Un lugar singular para el desarrollo personal

Un martes cualquiera de Enero, Frank Spartan se presentó en el gimnasio al que acude habitualmente, decidido a enfrentarse a una situación incómoda.

El objetivo de dicha tarea no era sadomasoquismo puro y duro, sino encontrar satisfacción venciendo dificultades elegidas libremente. Un principio que venía cultivando desde hacía ya algún tiempo y que generalmente funciona como un reloj… si la tarea está bien elegida, claro.

Algunas horas antes había echado una mirada al tablón de actividades del gimnasio. De todas las que había visto, el boxeo era la que más me había atraído. Me imaginaba saltando a la comba como Rocky Balboa, cinta en la cabeza, mientras sonaba Eye of the Tiger de Survivor a todo volumen. Frank Spartan se veía ya con los guantes puestos cuando crucé la puerta del gimnasio.

Pero había un pequeño inconveniente. Eran las dos y cuarto de la tarde y en la pantalla de actividades no se veía el boxeo por ninguna parte. Lo que se veía eran otras clases, y en particular una que empezaba a las 2.30.

Zumba.

Mi primer acto reflejo al leer aquellas cinco letras fue de cariz físico: Mis cejas se elevaron mecánicamente hacia arriba, como hacía Scooby Doo cuando alguna cosa le dejaba perplejo.

Mi segundo acto reflejo fue de cariz mental. El conjunto de pensamientos que invadieron mi mente durante aquellos interminables segundos fue como algo así:

Fuck… ¿Zumba? Lo de superar incomodidad es cojonudo, Frank, pero tienes una reputación en esta ciudad. Esa reputación se iría por el desagüe en un santiamén si alguien conocido te viera dando saltos con unas mallas a son de reggaetón. ¿Se puede saber qué cojones estás pensando, majadero?

Resulta francamente difícil infravalorar la potencia de ese pensamiento, créeme. Pero Frank Spartan había llegado allí con una misión y una simple pantalla de ordenador no iba a hacerme descarrilar así como así.

Entré en el vestuario, me cambié y me aproximé lentamente, como el buey se aproxima al matadero, a la cola que se estaba formando delante de la sala donde la clase iba a tener lugar.

Ni un tío. Ni uno sólo. Cero. Nada.

Bueno, esto puede tener muchas explicaciones, pensé. Puede que los tíos estén todavía haciendo pesas y no hayan llegado aún; puede que la hora de la clase sea poco práctica y haya mucha gente que no pueda venir ahora; incluso puede que haya otra clase a la vez y que los tíos que vienen habitualmente a zumba estén en ella. Hay muchísimas explicaciones posibles.

Y después me dije a mí mismo que sólo había una explicación posible, y no era ninguna de aquéllas.

Era la que me temía: Los tíos no hacen zumba.

El bautismo de fuego

Tragando saliva, me puse en la cola como un asesino en serie entra en el juzgado, tapándome la cara y confiando en que nadie me reconociera.

Dos de las chicas que estaban en la cola interrumpieron su conversación al verme y dijeron: Creo que te has equivocado: Esto es zumba.

Yo asentí con resignación y dije: Sí, lo sé.

Ellas rieron al unísono y respondieron: ¡Qué enrollado! Y empezaron a hablar unas con otras, lo que generó un sinfín de miradas furtivas, dedos acusadores hacia mi persona y alguna carcajada ocasional sin atisbo alguno de disimulo.

Bueno, Frank, ya no hay marcha atrás. Vas a tener que apretar el culo y pasar por esto.

Entonces, la profesora llegó. Clarabel, se llamaba. Me gustaba su nombre. Guapa, altiva, segura de sí misma. Pero tenía la mirada seria, como si algo perturbara sus pensamientos.

Lo que me faltaba, una profesora dura y exigente. Va a hacer de mí comida para peces. 

Sin embargo, cuando me coloqué a su lado y pasé la pulsera del gimnasio por el lector, ella me miró y sonrió. Y aquella sonrisa era dulce y cercana. Como después comprobaría que también es ella.

El panorama acojonaría sobremanera a cualquiera que no tenga la sangre fría de un marine Navy SEAL: 16 chicas en formación militar de a cuatro y yo. Tras examinar la sala estratégicamente, me acomodé entre las dos que parecían menos dispuestas a triturar a un principiante con sus afilados dientes, y evité acercarme demasiado a las que me miraban como Gargamel miraba a los Pitufos.

La suerte estaba echada y todo era cuestión de tiempo. El reloj llegó cruelmente a la hora marcada y la clase empezó.

No tengo absoluta certeza sobre cuál fue el factor que más contribuyó a arruinar mi coordinación. Puede que fuera la falta de familiaridad con la música. Puede que fuera la dificultad de la coreografía. Incluso puede que fuera la distracción natural que acarrea el estar rodeado de atractivas señoritas dando saltos.

Pero sí que es cierto que hubo un factor que destacó sobre todos los demás.

Joder, cómo gritan.

Los gritos eran algo que yo no esperaba. Sí, la gente grita de vez en cuando, pero aquello era otro nivel. Era una bacanal de gritos, aullidos y risas, todo al unísono. Como si estuvieran despedazando a una manada de animales salvajes y esos mismos animales tuvieran un incontrolable ataque de risa a la vez.

Por cosas del decoro, voy a omitir los detalles de la cochambrosa primera actuación de Frank Spartan en el mundo del zumba. Digamos que la explicación de mi padre sobre la teoría de la relatividad de Einstein cuando yo tenía 9 años fue un juego de niños comparado con esta experiencia.

Sin embargo, cuando estaba allí, en medio de aquellos titánicos esfuerzos por seguir los pasos que aquellas gráciles y armoniosas señoritas daban entre alarido y alarido, sucedió una cosa muy curiosa: Me gustó. No sabría explicar por qué. Simplemente, pasó.

Ésta es una de las razones por las que enfrentarte a la incomodidad de forma voluntaria es algo que merece la pena. A veces descubres cosas que nunca habrías esperado descubrir desde fuera. Y muchas de esas cosas son, generalmente, cosas buenas. Son cosas que te impulsan a convertirte en una mejor versión de ti mismo y que elevan, de algún modo, tu experiencia de vivir.

Y así, al acabar la clase, tras las felicitaciones de aquellas encantadoras señoritas por haber superado el bautismo de fuego sin perder todas las plumas, decidí que aquello del zumba no había hecho más que empezar.

Lo que siguió después

Meses después, Frank Spartan había asistido a múltiples sesiones de zumba, acudido a cenas e incluso entablado buena amistad con algunas de mis compañeras zumberas. Y también con compañeros zumberos, porque con el tiempo descubrí que aquello de que los tíos no hacen zumba era un mito popular absoluto. No había nada de verdad en esa creencia. Había un montón de tíos que hacían zumba en el gimnasio. Por lo menos, por lo menos… dos o tres. Puede que incluso más.

A día de hoy, sigo entendiendo mejor la teoría de la relatividad de Einstein que la coreografía de Clarabel, pero ya me desenvuelvo con más soltura entre la formación militar zumbera. Y los aullidos de los animales salvajes despedazados entre carcajadas, lejos de hacerme perder la concentración como el primer día, me ayudan a seguir los pasos.

Pero, por encima de todo, más allá de la satisfacción que implica superar una incomodidad elegida voluntariamente, hay una razón por la que vuelvo a esa clase todas las semanas: Hay muy buen rollo.

Frank Spartan no dice esto con ligereza. Tengo la suerte de tener muchos grupos de amigos diferentes. He vivido en varios países y conocido a gente de muchas culturas. Y puedo afirmar, sin demasiado riesgo de equivocarme, que el ambiente, apoyo y conexión emocional que este grupo de personas ha conseguido crear es algo especial y difícil de encontrar. Por eso me gusta formar parte de él, aunque sea de forma esporádica.

La moraleja de esta historia es muy simple, pero muy poderosa a la vez:

Asumir que tu personalidad – quién eres, lo que quieres, lo que te gusta y lo que no – es algo inmutable, es una visión muy limitante de la vida. Esa visión te mantendrá alejado de experiencias que pueden ser muy gratificantes y de la posibilidad de desarrollar dimensiones de ti mismo que quizá han permanecido dormidas hasta ahora, pero que sin embargo están ahí.

El desarrollo personal se encuentra en los lugares más insospechados, y sólo encontrarás esos lugares si le das un poco de espacio a tu curiosidad para que se mueva libremente.

Llegados a este punto, Frank Spartan ha de mencionar una de mis citas favoritas de Mark Twain, cuyo tamaño de bigote ya proporcionaba algunos indicios de que le importaba poco más que un comino lo que los demás pensaran de él:

Twenty years from now you will be more disappointed by the things that you didn’t do than by the ones you did do.

So throw off the bowlines. Sail away from the safe harbor. Catch the trade winds in your sails.

Explore. Dream. Discover.

– Mark Twain

Por todo esto, cuando uno de mis viejos amigos me mira con expresión de tener un cortocircuito cerebral al escuchar que voy a clase de zumba, e inmediatamente después me pregunta si estoy loco, Frank Spartan sólo tiene una respuesta:

¿Quién es el loco aquí?

Pura vida,

Frank.

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