Esta vida es una mierda.
Ese conjunto de palabras es una síntesis de una creencia subliminal que se encuentra alojada en la mente de un gran número de personas.
No lo dicen. Ni siquiera piensan en ello de forma consciente. Apenas lo intuyen. Pero está ahí, detrás de todo el ruido mental del día a día.
Un momento de lucidez fugaz. Un microsegundo al abrir los ojos cuando despertamos por la mañana. Otro microsegundo al cerrar los ojos cuando vamos a dormir por la noche. El resto del día oculto, palpitando en las sombras de nuestra conciencia.
Esta vida es una mierda.
Tic, tac.
Esta vida es una mierda.
Tic, tac.
Trabajar un montón de horas. Pagar facturas. Ir con prisas. Obligaciones. Frustraciones. Reacciones impulsivas. Decepciones.
Escasez de tiempo libre. De descanso. De conexión. De salud. De paz.
El tiempo pasa. Nada cambia.
Tic, tac.
Recurrimos a los atajos disponibles hacia la felicidad. Comida. Bebida. Socialización. Exhibición. Experiencias exhilarantes. Aumentar y repetir.
Envejecemos. Empezamos a perder. Salud, energía, esperanza, familiares.
Tic, tac.
¿Cuál es el propósito de este sádico juego?
¿Para qué jugamos?
¿Se puede realmente ganar?
¿Cómo demonios se gana?

Hay maneras. Pero no es fácil. El entorno en el que vives conspira activamente para que no ganes.
Tu propio condicionamiento es tu peor enemigo. Sigues ciegamente un rumbo que no conduce a ningún buen destino.
Por eso tienes la sensación de estar perdiendo, a pesar de seguir las reglas y parecer que avanzas. Estás jugando a un juego social. Un juego que no es el tuyo. Un juego que no responde a la vocación existencial más definitoria del ser humano.
Por eso sientes en lo más profundo de tu ser que, detrás de todos esos decibelios de funambulismo que empapan tu día a día, la vida es una mierda.
¿De dónde viene todo esto?
Es posible que hayamos interiorizado demasiado otra creencia asociada.
Una creencia que nuestra mente ha categorizado como “verdad inmutable”, pero que no es más que eso, otra creencia.
La creencia de que estamos en una carrera. Una carrera que podemos ver, oler y tocar.
Pero esa carrera sólo existe en nuestra imaginación.
La riqueza que importa: La quietud de la mente
Si observas lo que sucede a tu alrededor, comprobarás sin demasiado esfuerzo que las personas vivimos corriendo. Nuestro ser – o más bien nuestra mente – se fracciona y compite proactivamente en carreras de todo tipo.
Corremos para satisfacer las exigencias de nuestro jefe. Corremos para darle al cliente lo que pide. Corremos para hacer recados. Corremos para decir lo que estamos pensando. Corremos para parecer más y mejor que el de al lado. Corremos para postear en las redes sociales lo que estamos haciendo. Corremos para reservar el ocio antes de que se agote. Corremos para poder formar un proyecto de vida que se nos escapa. Corremos detrás del tiempo perdido. Corremos detrás de la gente cuando ya se han ido.
No corremos porque sí. Corremos porque la voz de nuestra mente nos dice que corramos. Nos dice que, si no lo hacemos, algo malo nos ocurrirá.
Y nosotros hacemos caso a esa voz, ¿no es así? Al fin y al cabo, esa voz somos nosotros mismos.
¿O no?
Hazme un favor, anda: Predice tu siguiente pensamiento.
Vamos, te espero (…).
No puedes, ¿verdad?
No puedes controlar lo que piensas.

Lo que piensas aparece en tu mente, sin que tú puedas hacer nada para evitarlo.
En tu conciencia hay una voz. Una voz que, si vives el estilo de vida promedio de Occidente, no para de cotorrear dentro de tu cabeza.
Una voz que condiciona lo despierto que estás. Tanto al mundo que te rodea como a lo que sucede dentro de ti mismo.
Una voz que condiciona todo lo que haces.
Es esa voz la que te dice que si no corres como los demás perderás algo importante. Tu vida se autodestruirá. Serás infeliz.
Bien. Esa es una forma de vivir. Es muy popular. No estarás solo si decides tomar ese camino. De hecho, estarás en nutrida compañía.
Ahora escucha una teoría alternativa, cortesía de tu amigo Frank. Cortesía de alguien que corrió mucho durante mucho tiempo y que, en cierto momento de su vida, decidió dejar de correr.
La vida no se vive de verdad hasta que tu mente está tranquila y alerta a percibir.
Tranquila y alerta, al unísono.
El néctar de la vida se encuentra en los momentos en los que esa actividad de percepción tiene lugar.
Se encuentra en ese paseo que das, no para conseguir nada, sino simplemente por darlo.
Se encuentra en darte cuenta de que tus padres desean más tiempo contigo y hacerte presente.
Se encuentra en saber contemplar la belleza de los árboles, las montañas, el mar, el amanecer.
Se encuentra en saber que un amigo necesita oír algo, y decírselo.
Se encuentra en llevar a tu hijo al colegio un martes cualquiera e ir a trabajar más tarde.
Se encuentra en saber que debes dejar de tratar con alguien que no te aporta nada bueno, y hacerlo.
Se encuentra en aprender a amar el silencio y la soledad, y a servirte de ellos para reconectar contigo mismo mejor que de ninguna otra manera.
Se encuentra en hacer que momentos especiales con los demás sucedan.
Se encuentra en escribirle algo bonito a alguien, simplemente porque te apetece.
Para que suceda todo eso, tienes que poder apreciarlo primero.
Tienes que poder percibir.
Y para poder percibir, tu mente tiene que estar tranquila y alerta.

Estas cosas no suelen suceder. Son de cajón, pero no suceden. La gente a tu alrededor no las hace. Tú tampoco las sueles hacer. Ni nadie en su sano juicio espera que otro las haga, porque sabe que le decepcionarán si lo hace.
La razón de que estas cosas no sucedan es que todos estamos corriendo.
Todos corremos para ganar dinero, para ascender, para comprar, para enseñar, para parecer.
Y Frank te dice amablemente: “Fuck that”.
La vida no está ahí.
La vida sólo puede nacer bajo el cobijo y el calor de una mente tranquila y alerta.
Eso que surge de una mente ocupada y a la carrera es un sucedáneo de lo que es realmente la vida. Es humo. Un espejismo. Un delirio colectivo del que todos participamos, y del que despertamos fugazmente cuando sucede algún tipo de shock que nos hace conscientes de la trampa que estamos viviendo: La muerte de un familiar, los hijos que dejan el nido, un divorcio, una enfermedad grave.
La vida a la carrera es inconsciente y se escapa entre nuestros dedos. Un parpadeo y han pasado 20 años. Apenas nos damos cuenta, porque no saboreamos los momentos. La voz de nuestra cabeza nos ametralla sin cesar. Nuestra mente está ocupada. Todo es un continuo de ruido sin espacio para percibir.
La vida que surge de una mente tranquila y alerta es un cúmulo de deleites. Cada experiencia, cada momento, por simple que sea, se saborea con mayor intensidad. El tiempo transcurre más despacio. La memoria se activa. La percepción subjetiva del tiempo se expande. En el auténtico sentido de la palabra, sientes que “vives más”. Y es lo que haces. Eres millonario, en la unidad de riqueza que realmente importa.
Sí, ya sé.
Vivimos en un mundo en el que tenemos que trabajar y generar para sobrevivir en el plano material. No solo eso, tenemos que comparar bien con las personas a nuestro alrededor para sobrevivir en el plano emocional.
Y para poder hacer eso, no nos queda otra que correr, correr y seguir corriendo.
¿Es eso realmente así?
Tú asumes que sí.
Frank cree que no.
La única carrera que merece la pena
Hay una realidad práctica indiscutible. Los recursos necesarios para tener una vida sin excesiva privación en el aspecto material son caros. Vivienda, energía, sanidad, alimentos, todos ellos tienen un coste de acceso elevado, y no van a dejar de tenerlo en el corto-medio plazo.
Esto implica que, si quieres disponer de la posibilidad de cultivar una mente tranquila durante una fase relevante de tu vida, has de planificar un poco y hacer ciertas cosas en las fases previas. Vas a tener que trazar un plan para acceder a esos recursos, porque necesitarás esa red de supervivencia económica para poder cultivar el desarrollo de una mente tranquila, y eventualmente poner en práctica todos esos ejemplos de saber vivir de los que hemos hablado antes, sin tener que renunciar a demasiadas cosas.
Vamos a ver esto en detalle porque tiene su miga.
En primer lugar, este rollo de la mente tranquila te puede aplicar a ti si – y solo si – crees de verdad que la verdadera fuente de felicidad está ahí.
Porque amigo mío, si no lo crees del todo, no tienes mucho que hacer aquí. Hay un millar de fuerzas invisibles que te enviarán a la lona en un santiamén, como un luchador experimentado haría con un aprendiz del cuadrilátero.
Por ejemplo:
- Tienes que “querer ser” la persona que disfruta de una mente en calma y alerta. No se trata de “querer” una mente en calma, sino “querer ser” la persona que la posee. Si quieres una mente en calma con una identidad incompatible (“ser alguien de éxito en los negocios” o “ser alguien con estatus social”) no llegarás muy lejos. Lo único que funciona es fundir indisolublemente tu alma con la identidad adecuada.
- Tienes que quererlo de verdad. Lo que significa que tienes que dar los pasos adecuados en tu día a día para que eso suceda. Puedes decirme que lo quieres de verdad, pero si auditas lo que has hecho realmente durante el día, es muy posible que veas que todos tus actos obedecen a otros objetivos. Dirás que tienes que hacer todas esas cosas y me darás múltiples razones para ello. Y todas parecerán legítimas. Pero entonces Frank te dirá que no lo quieres realmente. Te dirá que prefieres plegar tu vida a otros objetivos, aunque lo hagas de forma inconsciente. Tus actos no mienten.
- Esto no es para todo el mundo. Si tienes un perfil de personalidad impulsivo, desorganizado, victimista, conformista o irreflexivo no vas a poder hacerlo. Es así. Para tener posibilidades de llegar donde quieres llegar vas a necesitar agencia (responsabilizarte de tus actos, sin excusas), organización y disciplina (trazar un plan y seguirlo), determinación (vas a entrar en conflicto con otras cosas que reclaman tu atención y deberás saber resistir) y capacidad de aprendizaje (probar-recibir feedback del mundo exterior – interpretar el impacto en tu mundo interior – ajustar si procede – repetir). Quizá tengas predisposición a todas estas cosas, o quizá no. Y si es que no, quizá éste no sea un buen objetivo para ti.
Lo que estoy tratando de decirte es que tienes un camino de desarrollo personal importante por delante, antes de poder llegar a cultivar una mente tranquila y alerta y poder disfrutar de ella. El mundo a tu alrededor va a intentar llevarte desesperadamente por otros caminos que te alejarán de ese objetivo, y vas a tener que hacerte muy consciente de lo que realmente quieres y por qué… y después no dejar que la vorágine del día a día te envíe a la deriva.
Mucho más sencillo de decir que de hacer. Pero no tiene sentido edulcorarlo con palabras bonitas, porque es sencillamente así. Accept and move on.

Una vez cubierto el plano más estratégico y existencial del asunto, pasemos al plano práctico.
Estás inmerso en una sociedad donde se recompensa la competencia. O si lo prefieres, la maestría en el desempeño de una habilidad útil.
Un nivel suficiente de competencia te da acceso a oportunidades, a remuneración, a estabilidad laboral. Y a una red de contactos que a su vez multiplican esas oportunidades, esa remuneración y esa estabilidad laboral.
Es el ingrediente base para que alcances los recursos necesarios que te permitan el cultivo y práctica de una mente tranquila y alerta. Y también para otras ramificaciones vitales esenciales para tu satisfacción vital, como poder contribuir con impacto al mundo en el que vives a través de tu capacidad profesional.
Esa es tu carrera. La única que merece la pena.
Es una carrera en la que tus adversarios son únicamente dos: El tiempo y tú mismo.
El tiempo, porque no vives eternamente. Has de alcanzar el punto en el que puedas ejercer y practicar la mente tranquila – sin poner en peligro tu supervivencia económica – cuando todavía tienes vitalidad suficiente para experimentar el mundo en todo su esplendor. Con un bastón, lumbagia, tres úlceras y dentadura postiza no se experimenta igual que sin ellos.
Y tú mismo, porque ser muy competente en algo útil para la sociedad, y explotar esa competencia acudiendo a los lugares adecuados, forjando contactos y maximizando tu buena fortuna, depende en un alto grado de ti mismo. Has de tener un interés genuino y sostenido por aprender para adquirir un nivel de maestría superior a la media. Y después gestionarla adecuadamente para que se transforme en acceso a los recursos que formarán las hebras de la red económica de estabilidad que te permitirá cultivar y ejercer una mente tranquila.
Adecuadamente, porque también tienes riesgo de pasarte de frenada. Si adquieres un nivel de competencia tan elevado que te permite montar un negocio con éxito o abrirte posibilidades profesionales muy lucrativas, es posible que tengas la tentación de comprometer tu atención y energía a esa alternativa durante mucho tiempo. Puede que ahí obtengas satisfacción vital ligada a logros profesionales, admiración y estatus social, pero ese mundo está compuesto por métricas de felicidad efímeras. No duran mucho. Y el coste de oportunidad de esos caminos es muy alto. Sacrificas muchas cosas importantes, entre ellas la tranquilidad de la mente.
Saber discernir dónde está el equilibrio no es sencillo. Apunta demasiado bajo y no llegarás a la base de recursos necesaria para tu tranquilidad económica. Apunta demasiado alto y te desviarás del camino de la sabiduría y la felicidad duradera, para adentrarte en un camino de falsos dioses con cadenas muy pesadas.
Hay un momento en tu trayectoria vital en el que la puerta de oro aparece ante ti. Un punto del camino en el que intersectan tres dimensiones: 1) recursos suficientes; 2) libertad de modelo de profesional para ofrecer tus habilidades al mercado; y 3) convencimiento de que una mente tranquila es el pasaporte para la auténtica satisfacción vital. Cuando te encuentres en él experimentarás una sensación de control sobre tu vida que nunca habías experimentado antes.

A partir de ese punto empezarás a construir una vida con significado vital verdadero, ladrillo a ladrillo.
Empezarás a explorar, a hacer cosas, a comprobar sus efectos, a aprender lo que realmente importa y lo que no importa tanto.
Dejarás de lado cierta actividad que te generaba ansiedad. Alguien protestará. Escucharás, pero te mantendrás firme en tu decisión. Verás que no ocurre nada grave. Entrará tranquilidad en tu mente.
Prestarás menos atención a ciertas personas. Ellas la reclamarán. No harás caso. Verás que no ocurre nada grave. Entrará tranquilidad en tu mente.
Tu jefe o un cliente te pedirá que hagas algo de cierta manera. Tú les dirás que la haces de otra. Verás que no ocurre nada grave. Entrará tranquilidad en tu mente.
Progresivamente, construirás unas tuberías vitales por las que fluirá más tiempo libre, más silencio, más calma, menos prisas, menos carreras hacia objetivos que ya no te importan. Y ese fluir reorientará tu atención y tu alma hacia los caminos que realmente lo hacen.
Empezarás a ser rico. Rico de verdad. De la unidad de riqueza que marca la diferencia en una vida. Una riqueza que los demás no pueden ver, porque no se materializa en símbolos de estatus. Una riqueza invisible que sólo tú puedes sentir.
La vida ya no será una mierda. Será una vida brillante, repleta de esa belleza que solo algunos ojos pueden ver.
Y en ese momento, habrás ganado.
Pero sólo tú lo sabrás. Así son las auténticas victorias.
«Pero cantar, soñar, reír, vivir
estar solo
ser libre
tener el ojo avizor
la voz que vibre
ponerme por sombrero el universo
por un sí o por un no batirme, o hacer un verso
Despreciar con valor la gloria y la fortuna
viajar con la imaginación a la luna
sólo al que vale reconocer los méritos
no pagar jamás por favores pretéritos
renunciar para siempre a cadenas y protocolo
Posiblemente no volar muy alto
pero solo.»– Cyrano de Bergerac
Pura vida,
Frank.

