología.”

El uso de modelos mentales nos permite comprimir la complejidad y observar un problema desde diferentes lentes disciplinares (por ejemplo, un economista frente a un biólogo), detectar patrones y descubrir soluciones creativas para problemas complejos.
El problema es que, incluso con un enfoque de perspicacia o claridad mental, a veces dos posibles soluciones parecen igualmente válidas. En ese caso, ¿cómo aterrizamos en una opinión u otra?
Nivel 5 – Opino así por perspicacia y conciencia de mi jerarquía de valores
En el nivel 5 de opinión, la arquitectura subyacente predominante es la integración de tu jerarquía de valores en el nivel 4. Dicho de otro modo, tienes que saber qué es más importante que qué para ti.
Esto parece una chorrada, pero muy pocas personas han hecho el ejercicio de poner sus valores en orden ante situaciones de conflicto.
Dime,
¿La verdad va antes que la justicia?
¿La amistad va antes que la verdad?
¿El grupo va antes que el individuo?
¿La supervivencia (o el mero beneficio) va antes que la moral?
¿Tus conocidos van antes que la humanidad?
Si nunca has hecho este ejercicio en serio, es posible que compruebes que las respuestas que das a un cuestionario de este estilo mientras te tomas un café sentado en un sofá no son muy consistentes con cómo te comportas en la vida real cuando una situación remotamente parecida se presenta ante ti.
Una cosa es lo que le dices a los demás (y a menudo a ti mismo) sobre lo que priorizas. Y otra cosa muy distinta es cómo actúas cuando nadie te ve. Para conquistar este nivel de opinión tienes que eliminar esa inconsistencia y hacer un ejercicio serio de introspección siendo honesto contigo mismo.

Cuando hayas establecido tu jerarquía de valores personal, ese diagnóstico sincero de qué va antes que qué, te empezarás a conocer un poco más a ti mismo. Y cuando eso suceda, tendrás mayor capacidad para elegir qué opinión, entre dos que parecen igualmente defendibles para alguien perspicaz, es la que más se ajusta a tu caso particular.
Ahora pasemos al último nivel.
Nivel 6 – Opino así por sabiduría
En el nivel 6 de opinión accedemos a un plano superior. Un plano en el que lo que importa no es tanto la naturaleza de la arquitectura subyacente a la opinión, sino la respuesta a una pregunta previa:
¿Merece la pena tener una opinión sobre este tema en absoluto?
Como hemos dicho al principio, en los tiempos que corren tendemos a opinar sobre prácticamente todo. No podemos evitarlo. Nuestra energía se centra en cómo elaborar la opinión sin plantearnos previamente si merece la pena opinar.
Si el tema es relevante.
Si tener una opinión va a contribuir algo positivo a nuestra vida.
Si hay un coste de oportunidad escondido – tranquilidad mental, por ejemplo – en tener una opinión.
La trampa en la que caemos – y la razón fundamental por la que no nos hacemos estas preguntas – es que tendemos a exagerar nuestra propia importancia.
Vemos el mundo desde el prisma de nuestra perspectiva. Todo lo que percibimos, lo que llamamos realidad, está coloreado por nuestras gafas. Y esa dinámica mental imbuida en nuestra percepción provoca que intuyamos que nuestra opinión es importante. Que si no ponemos nuestra banderilla en ese trozo de tierra el mundo dejaría de existir.
Y no, colega, de eso nada. No eres tan importante. El mundo ha existido sin ti durante cientos de miles de años, y seguirá existiendo cuando tú ya no estés.
Tu opinión no es importante. Y ya que no es importante, la conclusión que un sabio sacaría de todo esto es que debes desenvainar esa espada cuando realmente merezca la pena, y dejarla en su funda en cualquier otra ocasión.
El entorno te arrastrará en otra dirección, por supuesto. Pero nadie dijo que actuar con sabiduría fuera fácil.

Ejemplo práctico: La inmigración
Ahora apliquemos la filosofía de los diferentes niveles de opinión a un tema complejo de actualidad sobre el que todo el mundo opina: La inmigración.
¿A favor, o en contra?
Empecemos por la cúspide de la pirámide (nivel 6) para poner las cosas en perspectiva: ¿Merece la pena tener una opinión sobre esto?
Probablemente no.
Es algo que sucede, sobre lo que no puedes hacer gran cosa, que tiene muy pocas probabilidades de afectarte directamente de forma relevante y que los medios de comunicación bombardean incesantemente para mantenerte distraído.
El sistema quiere que tengas una opinión, cuanto más firme mejor, para seguir revolviendo las aguas y que unas pocas personas en situaciones de poder se lucren en el proceso. Pero tú tienes cosas mucho mejores que hacer con tu atención, como por ejemplo crear la mejor vida que puedes vivir, dentro de tus posibilidades.
Sí ya. La inmigración es un tema muy relevante para la sociedad, y tal y tal. Pero la maquinaria política de Occidente sigue las dinámicas que sigue. Tiene sus propios incentivos y mecanismos que provocan que se perpetúen las ineficiencias, los juegos sucios y las luchas tribales. Salvo que sea una cuestión de vida o muerte, lo sabio es no hacer caso alguno a la política.
Pero digamos que decides eludir el camino de la sabiduría y te adentras por el sinuoso sendero de formar una opinión al respecto, por la razón que sea.
Nivel 1: Emociones
“Debemos dejarles entrar y acogerles porque son personas desfavorecidas.”
“No debemos dejarles entrar porque nos van a quitar lo que tenemos”
Este es el nivel más básico de arquitectura de opinión. Opino así porque me hace sentir bien (o porque evita que me sienta mal). No considero la observancia de las leyes, la asimetría de trato con otras situaciones, el coste (financiero y no financiero), los incentivos o las ramificaciones de segundo y tercer orden. Simplemente, opino lo que me hace sentirme mejor.
Nivel 2: Coherencia
“Soy de izquierdas y estoy a favor de la inmigración porque ayuda a reducir la desigualdad en el mundo”
“Soy de derechas y no quiero que se ayude a nadie de fuera si alguien de dentro está desatendido”.
En este nivel de opinión no exhibes gran pensamiento crítico. Simplemente te identificas con la posición ideológica de tu bando político (o de tus familiares y amigos), azuzada por los medios de comunicación.
Puedes creer que ejecutas un razonamiento inductivo “bottom-up”, pero lo que en realidad estás haciendo es elegir la conclusión y después diseñar selectivamente aquellos argumentos que te llevan a esa conclusión. Prestas atención a los contenidos y las fuentes que son consistentes con tu conclusión e ignoras los que entran en conflicto con ella.
Nivel 3: Lógica
“El que exista una ley implica que debe respetarse y si no se respeta debe haber consecuencias. Lo contrario no tiene sentido”.
“Vienen porque buscan mejorar sus vidas y las de sus familias. Si tú estuvieras en su lugar, también te gustaría que te dieran la oportunidad.”
En este nivel de opinión te desvinculas en cierto grado de la influencia de tus emociones y el lastre de tu autopercepción e imagen social/política y observas el problema con cierta independencia y espíritu crítico. Buscas lógica argumentativa y evitar caer (demasiado) en falacias y sesgos cognitivos.
Ambas posiciones, a favor y en contra de la inmigración, son lógicas. El problema es que desde este nivel 3 de opinión es difícil resolver problemas complejos en los que diferentes perspectivas lógicas son posibles. Y cuando existe inconsistencia entre las posiciones lógicas, la fuerza de los niveles 1 y 2 (emociones y coherencia) nos empuja a elegir la posición lógica “que más nos conviene”.
Nivel 4: Claridad mental
En este nivel de arquitectura de opinión observamos el problema desde diferentes perspectivas. Abramos el abanico de los modelos mentales aplicables a este caso concreto:
Economía: Los recursos son escasos. El equilibrio económico depende de nuestra capacidad para asignar los recursos de forma eficiente (maximización del retorno económico y no económico) entre los diferentes usos posibles.
La implicación es que la dinámica económica y presupuestaria impone un límite natural a los flujos migratorios, y sobrepasar ese límite afectaría al equilibrio de todo el sistema.
Evolución: Las especies que sobreviven y prosperan son las que mejor se adaptan a los cambios del entorno. La cooperación es esencial en este proceso.
La implicación es que, para que la dinámica migratoria tenga mayores probabilidades de generar buenos resultados para el conjunto, la interrelación entre la naturaleza (= cultura) de los migrantes y los autóctonos debe favorecer la cooperación entre ellos.
Teoría de juegos: La estrategia de comportamiento más efectiva en los juegos de largo plazo (en los que juegas más de una vez) es el “tit for tat”:
- Empiezo con buenas intenciones y coopero
- A partir de ahí, lo que hago es imitar la conducta del otro: a) Si el otro responde de la misma forma, yo sigo cooperando; b) Si el otro decide no cooperar, yo paso a no cooperar; c) Si el otro cambia de opinión y pasa a cooperar, yo vuelvo a cooperar.
La efectividad de esta estrategia radica en que el otro perciba que, si adopta una perspectiva egoísta y decide ir por libre, no le saldrá gratis. Esta forma de actuar estimula que las partes aprecien los beneficios de cooperar y respetarse para obtener recompensas a largo plazo.
Incentivos: El comportamiento tiende a seguir el camino que le marcan los incentivos. Si operas en un ecosistema cuyas reglas permiten que te beneficies de un tipo de comportamiento, tenderás a llevar ese comportamiento a cabo. De la misma forma, si no tienes consecuencias negativas por llevar a cabo comportamientos nocivos, estarás menos incentivado a evitarlos.
La implicación de la aplicación de los modelos mentales de teoría de juegos e incentivos es que el ecosistema legal e institucional que rodea la inmigración debe contar con mecanismos robustos que incentiven la cooperación y desincentiven los comportamientos no deseados.
Aversión a la pérdida: Las personas experimentan mayor dolor al perder algo (o al exponerse a la posibilidad de perder algo) que a dejar de ganar algo. La sensación de perder provoca que el comportamiento humano tienda a desviarse del razonamiento y la mesura y se adentre por caminos de respuesta convulsa e irracional.
La implicación de este modelo mental es que la política migratoria debe construirse sobre un marco que no sea “de suma cero”. Si la población autóctona percibe que los de fuera reciben (o recibirán) medios que les quitan a ellos, o que su cultura se diluye “a la fuerza”, se activará el mecanismo cerebral de aversión a la pérdida y la probabilidad de que reaccionen de forma irracional aumentará.
Termodinámica: En sistemas cerrados, el desorden tiende a incrementarse con el tiempo. Para mantener el orden, es necesario aplicar energía.
La implicación es que, al mezclarse culturas diferentes en la vida cotidiana, la tendencia al desorden aumentará. Y eso significa que será necesario aplicar una mayor cantidad de recursos (con fuerza ejecutiva) para mantener el orden. El sistema no se ordenará por sí sólo sin aplicar energía.
Metalurgia: La combinación de dos componentes crea un nuevo componente superior, con propiedades que ninguno de los otros dos tenía por separado. Bronce y estaño para formar cobre, hierro y carbono para formar acero.
La implicación es que no cualquier combinación de culturas crea una sociedad “mejor”. La metalurgia funciona en combinaciones de elementos específicas, lo cual es una metáfora para la “compatibilidad de las culturas”. El efecto en el conjunto depende de las dinámicas de interacción y encaje de la cultura entrante con la cultura autóctona.
Ahora que tenemos un enfoque del asunto desde diferentes perspectivas, pasemos al siguiente nivel de opinión.
Nivel 5: Claridad mental + jerarquía de valores
En este nivel de arquitectura de opinión integramos las perspectivas del nivel anterior con nuestra escala personal de valores.
Frank tiene su jerarquía de valores y tú tienes la tuya, y no tiene por qué ser la misma. Pero, a modo de ejemplo, digamos que yo priorizo operar en un ecosistema en el que se incentive el comportamiento cívico y la cooperación (y se penalice lo contrario), en el que exista orden y seguridad, en el que se priorice el apoyo financiero e institucional a la creación de valor (meritocracia) para que el conjunto de la sociedad prospere a largo plazo y el estado de bienestar sea sostenible, y donde existan pocos incentivos a depender del estado y muchos al florecimiento personal. Y aunque ayudar a los desfavorecidos del mundo sea importante para mí, cuando ambos objetivos entren en conflicto, el segundo va detrás del primero. Por la sencilla razón de que nuestra capacidad de hacer lo segundo depende de que sigamos consiguiendo hacer lo primero.
Quizá esto sea fácil de decir desde la cómoda posición del lado favorable del mundo, pero no me corresponde culpa ninguna por haber nacido donde he nacido, así que eso no es un factor que empañe mi opinión al respecto.
Todos estos niveles de perspectiva me llevan a concluir, en aquellos momentos en los que me desvío del camino de la sabiduría y me afano en opinar sobre este asunto, que la postura más adecuada es una política migratoria que se centre en las culturas más compatibles con la autóctona, habiendo hecho los deberes de construcción de un ecosistema que favorezca su integración y cooperación (antes, no después), en números controlados y con un sistema de “vetting” que proporcione indicios de que existen posibilidades razonables de que esas personas favorezcan al desarrollo del conjunto. Y que la entrada por la puerta de atrás, sin control, no debe ser una posibilidad.
Las opiniones sobre temas complejos son caminos sinuosos en un bosque. Cuanto más asciendes en la pirámide de los niveles de opinión, más consciente te haces de las muchas cosas que sacrificas cuando te posicionas en una postura concreta.
A veces es necesario opinar. Posicionarte con fuerza en un lado. Tomar la iniciativa para que tu postura sea la que acaba imperando.
La mayoría de las veces, sin embargo, probablemente no sea tan necesario como las triquiñuelas de tu mente te hacen creer.
Pura vida,
Frank.

