El extraordinario valor de la claridad de pensamiento

Ah, los hijos. Educarlos es una tarea fascinante. Unos días te sientes la persona más afortunada del mundo. Otros quieres meter la cabeza en una prensa hidráulica. A veces una experiencia feliz, a veces frustrante, a veces triste. Repleta de luces y sombras, dificultades, asimetrías, orgullos y decepciones. Pero sea cual sea su tonalidad, siempre interesante. Compleja. Emocionante y rebosante de aventura. O podríamos decir, quizás, “psicológicamente rica”.

Una de las preguntas que más ruido hacen en la cabeza de un padre o una madre es qué atributos conviene que los niños desarrollen con mayor profundidad. La lista de opciones, lamentablemente, es como el menú de un restaurante chino, ilimitada y con multitud de platos que suenan extrañamente similares e intercambiables unos por otros:

“Buenos valores”

“Que sea buena persona”

“Que sea valiente”

“Que sea honesto”

“Que se lleve bien con la gente”

“Trabajador”, “disciplinado”, “sano”, “leal”. “justo”, “agradecido”, “luchador”, “pacífico”, “amable”, “inteligente” …

¿Todos?

¿Otros diferentes?

¿Un poco de cada uno, pero más de unos que de otros?

Vaya lío.

Sin embargo, en la práctica, los padres no solemos hacernos demasiados quebraderos de cabeza con este asunto. Criamos a nuestros hijos a nuestra imagen y semejanza, y aquí paz y después gloria. Se hacen adultos, salen al mundo y se las arreglan como pueden.

Nada que objetar. Natural y predecible.

Pero ya que este es un tema con implicaciones muy relevantes en la vida de una persona, vamos a hilar un poco más fino, ¿te parece?

¿Cuál dirías que es la habilidad o virtud más valiosa que un joven podría desarrollar para saltar al tablero de juego de la vida adulta con las probabilidades de ganar a su favor?

¿O incluso para ti mismo, aunque ya no seas un chaval?

Si tuvieras un solo disparo a la diana de las virtudes, ¿qué elegirías?

No es una pregunta fácil, no. ¿Y qué narices esperabas de un post de Frank? ¿Un paseo por el parque y algodón de azúcar? Lee el Cosmopolitan.

Vas a tener que pensar un poco, colega. Lo cual, irónicamente, tiene bastante que ver con la cuestión que te estoy planteando.

Pero no nos adelantemos. Primero tenemos algo que aclarar.

La llave de todas las virtudes

La importancia relativa de las virtudes o habilidades, en el plano conceptual, es objeto de amplio debate. ¿Es ser amable más útil o deseable que ser honesto (o viceversa)? ¿Lo es ser ambicioso que contentarse con poco (o viceversa)? Hay opiniones para todos los gustos y colores.

Sin embargo, en el plano práctico, la cosa cambia un poco. En la vida real, manifestar esas virtudes en el día a día no es tan sencillo como expresar una opinión filosófica – teórica – sobre ellas.

A la hora de plasmar una virtud o habilidad en tus propios actos, la cosa cambia. Hay barreras, restricciones y dificultades por todos los lados que nos frenan a hacerlo.

La puerta que lleva al florecimiento de esa virtud se cierra delante de nosotros.

Y la llave de esa puerta se encuentra escondida en otra virtud.

Una virtud de un plano superior.

Una virtud paraguas, con ramificaciones sobre todas las demás virtudes.

Una “meta-virtud”, si quieres llamarla así.

¿Cuál es esa meta-virtud, la llave de la puerta que esconde al otro lado el botón de ignición de todas las demás virtudes?

La valentía.

El coraje.

Echarle huevos al asunto, si lo prefieres.

“Courage is not simply one of the virtues, but the form of every virtue at the testing point.”

— C. S. Lewis

¿Eres amable? ¿O sólo lo eres cuando no te lo ponen demasiado difícil?

¿Eres optimista? ¿O sólo lo eres cuando las cosas no pintan mal?

¿Eres compasivo? ¿O sólo lo eres cuando no te perjudica?

¿Eres generoso? ¿O sólo lo eres con el dinero de los demás?

¿Eres buen amigo? ¿O sólo lo eres en los planes de ocio y diversión?

¿Eres curioso? ¿O sólo lo eres cuando no requiere mucho esfuerzo?

¿Eres honesto? ¿O sólo lo eres cuando no te quema socialmente?

Esos momentos de dificultad son el “testing point” que menciona C.S. Lewis. Las situaciones en el mundo real que te ponen a prueba. Los momentos en los que debes decidir si quieres plasmar de verdad esa supuesta virtud en tus actos y decisiones.

Para plasmar en el mundo que eres amable, compasivo, honesto o generoso, has de ser primero valiente. Tienes que vencer la resistencia que te frena a poder manifestar esas virtudes en la realidad externa. Y para vencer esa resistencia, tienes que ser valeroso. Sentir el miedo, la duda, el dolor… y aun así lanzarte a expresar esa virtud en tus actos.

Sin valentía, la virtud no puede nacer a la vida. Es como una partitura que se queda sin tocar. Si nadie la toca, esa melodía no existe. Y si no expresas esa virtud en tus actos en los momentos difíciles, tampoco existe. Al menos, a este lado de la puerta, que es el lado que de verdad importa.

¿Lo tienes?

Perfecto. Sigamos.

Ahora que te has armado de valor y has decidido tirarte a la piscina para plasmar tu virtud favorita en las decisiones de tu propia vida, dime:

¿Cuál va a ser esa virtud?

¿A qué blanco vas a apuntar, con esa única bala que tienes en el tambor?

Piénsalo.

Mientras tanto, Frank te va a dar la suya.

La claridad de pensamiento

Durante muchos años, Frank Spartan tuvo sus dudas sobre este asunto. La inteligencia cognitiva siempre me había parecido muy importante. Las habilidades sociales. La fortaleza emocional. La autenticidad. La amabilidad. La disciplina. El trabajo duro. La curiosidad o el querer aprender. Y muchas otras.

El tiempo pasó. Mi vida atravesó varias etapas. Tuve que tomar decisiones difíciles y otras no tan difíciles. Unas fueron acertadas y otras menos acertadas.

Y al cabo de un tiempo, caí en la cuenta de que había una virtud – o habilidad – que primaba en importancia sobre todas las demás.

La claridad de pensamiento.

El Gran Kahuna de las virtudes.

Después de haber recorrido un largo camino e interactuado con muchas personas, he podido constatar lo poco habitual que es encontrarte con alguien que sepa pensar. No me refiero a ser inteligente. Personas inteligentes hay muchas. La claridad de pensamiento es otra cosa. Y es una habilidad extremadamente infrecuente, porque su nacimiento y desarrollo se ven obstaculizados por un ejército de factores, externos e internos, con sobredosis de asteroides.

Si quieres aprender a pensar con claridad, todo está en tu contra. El viento va a empujar tus velas en sentido diametralmente opuesto. Aun así, tus posibilidades de tener una vida satisfactoria dependen de tu capacidad de pensar con claridad más que de ninguna otra cosa.

Por eso es una virtud tan valiosa.

Veamos a lo que te enfrentas.

1. Eres un absoluto desastre

“The first principle is that you must not fool yourself—and you are the easiest person to fool»

– Richard Feynman

Bueno, quitémonos las caretas, ¿te parece?

En tu estado natural tu nivel de claridad mental es, muy probablemente, poco menos que abominable. A fucking train wreck. ¿Por qué? Porque tu mente se encuentra infestada de trampas y condicionamientos que el mecanismo evolutivo de nuestra especie ha instalado en ella, y de los que apenas eres consciente cuando tomas decisiones.

Si te observas con una pizca de desapego durante unos momentos – algo que ya de por sí es difícil -, comprobarás que eres presa de varias influencias que actúan sobre ti de forma continuada, como capas de control que se superponen y que funcionan a un nivel largamente inconsciente, perpetuando que sigas retozando feliz en tu cautiverio, sin reparar en las pesadas cadenas que condicionan tu perspectiva y tus reacciones.

En primer lugar, las emociones del momento te controlan. El impulso natural al adentrarnos en un estado emocional intenso es asociarnos o identificarnos con la emoción en sí. Cuando nos decimos a nosotros mismos “estoy enfadado”, o “estoy triste”, literalmente creemos que la emoción es parte de nosotros mismos. Esa asociación provoca que la emoción tome las riendas de nuestro comportamiento. No sólo eso. Además, retrospectivamente, justificamos nuestro comportamiento pasado por la influencia de la emoción, legitimándola como gondolera de nuestras decisiones, aunque simplemente pasara furtivamente por allí.

En segundo lugar, el orgullo te controla. Digamos que formas una opinión sobre un tema concreto que es importante para ti. El mero hecho de hacer eso provoca que tu mente asocie esa opinión con tu identidad. Tu mente te susurra al oído: Tú piensas «X», y por tanto eres «Y». Si dejaras de pensar «X», tendrías que dejar de ser «Y.” Cuando eso sucede, tiendes a defender tu opinión a capa y espada, porque no quieres experimentar una crisis de identidad. No quieres dejar de ser «Y», ni para ti mismo ni a los ojos de los demás. Y eso provoca que te agarres desesperadamente a cualquier argumento, dato o storytelling, por rocambolesco que sea, para evitar entrar en conflicto con la idea de quién eres.

En tercer lugar, tu mente te incita a seguir al rebaño. Nos sentimos más seguros al tomar el camino de la mayoría, lo mismo que nos sentíamos más seguros dentro de la tribu que fuera de ella hace miles de años. La presencia de la mayoría es un atajo que nos ahorra la energía de tener que pensar. Y el cerebro humano es experto en encontrar formas de ahorrar energía. Hacer lo que hacen los demás parece una buena solución, hasta que recuerdas la frase de Frank de “la persona promedio no sabe pensar”, y empiezas a cuestionar la utilidad de esa estrategia de seguir al grupo.

Sí, aún no he terminado de darte cera. Sigamos.

En cuarto lugar, estás expuesto a la inercia. Tendemos a permanecer en el mismo estado en el que nos encontramos. Somos aversos al cambio. A probar soluciones nuevas. Y eso nos hace ser propensos a sobrevalorar las virtudes de la situación actual en la que nos encontramos, frente a otras posibles soluciones. Una perspectiva mental que se concatena con otros fenómenos psicológicos evolutivos como la aversión a la pérdida, incrementando su poder sobre nosotros.

En quinto lugar, tiendes a racionalizar decisiones que has tomado sin demasiada claridad mental con el objetivo de proteger tu ego, o no entrar en conflicto con tu concepto de identidad, o quedar bien a los ojos de los demás. Nos decimos a nosotros mismos que hicimos “X” porque si no habría pasado “Y”. Pero la realidad es que hicimos “X” por otros motivos, y después (ex – post) nos inventamos la excusa de “Y” para poder justificarnos a nosotros mismos el haber hecho “X”.

En sexto lugar, tiendes a aplicar un doble rasero en tu juicio, dependiendo de quién sea el actor del elemento objeto de juicio. Si alguien que no nos gusta dice o hace algo “cuestionable”, somos implacables. Está mal porque bla, bla, bla. En cambio, si nosotros mismos o alguien cercano (o simplemente de nuestro agrado) dice o hace exactamente lo mismo, el juicio que aplicamos es mucho más magnánimo. El mismo acto o idea es bueno o malo dependiendo del sujeto que lo ejecuta o lo emite. No es el qué, es el quién.

En séptimo lugar, asumes que los demás deben ver las cosas en base a tu propia perspectiva, e interpretar el mundo como lo haces tú. Si no es así, no solemos intentar entender su forma de ver las cosas, sino imponerles nuestras gafas de colores para que puedan ver “la verdad». Y si no lo conseguimos, damos por hecho que algo no funciona bien en sus cabezas.  

Podría seguir durante horas, pero creo que captas la idea.

Puedes creer que estas trampas no te aplican a ti, que tú piensas con mucha claridad, y tal y tal.

Bullshit.

Mentes brillantísimas caen en sesgos ideológicos, disonancias cognitivas, egolatría, racionalizaciones, adicción al reconocimiento externo y otras artimañas de la mente constantemente.  

Humildad, colega.

Estás más pringado de programación y condicionamiento de lo que crees. Todos lo estamos.

Pero eso no quiere decir que no puedas hacer nada para mejorar.

2. Por qué debes aprender a pensar con claridad

“The really smart thinkers are clear thinkers. They understand the basics at a very, very fundamental level.”

– Naval

Nuestro entorno nos enseña a centrarnos en las grandes decisiones, en lugar de en los momentos en los que ni siquiera somos conscientes de que estamos tomando una decisión. Creemos que, si acertamos en las grandes cosas, todo encajará mágicamente. Si elegimos la pareja adecuada, seremos felices. Si elegimos la carrera adecuada, nos sentiremos realizados y tendremos éxito. Si elegimos la inversión adecuada, seremos ricos. Pero todo esto, en el mejor de los casos, es sólo parcialmente cierto.

Puedes encontrar la pareja más increíble del mundo, pero si después tomas malas decisiones durante la relación, la perderás. Puedes elegir la mejor carrera, pero si no gestionas bien algunos puntos del camino, no te irá bien. Puedes encontrar la inversión perfecta, pero no tener dinero ahorrado para invertir. Incluso cuando acertamos en la dirección de las grandes decisiones, podemos fracasar en el resultado final al meter constantemente la pata en los “momentos ordinarios”.

No pensamos en los momentos ordinarios como decisiones. Nadie nos toca el hombro cuando reaccionamos a un comentario de otra persona para decirnos que estamos a punto de echar gasolina al fuego. Por supuesto, si supiéramos con claridad que vamos a empeorar la situación, no lo haríamos. Nadie intenta ganar el momento a costa de la década, y sin embargo así es como suele ocurrir. Los enemigos de la claridad de pensamiento dificultan que apreciemos lo que está pasando y – en un entorno donde ya no andamos por ahí en taparrabos y tenemos que escapar de los leones – hacen nuestra vida mucho más difícil.

En la mayoría de los momentos ordinarios, la situación piensa por nosotros. No nos damos cuenta en ese instante porque esos momentos parecen insignificantes. Sin embargo, a medida que los días se convierten en semanas y las semanas en meses, la acumulación de esos momentos hace que alcanzar nuestros objetivos sea más fácil… o más difícil. Cada momento te coloca en una posición mejor o peor para afrontar el futuro. Y es el efecto acumulativo de esos cambios de posición el que, con el tiempo, acaba determinando el resultado que obtienes en tu vida.

Por eso debes aprender a pensar con mayor claridad. Tu vida entera está, literalmente, en juego.

3. Un nuevo guion

“A man can do as he wills, but not will as he wills.”

– Arthur Schopenhauer

Frank podría decirte que este rollo de pensar con claridad no es tan complicado, que sólo basta con quererlo de verdad, repetir mantras frente al espejo y hacer un esfuerzo.

El problema es que estaría mintiendo como un bellaco.

Tus patrones habituales de pensamiento, sentimiento y reacción son como algoritmos que entran en funcionamiento para ejecutar de manera inconsciente – y automática – tu respuesta a los estímulos de ahí afuera.

Muchos de esos algoritmos han sido programados en ti por la evolución, la cultura, las tradiciones, tus padres, tu entorno cercano, etcétera, etcétera. Algunos de ellos te acercan a lo que quieres; otros te alejan de lo que quieres. No te das cuenta, pero es así. Tomas muy pocas decisiones libres y conscientes. La mayoría son respuestas programadas. Quizá todas ellas lo sean.

Casi todo el mundo pierde la batalla contra la fuerza de voluntad y sucumbe a la influencia de su programación mental; sólo es cuestión de tiempo, porque su influencia es poderosa y acumulativa. Cuanto más actúas de esa manera, más se refuerza su capacidad de influencia sobre ti, y más invisible se vuelve en tu conciencia.

Entonces estoy jodido, ¿no Frank? – me dirás.

No necesariamente. Es sólo que no debes sobrevalorar el poder de tu fuerza de voluntad a la hora de intentar pensar con más claridad.

Tienes que recurrir a otro caballo de batalla.

El entorno.

Has de diseñar un entorno en el que sea cada vez más sencillo que la respuesta natural, por defecto, sea activar la claridad de pensamiento, en lugar de la respuesta programada inconsciente. Y para eso tienes que cambiar algunas cosas y llevarte algunas herramientas de trabajo – permanentemente – contigo.  

Veamos.

3.1) Primera decisión: Cambio de sombrero

Volvamos a C.S. Lewis. Valentía. Has de echarle huevos y querer librarte de la influencia de los enemigos que te impiden pensar con claridad.

Las emociones, el ego, la comodidad de la mayoría, la inercia, la auto-racionalización, el doble rasero, la inflexibilidad de la propia perspectiva, etcétera, etcétera.  

Los recuerdas, ¿verdad?

Muy bien. Ahora míralos a los ojitos y comprométete a plantarles cara, adoptando la óptica de un científico.

Lo que buscas es aprender a pensar. Y el impulso que te guía debe ser el mismo que impulsa al científico a descubrir.

El científico no se enroca en su posición. Testea su posición en el mundo real, para ver si esa tesis resiste o sucumbe al contraste. Si resiste, se refuerza. Si sucumbe, cambia de dirección. No hay pasos atrás. No hay fracasos. Cualquier paso le acerca más a la verdad, sea directamente o sea desechando aquellos caminos que no llevan a ella.

Ponte ese sombrero.

¿Lo tienes?

Perfecto. Que sepas que tienes una pinta ridícula. Sigamos adelante.

3.2) Segunda decisión: Obsérvate a ti mismo

No todos sufrimos la misma influencia de los mismos enemigos de la claridad de pensamiento. Algunos sufrimos más la influencia de algunos, otros sufrimos más la influencia de otros. Algunos hacen su aparición de forma más frecuente en ciertas situaciones, y otros hacen su aparición de forma más frecuente en otras. Algunos se repiten constantemente, y otros aparecen de forma muy esporádica.

Por esta razón, si quieres aumentar tu claridad de pensamiento, lo primero que debes hacer, con tu ridículo sombrero de científico, es observarte a ti mismo y comprobar qué es lo que más suele afectarte y en qué situación.

Esto no es fácil. Observar lo que haces con cierto desapego e imparcialidad requiere tiempo y práctica. Quizá hasta la ayuda de algún amigo. Quizá escribir. Quizá un Frank Spartan en tu vida, como yo lo estoy en la de mi querido anfitrión, que también, como tú, es presa de la influencia de su programación. Hay muchas formas de mejorar. Pero hay que ponerlas en funcionamiento. Todo lo que hagas, por poco que sea, te ayudará a afinar el tiro.

Por ejemplo, uno de los enemigos acérrimos de la claridad de pensamiento de mi anfitrión es su reverencia a la lógica. Esto provocaba que cuando presenciaba una postura que él considera ilógica, tendiera a entrar en argumentaciones. No tanto para “tener razón” e inflar su orgullo, sino más bien para que la otra persona se diera cuenta de su “error”.  Había cierto altruismo en ello, en cierto modo. Pero no se daba cuenta de que las personas no cambian de opinión así como así, porque son también presa de su propia programación. No se daba cuenta de que no todos vemos la misma realidad de la misma forma, ni tenía demasiado en cuenta las posibles razones de que eso fuera así. No se daba cuenta de que tensaba demasiado la cuerda sin conseguir aquello que pretendía. Y eso le costó más de una unidad de valor en el banco de sus relaciones.

¿Qué es lo que hizo para mejorar? Para empezar, yo le di varios coscorrones con la intención de que pusiera el foco en sus puntos ciegos. Con el tiempo fue siendo más consciente de la influencia de ese enemigo de su claridad de pensamiento en estas situaciones. Fue reordenando sus prioridades y aprendió formas más sutiles y efectivas para llegar al resultado que quería, sin desenvainar con tanta rapidez la fría y afilada espada de la lógica. Le queda aún bastante leña que cortar, pero le ha ido mejor. Mucho mejor.

Verás que el aprendizaje sobre la claridad de pensamiento nunca termina. Siempre hay cosas que afinar, que pulir, que mejorar. Pero una vez que estás en movimiento, empiezas a experimentar pequeñas victorias y la inercia te impulsa hacia delante.

Alright. Ahora que estás con la mentalidad adecuada, hablemos de las herramientas de combate.

4. Modelos mentales

«You have to understand, most of these people are not ready to be unplugged. And many of them are so inert, so hopelessly dependent on the system, that they will fight to protect it.»

– Morpheus (The Matrix)

Antes de lanzarte a explorar el territorio de la claridad de pensamiento, necesitas un mapa con algunas referencias. Boyas flotando en el agua. Herramientas que te ayuden a desenvolverte mejor. No subestimes su valor, porque te enfrentas a enemigos encarnizados que nunca descansan.

Esas herramientas son los modelos mentales.

Un modelo mental es simplemente una representación de cómo funciona algo. Usamos modelos mentales para retener conocimiento y simplificar nuestra comprensión del mundo. Son formas de agrupar patrones que facilitan nuestro entendimiento de lo que sucede ahí afuera y agudizan nuestra toma de decisiones.

No todos los modelos aplican a todas las situaciones. Parte de construir una “red” de modelos mentales consiste en probarlos y hacerte cada más diestro para saber qué situaciones se abordan mejor con qué modelos.

Veamos algunos de ellos. Estos son los que a Frank le resultan más útiles para las situaciones cotidianas… y también para las grandes decisiones. Hay otros, pero estos son largamente universales.

4.1) Círculo de Competencia

Presta atención, entiende y acepta en qué áreas tienes conocimiento (y cuánto) y en qué áreas no lo tienes. Comprobarás que sabes muy poco de la mayoría de las cosas. Tenlo presente y actúa en consecuencia, tanto en tus opiniones como en tus decisiones.

Los más ignorantes no son los que no saben nada, sino los que saben poco: ese poco conocimiento les da una falsa sensación de comprensión y exceso de confianza. No seas uno de ellos.

4.2) Primeros Principios

A la hora de razonar, empieza desde lo más básico y construye hacia arriba. No comiences desde analogías o suposiciones heredadas o incrementarás la probabilidad de error, aunque creas que ahorras tiempo.

Distingue hechos de opiniones. Objetivo de subjetivo. Baja al nivel de los primeros principios y recorre tu camino desde ahí.

4.3) Pensamiento de Segundo Orden

Antes de concluir que algo es deseable, considera las consecuencias de las consecuencias. Fuerza a tu mente a considerar los siguientes movimientos de ajedrez. Pregúntate: ¿Y después qué?

4.4) Pensamiento Probabilístico

Depura tu lectura de las probabilidades. No asumas que lo probable es lo que te resulta conocido, o lo que deseas, o lo que has oído que le ha pasado al vecino de al lado.

Revisa los datos disponibles y haz una evaluación de las probabilidades minimizando los sesgos. Tendrás una lectura más acertada de cómo funciona el mundo y tomarás mejores decisiones.

4.5) Inversión

A menudo plantear un problema con el enfoque de “qué debo hacer” no ayuda a verlo con claridad. Invierte el orden. Pregúntate “qué no debo hacer». Es muy posible que por eliminación de lo que no debes hacer llegues a la respuesta correcta.

4.6) Navaja de Occam

Entre todas las explicaciones plausibles, la más simple suele ser la correcta. 

4.7) La Falacia de la Urgencia

El entorno nos empuja a tomar decisiones en el momento. A reaccionar en el momento. A posicionarnos en el momento. Sin embargo, muy pocas situaciones son tan críticas que requieren decisión en el momento. Resiste la presión y retrasa tu respuesta unas horas, o unos días. Podrás pensar con mayor claridad, con menor influencia de las emociones y con menor presión social.

4.8) La Pregunta de “Lo Más Importante”

En cada situación, pregúntate siempre qué es lo más importante. El objetivo último que quieres conseguir. A menudo, nuestro condicionamiento nos impulsa a reaccionar de formas que nos alejan de lo más importante.

¿Quiero tener razón o quiero entender y conectar? ¿Quiero hacer daño o quiero estar en paz? ¿Quiero solucionar algo irrelevante o lo que realmente me da quebraderos de cabeza?

No dejes de hacerte la pregunta: “Esto que voy a hacer, ¿me ayuda a conseguir lo más importante, lo que de verdad quiero?”

4.9) Paradoja de Salomón

Somos mejores resolviendo los problemas de otros que los propios, porque la distancia emocional proporciona objetividad. Por eso, pensar en ti mismo en tercera persona puede ayudarte a tomar mejores decisiones.

Asume que tu mejor amigo está en tu misma situación. ¿Qué le dirías que debe hacer?

4.10) Estructura de Permiso

A la gente no le gusta cambiar de opinión por miedo a parecer tonta. Dales una forma de cambiar de opinión sin perder estatus. Por ejemplo, diciendo que tú también pensabas así antes de recibir nueva información.

4.11) Elicitación

Cuando queremos conocer lo que piensa alguien sobre algún tema que tiene cierta sensibilidad, nuestra estrategia habitual es hacer preguntas. Sin embargo, las personas suelen interpretar esas preguntas como posibles amenazas y se ponen a la defensiva, lo que provoca que te digan lo que creen que quieres oír, o simplemente que no te den mucha información.

Por eso, lo más efectivo es hacer aseveraciones, no preguntas.

Las aseveraciones resultan menos amenazantes y elevan la probabilidad de que la otra persona se posicione con mayor detalle, bien a favor o en contra de tu aseveración. Y eso te dará mucha información sobre lo que realmente piensa.

4.12) La Falacia Nominativa

Ponerle una etiqueta a algo no lo explica. Llamar “malvado” a alguien no explica su comportamiento, sólo evita pensar y entender las causas reales del mismo.

Resiste la tendencia social de poner etiquetas, porque desincentivan el razonamiento y el deseo de comprender lo que de verdad sucede.

4.13) Las Creencias del Ego

Defendemos nuestras creencias como abogados, buscando excusas de todo tipo para no abandonarlas. Las creencias deben tratarse como hipótesis que se contrastan contra la realidad, no como tesoros que se protegen.

Una creencia solo es racional si puede demostrarse falsa. Debes saber qué evidencia te haría cambiar de opinión. Recuerda tu ridículo sombrero de científico.

4.14) El Presente Infinito

Sobrevaloramos lo nuevo e ignoramos la sabiduría antigua. A menudo, lo más valioso es lo que ha resistido el paso del tiempo.

Si quieres una idea nueva, lee un libro viejo.

4.15) Minimización del Arrepentimiento

Tu “Yo Futuro” recordará lo que haces hoy con nostalgia o arrepentimiento. Cuál de las dos es, dependerá de lo que decides hacer ahora.

Elige teniendo en cuenta qué recuerdo prefieres tener.

4.16) Relatividad y Empatía

Ya Galileo, en el siglo XVII, y después Einstein, en el siglo XX, constataron que los observadores en movimiento relativo experimentan el tiempo de manera diferente. Esto significa que dos eventos pueden ocurrir simultáneamente desde la perspectiva de un observador y en momentos distintos desde la perspectiva de otro observador. La realidad objetiva es la misma, pero ambos tienen razón.

En otras palabras, tu perspectiva determina tu experiencia.

Esto no sólo significa que estás viendo lo que quizá nadie más ve, sino también que no ves automática ni inconscientemente a través de los ojos de los demás. Existe una realidad objetiva, pero ninguno de nosotros puede percibirla en su totalidad. 

Cuando veas a alguien haciendo algo que no tiene sentido para ti, pregúntate cómo tendría que ser el mundo para que esas acciones te resultaran lógicas. Aunque todos vemos nuestra propia versión de los hechos, el objetivo es ampliar nuestra perspectiva para entender las fuerzas que gobiernan las diferentes posturas.

4.17) Reciprocidad

De acuerdo con la tercera ley de Newton, a toda acción le corresponde una reacción de igual magnitud y en sentido opuesto. Cuando otros nos presionan, tendemos a devolver la presión. Cuanto más presionamos a los demás, con más fuerza nos presionan ellos a nosotros. Cuanto más amables somos con ellos, más amables son ellos con nosotros. Hay excepciones, por supuesto, pero ese es el resultado más probable.

El fenómeno de la reciprocidad muestra por qué las relaciones “win–win” son el mejor camino, por qué empezar de forma positiva y dar el primer paso tiende a poner a los demás de tu lado, y por qué es buena idea usar la menor fuerza posible para conseguir un resultado. Es un modelo mental que se concatena con el modelo de selección natural y evolución, que nos dice que la cooperación fue un ingrediente clave en la supervivencia y la transmisión genética.

4.18) Dolor de Corto Plazo

Nuestro cerebro nos condiciona para evitar el dolor y la pérdida inmediata. Un mecanismo que se concatena también con el modelo mental de selección natural: Si no eras averso al riesgo y te pasabas de aventurero, el dinosaurio te devoraba. Ese circuito sigue presente en nuestro cerebro y se activa ante cualquier amenaza, es sólo que las amenazas no suelen ser ya físicas, sino de otra índole.

Por eso, en el mundo actual, debes tratar la perspectiva de dolor de corto plazo como una pista que indica el camino correcto. No siempre, pero lejos de rechazar ese camino por defecto, debes enfocarte en él por defecto. Y sólo rechazarlo después de haber pensado con detenimiento sobre él.

¿Por qué?

Porque el cerebro tiende a sobrestimar el dolor inmediato y subestimar el dolor a largo plazo. Es lo que se denomina “descuento hiperbólico”.

La inmensa mayoría de las cosas que merecen la pena implican dolor a corto plazo y grandes ganancias a largo. Y la inmensa mayoría de los caminos que implican placer a corto plazo suelen llevar a resultados miserables a largo.

Navaja de Naval Ravikant: Si no puedes decidir entre dos opciones, elige el camino que sea más difícil o doloroso a corto plazo.

4.19) Entropía

La segunda ley de la termodinámica establece que la entropía (una medida del desorden) de un sistema aislado siempre aumenta. Y, por tanto, con el tiempo, necesitamos emplear energía para crear orden. Sin la aplicación de energía, las cosas tienden a alejarse del orden.

El modelo mental de entropía nos recuerda es necesario anticipar que las cosas tienden a descomponerse si no empleamos energía en ellas. Y que debemos prevenir ese desenlace futuro no deseado con actos proactivos en el presente.

Cuidar las relaciones, ¿te suena?

Cuidar la salud, ¿te suena?

Tomarte tiempo libre en soledad para reconectar contigo mismo, ¿te suena?

Si no empleas energía en las cosas importantes, esas cosas tienden a desordenarse. No te sorprendas de ese resultado cuando llegue, porque es el resultado natural.

Tienes la oportunidad de prevenirlo. Hazlo.

4.20) Apalancamiento

El apalancamiento consiste en conseguir obtener resultados significativamente mayores que el nivel de esfuerzo que inviertes.

“Dame un punto de apoyo y moveré el mundo”, dijo Arquímedes.

Este modelo mental se puede aplicar a muchísimas situaciones vitales. En el ámbito del desarrollo personal, por ejemplo, podría aplicarse a identificar los hábitos, habilidades y relaciones personales que tendrán el mayor impacto en tu vida. Concentrar tu energía en unos pocos aspectos críticos, en lugar de en los muchos triviales, y encontrar los puntos de máximo apalancamiento donde pequeños cambios (o unidades de esfuerzo) pueden desencadenar grandes resultados.

Reflexionar sobre dónde se encuentran los mayores puntos de apalancamiento en tu vida es una de las mejores inversiones de tu tiempo que puedes hacer.

4.21) La Falacia de la Propia Perspectiva

Cuanto más te importa algo, más te enrocas en que el otro vea las cosas como tú las ves y más te frustra que no sea así. Tú habrías trabajado más que él, habrías razonado mejor que él, habrías tenido más mano izquierda que él, habrías sido más detallista que él… etcétera, etcétera.

Es un fenómeno muy común en la relación padres-hijos: Mi hijo no es como yo era o como me gustaría que fuera, y eso me frustra.

El problema es que ellos no son tú. Tú eres tú. Y los demás son como son. Déjales ser como son y limítate a ser tú, a ser posible en tu mejor versión. Lo demás está fuera de tu zona de influencia.

4.22) Redundancia y Margen de Seguridad

Los modelos mentales de redundancia y margen de seguridad obedecen a un principio similar, así que vamos a tratarlos conjuntamente.

La redundancia consiste en tener más de una forma de que algo funcione, de modo que, si una de ellas falla, podemos recurrir a la otra. En otras palabras, los sistemas que dependen de una sola cosa son frágiles.

Este modelo mental puede aplicarse a múltiples situaciones vitales. La más evidente es entender los peligros de una excesiva especialización en una habilidad o área de conocimiento concretas en un mundo tan cambiante como el de ahora.

Diversifica un poco. O al menos ten preparado un plan B si la pieza más débil de la cadena se rompiera.

El margen de seguridad es un concepto similar, aunque ligeramente diferente. Implica tener presente que las cosas no suelen permanecer estables durante un tiempo ilimitado y pueden (suelen) aparecer cambios bruscos por el camino, a pesar de nuestra ilusión de continuidad.

Lo que Taleb denomina “cisnes negros”: Eventos impredecibles de gran impacto y que sólo parecen explicables una vez que suceden.

El margen de seguridad es lo que te permite sobrevivir a pesar de esos cisnes negros. Debes incorporar ese margen de seguridad allá donde los eventos inesperados puedan generar traumatismos severos en tu vida.

Las aplicaciones más evidentes de este modelo mental son el ahorro en las finanzas personales o la perspectiva de riesgo que adoptas en una inversión. Pero hay muchas otras: Salir con tiempo extra a las citas relevantes, tener duplicados de documentos importantes, mantener una red de contactos profesionales activa cuando parece que no la necesitas, hacer el testamento, decir no a algunas cosas para tener tiempo libre “por si acaso”, etcétera, etcétera.

Lo bueno no suele durar siempre. Las cosas revierten a la media. Eso implica que tarde o temprano vendrán malos momentos. Quizá particularmente malos. Y debes estar bien preparado para sobrevivir y seguir jugando.

El tejado se repara cuando brilla el sol.

4.23) Incentivos

Los incentivos son uno de los mejores predictores de comportamiento. Por eso es tan importante que los sistemas estén construidos con los incentivos adecuados.

Para comprender el verdadero poder de los incentivos, hemos de poner atención en la condición psicológica que crean. Los seres humanos huimos de la disonancia cognitiva, ese estado de tensión que se produce cuando una persona mantiene dos cogniciones (ideas, actitudes, creencias u opiniones) que son psicológicamente inconsistentes. Y para reducir esa disonancia, recurrimos a racionalizaciones o argumentos auto-exculpatorios.

Por ejemplo, digamos que soy un comercial de un banco que obtiene una comisión por promocionar un producto de inversión. Se lo recomiendo a mis clientes y acaban perdiendo dinero. El proceso de pensamiento —a menudo subconsciente— puede ser algo así: “Yo soy una buena persona. Recomendé este producto. Una buena persona no recomendaría un mal producto. Por lo tanto, la explicación no es que el producto es malo, sino que el cliente ha evaluado mal el riesgo.”

Cuando evalúes un sistema e intentes entender los comportamientos de las personas que operan en él, presta mucha atención a los incentivos. Ellos te dirán lo que debes saber.

4.24) Cuellos de Botella

A la hora de solucionar un problema, tendemos a añadir cosas. Incorporar elementos que no estaban antes. Reforzar algunas partes. Todo con el objetivo de acelerar la potencia del sistema para que funcione mejor.

Eso está muy bien. Pero casi siempre implica un esfuerzo considerable. Y a menudo, es innecesario.

¿Por qué?

Porque es frecuente que el problema no radique en añadir potencia, sino en disminuir rozamiento.

El modelo mental de los cuellos de botella nos dice que la velocidad, capacidad o éxito de un sistema está limitada por su parte más lenta. Y que mejorar cualquier otra parte no mejora el resultado total, si el cuello de botella permanece inalterado.

Imagina que un equipo produce rápido, pero una persona lo aprueba todo.

O que lees mucho, pero no retienes porque no repasas o apuntas lo más importante en un papel.

O que entrenas fuerte, pero duermes mal.

O que tienes un buen performance y buenas ideas en el trabajo, pero esa información no le llega a la persona adecuada.

Antes de emplear un esfuerzo considerable añadiendo cosas, céntrate en la parte más restrictiva de lo que ya existe. Pregúntate: ¿qué parte, si mejorara, provocaría grandes cambios? Y después, optimiza sólo ahí.

Antes de esforzarte más, encuentra qué te está frenando.

4.25) Aleación 

En el mundo de la química, la aleación combina componentes en proporciones específicas para producir una sustancia capaz de lograr algo que los elementos individuales no pueden conseguir por sí solos. Un producto con propiedades únicas, como mayor resistencia, vida útil más larga y un mejor rendimiento general.

De la misma manera que el cobre y el estaño producen bronce, la combinación adecuada de habilidades en una misma persona puede generar resultados profesionales extraordinarios. O la combinación de perfiles a la hora de montar un equipo de trabajo. O la combinación de hábitos en tu salud física, mental y financiera. O la combinación de prácticas en tus relaciones personales.

En nuestras vidas, a menudo contamos con una habilidad significativa, pero no reparamos en que esa habilidad alcanzaría su máximo esplendor si la combináramos con otra que podemos cultivar.

Imagina una persona con profundos conocimientos de ingeniería y la capacidad de explicar ideas con claridad. Añade empatía y empuje. Esa persona se vuelve increíblemente rara… e increíblemente valiosa.

Imagina una persona a la que se le dan bien los números y las probabilidades, apasionada de la tecnología y con habilidades comerciales. En el mundo que viene, el cielo es su límite.

Imagina una persona asertiva, sincera, cariñosa, paciente y con habilidad de escuchar. Sería un unicornio en las relaciones personales.

O imagina una persona atractiva, carismática y con gran claridad mental… como Frank, por ejemplo.

La clave de una aleación exitosa es saber qué elementos combinar y en qué proporciones. Muy poco de un ingrediente y no se obtiene el efecto deseado; demasiado, y se puede terminar con un compuesto frágil o inestable. El arte consiste en encontrar el punto óptimo, aquel en el que el todo se vuelve más valioso que la suma de sus partes.

Ahí los tienes. 25 modelos mentales. Familiarízate con ellos y aprende a diferenciar cuáles son más efectivos en cada situación. Cuantos más modelos fiables tengas, menos dependerás de opiniones, intuiciones o modas, y más protección tendrás contra las fauces de los enemigos de la claridad mental. Interpretarás las cosas con mayor atino y serás mucho más letal en tus pequeñas batallas. Lo que debería ayudarte, eventualmente, a ganar la guerra.

“To a man with only a hammer, everything looks like a nail.”

– Abraham Maslow

Esto es todo, colega. Ya puedes salir ahí afuera con tu ridículo sombrero de científico y tu arsenal de modelos mentales. No te faltarán oportunidades para practicar, te lo aseguro. La niebla nunca se disipa del todo, y eso está bien. Sería muy aburrido si fuera tan fácil.

Pura vida,

Frank.

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