La falacia de la desigualdad

Desde hace ya bastantes años, Occidente ha tenido una obsesión especial con la erradicación de lo que llaman “desigualdad”. En el entramado institucional se ha instaurado una visión del mundo en la que las situaciones de desigualdad no son justas y por tanto es necesario adoptar las medidas necesarias para reducir esas desigualdades en virtud del valor cultural primordial de «justicia social».

Como idea abstracta, he de admitir que no suena mal. ¿Quién no iba a estar a favor de una sociedad más igualitaria, con menos diferencias entre unos y otros? Sería, evidentemente, una sociedad con mayor armonía, más estable, más humana, más “justa”, ¿no es así?

Quizás sí.

O quizás no.

El cerebro te impulsa a decir que sí rápidamente. Parece obvio.

Pero no lo es tanto.

No lo es tanto, porque no se puede juzgar esa idea, con atino, en un plano abstracto.

Hay que aterrizarla y plasmarla en la realidad práctica del día a día.

Y cuando veamos cómo las personas conviven con ella, entonces podremos juzgar si esa idea abstracta se ha manifestado en una forma concreta que resulta superior a la alternativa.

Bueno, vale, Frank… ¿y cuál es el problema?

El problema es que, para que esa idea abstracta, tan virtuosa como parece, se manifieste en la realidad social de los seres humanos, inevitablemente hay que usar la fuerza.

Imponer, si prefieres ese término.

Y si hay que usar la fuerza… ¿no la convierte eso en una idea antinatural?

De hecho, Frank va a ir un poco más allá.

¿Es siquiera una idea deseable, por muy bien que suene?

La dinámica social humana

Cuando los filósofos le dan bola al concepto de “valor de la vida humana” desde un punto de vista ético o moral, suelen llegar a la conclusión de que todas las vidas humanas “valen” lo mismo.

Immanuel Kant es un buen ejemplo. La postura de Kant era que todo ser racional tiene dignidad, un valor absoluto e incondicional que no admite grados ni comparación con nada. De ahí surgió su famoso “imperativo categórico” de tratar a la humanidad siempre como fin en sí misma, nunca solo como un medio.

Para Kant esa dignidad deriva de la capacidad racional y la capacidad de “auto-regulación” moral, no del talento, la utilidad social o el mérito de cada uno. Dos personas cualesquiera valen exactamente lo mismo por el mero hecho de ser agentes racionales.

Los estoicos (Epicteto, Séneca, Marco Aurelio) llegaron a una conclusión parecida por otra vía: todos los humanos comparten el mismo logos (razón universal), lo que los hace iguales en dignidad, con independencia de si son esclavos o emperadores. Epicteto fue esclavo y Marco Aurelio emperador, y el estoicismo insiste en que eso es irrelevante para el valor moral de cada uno.

Suena razonable, ¿no es así?

Claro que sí.

Aunque el bueno de Nietzsche siempre está ahí para tocarnos un poco las narices en lo que se refiere a lo que parece “obvio”: Para él, la idea de igualdad moral universal es una «moral de rebaño», y la interpreta como un invento del resentimiento de los débiles para nivelar hacia abajo a los fuertes. En “La Genealogía de la Moral” y “Así habló Zaratustra” Nietzsche defiende una jerarquía de valor basada en la capacidad de creación y fuerza. Sostener que todas las vidas valen lo mismo no es una verdad moral, sino un síntoma de degradación cultural.

Un bigotudo medio loco y sin pelos en la lengua (o en la pluma). Cada frase suya es un mundo en sí misma. Siempre me ha caído bien y siempre lo hará.

Pero dejemos a un lado a Nietzsche si queremos seguir conservando nuestro empleo y evitar quedarnos sin ningún amigo, y aceptemos la conclusión de que parece evidente que todas las vidas humanas, desde un punto de vista ético y moral, “valen lo mismo”.

Idea abstracta que suena obvia.

Sin embargo, cuando pasamos de la idea abstracta del valor moral del individuo y contemplamos el plano de convivencia en sociedad, las cosas se empiezan a complicar un poco.

El utilitarismo, por ejemplo, aporta una versión distinta de esa idea de igualdad. No dice que cada vida tenga un valor metafísico idéntico, sino que cada interés particular cuenta con un peso idéntico en el cálculo de la medida realmente importante, el “beneficio global”.

La fórmula que se le atribuye a Bentham, popularizada por Stuart Mill —»cada uno cuenta como uno, y nadie como más de uno»— resume esta idea. Es una igualdad de procedimiento, no de esencia. Si matar a un paciente sano permite salvar a otros cinco que necesitan trasplantes, la lógica agregativa pura no tiene, por sí sola, ningún recurso interno para prohibir eso. Paciente sano al hoyo.

Kant, sin embargo, lo prohíbe de raíz como concepto, sin necesidad de parches, porque la persona no es fungible con otras.

Rawls comparte la posición de Kant en una crítica directa a la filosofía utilitarista: «El utilitarismo no se toma en serio la distinción entre las personas». Su argumento es que agregar sufrimientos y placeres de individuos distintos como si fueran momentos de una misma vida de un “Yo Colectivo” es un salto ético ilegítimo.

Ya ves, empezamos a tener algunos roces en el plano filosófico. Y todavía no hemos aterrizado esta idea abstracta de igualdad en la realidad práctica del día a día.

Veamos qué sucede en la práctica.

¿Qué tipo de filosofías de valor humano hemos visto en la historia reciente de la sociedad Occidental?

Un ejemplo muy revelador es la filosofía de los sistemas de salud.

Muchos sistemas de salud occidentales usan el método “QALY” (años de vida ajustados por calidad) para decidir qué tratamientos médicos se financian con fondos públicos.

Según una clasificación reciente de la OCDE recogida por el Office of Health Economics, unos 31 países usan el método “QALY” de manera «formal» —es decir, el dato de coste por QALY entra explícitamente en el proceso oficial de precio y reembolso de medicamentos—: Prácticamente toda Europa occidental y nórdica (Reino Unido, Países Bajos, Suecia, Noruega, Dinamarca, Finlandia, Bélgica, Portugal, Suiza, Irlanda…), Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Japón, Corea del Sur, y buena parte de Europa del Este. Y dentro de este bloque, el caso más explícito es el británico, en el que se trabaja con un umbral de referencia de 25.000-35.000 libras por QALY, con un modificador de severidad que amplía el margen para enfermedades graves.

Suena un poco “utilitarista”, ¿no? Parece que hay vidas más valiosas que otras cuando un país gasta sus dineros en salud.

La filosofía mola porque es una dimensión mental en la que no hay restricciones. Puedes formular todo tipo de creativas teorías sin miedo a que los hechos te den un puñetazo en las narices. Pero cuando bajas a la realidad práctica, las restricciones aparecen. E ignorarlas no evita que te muerdan el culo.

En otro plano diferente al de la salud, las sociedades occidentales se han organizado, desde casi siempre, en base a una jerarquía de competencias. El que hace bien algo adquiere más importancia en el grupo que el que lo hace menos bien. Y el que hace bien algo que es muy relevante (= valioso) para el grupo, adquiere más importancia que el que hace bien otra cosa menos relevante.

¿Es eso ético?

No lo sé. Lo que sí sé es que es jodidamente útil, porque maximiza el beneficio del conjunto y crea los incentivos adecuados para que ese beneficio se extienda y expanda en el tiempo. Y por esa razón, tan “utilitarista” y poco “sexy”, la sociedad occidental ha venido funcionando así.

¿El problema?

Que las personas más competentes obtienen mayores recompensas económicas y de estatus social que las menos competentes. Y la desigualdad aparece en la foto con un formato mucho más visible y llamativo: El dinero y el poder.

¿Es eso “justo”?

No lo sé.

La pregunta que me parece mucho más interesante es otra diferente:

¿Es eso natural?

La dinámica natural de contribución al grupo

“The world is held together, it is really held together, by the love and the passion of a very few people.”

– James Baldwin

Dejemos la filosofía a un lado y bajemos al plano de la experiencia personal y la observación empírica, ¿te parece?

Si tienes ojos en la cara y no te encuentras en estado vegetativo, sabrás con certeza que en tu vida hay personas que te aportan mucho más que otras. No necesitas que nadie haga un “estudio revisado por pares” y logaritmos neperianos para comprobarlo. Simplemente lo sabes, porque lo experimentas en tus propias carnes. Son personas que ven más, que entienden más, que hacen más que las demás. Son pocas. Quizá una, o dos, o tres. No muchas más. Y en tu cabeza están en una categoría completamente diferente al resto, aunque nunca hayas verbalizado explícitamente ese pensamiento.

Pues bien, la tesis de Frank es que este concepto de “grupo de élite” aplica a otra escala en prácticamente todas las dimensiones colectivas de nuestra sociedad. Sea cual sea el colectivo en cuestión.

Y esto resulta perfectamente tolerable en nuestra famosa “cultura de justicia”.

No solamente tolerable, sino más que bienvenido.

Los planes y preparativos del grupo de amigos y las ideas para “mantenernos en contacto” son iniciativa de unos pocos.

Los comercios que te gustan son unos pocos.

Los artistas que te gustan son unos pocos.

Los profesores que te marcaron en el colegio son unos pocos.

Los contenidos que te interesan son unos pocos.

Las aficiones que tienes son unas pocas.

Los bares a los que te gusta ir a tomar algo son unos pocos.

Las personas que hacen muy bien su trabajo son unas pocas.

Las personas realmente amables y cariñosas son unas pocas.

Las personas realmente perceptivas e inteligentes son unas pocas.

Las personas que inventan artefactos que cambian el mundo son unas pocas.

Las personas que están dispuestas a todo por un ideal son unas pocas.

Cuando aprecias este fenómeno, no puedes dejar de verlo por todas partes. Todos tenemos un rol y una función en la vida, pero las personas que hacen que sucedan cosas realmente buenas son solo unas pocas.

La mayoría vamos conduciendo por la vida con la marcha de “suficiente”, pero unos pocos van conduciendo con la marcha de “excepcional”.  

Sabes perfectamente de lo que hablo, ¿no es verdad?

Mires el colectivo que mires, verás que hay gente normal y hay “Jedis”.

Mucha gente normal y unos pocos Jedis.

Puedes decirme: ¿Es eso justo?

Y Frank te respondería con mucho tacto: ¿Y a quién cojones le importa?

Es.

Simplemente es.

Es, porque es natural que sea.

Nadie fuerza a los Jedis a actuar como actúan. Actúan como actúan porque son Jedis. Nacieron con la predisposición a ser Jedis, y cuando llegó el momento decidieron honrar esa predisposición con un comportamiento de Jedis, dentro del campo de actuación en el que lo son.

Y el grueso del grupo se beneficia encarecidamente del hecho de que ellos se encuentren en esa misma órbita planetaria.

Es el principio de Pareto con anabolizantes: Unos pocos marcan la diferencia en el conjunto.

No todos son iguales.

Todos tienen la oportunidad, en mayor o menor grado, pero no todos contribuyen lo mismo. No contribuyen lo mismo porque hay diferencias en las circunstancias, en las habilidades y en el comportamiento.

La desigualdad de resultados, en todos los colectivos de seres humanos, es algo que se produce de forma natural.

Es un fenómeno omnipresente con el que convivimos en el día a día en absoluta armonía. Lo vemos, lo entendemos, lo aceptamos… e incluso lo protegemos, porque todos entendemos que el conjunto del grupo se beneficia de ese amigo que toma la iniciativa de hacer el álbum de fotos, o de ese bar que hace tan buenas tortillas de patata, o de ese compañero de trabajo que resuelve tantos problemas con una sonrisa en la cara.

Sin embargo, este mismo fenómeno pasa a ser encarnizadamente cuestionado cuando hablamos de una dimensión particular de la vida en sociedad:

La económica.

La desigualdad económica

El dinero es un elemento de enorme carga emocional para las personas que viven en sociedad.  Unos lo ven como un indicador de éxito, otros como signo de estatus social y otros como métrica de comparación con los demás. Unos hablan de él sin reparo alguno y otros lo ocultan como un secreto. Unos se obsesionan por ganarlo, otros por tenerlo y otros por no perderlo. Y todos, sin excepción, lo ven como algo extraordinariamente importante, al ser el balón de oxígeno que les permite vivir, no todas, pero sí muchas de las experiencias que creen que les hacen “felices”.

Asumamos, para simplificar el argumento, que el dinero es un reflejo de la actividad económica subyacente en el sistema. Dicho de otro modo, ignoremos el componente monetario de “emisión de papel” de los Bancos Centrales y contemplemos el dinero como ente estrictamente ligado a la actividad productiva.

Hagamos ahora algunas observaciones.

La primera observación es que, en lo que se refiere al dinero y la riqueza en general, las personas tienen dos grandes “visiones del mundo” en la cabeza.

Visión 1: La riqueza es “un juego de suma cero”.

Esta visión del mundo asume que existe una cantidad fija de riqueza en el sistema, y que si uno gana algo automáticamente otro lo pierde.

Visión 2: La riqueza es “un juego de suma positiva”.

Esta visión del mundo asume que la riqueza se puede crear (expandir) y que es posible que la gran mayoría gane, aunque unos ganen más que otros.

La segunda observación es que, en los países de Occidente, de marcado enfoque capitalista, la evidencia empírica que sostiene que la economía es un juego de suma positiva es abrumadora. El PIB per cápita y la calidad de vida, medida con múltiples indicadores, han seguido una trayectoria ascendente en el tiempo, exceptuando periodos cortos de shocks exógenos.

La persona promedio de Occidente hoy vive mucho mejor que Rockefeller, y varios universos mejor que los reyes de la Edad Media. Quizá esa persona promedio de hoy no pueda tocarse las narices tanto como esos millonarios y magnates de antaño podían, porque ha de trabajar para vivir, pero tiene mucho mejor acceso a sanidad, tecnología, ocio, alimentación, transporte y confort en general, y mayores probabilidades de vivir mucho más tiempo.

Es muy evidente que la riqueza global en Occidente se expande en el tiempo y que todos los integrantes de la sociedad se benefician de ello. Los datos de la evolución del número de personas por debajo del umbral de la pobreza son un indicador de muchos que llevan a la misma conclusión. Sin embargo, muchas personas tienen instalado en sus cabezas el software de “visión de suma cero”: Lo que uno gana el otro lo pierde. Y la popularidad de este software, a pesar de la amplia evidencia en su contra, merece cierta reflexión.

La tercera observación es que la riqueza tiende a seguir la senda de la creación de valor.

El dinero en una sociedad de libre comercio suele fluir a aquellas personas que aportan valor. Si yo creo algo que la gente quiere, o hago algo que la gente valora, o soluciono un problema que la gente tiene (= les aporto valor), esa gente va a estar dispuesta a pagarme por ello. Si lo hago a pequeña escala, recibiré menos. Si me las apaño para montar un sistema más grande y aportar valor a más gente, recibiré más.

Este principio es el entramado más básico de todo el sistema económico de Occidente y el impulsor de la dinámica de creación continua de riqueza total.

¿Y qué es lo que ocurre cuando pones a millones de personas a jugar a este juego?

Algunos parten con más ventaja.

Algunos tienen habilidades más útiles.

Algunos tienen más suerte.

La combinación de todos estos factores provoca que algunos encuentren mejores formas de aportar valor a los demás.

Y eso provoca que obtengan mayor riqueza.

Unos pocos de esos, los que obtienen resultados realmente excepcionales, obtienen mucha mayor riqueza.

Esos pocos son los Jedis de este juego.  

¿Que algunos hacen trampas? Seguro. Pero son los menos. El mecanismo del mercado libre es pragmático, indiferente, ateo y apolítico. Si no aportas valor a otros, y pueden elegir libremente, no te pagarán. Puede que les engañes durante algún tiempo, pero no será para siempre.

Muy bien, tenemos a unos pocos que tienen mucho dinero. Unos lo han ganado y otros lo han heredado de otros que a su vez lo ganaron.

¿Y bien?

¿No es algo natural, acaso?

¿No sucede en prácticamente todos los demás juegos colectivos, como hemos visto antes?

Pero no, en este caso no es tan sencillo.

No nos gusta. No queremos que suceda.

Nos toca una fibra especial.

Una fibra que no nos toca el amigo que toma la iniciativa, o el extraño que es más guapo, o el familiar que es más querido, o el compañero de trabajo que sabe escuchar mejor, o el conocido que cocina mejor o juega mejor al fútbol.

¿Qué pasa en el juego colectivo del dinero que no pasa en los otros juegos?

¿Por qué la comparación con los demás no nos duele tanto en los otros juegos y en el juego del dinero sí?

La paradoja de Easterlin

Richard Easterlin, economista estadounidense, escribió un artículo en 1974 titulado «Does Economic Growth Improve the Human Lot?», que perfeccionó en otros estudios posteriores, con dos conclusiones fundamentales:

  • Dentro de un país, en un momento dado, los ricos son más felices que los pobres. Ok, un hallazgo acojonante, Richard.
  • En el largo plazo, la felicidad media (declarada) no aumenta con el crecimiento económico. Ok, esto sí es interesante, Richard. Perdón por el vacile de antes.

La paradoja que surgió de este estudio fue la siguiente:

Si ser más rico que tu vecino te hace más feliz, ¿por qué un país entero no se vuelve más feliz cuando el conjunto se enriquece?

La explicación de Easterlin fue que la felicidad percibida depende mucho más de la renta relativa que de la renta absoluta. De cómo nos vemos en relación con los demás.

Por un lado, tenemos la influencia de la comparación social: Si todos suben a la vez, nuestra posición relativa no cambia. Es un juego de suma cero en estatus.

Por otro lado, tenemos el efecto “adaptación hedónica”: Lo que ayer era un lujo hoy es lo normal. Las aspiraciones materiales suben al mismo ritmo que la renta y la brecha entre lo que tenemos y lo que creemos necesitar nunca se cierra.

Otros autores atacaron sus conclusiones, pero la tesis principal de Easterlin ha resistido impasible el paso del tiempo: La felicidad percibida depende muy mucho de dónde percibes que estás en relación con los demás, y no tanto con cómo comparas con tu “Yo Pasado”.

Esto aplica a muchas dimensiones vitales, pero con mucha mayor intensidad a la dimensión económica: En Occidente el dinero relativo (cuánto tenemos en comparación con los demás) se usa como métrica de éxito, e incluso de valía personal. Y eso está íntimamente ligado a nuestra felicidad y satisfacción vital percibida.

Así que… ¿qué es eso de que tú “vales más” que yo?

Y un carajo.

Se produce un cortocircuito en nuestro fuero interno. Nos cuesta horrores aceptarlo. Y por esta razón, creamos un mecanismo psicológico de autodefensa:

“No es justo”.

No es justo que otros tengan más que yo.

Y es tremendamente injusto que unos pocos tengan mucho más que yo.

Ese aguijón emocional, esa incomodidad psicológica, está ahí. Y si por alguna razón su intensidad se sale de ciertos baremos de equilibrio, se convierte en un polvorín.

Cuando el aguijón pica con demasiada fuerza, nos vemos legitimados a usar la fuerza para corregir eso que nuestro cerebro nos muestra como una “injusticia”.

Por eso la lucha contra la desigualdad económica es tan popular. Porque nuestro cerebro toma algo que es natural y lógico, lo pasa por el filtro de autodefensa psicológica y lo convierte en una virtud.  

Se convierte en una lucha moral.

Y en toda lucha moral hay “buenos” y “malos”.

Los buenos son los que quieren corregir la injusticia y los malos son todos los demás.

Sin embargo, la desigualdad es natural. Es fruto de la naturaleza humana y el sistema en el que esta ha operado durante cientos y cientos de años.

Así que no se corrige por sí sola.

Es necesario imponer cambios a través de leyes y otras intervenciones externas. Mecanismos que quitan a unos para dárselo a otros.

¿Con qué objetivo?

Para que la gente no se sienta mal.

Esa es la verdad.

No tiene nada que ver con la “justicia”, sino con nuestra incapacidad para gestionar la incomodidad psicológica.

Si estuvieras enfrente de un Oráculo omnisciente y tuvieras que apostar todo lo que tienes a elegir la visión del mundo que mejor explica la realidad factual, la apuesta ganadora – con muchísima diferencia – es que la inmensa mayoría de la gente que tiene mucho dinero lo tiene sin haberte quitado a ti – o a nadie más – absolutamente nada. Simplemente les han tocado buenas cartas, o las han jugado bien, o han tenido suerte, o una combinación de todas ellas, y han creado riqueza que antes no existía aportando valor. O lo han heredado de alguien que hizo eso mismo antes.  

Lo que llamas «injusticia» no es otra cosa que el aguijón de tu incapacidad para gestionar la incomodidad psicológica de comparación con los demás que Easterlin identificó hace 50 años. Y esa incapacidad provoca que tiendas a adoptar creencias del tipo “los ricos son malos”, “los ricos nos roban”, “los ricos hacen trampas”, “los ricos son seres maquiavélicos que mueven los hilos para destrozar nuestra vida”.

Give me a break.

Nadie te está robando nada. Vives en un entorno de comodidad extraordinario desde cualquier estándar histórico. Y la gran mayoría de las comodidades que tienes a tu disposición existen porque alguien, en algún sitio, decidió honrar su condición de Jedi y crear algo verdaderamente valioso.

Paradójicamente, lo que tu cabeza te está diciendo es que el tipo de personas que hicieron posibles todas esas comodidades de las que tú disfrutas no deberían recibir recompensas extraordinarias por su extraordinario comportamiento. Que deberían hacerlo por amor al arte, sin otra contraprestación que la satisfacción de servir a los demás. Y que tú, en tu infinita sabiduría, eres la solución desinteresada a la imperiosa necesidad que esas personas tienen de hacer algo por los demás.

Pero no, aunque Frank te diga todo esto, tus creencias no van a cambiar.

No van a cambiar, porque no te conviene cambiarlas.

Yo lo sé, y tú también.

Y sin embargo, la lucha de Occidente contra la desigualdad económica debe continuar.

No porque sea una injusticia, no. Las injusticias existen y es preciso identificarlas y corregirlas. Pero la desigualdad económica no es una de ellas ni merece ser tratada como tal. 

La lucha debe continuar por interés de auto-preservación.

Debe continuar porque no nos conviene que tu tendencia al autoengaño y tu incapacidad para gestionar emociones incómodas provoque que te sientas legitimado a volar por los aires el sistema que nos ha permitido – a todos –  vivir mejor que el 99% de las personas que han existido en toda la historia de la humanidad.

Ya ves, estamos en el mismo barco. Aunque quizá por motivos diferentes.

Pura vida,

Frank.

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