Hubo una época en la que Frank Spartan hizo muchas entrevistas de trabajo a jóvenes candidatos a ser desprovistos sin contemplaciones de sus inocentes almas por una gran corporación. Recuerdo que, más allá de su supuesta competencia para el puesto al que optaban, lo que más me interesaba entonces era entender la forma en la que cada uno de ellos enfocaba su relación con el mundo. Y eso me llevaba a lanzarles un tipo de preguntas que no esperaban recibir.
Recuerdo que, al escuchar aquellas preguntas, los candidatos mostraban expresiones de sorpresa. La mayoría de las veces sonreían. Muchos de ellos hacían una larga pausa antes de contestar. Y siempre, sin excepción, sus respuestas arrojaban más luz sobre cómo funcionaban sus mentes que toda la información de su CV.
Ha pasado mucho tiempo. Mucho he leído, reflexionado y experimentado desde entonces. Y si volviera atrás y me sentara de nuevo enfrente de aquellos nerviosos e ilusionados candidatos, mi enfoque sería el mismo.
Pero elegiría otra pregunta diferente.
Una pregunta que parece simple, pero que esconde la presencia de múltiples capas de entendimiento.
Una pregunta que refleja, quizá mejor que ninguna otra, cómo funciona la cabeza de alguien.
¿Te consideras una persona con suerte?
Se cuenta que, cuando Napoleón Bonaparte perdía a uno de sus generales en batalla, convocaba a sus oficiales para encontrar un reemplazo. En una ocasión, le presentaron a un hombre con sólidos conocimientos militares, liderazgo y el coraje necesario para el combate.
Napoleón respondió: «Todo eso está muy bien, pero… ¿tiene suerte?»
Por encima de todas las habilidades y rasgos, y de toda la pericia militar, Napoleón creía en la fuerza oculta de la suerte. En batallas de vida o muerte quería tener a su lado a generales “afortunados”.
¿Estaba loco?
No lo sé. Lo que sí sé es que, según los registros históricos, Napoleón ganó más batallas en relación a los recursos militares de los que disponía que ningún otro líder militar de la historia.
La investigación de Ethan Arsht, publicada en “Towards Data Science”, comprendió una base de datos de 3.580 batallas y 6.619 generales, con fuerzas de cada bando desglosadas por tipo de tropa (infantería, caballería, artillería, etc.) y el resultado de cada batalla. Con esa información, Arsht entrenó un modelo lineal que estimaba, en el contexto de las fuerzas relativas de cada bando, la probabilidad de victoria de un general «promedio» en esa situación. Después calculó, para cada general real, cuánto se desvió su desempeño de ese promedio esperado — una métrica calcada del WAR (“Wins Above Replacement”) que se usa en el béisbol.
Napoleón acumuló 16,679 WAR en 43 batallas (38 victorias, 5 derrotas), casi el doble que Julio César (7,445 WAR) y su desempeño reflejó unas 23 desviaciones estándar por encima de la media. Ganó 17 de sus batallas en inferioridad de condiciones y el gráfico de dispersión le mostraba literalmente sólo en una esquina del mapa de puntos, lejos de todos los demás, como si fuera un error humano a la hora de introducir los datos en el programa.
¿Suerte?
Quizá.
O quizá no del todo.
O quizá eso que llamamos coloquialmente “suerte” no es un concepto tan sencillo como puede parecer.
¿Qué es la “suerte”?
La palabra “suerte” tiene un uso coloquial muy extendido, que generalmente se refiere a la influencia de una fuerza inconquistable y desconocida sobre nuestra vida. Lo que denominamos, utilizando otra palabra algo menos coloquial, azar. Y cuya característica más relevante es la de ser un fenómeno cuya dinámica de funcionamiento se encuentra más allá de nuestro control.

Para las personas creyentes en religiones convencionales, el azar es Dios. Al menos, en lo que se refiere a cualquier cosa que impacte nuestra vida de un modo no trivial. Así explican estas personas lo que no entienden. Los caminos del Señor son inescrutables y tal y tal, y aquí paz y después gloria.
Para los creyentes en un ser superior distinto al de las religiones convencionales, el azar es el Universo. Una entidad con voluntad propia, a la que no conocemos muy bien, que provoca que sucedan cosas en nuestra vida sin que nosotros sepamos muy bien por qué.
Para los ateos, el azar es, simplemente, azar (randomness). No existe voluntad superior alguna que mueva sutilmente los hilos de la providencia y provoque que sucedan cosas en nuestra vida que no sean efecto directo o indirecto de nuestras propias acciones. Esas cosas simplemente suceden, a veces de formas que somos capaces de entender… y a veces de formas que no.
Veamos ahora 3 ideas interesantes en relación con esto.
La primera idea es el proceso mental que determina el significado que le damos al azar o a la suerte.
¿Qué es lo que suele provocar que pongamos la etiqueta de “buena” o “mala” suerte a algo?
El resultado que obtenemos en una situación concreta.
Y no el resultado de forma aislada, sino el resultado relativo. En otras palabras, el resultado en comparación con otra cosa.
Es “buena suerte”, si el resultado es mejor que otro(s) resultado (s) posible(s) que tengo en la cabeza. Y es “mala suerte” si es peor.
Nuestro concepto de suerte es, por definición, una comparación. Seamos conscientes de ello o no.
Una comparación que decidimos hacer (o hacemos sin darnos cuenta) nosotros mismos, sin que nadie nos obligue.
Curiosamente, nuestro concepto de suerte tiene mucho que ver con aquel escenario concreto con el que decidimos compararnos. Si sólo contemplamos escenarios alternativos (posibles) que sean muy positivos, es probable que el resultado real compare mal y saquemos alegremente de su funda la etiqueta de “mala suerte”. Pero eso no sería tanto así si decidiéramos contemplar también escenarios alternativos (posibles) que fueran muy negativos.
“You never know what worse luck your bad luck has saved you from”
– Cormac McCarthy, No Country for Old Men
La segunda idea es la interrelación entre suerte y habilidad. O si lo prefieres, entre suerte y mérito.
Nuestra concepción de cuánto peso tiene nuestro mérito (lo que podemos controlar, en concreto lo que hemos decidido hacer – o no hacer -, que tiene un impacto en el resultado) y cuánto peso tiene el azar (lo que no podemos controlar, sea puro randomness o la involucración de una voluntad superior) en dicho resultado.
Esto es, aunque no lo parezca, extraordinariamente complejo de discernir. Nuestra mente tiende a simplificarlo construyendo, a posteriori, relaciones causa-efecto sobre lo que pasó y que nos sirven para redactar una narrativa mental que generalmente infla los pectorales de nuestro ego. Pero sólo cuando reflexionas en profundidad sobre el asunto puedes empezar a caer en la cuenta de su enorme complejidad.

En una ocasión, el autor Morgan Housel le hizo la siguiente pregunta a Robert Shiller, premio Nobel de Economía en 2013:
“Mr. Shiller, ¿qué le gustaría saber del mundo de la inversión que resulta imposible saber?”
Y Shiller, después de pensar durante unos segundos, contestó:
“El papel exacto de la suerte en los resultados positivos”
Es una respuesta brillante. Shiller sabía que no podemos saberlo, aunque tengamos la falsa certeza de que sí. El azar siempre juega un papel, pero no podemos saber cuál es ni cómo controlarlo para replicar el proceso en decisiones futuras. Es demasiado complicado.
La tercera idea es la interrelación de efectos en el espacio temporal.
Algo que parece “mala suerte” en el momento concreto en el que ocurre puede convertirse en “buena suerte” en un momento futuro si las circunstancias cambian de cierta manera. Y viceversa.
En otras palabras, es muy difícil saber con certeza si algo que sucede hoy va a ser bueno o malo cuando haya pasado el tiempo. Puede que el evento del momento 1 abra una puerta en el momento 2 que nunca se habría abierto de no haberse producido aquel evento, y que esa puerta lleve a un buen lugar en fases futuras de nuestra vida… y viceversa.
“Buena suerte, mala suerte… ¿quién sabe?”
Muy bien. Ahora bajemos todo esto al plano práctico. Tu plano práctico.
Has nacido en cierto lugar, con cierta familia, en cierta época. Con ciertos rasgos de personalidad. Has ido a cierto colegio, después has decidido estudiar ciertas cosas. Has hecho ciertos amigos. Has trabajado en ciertas profesiones, con cierta gente, en cierto sitio. Has tenido cierta pareja (o no), ciertas aficiones, ciertos hábitos. Has tenido ciertas experiencias y ciertos acontecimientos te han sucedido. Has tomado tus decisiones de cierta manera. Y has acabado en la posición vital en la que estás ahora, en este momento.
Dime, ¿crees que has tenido buena suerte? ¿O no?
¿Cuánto ha sido azar y cuánto has provocado tú?
¿Cuánto de lo que has provocado tú ha sido habilidad y cuánto casualidad?
¿Has decidido realmente tu camino, o la providencia te ha empujado por el suyo moviendo sus hilos?
Si volvieras al principio, ¿crees que podrías mejorar el resultado?
Y para tocarte las narices un poco más, aquí va esta última pregunta:
¿Crees que te mereces estar donde estás?
Cuando observas tu vida en foto panorámica y te haces todas estas preguntas es cuando empiezas a atisbar la enorme complejidad del asunto.
Pero no te preocupes, porque Frank te va a ayudar a resolver este galimatías.
Cómo abordar el papel de la suerte en tu vida
En esta sección vamos a enfocar el asunto utilizando ideas de algunos autores como Frederich Nietzsche, Maquiavelo, John Rawles, Nassim Taleb, Mark Manson y, por qué no, algunos jugadores profesionales de póker como María Konnikova y Annie Duke.
Nuestra concepción de la suerte juega un papel psicológico muy importante en nuestra vida. Admitir el poder de la suerte significa admitir que quizás no te has ganado del todo aquello sobre lo que construyes tu identidad: tu carrera, tu estatus, tu sentido de quién eres. Si esas cosas son en parte producto del momento, el lugar y el azar, ¿qué nos queda?
No solemos ser demasiado propensos a darle a la suerte un papel demasiado protagonista en nuestra vida. Desarrollamos una resistencia psicológica a darle demasiadas líneas en el guion de nuestra película. Una resistencia que se compone de 3 capas:
- La capa de relación causa-efecto: nuestra convicción natural de que el esfuerzo debería producir resultados proporcionales. Si la suerte puede anular esa canción y escribir su propia partitura sobre ella, el contrato básico entre lo que hacemos y lo que obtenemos empieza a antojarse un poco cuestionable.
- La capa de justicia social: si la suerte juega un papel importante en el éxito, entonces quienes están arriba no pueden reclamar el mérito completo sobre dónde han llegado. Esa es una idea incómoda para sociedades construidas sobre la creencia de que el éxito se obtiene, sobre todo, mediante el talento y el trabajo duro.
- La capa de autoestima: si nuestros resultados son en parte suerte, ¿quiénes seríamos sin ella? ¿Otra persona distinta?
Estas tres capas de resistencia psicológica funcionan en segundo plano cada vez que evalúas tu propia historia o la de otra persona. Y son la razón por la que toda una rama de la industria del desarrollo personal se ha construido sobre la premisa de que tú —y solo tú— controlas los resultados que obtienes. Sin embargo, una mirada con actitud inquisitiva nos basta para intuir que existe una fuerza que tiene un gran peso en esos resultados, por mucho que prefiramos ignorarla.
Ahora bien, ¿cómo narices le metemos mano a este concepto tan complejo?
Nos vamos a ir a China.

Sí, como lo oyes. Porque allí se acuñó el modelo más acertado para meterle mano a la escurridiza idea de la suerte, y lo que es más importante, cómo utilizar ese enfoque para mejorar nuestra propia vida.
El carácter chino para expresar la idea de «rey» es 王. Tres trazos horizontales con una línea vertical que los atraviesa. El erudito de la dinastía Han Dong Zhongshu interpretó los tres trazos como representando el Cielo, la Tierra y la Humanidad, los tres reinos que gobiernan todo lo que sucede en el mundo. El marco que conecta los tres es el San Cai (三才), a menudo traducido como «Tres Potencias» o «Tres Poderes».
En el uso moderno, los practicantes de metafísica china suelen traducir el San Cai como tres formas de “suerte”. Cada una de ellas tiene un grado de influencia en los resultados que una persona obtiene en la vida, pero esa influencia se manifiesta a diferentes niveles.
- La “Suerte del Cielo” abarca todo lo que viene de serie: Cuándo y dónde naciste, quiénes fueron tus padres, con qué perfil innato de genética y personalidad, y en qué época de la historia. No puedes cambiar la Suerte del Cielo. Sólo puedes entenderla y trabajar dentro de sus límites.
- La “Suerte de la Tierra” son los ecosistemas por los que te mueves. Tu entorno, la geografía, la gente que te rodea, los sistemas e instituciones dentro de los cuales operas. Una ciudad, una sala, un grupo de amistades, una red de contactos, una industria: cada uno de esos ecosistemas amplía o reduce tu abanico de opciones, muchas veces sin que ni siquiera seas consciente de ello. En este plano sí que tienes cierta capacidad de decisión sobre los ecosistemas a los que decides acercarte. Son decisiones macro, que se toman en ciertos momentos concretos de tu vida (no son frecuentes), y que tienen muchas ramificaciones futuras a nivel micro.
- La “Suerte Humana” son tus decisiones del día a día, tu esfuerzo, tu habilidad, tu disciplina y tu capacidad de entender condiciones cambiantes y decidir bajo incertidumbre. Son comportamientos micro, sobre los que tienes también cierto grado de control.
Si la vida fuera una partida de póker, la Suerte del Cielo son las cartas que te tocan. No controlas si tienes un trío de ases o un par de treses. La Suerte de la Tierra es la mesa en la que eliges jugar, lo cual, en el póker y en la vida, es un factor clave en los resultados que acabas obteniendo. La Suerte Humana es cómo de bien juegas esas cartas: si lees bien a los demás jugadores, gestionas bien el riesgo y haces, como Napoleón, la jugada de mayor valor posible en cada mano, incluso en las manos malas.
Consideremos a continuación los aspectos clave que debes tener en cuenta sobre cada uno de estos 3 tipos de suerte.
1. La Suerte del Cielo
Imagina que aparece un genio llamado Jeffrey 24 horas antes de que nazcas, y que tienes un cerebro suficientemente desarrollado para decidir sobre un dilema:
Jeffrey te da la oportunidad de diseñar a tu antojo el mundo en el que vivirás cuando nazcas. Puedes elegir su economía, su sistema político, sus leyes, sus normas sociales, la forma en que se distribuyen las oportunidades, y todo lo demás.
Sólo hay una condición.
Antes de entrar en ese mundo, deberás meter la mano en un barril que contiene miles de millones de bolas y sacar una al azar. Esa bola lo determina todo: si naces negro o blanco, hombre o mujer, rico o pobre, noruego o afgano, brillante o con un CI de 70, discapacitado o con plena capacidad física. No hay negociación ni segundo intento. Lo que sea que saques será tu vida.
Warren Buffett describió este escenario ante una sala de estudiantes de MBA en la Universidad de Florida en 1998. Y les hizo la siguiente pregunta:
¿Devolverías tu bola al barril y sacarías otra al azar?

No hay registros fehacientes de la respuesta de los estudiantes, pero me juego un testículo – y no lo pierdo – a que todos dijeron que no.
Sí, colega. Puede que creamos que nos hemos ganado nuestros resultados y nuestra posición en la vida con gran talento y esfuerzo, y sin embargo muy pocos nos arriesgaríamos a perder la lotería de base con la que los obtuvimos.
En su charla, Buffett se inspiró en el trabajo que John Rawls, filósofo de Harvard, realizó dos décadas antes: El concepto que denominó “el Velo de la Ignorancia”.
El enfoque de Rawls fue el siguiente: Si no sabes qué bola vas a sacar, ¿cómo diseñarías la sociedad en la que vas a vivir?
Lo que Rawls concluyó es que las personas diseñarían la mejor sociedad posible para aquellos que estén más abajo en la escala social, porque les podría tocar la bola que les coloca en esa posición. Y no querrían arriesgarse a vivir en un mundo con “demasiada desigualdad”.
Así que, si dispones de tiempo suficiente para leer este artículo desde tu flamante móvil y sentado cómodamente en la taza de váter de tu casa, quizá, sólo quizá, tu posición de «Suerte del Cielo» sea bastante mejor que la de los menos favorecidos en la sociedad utópica ideal que habrías diseñado desde detrás del velo. Y eso es un pensamiento que debes tener muy en cuenta a la hora de juzgar tu suerte.
Tu cerebro te empujará a compararte exclusivamente con las personas de tu círculo más cercano. Pero la realidad del mundo es muy grande y la mayoría escapa a tu conciencia. En parte por capacidad cognitiva, y en parte porque el cerebro es muy sibilino y tiene muchos trucos en la chistera, entre ellos la búsqueda involuntaria de objetivos en los que proyectar envidia.
Hay muchas personas de otros ecosistemas con mucha peor «Suerte del Cielo» que tú, al igual que muchas personas de tu entorno cercano que no tienen vidas tan estupendas como las que parece que tienen tus contactos de Instagram. Así que hazte un favor y expande tu perspectiva un pelín.
Muy bien. Ahora que ya tienes una perspectiva un poco más amplia del regalo que has recibido – sin merecerlo – en tu posición relativa de partida con respecto al resto del mundo… ¿cuál es el siguiente paso?
Dos cosas.
La primera, tienes un motivo explícito de mucho peso para sentirte agradecido. Lo cual mola bastante, porque existe un cuerpo de investigación sólido sobre los efectos positivos que esa actitud tiene en el bienestar subjetivo de las personas, además de expandir tu perspectiva y ayudarte a relativizar los acontecimientos negativos que te sucedan.
La segunda, que tienes una obligación moral de hacer algo por los demás para honrar ese regalo de «Suerte del Cielo» que has recibido por tu cara bonita. Aprovecha ese impulso y haz algo desinteresado por alguien vez en cuando, por pequeño que sea. Eso dotará a tu vida de mayor significado y creará un círculo virtuoso de agradecimiento, lo que a su vez te hará sentir mejor.
Y a ves, colega, todo son ventajas… si lo enfocas bien.
Enfoca bien.
2. La Suerte de la Tierra
El psicólogo Richard Wiseman estuvo casi una década estudiando a más de 400 personas que se autoidentificaban como “afortunadas” o “desafortunadas”. Descubrió que la característica que más separaba a ambos grupos era la percepción: Cómo y cuánto registraban sus mentes de lo que ocurría a su alrededor. Sus conclusiones destacaron cuatro principios de comportamiento en las personas que se consideraban “afortunadas”:
- Maximizan las oportunidades (crean mayor área de superficie de suerte). Construyen redes sociales amplias, dicen a menudo que sí a invitaciones de personas poco cercanas y mantienen una actitud constructiva y relajada hacia el mundo (las investigaciones demuestran que el estrés y la ansiedad reducen nuestro campo de visión y provocan que perdamos oportunidades de vista).
- Escuchan a su intuición tanto o más que a su mente racional. Valoran mucho la experiencia acumulada que produce reconocimiento de patrones por debajo de la deliberación consciente.
- Son optimistas. Creen que les irá bien. Y esa expectativa positiva sostiene el esfuerzo durante las malas rachas, brindándoles más oportunidades con el tiempo.
- Transforman la mala suerte en buena. Aprenden de los errores y aplican las lecciones a situaciones posteriores.
Una de las creencias convencionales sobre las personas “con suerte” es que tienen el perfil de personalidad adecuado: Son extrovertidos, carismáticos, abiertos a nuevas experiencias, etcétera, etcétera. Pero un estudio de 2015 concluyó que estas variables tienen muy poco impacto en el resultado.
Puedes ser profundamente curioso y tener una mente abierta, pero si tus días contienen la misma gente, la misma información y las mismas rutinas, queda muy poco espacio libre para la suerte. Una persona menos curiosa en un entorno más rico y variado puede encontrarse con muchas más sorpresas útiles para elevar la calidad de su existencia y conseguir sus objetivos.
Los ecosistemas por los que decides moverte determinan tus probabilidades de tener suerte mucho más que tu personalidad. Por eso debes prestar mucha atención a cómo elegir cuáles son los más adecuados. Y digo “mucha atención” porque esta dimensión es, posiblemente, la que mayor peso tiene en cómo se acaba desarrollando tu vida.
Ecosistemas Lineales y Ecosistemas de Alto Potencial
En su libro “El Cisne Negro”, Nassim Taleb distinguía dos posibles entornos profesionales a los que una persona puede optar. Los llamó Mediocristán y Extremistán:
- Mediocristán es un entorno donde los resultados se agrupan en torno a la media. Ningún evento aislado puede multiplicar tus resultados hasta hacerlos irreconocibles, y la suerte por lo general sólo aporta una ventaja modesta. Es probable que un camarero afortunado lleve una vida que se parezca bastante a la de uno desafortunado. La habilidad explica la mayor parte de la diferencia, y el camino a seguir suele ser “mejorar, trabajar más duro y los resultados deberían llegar”.
- Extremistán, sin embargo, funciona de otra forma. Los resultados siguen una ley de potencia, no lineal, lo que significa que un sólo evento puede pesar más en el resultado final que todos los eventos anteriores. Un libro, una canción, una inversión, un contacto o una decisión de negocio pueden empujar a alguien hacia un nivel de éxito completamente distinto. Un fundador afortunado puede terminar tan adelantado que la versión desafortunada de sí mismo resultaría casi irreconocible. En estos entornos, la habilidad puede explicar la competencia y el éxito moderado, pero el éxito extremo también depende – y especialmente – de la “varianza”: la probabilidad de que una oportunidad, una idea o un momento produzca un retorno desproporcionado.
Aquí es donde la “suerte” (el azar) hace su aparición en escena, con expresión amenazante y blandiendo un puño americano.
Dos personas con talento idéntico y la misma ética de trabajo pueden acabar en posiciones radicalmente distintas porque una llegó seis meses antes a un punto de inflexión, o porque una conoció al inversor adecuado en una cena, o porque el producto de una no dejó de funcionar el día en que un periodista visitó su web, o porque presentó su idea al mercado en el momento justo en el que el mercado estaba listo para comprarla. La distancia entre ambas no es la capacidad, sino una pequeña diferencia de suerte en un momento crítico, con efectos acumulativos en el tiempo.

Robert Frank, en su obra “Success and Luck: Good Fortune and the Myth of Meritocracy”, llama a esto “el problema de la última milla de la meritocracia”: premiamos a quien cruzó la línea de meta sin tener en cuenta el viento de cola que lo llevó hasta allí. Construímos la narrativa de que esa persona hizo esto, y después aquello, y que no se rindió, y tal y tal, para fabricar una relación causa-efecto con respecto a su éxito. Pero convenientemente ignoramos a todas las demás personas que hicieron lo mismo, incluso más y mejor, pero a las que “la suerte” no acompañó.
Ese componente de azar, amigo mío, no lo puedes controlar.
Pero sí puedes aprender a detectar oportunidades de riesgo-rentabilidad asimétricas. Las mesas de juego correctas en las que sentarte. Y una vez las has detectado, saltar a esas piscinas sin pensártelo dos veces, aunque creas que estás “medio en pelotas”, para optar a la posibilidad de conseguir ese retorno desproporcionado.
¿Y qué significa eso de “oportunidades de riesgo-rentabilidad asimétricas”?
Situaciones en las que la mayoría de las personas infla la importancia de un riesgo por razones culturales, sociales, o psicológicas, y en las que, al mismo tiempo, los beneficios que se pueden obtener son muy altos.
Esto es especialmente relevante en las grandes decisiones. Las decisiones que determinan tu vida más que ningunas otras. Las que Naval Ravikant definió como “qué haces, dónde vives y con qué pareja te juntas”. Unas pocas decisiones macro que tienen infinitas ramificaciones de decisiones micro posteriores.
Por ejemplo, si quieres trabajar en finanzas, un movimiento de riesgo-rentabilidad asimétrico podría ser mudarte un tiempo a Londres o Nueva York. 12-18 meses relacionándote con personas en el ecosistema financiero de esas ciudades puede brindarte oportunidades espectaculares que nunca conseguirías ni tocar desde fuera. ¿Y qué puedes perder realmente cuando eres joven y no tienes equipaje? ¿El tiempo? ¿Unos miles de euros? ¿El que los demás piensen que “has fracasado”?
Chorradas.
¿Cómo compara todo eso con los beneficios que podrías obtener si la diosa Fortuna decidiera posarse en tu hombro? ¿Especialmente cuando esa señorita suele pasearse por esos lares mucho más que por los barrios de tu status quo?
La aversión a la pérdida (en cualquiera de sus formas) es el bloqueo principal para identificar y aprovechar oportunidades de riesgo-rentabilidad asimétricas. En muchos casos, nuestra mente distorsiona y magnifica el efecto real que dicha pérdida, de manifestarse, tendría en nuestras vidas. Si consigues hackear este fenómeno y saltar a algunas de esas piscinas, tus probabilidades de “tener suerte” se multiplicarán.
Cuando pienso en mi propia vida, me vienen dos grandes decisiones a la cabeza. Dos decisiones que determinaron, en grado mayúsculo, los resultados que Frank Spartan ha obtenido en su vida hasta ahora:
La primera, irme al extranjero a estudiar cuando tenía 23 años y después volver a trabajar allí con 25, a pesar de tener disponible la opción de una vida cómoda y segura en mi ciudad natal.
La segunda, abandonar el camino convencional del éxito y empezar a vivir de forma auténtica y con espacio mental para identificar oportunidades y experimentar el mundo cuando alcancé los 43 años.
Esas dos decisiones han influenciado dónde estoy ahora más que ningunas otras. Gracias a ellas me adentré en ecosistemas con múltiples opciones de recompensa asimétrica, corriendo un riesgo objetivamente reducido (aunque subjetivamente no lo pareciera en su momento) y tuve la “suerte” de conseguir beneficios desproporcionados en el plano profesional, personal, económico, de relaciones interpersonales, de aprendizaje y de experiencia vital, que sin duda tendrán efectos acumulativos muy relevantes durante el resto de mi vida.
Permanece atento a las oportunidades de riesgo-rentabilidad asimétricas que se te presentan. Están por todos lados, pero hay que prestar atención y desvestir un poco de sesgos cognitivos la percepción de serie que nuestro cerebro tiene del riesgo. Muy a menudo, esas oportunidades revelan puertas escondidas que conducen a tesoros repletos de eso que la gente llama “suerte”. Por eso son apuestas que, selectivamente, merece mucho la pena hacer.
3. La Suerte Humana
“Cuando se trata de aprender, el Triunfo es el verdadero enemigo; es el Desastre quien te enseña. Es el Desastre el que trae objetividad. Es el Desastre el antídoto contra la mayor de las ilusiones: el exceso de confianza. Pero, en el fondo, tanto el Triunfo como el Desastre son impostores. Son resultados sujetos al azar. Lo que ocurre es que uno de los dos resulta ser una mejor herramienta de aprendizaje sobre tu proceso de decisión que el otro.”
– María Konnikova, The Biggest Bluff
Hayas reparado en ello o no, cada decisión que has tomado en tu vida ha sido una apuesta. Cuentas con una reserva limitada de recursos (tiempo, dinero, atención, energía) y un conjunto de opciones delante de ti. Elegir una de ellas significa no elegir las demás, lo cual implica renunciar al resultado que esas otras opciones habrían producido en tu vida (el llamado “coste de oportunidad”).
Al hacer esas apuestas, estás arriesgando algo que tienes a cambio de una previsión sobre algo que todavía no sabes con certeza, por dos razones:
- No eres omnisciente. Tus decisiones se basan en datos incompletos. Al proyectarse las consecuencias de tu decisión al futuro, siempre hay una brecha entre lo que sabes/crees que puede afectar al resultado (y cómo) y lo que realmente acaba afectando al resultado (y cómo).
- Todo tiene “varianza”. Ni siquiera una previsión perfecta, construida con toda la información disponible, puede eliminarla. Un vuelo que llega puntual el 95% de las mañanas se retrasa el otro 5%. Y es imposible que sepas con certeza en cuál de esas mañanas te va a tocar viajar.
En un mundo de decisiones repetidas (como el póker), la correlación entre la calidad de la decisión y la calidad del resultado acaba apareciendo. A veces apuestas correctamente y pierdes. A veces apuestas incorrectamente y ganas. Pero a lo largo de suficientes manos, la influencia de la habilidad termina notándose.
La vida real no es así.
En la vida tienes que enfrentarte a unas cuantas decisiones profesionales importantes, unas cuantas decisiones significativas en tus relaciones, y a uno o dos puntos de inflexión económicos. Y como la posibilidad de repetición es escasa, es complicado desarrollar tu habilidad de decisión como la podrías desarrollar en el póker.
Annie Duke llama a este fenómeno «la asimetría de la repetición», lo que probablemente sea el punto ciego más peligroso en la forma en que la gente piensa sobre la suerte.
Ante esta incertidumbre suelen aparecer dos reacciones, ninguna de las cuales resulta particularmente atractiva:
- Exceso de confianza: Tratar tu previsión como una certeza, entrar en shock con cara de estúpido cuando el resultado es malo, y llamarlo “mala suerte”.
- Resignación: Decidir que, como no puedes saber con seguridad cuál es la respuesta correcta, lo mejor es hacer caso a “tu intuición”.
Lo curioso de todo esto es que todos hacemos ya cálculos probabilísticos de forma automática, sin darnos cuenta. Estimamos, comparamos y apostamos cada vez que elegimos algo, desde con quién nos juntamos hasta la hora a la que salimos de casa por la mañana para llegar al trabajo. Nuestro cerebro funciona así por defecto, aunque el proceso de decisión permanezca oculto a nuestros ojos.

Y si eso es así, quizá la mejor forma de mejorar nuestro proceso de toma de decisiones no sea otra que sacarlo de las profundidades de nuestra mente y subirlo al escenario.
¿Qué es lo que solemos ver cuando sacamos de las sombras al alquimista que teje los hilos de nuestras decisiones y le alumbramos la cara con unos focos de 3.000 vatios?
Que solemos juzgar la calidad de nuestras decisiones por el resultado, no por la calidad del proceso de decisión en sí.
La verdad es que una buena decisión puede salir mal. Y una mala decisión puede salir bien. Pero al cerebro humano le resulta extraordinariamente difícil mantener esas dos cosas separadas, porque el resultado es vívido e inmediato, mientras que el proceso subyacente es invisible y pertenece al pasado (“water under the bridge”, como dicen los ingleses).
«Sabía que ese trabajo era la decisión correcta», dice el cachondo al que el cambio de empleo le salió bien por casualidad.
«Tenía una corazonada con esa inversión», dice el cachondo que decidió invertir justo antes de la subida.
«Siempre supimos que lo lograríamos», dicen los cachondos que permanecieron juntos como pareja, lo cual no dice absolutamente nada sobre las parejas que sintieron esa misma certeza y no lo consiguieron.
Varias fuerzas cognitivas actúan sutilmente aquí, y entre ellas hay dos cuya influencia es particularmente relevante:
- El “sesgo de retrospectiva” (hindsight bias): Cuando conoces el resultado, tu cerebro reescribe el recuerdo de lo que sabías en el momento de la decisión. Se edita la historia de la decisión sin que lo notes y terminas convencido de que sabías más de lo que en realidad sabías.
- El “sesgo de autoservicio” (self-serving bias): Cuando algo sale bien, te atribuyes el mérito a tu habilidad y buen juicio; cuando algo sale mal, le echas la culpa al mundo.
Estos dos sesgos actúan como un muro de contención frente a tu capacidad de aprender para mejorar tu proceso de toma de decisiones. Y, con el tiempo, las estimaciones de probabilidad que guían tus decisiones se endurecen y se hacen impermeables a la revisión.
La claridad mental y la calidad de pensamiento funcionan de otra manera. Parten de un objetivo diferente: No se trata de proteger el ego de tu “Yo Actual”, sino de mejorar tu proceso de decisión para que tu “Yo Futuro” sea cada vez más diestro en las decisiones futuras y el conjunto de tu vida sea más satisfactorio.
Pero eso, amigo mío, no es fácil. Otro sesgo cognitivo tocapelotas, el “sesgo del Presente”, se asegura de que tendamos a favorecer el hoy frente al mañana.
Ya ves, colega, tienes trampas por todos los lados.
Nadie dijo que hacer las cosas bien fuera fácil. No lo es. Pero si sacas al alquimista de las sombras y te haces más consciente de las fuerzas ocultas que intentan sabotear la calidad de tus decisiones, tendrás mayores probabilidades de ganar la guerra, batalla a batalla.
Conclusión
Ya tienes la foto global de cómo enfocar la influencia de la suerte en tu vida. Hay suerte que te toca de serie, suerte para la que puedes posicionarte mejor, y suerte que “mereces” (= aumentando la probabilidad de obtener un buen resultado) en base a saber tomar buenas decisiones con incertidumbre.
Aun así, entender todo esto un poco mejor no cambia nada por sí solo. Tu vida no tiene tantas decisiones repetitivas que te permitan aprender a decidir mejor con método, como sucede en el póker. Seguirás viendo buenos o malos resultados a tus apuestas esporádicas, y tu cerebro seguirá intentando construir una narrativa causa-efecto que te haga sentir bien… o al menos no demasiado mal.
Pero eso no significa que no debas intentar hacerlo lo mejor posible, especialmente en las áreas y situaciones que están (en apariencia) parcialmente bajo tu control.
Al final, el enfoque filosófico con respecto a este asunto de la suerte con el que más coincide Frank Spartan, es probablemente el “amor fati” de Frederich Nietzsche.
Nuestro querido y bigotudo filósofo no creía demasiado en el libre albedrío (la idea de un yo soberano) en el sentido metafísico. Para Nietzsche, el libre albedrío y el concepto de voluntad humana era una invención para poder aplicar un enfoque moral (“para culpar y castigar”). Sin embargo, Nietzsche tampoco se posicionó con fuerza en el determinismo (el que haya fuerzas más poderosas que la voluntad que nos lleven por ciertos caminos marcados). Para él, no hay «un yo” que decide, sino una multiplicidad de impulsos en pugna interna, y lo que llamamos «querer algo» es más bien el resultado del impulso concreto que ganó esa pugna, con nuestra conciencia enterándose de la película casi siempre tarde y atribuyéndose el mérito a posteriori.
La belleza del enfoque de Nietzsche es que deja abierta una noción de agencia personal (= responsabilidad) como forma de “honrar” la lotería cósmica que nos ha tocado, sea cual sea. Si nuestra “Suerte del Cielo” es la que es y nuestras decisiones vienen largamente determinadas por nuestra genética y el contexto/circunstancia en los que nos movemos, nuestra tarea principal deja de ser la pesada responsabilidad de elegir libremente y pasa más a ser aceptar y amar con todas nuestras fuerzas lo que la suerte ha decidido depositar en nuestro regazo. Ese es el concepto de “amor fati” (“ama tu destino”).
Hazlo lo mejor que puedas, sí, pero ama tu vida, pase lo que pase. Ama lo bueno y lo malo que te sucede. Ama el placer y el dolor que te tocan. Porque en cierto modo, un modo que ninguno de nosotros acertamos a comprender del todo, quizá no haya podido ser de otra manera.
Pura vida,
Frank.

