Uno de los cambios culturales más acusados de los últimos tiempos en Occidente es el creciente deseo de disfrutar del presente. O, dicho de otro modo, el creciente deterioro de la virtud de la paciencia.
Queremos las cosas ahora mismo. No queremos esperar. Ni estamos ya tan preocupados por las posibles consecuencias futuras de hacer algo en este preciso momento. Lo que importa es poder disfrutar aquí y ahora.
Seguro que sabes de lo que hablo. Lo has notado en tus amigos, en tus hijos, en ti mismo. Es un fenómeno que se puede apreciar en todas partes y que se extiende como la pólvora.
Las posibles causas de este cambio cultural son variadas y aparentemente sin conexión entre ellas. Pero todas ellas empujan el carro en la misma dirección.
En primer lugar, hemos vivido experiencias colectivas recientes, como el Covid-19, que nos han recordado vivamente que la fiesta puede acabar en cualquier momento y nos han impulsado a favorecer el disfrute inmediato.
En segundo lugar, el entorno digital aviva nuestras tentaciones poniéndonos jugosos cebos delante de nuestras narices a todas horas. Un “click” y es nuestro sin movernos del sofá. Publicidad personalizada basada en nuestro historial de búsqueda, herramientas de “compra ahora, paga después”, etcétera, etcétera.
Al repetir esa misma acción de morder un cebo docenas de veces, nuestro cerebro aprende a anticipar el chute de dopamina y convierte la decisión de disfrute inmediato en una inclinación natural de comportamiento.
En tercer lugar, la explosión de la cultura de la exhibición. Postear nuestros disfrutes en Instagram o TikTok eleva nuestra autopercepción de “estatus social”. Lo vemos en los demás y nuestra tendencia a la comparación y el deseo de estatus social hacen el resto (FOMO – “fear of missing out”): Buscamos disfrute – lo subimos a las redes – recibimos “me gusta” – chute de dopamina – vuelta a empezar.

En cuarto lugar, condiciones socioeconómicas, relacionales y nivel de “optimismo” sobre el futuro.
La vivienda se torna actualmente inaccesible para muchos jóvenes, mermando su percepción de posibilidades de emancipación y de construcción de un proyecto de vida. Los salarios reales (descontando la inflación) netos promedio permanecen estancados en muchos países europeos. Los sistemas de pensiones públicos acusan crecientes señales de alarma sobre su sostenibilidad. Los empleos del sector privado parecen cada vez menos estables con el advenimiento de la IA. Las relaciones de pareja son cada vez más frágiles e impredecibles. La predisposición a tener hijos se reduce. La familia nuclear pierde fuerza como fuente de sabiduría y dique de contención ante la adversidad. Las tradiciones se difuminan, los valores gotean, el entorno se multiculturaliza caóticamente.
Todo cambia a velocidad de vértigo mientras permanecemos inmóviles en una angosta habitación, envueltos en la más absoluta oscuridad.
Parece imposible tender un puente desde el momento presente hacia un futuro remotamente visible.
Ese futuro, si existe, está oculto detrás de una cortina de humo de enorme grosor.
Y en ese contexto es fácil darse por vencido.
Los investigadores Lee y Yoo publicaron un estudio en noviembre de 2025 llamado “Giving Up: The Impact of Decreasing Housing Affordability on Consumption, Work Effort, and Investment.” Su tesis fue que, cuando las metas a largo plazo se vuelven subjetivamente inalcanzables, la gente – racionalmente – deja de sacrificar el presente por ellas.
Sus observaciones reflejaron que la tesis era correcta: En esa situación de desesperanza, las personas ahorran menos, consumen más en proporción a su riqueza y se esfuerzan menos en el trabajo.
El futuro deja de importarles, básicamente.

Extracto del paper de Lee y Yoo:
Según la encuesta State of Real Estate de 2024 de The Harris Poll, el 42 % de los estadounidenses y el 46 % de los encuestados de la Generación Z estaban de acuerdo con la afirmación: «Por mucho que trabaje, nunca podré permitirme una casa que realmente me guste». En Corea del Sur, muchos jóvenes se definen como la generación Sampo, «la generación que ha renunciado a tres cosas»: las citas, el matrimonio y tener hijos. Lo atribuyen sobre todo al elevado coste de la vivienda y a la inestabilidad laboral. En Japón, la generación Satori («iluminada») y en China el movimiento Tangping («tumbarse») reflejan también una creencia cada vez más extendida entre los jóvenes: el trabajo duro ya no garantiza el ascenso social. Por eso, muchos abandonan las ambiciones tradicionales y optan por trabajar lo mínimo.
Finalmente, por si todo esto fuera poco, todos estos factores ambientales se ven espoleados por un escuadrón mortífero de sesgos cognitivos universales y atemporales, íntimamente ligados a la naturaleza humana:
- El Sesgo del Presente y el Descuento Hiperbólico: Damos un peso desproporcionado a lo inmediato frente a cualquier momento futuro.
- La Ilusión de Focalización: Lo que estamos contemplando ahora mismo parece más importante de lo que es – “Nothing in life is as important as you think it is while you are thinking about it” (Kahneman).
- El Sesgo de Proyección: Suponemos que lo que sentimos y valoramos hoy no cambiará en el futuro y por tanto es mejor elegirlo cuanto antes.
Bueno, vale Frank, pero ¿acaso es malo centrar la atención en disfrutar del presente?
¿No es lo que la filosofía budista, el mindfulness, Eckard Tolle con su “poder del ahora” y todos esos gurús bronceados de Instagram que citan a Séneca nos dicen que es la forma más sabia de vivir?
Well… not really.
El foco desproporcionado en el momento presente de las nuevas generaciones es otra cosa.
Es algo carente de equilibrio vital.
Algo que, por muy lógico y comprensible que sea en el entorno cultural en el que los jóvenes viven, les cierra los ojos a un camino alternativo con muchas más probabilidades de satisfacción vital.
Veamos por qué.
El beneficio de jugar a largo plazo
Frank no va a cuestionar el valor de disfrutar del presente. Pero lo que sí voy a hacer es cuestionar el peso relativo que ahora se le da a disfrutar del presente en relación a construir para el futuro.
¿Por qué?
Por una sencilla razón.
Hay un principio que suele cumplirse en cualquier sociedad civilizada con razonable estabilidad socioeconómica y política, que es este:
La inversión continuada de recursos productivos hacia un objetivo vital importante durante un largo periodo de tiempo tiende a producir resultados excepcionales.
No siempre. Pero sí muy a menudo.
Este principio aplica a casi todo. En especial a los grandes pilares de una vida satisfactoria:
- Conocimiento/Habilidades: El aprendizaje continuado en una rama de conocimiento o la práctica continuada de una habilidad acaba convirtiéndote en alguien que destaca sobre los demás.
- Salud: El ejercicio y una dieta saludable durante un largo periodo de tiempo acaba mejorando el estado y la funcionalidad de tu cuerpo (y mente) a niveles muy por encima del promedio de las personas que no los practican, o que los practican de forma esporádica.
- Relaciones: El cuidado continuado de las relaciones personales (letra pequeña: con las personas adecuadas) acaba generando lazos de una calidad y nivel de confianza extraordinarios.
- Finanzas personales: El ahorro y la inversión continuados durante un largo periodo de tiempo (letra pequeña: invertido de forma razonable y diversificada) acaba generando un nivel de riqueza desproporcionado por el efecto de la rentabilidad compuesta.
- Proyectos profesionales: Las oportunidades laborales vocacionales no suelen ser sencillas de articular en sus primeras fases debido a la presencia de múltiples restricciones vitales y financieras, pero en el futuro suelen llevar a un nivel de satisfacción profesional y personal muy por encima del promedio.
Podría seguir, pero creo que captas la idea.
¿Cuál es el problema de todas estas situaciones?
Que tenemos que esperar un tiempo para experimentar los beneficios.
Que el placer no es inmediato.

Y eso, que siempre ha sido un gran obstáculo para la naturaleza humana, lo es ahora 100x más para los jóvenes por el entorno sociocultural en el que se encuentran.
Por eso la tesis de Frank es que la visión de largo plazo es el gran “life hack” de nuestro tiempo.
El que consiga convencerse de que hay grandes recompensas detrás de esa gruesa cortina de humo y empiece a actuar con convicción y disciplina en el presente para llegar a ellas, dispondrá de un motor fueraborda.
Pero tendrá que hacer un “sacrificio”.
Tendrá que renunciar a oportunidades de disfrute en el presente y dedicar tiempo y energía a construir un camino para obtener mayores beneficios en el futuro.
Y no sólo eso. Hay otra cosa.
Una pregunta cuya respuesta determina enormemente tu predisposición a aceptar esta apuesta.
¿Quién demonios es esa persona que va a disfrutar de esos beneficios futuros?
Tu “Yo Futuro”
Al investigar sobre este asunto, me topé con el trabajo del profesor de psicología y economía conductual de UCLA Hal Hershfield, autor del libro “Your Future Self”.
La tesis principal de Hershfield, avalada por sus investigaciones, es que nuestra mente tiende a abordar la idea de nuestro “Yo Futuro” como si fuera otra persona diferente a nosotros. Y esa separación mental eleva una barrera psicológica que obstaculiza la decisión de sacrificar disfrute en el presente en aras de construir para el futuro.
Tenemos la sensación de que somos nosotros los que renunciamos (= “perdemos”), mientras que los beneficios de esa renuncia se los lleva “otro”.
Y no nos gusta perder, ¿no es verdad? La sensación de perder es mucho más dolorosa que la sensación de “dejar de ganar”. Especialmente cuando es un ser extraño y lejano el que ganaría.
Esto es un fenómeno psicológico muy común. Nuestra memoria nos revela que hemos cambiado de forma de ser y de pensar a lo largo del tiempo, a veces de forma muy significativa. Echar la vista atrás refuerza en nosotros la idea de que eso que consideramos “Yo” no es una entidad inmutable, sino viva y dinámica.

¿Y quién sabe cómo será ese “Yo” en el futuro?
Para el filósofo David Hume, por ejemplo, esos dos “Yos”, el Presente y el Futuro, no serían la misma cosa, porque no poseerían exactamente las mismas propiedades en un momento del tiempo y en otro.
Esta es una de las grandes razones de la procrastinación (el dejar para más tarde las cosas que nos cuesta hacer): Ya lidiará mi Yo Futuro con eso. Total, es otra persona. Y seguro que los problemas a los que tiene que enfrentarse no son tan grandes ni las consecuencias tan graves.
Pero claro, ese “Yo” tan pragmático del presente acaba integrándose en esa “otra persona” del futuro con el transcurso del tiempo. Y los problemas, si no se atajan suficientemente pronto, suelen acabar aumentando en lugar de reducirse.
Pues parece que estamos jodidos, ¿no Frank? Eso de los grandes beneficios de jugar a largo plazo suena muy bien sobre el papel, pero vistos los obstáculos psicológicos que nos encontramos en ese camino, no parece una elección nada obvia.
Y, sin embargo, es necesaria.
Si es que quieres jugar al juego de la vida con buenas cartas, claro.
Predicciones sobre el futuro
Frank nunca ha sido muy amigo de las predicciones. Existe una enorme y lucrativa industria de personas y organizaciones que se dedican a predecir el futuro, amparada en nuestra malévola necesidad de evitar la ansiedad de vivir con incertidumbre.
Pero no son más que montañas de humo.
Las predicciones satisfacen nuestra necesidad de creer que sabemos algo sobre el futuro, cuando en realidad no es así. No son más que una opinión, informada de historia pasada o ignorante de la misma, de algo que desconocemos. Lo desconocemos por definición, ya que aún no existe.
“The idea that the future is unpredictable is undermined every day by the ease with which the past is explained.”
– Daniel Kahneman
Sin embargo, se podría argumentar que hay “diferentes grados de error” a la hora de hacer predicciones.
Por ejemplo, a grandes rasgos, predecir que algo concreto va a suceder y cuándo va a hacerlo exactamente suele tener una elevada probabilidad de error.
Por otro lado, predecir algo más general con un horizonte temporal más amplio suele tener una probabilidad de error menor.
Y, en cierto modo, no podemos escaparnos de este fútil ejercicio de predecir. Para tomar ciertas decisiones vitales en el presente hemos de disponer en nuestra mente de una visión, por indefinida y difusa que sea, sobre el mundo hacia el que nos dirigimos y sobre qué tipo de dinámicas básicas operarán en él. Sólo así podemos justificar psicológicamente desde el presente la bondad de una decisión cuyas consecuencias se extienden al futuro.
Así que vamos a hacer un ejercicio práctico de predicción que nos va a servir para reforzar la importancia de jugar a largo plazo. Con tendencias generales y horizontes temporales amplios, para reducir la probabilidad de error.
La pregunta de este ejercicio de predicción es la siguiente:
¿Cómo es probable que evolucionen algunos de los grandes pilares de la vida de un joven de Occidente?



Como ves, cuando mapeas la probable trayectoria de los pilares vitales que más pueden afectarte, aparece una conclusión muy evidente: Centrarte en disfrutar del presente y jugar a los dados con tu futuro, esperando a que los astros del espacio se alineen para que te vaya bien, no parece la mejor apuesta.
La mejor apuesta es dedicar una parte de tu tiempo y energía a construir un “Yo Futuro” con más herramientas para navegar en aguas tumultuosas, manteniendo un equilibrio saludable con las oportunidades de ser feliz que tienes delante de ti.
Sí, eso requiere echarle huevos al asunto. No es fácil. Nada que merece la pena lo es.
Es mucho más fácil rendirse ante la abrumadora dificultad de los obstáculos y la desesperanza de un futuro incierto. Es mucho más fácil conformarse con disfrutar lo que se pueda en el hoy, sin pensar en el mañana. Por eso muchos jóvenes en muchos países de Occidente deciden entregar su agencia a Papá Estado, y protestar y destruir todo lo que tienen a su alrededor cuando Papá Estado no les da lo que quieren.
Es una forma de vivir. Si la eliges, estarás en nutrida compañía. Pero no es la estrategia que más te va a ayudar a desarrollar tu potencial para tener una buena vida.
Vale Frank, digamos que estoy abierto a contemplar la apuesta de jugar a largo plazo. Pero… ¿y todas esas fuerzas psicológicas que están en mi contra?
Las desarmas, amigo mío. Con una buena estrategia.
El acercamiento emocional a tu “Yo Futuro”
Como hemos visto, una de las grandes barreras a la decisión de “renunciar” a algo en el presente para construir un mejor futuro es el distanciamiento emocional con tu “Yo Futuro”.
Al ver a ese “Yo Futuro” como una entidad distinta y separada de nosotros, no nos vemos naturalmente inclinados a “perder” nada para favorecerle. El altruismo desinteresado hacia los demás, en especial cuando nos afecta negativamente de algún modo, no es la virtud más universal del ser humano.
La virtud – o característica – más universal del ser humano es el interés propio.
Por eso «La Riqueza de las Naciones» de Adam Smith fue un libro tan revolucionario en el espectro del conocimiento – y por eso en la práctica el capitalismo suele funcionar mejor como sistema económico sostenible que el comunismo.
Siguiendo este razonamiento, la forma más efectiva de convencerte de que ayudar a tu “Yo Futuro” es algo bueno para ti (= para tu “Yo Presente”) es “sentir” que ese “Yo Futuro” no es alguien tan lejano, indefinido y poco familiar, sino alguien extraordinariamente cercano y parecido a ti. Como un amigo íntimo de toda la vida, que depende de ti para salir adelante.

Molouki y Bartels publicaron un estudio en 2017 titulado “The Continuity of the Self”, que explora los mecanismos mentales que nos desconectan (o reconectan) con nuestro “Yo Futuro”.
Intuitivamente, uno podría asumir que, cuanto más intensamente esperes cambiar en el futuro, menos conectado estarás hoy con tu supuesta identidad futura, porque la percibirías como más diferente o menos familiar, ¿no es así?
Sin embargo, las investigaciones de Molouki y Bartels indican que no importa tanto cuánto cambias, sino en qué dirección lo haces.
Sus principales hallazgos son los siguientes:
- Mejorar no rompe la identidad; empeorar, sí. Imaginarse más amable, más sabio o más competente apenas afecta a la sensación de seguir siendo uno mismo, pero imaginarse “menos” sí lo hace.
- Lo moral pesa. Los rasgos morales y de personalidad son los más sensibles, pero sólo cuando el cambio es negativo. En otras palabras, si crees que te vas a volver más mezquino, cobarde, mentiroso o egoísta con el tiempo, tiendes a desconectarte más de tu “Yo Futuro”. Si crees que vas a mantener tus virtudes morales o a mejorarlas, tiendes a reconectarte.
- El gap expectativas-realidad es importante. Un cambio que coincide con lo que esperabas o deseabas se integra sin demasiada dificultad. El golpe más duro es empeorar cuando esperabas mejorar.
La conclusión general del estudio de Molouki y Bartels es que el “Yo” que consideras auténtico incluye la idea de que vas a mejorar. Por eso la imagen del “Yo Futuro mejorado» sigue sintiéndose como “Yo”, mientras que la imagen de un “Yo Futuro deteriorado» se siente más como un ser extraño y alejado de nosotros.
Una vez revisados estos hallazgos, e hilando el asunto con las reflexiones anteriores, Frank tiene varias recomendaciones clave para ti.
1. Cultiva el optimismo racional: Adopta la perspectiva de que las cosas irán bien y actúa para que así sea. «Pessimists sound smart, optimists make things happen.»
2. El moldeo de carácter es fundamental: Trabaja día a día para ser más paciente, más humano, más empático, más honesto, más valiente, más positivo, más responsable contigo mismo. Apreciar una tendencia ascendente en tu perfil moral impulsará la identificación emocional con tu “Yo Futuro”.
3. Al proyectar, adopta horizontes temporales acotados: No contemples plazos demasiado largos. Cuanto más lejos a futuro te proyectes, más se reducirá la familiaridad percibida con tu “Yo Futuro” y más te desvincularás emocionalmente de él.
Estas 3 estrategias acentuarán la conexión mental percibida con tu “Yo Futuro” y facilitarán el que decidas jugar a largo plazo. Te será más sencillo dedicar tiempo a construir proyectos, elegir experiencias que generen recuerdos que perduren en tu memoria en lugar de placeres efímeros, o tender puentes hacia recompensas que pueden ser extraordinarias, aunque tarden un poco en llegar.
No dejes de disfrutar del presente, pero proyéctate también al futuro. Si no lo haces, las restricciones del mundo real provocarán que te acabes integrando en alguien que quizá no te guste demasiado ser.
Ese que ves allí a lo lejos, mirándote, es tu mejor amigo. Haz que te abrace agradecido cuando os encontréis. O por lo menos, que su primer impulso no sea el romperte las narices cuando te acerques.
Thank me later.
Pura vida,
Frank.

