La diferencia que marca la diferencia

Hace un par de semanas tuve una conversación con alguien que estaba preparándose para aprobar unas pruebas de acceso a un puesto de trabajo.  Al parecer era un puesto que muchos candidatos querían conseguir y las pruebas de acceso no eran sencillas. Una de ellas era una entrevista personal, en la que una de las preguntas era ésta:

¿Qué valores priorizas en tu vida?

Esto es algo que muchas personas no se plantean de forma consciente hasta que les hacen la pregunta directamente. Y cuando eso sucede, solemos responder utilizando una serie de palabras que suenan muy bien. Palabras que representan ideales que encajan con lo que nosotros admiramos.

Y eso está muy bien, pero no significa gran cosa. No por sí sólo, al menos.

De forma consciente o inconsciente, todos tenemos ideales. Creencias y valores que se han formado por cómo hemos sido educados y por la experiencia directa que hemos tenido a medida que hemos ido interactuando con el mundo, y que determinan nuestra idea subjetiva de lo que es deseable ser: Honestos, íntegros, fieles, disciplinados, trabajadores, agradecidos, libres, compasivos, justos, constantes, pacíficos, respetuosos, responsables, etcétera, etcétera.

Pero hay un pequeño problema. Un problema que la pregunta de esa entrevista no acertaba a vislumbrar.

Esos valores que creemos que priorizamos son una construcción mental. Están en nuestra cabeza. Cuando nos hacen esa pregunta de la entrevista y respondemos, lo hacemos convencidos de que nosotros somos así. Que nuestra identidad está basada en esos pilares y que nuestra personalidad y nuestro comportamiento transpira esos valores por los cuatro costados. 

Sin embargo, no siempre es así. De hecho, a menudo no lo es. Y no lo es porque no nos hemos hecho plenamente conscientes de la diferencia entre esa construcción mental de nuestra cabeza y cómo esa construcción mental se manifiesta en nuestros actos del día a día.

Es en esa diferencia donde reside la clave de todo. En cuál es la magnitud de esa diferencia hoy y en qué es lo que hacemos cada día para que sea un poco más pequeña mañana.

Puede que pienses que la sinceridad es un valor prioritario para ti y al observar tus actos veas que no eres demasiado sincero.

Puede que pienses que el coraje es un valor prioritario para ti y al observar tus actos veas que no eres demasiado valiente.

Puede que pienses que la compasión es un valor prioritario para ti y al observar tus actos veas que no eres demasiado compasivo.

Esto es mucho más frecuente de lo que parece. Nuestras rutinas y hábitos, nuestras circunstancias, nuesto estado emocional y las personas con las que nos relacionamos son fuerzas que afectan enormemente a nuestro comportamiento. Y esas fuerzas provocan que la realidad diverja del ideal. A veces, lo hace materialmente. A veces, lo hace durante tanto tiempo que perdemos totalmente de vista el ideal, ese objetivo al que debemos apuntar, y permanecemos inconscientemente a la deriva, mecidos por la caprichosa voluntad de esas fuerzas que nos afectan. 

Tus actos son lo que marcan quién eres, más que ninguna otra cosa. Eres lo que haces, no lo que piensas que eres. Y la diferencia entre ambos provoca que te sientas bien contigo mismo, o no. Provoca que te sientas equilibrado y con dirección, o perdido y a merced de las olas.

Tus valores son importantes, sí. Pero igualmente importante es que los manifiestes en tu día a día a través de tus actos. Es en esta segunda parte donde debemos poner atención, porque es donde solemos naufragar.

Una forma sencilla y práctica de mejorar en este ámbito es escoger uno o dos valores que sean particularmente relevantes para ti, en base a los que desees esculpir tu identidad (leer esto te puede ayudar). Y después hacer un esfuerzo consciente de observar si tus actos y tus decisiones del día a día reflejan esos valores, o no lo hacen.

Una vez veas con claridad cuál es la magnitud de la diferencia, sabrás lo que debes hacer. Puede que no quieras hacerlo, pero lo sabrás. Y eso ayuda. O quizá no. Como casi todo, depende de ti.

“La felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía.”

Mahatma Gandhi

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