“Nada revela a alguien con más claridad que la forma en que malinterpreta las cosas; cada malinterpretación es una confesión.”
– Dylan O’Sullivan
Recuerdo que la primera vez que leí esta cita no la entendí del todo.
Después, casualmente, la volví a leer. Aquella vez la entendí mejor. Quizá porque me detuve y pensé durante un rato. Quizá porque había dormido mejor la noche anterior. O; quizá, simplemente, sucedió sin más.
A primera vista, la cita parece decir que hay una forma correcta de interpretar las cosas y una forma incorrecta de hacerlo. Y que, si lo haces de forma incorrecta, eso significa que no tienes criterio y que no hay que tomarte demasiado en serio.
Suena un poco prepotente, ¿no? Mi forma es la buena, la tuya es la mala.
Pero eso no es lo que la cita realmente quiere decir.
De una forma sutil, que no se aprecia a primera vista, va bastante más allá.
El mensaje de fondo es que las interpretaciones que hacemos del mundo suelen ser un reflejo (o una proyección) de nosotros mismos. De nuestro equilibrio – o desequilibrio – interno, así como de los esquemas cognitivos que hemos formado con el tiempo en base a nuestras experiencias pasadas.
En otras palabras, la interpretación que hacemos sobre algo dice más de nosotros mismos que de ese algo (o alguien) que es objeto de interpretación.
Por ejemplo, si observas el patrón que sigues cuando te relacionas con una persona cualquiera, verás que ese patrón emerge del hecho de que tiendes a centrarte en “lo que ves” de ella.
Su comportamiento.
Sus gestos, sus reacciones, lo que dice, lo que hace.
Y una vez que cuentas con esa información, emites – inconscientemente – un juicio subjetivo: Esa persona me gusta, o no me gusta; me es útil, o me es indiferente; me conviene, o no me conviene; es “así”, o es “asá”. Un juicio subjetivo que se construye en función de cómo conecta la información objetiva que recibes con tus propios esquemas mentales.

Si alguien es simpático contigo y tienes alta autoestima, sueles tender a interpretar que lo hace porque le gusta lo que ve en ti. Si tu autoestima es baja, o si has tenido algún desengaño reciente, sueles tender a interpretar que lo hace para conseguir algo de ti.
Mismo hecho objetivo, diferente interpretación.
En un caso proyectas cierto estado interior al interpretar el hecho, y en el otro caso proyectas un estado interior distinto.
En ambos casos, el núcleo emisor del juicio es tu filtro personal del momento. Y ese filtro determina el significado elegido para el mismo hecho objetivo.
Apenas te das cuenta de esto. Sucede en una fracción de segundo. El juicio subjetivo a menudo ni se verbaliza en palabras concretas. Es una especie de intuición ininteligible. Y, sin embargo, se convierte en el factor que más condiciona la forma en la que te relacionas con esa persona a partir de entonces.
Esto sucede en todos los ámbitos. Familiar, social, profesional. Dentro de cada tablero de juego, ese juicio subjetivo lo determina todo.
¿Es esa una forma acertada de operar, por muy natural y universal que parezca?
Quizás no lo sea tanto.
De hecho, no lo es en absoluto, porque te incita a cometer muchos errores.
Veamos por qué.
La asimetría de juicio
Existe un fenómeno psicológico llamado error de atribución fundamental que describe lo que acabamos de explorar. Fue acuñado por Lee Ross en 1977 y desde entonces se ha replicado en decenas de estudios. La conclusión es siempre la misma: cuando vemos el comportamiento de otra persona, tendemos a atribuirlo a su carácter, a quién y cómo es. Y subestimamos sistemáticamente las circunstancias externas (entorno) que lo incentivaron.
Dicho de otro modo: cuando alguien hace algo, asumimos que lo hace porque es así.
No porque esté pasando por algo. No porque tenga miedo. No porque alguien le haya hecho algo que no hemos visto. No porque el contexto lo esté empujando.
Simplemente… porque es así.
Lo curioso del asunto es que, cuando el protagonista de la película somos nosotros mismos, el razonamiento se invierte. Cuando yo llego tarde, es por el tráfico. Cuando yo me pongo borde, es porque estoy cansado. Cuando yo no cumplo lo prometido, es porque las circunstancias lo impidieron.
Juzgamos a los demás por sus actos. Nos juzgamos a nosotros por nuestras intenciones, aunque nuestros actos acaben siendo inconsistentes con esas intenciones.
Esta asimetría no es una rareza psicológica. Es la norma. Es como el agua en la que nadaríamos si fuéramos peces. Pero la mayoría de nosotros, como decía Foster Wallace en su charla “This is water”, no percibimos que el agua esté ahí, porque siempre ha estado a nuestro alrededor y nunca hemos salido de ella.
Por qué nos quedamos en los síntomas
El cerebro humano es una máquina de eficiencia energética. Le encantan los atajos. Le encanta llegar a conclusiones rápidas con el mínimo esfuerzo posible. No tiene incentivos para profundizar. Etiqueta lo que ve, lo archiva, y pasa a otra cosa. Es eficiente. Adaptativo. Y en contextos donde la velocidad de respuesta es lo que marca la diferencia entre sobrevivir o no, eso tiene todo el sentido del mundo.
El problema es que ya no vivimos en la sabana. Y seguimos usando la misma heurística de velocidad para situaciones que no la requieren, ni la merecen.
Una investigación de Nicholas Epley y Eugene Caruso en la Universidad de Chicago mostró que, cuando se pide a las personas que reflexionen brevemente sobre las causas del comportamiento de otros antes de emitir un juicio, la calidad de ese juicio mejora sustancialmente. La empatía aumenta. Las atribuciones se hacen más precisas. Las conclusiones son más justas.
La probabilidad de juzgar con acierto mejora.

¿El truco? Simplemente, pausar para reflexionar.
No es necesario convertirse en terapeuta ni en investigador. Basta con un par de segundos de reflexión honesta. Lo que ocurre es que esos dos segundos raramente suceden de forma natural.
Suena fácil, pero en la práctica no lo es.
Tu jefe te llama a su despacho y te habla con un tono seco, casi agresivo. Tu conclusión inmediata: No me gusta. Es mala persona. Abusa de su autoridad.
Un amigo cancela los planes que teníais a última hora. Tu conclusión inmediata: Sólo piensa en sí mismo. No le importa la relación conmigo.
Tu pareja llega a casa y no te pregunta cómo te ha ido el día. Tu conclusión inmediata: Ya no me valora. Estamos en piloto automático.
Alguien expone una opinión política que no compartes. Tu conclusión inmediata: Lo que piensa choca con mis creencias y con mi identidad. No es de los míos. Está mal informado o es un lerdo.
En todos esos casos, el comportamiento es real. El impulso de tu cerebro a dibujar rápidamente una conclusión es real. Pero la interpretación que acabas haciendo de ese comportamiento puede que sea una ficción. Una ficción que a menudo no es más que una proyección de tu propio estado interno, pero sobre la que construyes un juicio que acaba determinando tu opinión de esa persona, e indirectamente tu actitud hacia ella… y la totalidad de tu relación con ella.
Todo esto se produce por tu decisión de elegir centrar tu atención en el qué. O dicho de forma más exacta, por no frenar el impulso natural del cerebro a centrar tu atención en el “qué” y a pasarlo por el filtro de tus desequilibrios internos y tu visión personal del mundo a la hora de interpretar.
Veamos que sucede cuando decides dar un golpe de timón y centrar tu atención en el “por qué”.
¿Síntoma o enfermedad?
En medicina, un médico que se centra en el síntoma sin investigar la causa subyacente no está curando al paciente. Sólo le está quitando el dolor temporalmente.
Juzgar el comportamiento de alguien sin intentar entender el «por qué» es exactamente eso. Tratar el síntoma. Reaccionar a lo que ves sin preguntarte qué demonios hay detrás de ese comportamiento.
La psicóloga Harriet Lerner se centró en investigar en profundidad los patrones de conflicto en las relaciones personales. Una de sus conclusiones más contundentes es esta:
La mayor parte de los conflictos interpersonales no son sobre lo que parecen ser.
La pelea sobre quién recoge la mesa no es sobre la mesa.
El comportamiento, el “qué”, es el código cifrado. La intención, el «por qué», es la clave para descifrarlo.
La mayoría de nosotros intentamos leer el código sin buscar la clave. A menudo, sin reparar siquiera en que esa clave existe.
Por qué no buscamos
Hay dos razones principales por las que no nos molestamos demasiado en indagar sobre la intención o el “por qué” de los comportamientos.
Primera: El juicio rápido protege el ego
Si el otro tiene la responsabilidad, yo estoy a salvo. Si lo etiqueto en mi cerebro como «un egoísta», no tengo que preguntarme si yo hice algo que contribuyó al problema, o si hay otra causa que explica y/o legitima su comportamiento. No tengo que cuestionar los sentimientos que su conducta generó en mí.
La atribución de causa a la debilidad de carácter del otro es, entre otras cosas, un mecanismo de defensa. Nos exonera de toda culpa. Nos ahorra la incomodidad de la autocrítica.
En resumen, nos simplifica la vida. Por eso es un camino tan tentador.

Segunda: el entorno lo desincentiva
Vivimos en una cultura de veredicto rápido. La atención es un recurso escaso. Las redes sociales han convertido el juicio fulminante en deporte de competición. El titular es el rey. Todos vivimos a la carrera y, en estas circunstancias, profundizar es un lujo que no podemos permitirnos.
Si quieres centrar la atención en el “por qué”, todo a tu alrededor está en tu contra.
Y, sin embargo, hacerlo es fundamental. No sólo por ellos, sino también, y especialmente, por ti mismo.
Hace algún tiempo, Frank Spartan tuvo una conversación con otras tres personas sobre política. La política es un tema que divide con mucha facilidad. Sin embargo, en mi experiencia eso sucede fundamentalmente porque la atención se centra en el “qué” y no tanto en “por qué”. Centrarte en el “qué” te impide entender. Y que la gente no se entienda mutuamente es el caldo de cultivo perfecto para la explosión demográfica de separaciones y conflictos.
Esas tres personas tenían una ideología política que, en el contexto coloquial habitual, se podría denominar “muy de izquierdas”.
Lo que me he encontrado habitualmente en estas situaciones es que debatiendo ideas es prácticamente imposible que este tipo de perfil se aleje ni siquiera un centímetro de su posición inicial. La ideología está tan enraizada en su concepto de identidad que no son capaces de alterarla lo más mínimo sin sentir que están vendiendo su alma al diablo.
Estoy exagerando un poco, pero ya me entiendes. No son precisamente gimnastas de élite en cuanto a flexibilidad de cintura.
Y, sin embargo, cuando vas al “por qué” de sus posiciones ideológicas con espíritu genuino de intentar comprender, la actitud tiende a transformarse. En parte, porque al cambiar el enfoque de “modo combate” a “modo exploración” o “modo curiosidad”, el ego y la actitud defensiva reducen su protagonismo. Y en parte, porque es extremadamente frecuente que las personas comprueben, para su sorpresa, que no han indagado tanto como creían en los “por qués” de sus propias ideas, y que el camino epistemológico de formación de sus creencias tiene más agujeros y baches de los que imaginaban.
La conversación con aquellas tres personas giró sobre varios temas. Uno de ellos fue “hay demasiada desigualdad en la sociedad”. Un aspecto que una de ellas, llamémosle “A”, tenía especialmente entrecruzado.
F: ¿A qué te refieres con “desigualdad”? ¿Recursos, oportunidades?
A: Todo. Hay gente que tiene demasiado y gente que tiene demasiado poco.
F: ¿Y crees que se debe hacer algo para corregir eso?
A: Sí, claro.
F: ¿Qué harías tú?
A: Redistribuir a la fuerza. Con impuestos, expropiaciones si hace falta.
F: Ok. ¿Hasta dónde?
A: No sé, no lo he pensado.
F: ¿Te refieres a una redistribución que vaya más allá de las ayudas del estado del bienestar?
A: Sí, porque eso no es suficiente.
F: Por eso te preguntaba. ¿Cuál es el nivel suficiente?
A: No lo he pensado. Pero se favorece demasiado a los ricos.
F: ¿Quién es “rico” en tu definición?
A: Cualquiera que sea millonario. Pero sobre todo me refiero a los ultrarricos. Nadie debe tener tanto dinero.
F: ¿Por qué crees eso?
A: Porque hay gente que se muere de hambre.
F: ¿En España?
A: No, pero en otros sitios sí.
F: ¿Dónde?
A: En Africa, por ejemplo.
F: Pero eso a ti no te afecta, ¿o sí?
A: No directamente, pero es lo moralmente correcto. No me gusta que eso suceda. Nadie debería ser tan rico cuando hay pobres.
F: Quizás, pero en algunos casos es inevitable. Si creas algo que mucha gente quiere, es muy posible que ganes mucho dinero. ¿Eso es injusto o inmoral?
A: Nadie se hace tan rico sin esquilmar a los trabajadores.
F: ¿Qué es para ti “esquilmar”?
A: Pagarles menos de lo que merecen.
F: ¿Y cómo mides lo que merecen?
A: No lo sé. Pero hay que pagarles lo suficiente para que tengan una vida digna.
F: ¿Aunque la empresa pierda dinero?
A: Sí. Si no, que cierre.
F: Ok. Puede tener sentido, asumiendo que se acepta la consecuencia de que eso redunde en menor creación de empleo. Pero asumiendo que les pagas eso, ¿hay algún problema en que la empresa genere muchos beneficios si su producto o servicio funciona?
A: Si paga los impuestos que debe por esos beneficios, supongo que no.
F: Entonces, que alguien se haga rico puede no ser inmoral, ¿no? Siempre que cumpla esas condiciones.
A: Es inmoral que haya tanta desigualdad.
F: ¿Quizá lo que no te parece bien es que haya personas que se hagan ricas haciendo trampas?
A: Todos los ricos hacen trampas.
F: Pero si alguien no hiciera trampas, montara un negocio que funciona bien y sus empleados pudieran tener acceso a lo que tú llamas “una vida digna”, ¿te parecería bien que fuera rico?
A: En ese caso no me parece mal.
F: Eso suena a que tu oposición es más hacia la corrupción y los abusos de poder que a la desigualdad de riqueza per se. ¿Es así?
A: Bueno, no me gusta ninguno de los dos.
F: ¿No crees que se puede legislar de forma efectiva contra la corrupción y los abusos de poder, y que a la vez pudiera haber ricos sin que eso sea inmoral? ¿Pueden ambas cosas coexistir al mismo tiempo?
A: No, porque los ricos tienen a los jueces en el bolsillo y se salen con la suya.
F: Pero, conceptualmente, si se castigaran adecuadamente los abusos de poder y la corrupción, ¿crees que sería inmoral o injusto ser rico?
A: En ese caso quizás no.
Nadie se acabó cabreando y tomándose la cerveza en silencio. Todo lo contrario, hubo buen rollo en todo momento.

El objetivo de esta conversación no fue intentar convencer a “A” de nada. Las personas no suelen cambiar de opinión, ni de visión del mundo. Algunas veces sí lo hacen, pero es muy poco frecuente. No es un objetivo que merezca la pena perseguir, porque drena mucha energía y suele acabar mal.
Podría haberle dicho a mi querido “A” que Marx y su teoría del valor-trabajo (la idea de que el valor de un bien proviene de la cantidad de trabajo necesario para producirlo y que hay una plusvalía encubierta que es «robada») fue desmontada rigurosamente por 3 economistas en el siglo XIX (Menger en Austria, Jevons en Inglaterra y Walras en Suiza), que determinaron de forma independiente que el valor de un producto no es objetivo, sino subjetivo, porque depende de lo que lo valore el consumidor, su utilidad marginal, no de las horas empleadas en producirlo. Por eso, ningún departamento de economía serio en el mundo enseña a Marx como un marco de análisis válido, sino como parte de la historia del pensamiento.
Podría haberle dicho que si lo que quería era que las personas dejaran de ser pobres, a principios del siglo XIX el 90% de la humanidad vivía en situación de pobreza extrema. Hoy es menos del 9%. Esta caída histórica no se produjo en los países que aplicaron las ideas de Marx, sino precisamente en los países que liberalizaron su economía.
China post-1978, Vietnam post-1986, India post-1991, Polonia post-1989. Cada vez que un país liberalizaba su economía, cientos de millones de personas salían de la pobreza en una generación. Eso no es una opinión filosófica, sino el experimento de realidad empírica más masivo jamás realizado en ciencias socioeconómicas. Cientos y cientos de millones de cobayas humanos en un mismo siglo.
Podría haberle dicho que, por lo tanto, la posición más coherente si quería que las personas dejaran de ser pobres no era ser marxista, sino partidario de la libertad económica. Que la libertad económica lleva inevitablemente a la desigualdad, porque unos suelen tener más pericia y más suerte que otros a la hora de crear ese valor subjetivo que determina hacia dónde fluye el dinero y los recursos en el libre mercado. Y que eso no tiene nada de inmoral, sino que es simplemente el resultado lógico de utilizar el sistema más efectivo (hasta ahora) contra la pobreza. Lo mismo que no tenía nada de inmoral que «A» no donara el 20% de su sueldo a África, a pesar de que le preocupara, genuinamente, que fuera un lugar tan pobre.
Pero si le hubiera dicho todo eso, habrían pasado 3 cosas.
La primera, que no habría entendido por qué “A” pensaba así. Simplemente estaría escupiéndole en la cara mi visión del mundo como reacción a sus comentarios.
La segunda, que “A” se habría cerrado en banda y me habría catalogado como una amenaza existencial hacia su persona, lo que nos habría jodido la cerveza. Y no hay que joder una cerveza salvo que sea absolutamente necesario.
Y la tercera, que yo le habría puesto a “A” la etiqueta de “no sabe pensar” y no le habría tomado en serio a partir de entonces.
Esa es la forma habitual en la que solemos comportarnos. Oímos, vemos, emitimos un juicio subjetivo que emerge fundamentalmente de proyectar nuestro propio estado interno, y ancha es Castilla.
Pero hay otra forma. Una forma más sabia.
Intentar entender “por qué” esa persona piensa así.
Vislumbrar el “por qué” de una creencia o un comportamiento no es sencillo. Pero es el factor que alumbra la verdadera naturaleza de alguien. Por eso el “por qué” es el elemento en el que debes centrar tu atención a la hora de formar ese famoso juicio subjetivo del que hablábamos antes.
No lo que ves.
No el cómo filtras lo que ves a través de tu propia visión del mundo y tu estado interno.
Sino el “por qué” de lo que ves.
El “por qué” esa persona dice eso, o hace aquello.
El “por qué” desde un intento honesto de ponerte en su situación y circunstancias particulares, no desde el cómodo e impoluto trono de las tuyas.
El “por qué”. Esa es la pregunta clave.

En el caso de “A”, lo que la conversación reveló es que sus motivaciones no estaban del todo fundadas en que pensara que la desigualdad era inmoral. Ni en que todos merecieran tener lo mismo si trabajaban duro. Detrás de sus palabras, lo que había era frustración e impotencia frente a la corrupción, los abusos de poder y las trampas. El verdadero “por qué” era ese. Y al lograr entender mejor ese “por qué”, terminé encontrando más similitudes que diferencias entre “A” y yo.
Hoy, “A” es una persona que frecuento a menudo y a la que aprecio mucho. Está en mi círculo de confianza. Y nada de eso habría sucedido si no hubiera intentado entender qué es lo que había realmente detrás de aquellas cosas que decía.
Fija tu atención en el por qué durante unos segundos, antes de que tu cerebro te escupa impulsivamente un juicio subjetivo que das por bueno.
¿Por qué ese amigo te llama? ¿Es porque le importas? ¿Porque le viene bien? ¿Es por ti? ¿Es por él? ¿Cuándo te llama? ¿Para qué?
¿Por qué tu jefe se enfada? ¿Es porque has hecho algo mal? ¿Porque es inseguro? ¿Porque tiene mucha presión? ¿Es así con todo el mundo? ¿Es así siempre? ¿Hay algo más?
¿Por qué esa persona es amable conmigo? ¿Es porque su personalidad es amable? ¿Es porque tú eres amable con ella? ¿Es porque quiere algo de ti?
Todo esto te aplica también, y especialmente, a ti mismo. ¿Por qué haces algo? ¿Por qué crees algo? O también… ¿por qué no?
Poner la atención en los ”por qué”, tanto los tuyos como los de los demás, transforma totalmente tu visión del mundo. Entiendes mejor, percibes mejor, juzgas mejor… y actúas mejor. Te equivocarás más de una vez, seguro. Pero a medida que vayas observando y contrastando la información que recibes, te equivocarás cada vez menos. Podrás ubicar a las personas en diferentes categorías en función de sus “auténticas” motivaciones. Y eso te permitirá construir relaciones más sanas. Dedicar esfuerzo donde debes y reducirlo donde no debes. Confiar más en unos y no tanto en otros. Esperar más de unos y no tanto de otros.
Desconfía de los actos. Y especialmente, de las palabras. Por muy obvios que parezcan a primera vista, pueden ser un espejismo. Son las motivaciones detrás de ellos las que encierran la llave de la naturaleza de las personas… incluyendo la tuya propia.
Observa, infiere, contrasta. Y después, sólo después, juzga.
Pura vida,
Frank.

