¿No lo oyes?
El suelo se quiebra bajo nuestros pies.
Todos seguimos bailando al son de la música, ensimismados. Pero el crujido está ahí. Sordo, aterciopelado, apenas perceptible.
Ese crujido señala que el modo de vida en Occidente de los últimos cien años toca a su fin. Los hilos invisibles que mueven los goznes de las puertas de la satisfacción vital solo pueden ser detectados por el radar de unos pocos privilegiados. Los demás, la inmensa mayoría, no los ven.
Y van a perder.
Van a perder de una forma aplastante.
Lo saben.
Quizá no de una forma completamente consciente. O quizá no puedan articular con suficiente coherencia por qué van a perder.
Pero lo intuyen.
De algún modo, lo saben.
Conversaciones casuales, coincidencias, comentarios relacionados, noticias concatenadas, experiencias desalentadoras que se suceden a ritmo cada vez más frecuente.
Los puntos se van uniendo sutilmente en sus cabezas.
No hay final feliz en esta historia.
Y si no hay final feliz, ¿qué más da ya todo?
Nada importa gran cosa.
Sólo el intentar darle algún tipo de sentido a sus vidas, por oscuro, destructivo e inmoral que sea.
Sí, las reglas del juego han cambiado. Y debes entender ese cambio. Sus causas, su naturaleza, su dinámica de desarrollo, su tendencia, su probable desenlace.
Debes entenderlo, antes de que sea tarde.
La disolución de los pactos sociales universales
Estamos asistiendo a una desintegración galopante de los principios rectores que han regulado el funcionamiento de la sociedad y la perspectiva vital del individuo durante varias generaciones.
Obtén un título, ten buena actitud, sé leal y serás tratado de forma justa y recompensado en tu trabajo.
Si trabajas duro y bien, podrás ahorrar lo suficiente para comprar una casa y formar una familia.
Tu experiencia profesional es tu mejor protección frente al riesgo de perder tu empleo.
Si trabajas durante suficientes años podrás disfrutar de tu jubilación.
Si eres buena persona y haces lo correcto encontrarás una pareja estable que te acompañará el resto de tu vida.
Si alguien comete una injusticia contra ti, las autoridades te protegerán.
Si confías en el sistema y sigues sus reglas, llegarás a buen puerto.

Todos estos pactos sociales han permanecido intactos en la cabeza de los ciudadanos de las sociedades de Occidente durante muchas décadas. Las personas creían en ellos, lo mismo que creían en Dios, la validez del dinero, las leyes, las tradiciones o los usos sociales.
Que estos pactos tuvieran legitimidad intrínseca o fueran papel mojado no importaba demasiado. Lo que de verdad importaba era la creencia inquebrantable, la “fe” que las personas depositaban en ellos. Esa “fe” era clave, porque gracias a ella germinaban dos ingredientes de extraordinario valor para el desarrollo de una vida, y por añadidura, para el desarrollo colectivo de la sociedad.
El primero es la ilusión por el futuro. Y el segundo es el orden.
Ambos ingredientes, ilusión y orden, son fundamentales para obtener un caldo de cultivo que favorezca el desarrollo de las ideas, el esfuerzo, el impulso de crear y descubrir, el emprendimiento. En una palabra, la evolución hacia un mundo mejor en el plano económico, científico, tecnológico, artístico, cívico y moral.
La gran mayoría de personas creían en este paradigma. Era el consenso social. Y por eso el tren seguía su paso, a pesar de los traqueteos, firmemente asentado sobre los raíles. Por eso en los últimos cien años de Occidente hemos asistido a un desarrollo generalizado sin precedentes.
La fe en ese paradigma ya no existe.
O, mejor dicho, las personas que de verdad importan, los jóvenes, ya no creen en él.
La ruptura de la comunicación entre madurez y juventud
Es posible que hayas visto, o incluso coprotagonizado, la escena en la que un adulto en un rango de edad de 40-70 años intenta explicarle cómo funciona el mundo y “lo que debes hacer para que te vaya bien en la vida” a un joven de 16-25 años.
El adulto explica pormenorizadamente las virtudes de su paradigma, hinchado como un pavo desde el púlpito de los buenos resultados que ha obtenido aplicando esas reglas que, cuando él era joven, funcionaban como un reloj suizo.
El joven, por su parte, le mira incrédulo, sabiendo que el mundo al que el adulto aduce es un mundo imaginario. El joven nunca ha experimentado en su propia vida un atisbo de todo eso a lo que el adulto se refiere. No ha visto que estudiar y esforzarse tenga gran recompensa en la búsqueda de empleo. Ve por todas partes a personas que toman atajos apostando por algo sin demasiado esfuerzo y tienen éxito. Ve cómo se favorece a unos grupos sociales frente a otros sin justificación lógica o moral. Ve trabajos inestables, sueldos precarios, impuestos y precios que no dejan de subir. Ve despilfarro de recursos públicos en asuntos que en nada le beneficiarán. Ve cosas que quiere, pero que nunca podrá tener. Ve personas que hacen trampas y se salen con la suya. Ve personas que traicionan a otras continuamente y no sólo no son castigadas, sino que son socialmente elogiadas. Ve las virtudes de vivir el momento y el sinsentido de posponer el placer para un futuro ilusorio al que nunca podrá acceder.

El joven no compra la visión de esfuerzo y largo plazo para construir un proyecto de vida, porque no ve un proyecto de vida. Lo que ve es un enjambre de abejas revoloteando a su alrededor, que representa la vertiginosa rapidez a la que todos los elementos que determinan su vida se mueven y la impredecibilidad de su trayectoria. Lo ve como un espectador indefenso y pasivo, que nada puede hacer ante el frío y maquinal devenir de los acontecimientos. Las únicas estrategias que le parecen lógicas desde su percepción de privación vital son las que ofrecen una recompensa asimétrica aunque el riesgo de pérdida sea altísimo, como comprar criptomonedas, hacer apuestas deportivas o jugar a la lotería.
Es un nuevo paradigma. Un paradigma en el que no hay ilusión por el futuro, ni tampoco hay orden.
Los ingredientes para construir un mundo mejor ya no existen. El caldo de cultivo es otro.
Otro mucho más peligroso.
La ansiedad del estancamiento vital
El nuevo paradigma señala un camino que conduce de forma natural al estancamiento vital.
Lo que un joven promedio siente al moverse por el mundo occidental actual es que tiene las necesidades básicas cubiertas, pero no puede avanzar. Oye las reglas antiguas que le sermonean sus mayores, pero el sistema no le permite obtener resultados visibles con ellas. Sólo le permite sobrevivir desde el punto de vista material, cercenando sin piedad su satisfacción existencial, gota a gota. El joven pedalea frenéticamente para permanecer en el mismo sitio. Y lo hace por la única razón de que eso le parece mejor opción que dejar de pedalear y caer en el vacío.

Ese es el estancamiento vital. La impotencia de no poder salir de un lugar en el que ese joven no quiere estar. De no ver que su esfuerzo conlleve progreso alguno. De no apreciar que su existencia en este mundo tenga un propósito. De estar envuelto en un manto interminable de oscuridad y no vislumbrar ninguna escalera que le permita trepar hacia la luz.
Cuando no hay ilusión por el futuro, algo se rompe en el alma humana.
No es un sitio en el que queremos estar.
Queremos escapar. Lo más rápido posible. Cueste lo que cueste.
En ese contexto, la frustración, la desesperación y la ansiedad hacen su aparición en escena, hincando sus afilados dientes en nosotros.
Y ahí nos convertimos en presa fácil para las tentaciones.
Miramos al abismo, y el abismo nos mira de vuelta.
El abismo de las tentaciones
Cuando un joven pierde la esperanza de poder construir un proyecto de vida satisfactorio, surge la vulnerabilidad a las tentaciones. La atención se desvía hacia el renovado atractivo del camino hedonista, los atajos, las soluciones fáciles, los malos hábitos, las trampas.
Desafortunadamente, estamos inmersos en un entorno que posee especial habilidad para crear tentaciones adictivas. La tecnología en ese ámbito es cada vez más avanzada, y los que la desarrollan saben perfectamente que el mercado del entretenimiento y las adicciones para combatir la angustia existencial va a crecer exponencialmente en los años que vienen.
El caldo de cultivo perfecto para la destrucción de la virtud.

En este contexto, la mejor versión de sí mismos de esos jóvenes permanece enterrada en un lugar inaccesible. El impulso hacia la mediocridad gana la batalla. Y de ella surge el descontento hacia uno mismo, el deterioro de la autoestima, la envidia hacia los demás, la desconfianza frente a cualquier camino que requiera un mínimo esfuerzo para mejorar.
Este es el ciclo de la autodestrucción: Las crecientes dificultades que ofrece el sistema y la incapacidad de obtener resultados con las reglas antiguas llevan a los jóvenes al estancamiento vital, que a su vez alimenta la vulnerabilidad a las tentaciones, y la caída prolongada en las fauces de estas conduce al resentimiento hacia uno mismo y la insatisfacción vital crónica.
Un pozo negro y profundo del que nos parece imposible salir y que, en muchos casos, se acaba conviertiendo en una profecía autocumplida. Personas que viven sus vidas con sus necesidades básicas cubiertas, pero intentando ensordecer su dolor existencial con trucos y trampas, con relaciones esporádicas, superficiales e interesadas, sin reproducirse, sin crear nada, sin aportar nada, sin dejar huella.
“When a person can´t find a deep sense of meaning, they distract themselves with pleasure”
– Victor Frankl
¿Es este un destino inevitable? ¿No hay nada que los jóvenes de hoy puedan hacer para no acabar ahí?
Por supuesto que lo hay. Este es el blog de Frank. ¿Qué narices esperabas?
La ruta que evita el estancamiento vital
La tesis de este post es que existe una dificultad objetiva creciente en la realidad externa a la que se enfrentan los jóvenes de hoy para formar un proyecto de vida, en comparación con la realidad externa de las personas de la generación anterior. ¿Es eso un factor de bloqueo de satisfacción vital tan poderoso?
En sí mismo, no. Ha habido épocas con realidades externas objetivamente mucho más complicadas, en las que los jóvenes de aquellas generaciones salieron adelante, y lo hicieron con nota.
Pero su realidad percibida (subjetiva) era diferente.
Cuando tus necesidades básicas están en peligro, no hay lugar para la distracción. Tu mente se enfoca en sobrevivir. La mera lucha por sobrevivir te mantiene centrado en tu objetivo. Y cuando lo consigues, la satisfacción fluye. Te sientes agradecido, orgulloso de ti mismo, a pesar de la dureza de la realidad externa.
La generación de jóvenes de hoy no se enfrenta a ese problema. Sus necesidades básicas están cubiertas. Su batalla es diferente. Es una batalla existencial, de encontrar sentido a su vida. Una batalla mucho más sencilla desde la perspectiva de la realidad objetiva externa, pero mucho más encarnizada desde la perspectiva de la realidad subjetiva percibida. Paradójicamente, en sus cabezas se sienten menos satisfechos que los jóvenes de generaciones con realidades externas objetivamente más difíciles.

Notas: La ausencia de síntomas depresivos (eje vertical izquierdo) se codifica de modo que valores más altos indican un mejor resultado (1 = peor, 17 = mejor). Se construye a partir de cuatro preguntas (a los encuestados se les pide, en una escala de 1 a 5, cuánto están de acuerdo con las siguientes afirmaciones: “la vida a menudo no tiene sentido”, “el futuro a menudo parece desesperanzador”, “se siente bien estar vivo” y “disfruto la vida tanto como cualquiera”), provenientes del estudio Monitoring the Future, según cálculos realizados por Keyes y coautores. El Índice de Prosperidad Infantil y Adolescente 1.0 (eje vertical derecho) es un índice compuesto que va de 0 (peor) a 1 (mejor) y mide una combinación de factores relacionados con bienestar, incluyendo salud, educación, alimentación, estabilidad, riqueza y otros.
Este gráfico anterior mide las tendencias hasta 2018. No he visto un gráfico actualizado, pero me juego un huevo, y no lo pierdo, a que la variable que mide el nivel de ausencia de síntomas depresivos ha seguido cayendo desde entonces hasta hoy.
Las causas de este fenómeno de deterioro de salud mental en niños y adolescentes son objeto de amplio debate. Algunos intelectuales creen que las redes sociales son el mayor factor (Instagram comenzó su andadura en 2010-2011 – ¿coincidencia?). Otros apuntan a la menor presencia y atención de los padres en casa, la inestabilidad de las relaciones de pareja, el deterioro de los valores tradicionales y un largo etcétera. Sin duda, todos ellos tienen algo que ver con el desarrollo de un fenómeno incuestionable: Los jóvenes de ahora perciben un suelo muy inestable bajo sus pies, y eso, unido al hecho de no tener que dedicar energía y atención a satisfacer necesidades básicas, deja amplio margen para que sus mentes generen ansiedad y preocupación. Una ansiedad y preocupación que se multiplican en un entorno de dificultad percibida creciente para formar un proyecto de vida con significado y la constante comparación con los demás.
El joven, ese joven con necesidades básicas cubiertas y tribulaciones en su mente, cree que las reglas antiguas ya no funcionan. No ve cómo puede acceder a un buen empleo y añadir valor en medio del enorme cambio tecnológico, que le permita ahorrar y comprar una vivienda, vivir experiencias enriquecedoras, tener una relación de pareja estable, quizá hijos, y poder ser feliz en un mundo de comparación constante con el vecino de al lado. No puede unir los puntos. Es demasiado complejo. Y al mismo tiempo, las inagotables tentaciones destructivas del entorno le miran con ojos seductores, como el trozo de tarta de cumpleaños mira a los ojos del niño goloso.
Es una situación jodida. Una situación en la que es muy difícil saber cómo actuar y muy fácil perder la fe y caer en la parálisis y la desesperanza.
Tu amigo Frank te va a dar la receta contra esa enfermedad. El bastión inexpugnable que te va a salvar. Las raíz sobre la que puede erguirse, con elevada probabilidad, una vía de desarrollo personal que te dé acceso a una ocupación en la que puedes añadir valor, diferenciarte y ser feliz en tu trabajo, cultivar la autoestima y confianza en ti mismo, y con ello multiplicar tus probabilidades de hacerlo bien en las otras variables que te ayudan a construir un proyecto vital y a disfrutar, en conjunto, de una vida satisfactoria.
La curiosidad.
Veamos de qué va esto.
Las ramificaciones invisibles de la curiosidad
La barrera más peligrosa a la que se enfrentan los jóvenes de hoy es el desincentivo a la creatividad.
Piénsalo.
En el sistema educativo oficial te proporcionan una formación industrializada. Vomitan temarios de planes de estudios anacrónicos sobre ti, en una dinámica de evaluación basada en exámenes y notas, para niños y jóvenes con hábitos cortoplacistas, acostumbrados a la inmediatez y a tomar atajos con mínimo esfuerzo, y una herramienta de IA a su disposición que les permite trucar el sistema acudiendo directamente a la respuesta. Sus padres no tienen tiempo para ellos, pero les repiten una y otra vez que es importante sacar buenas notas para un futuro que ellos no entienden, y les castigan cuando no lo hacen.
Todos los incentivos de su entorno apuntan a conseguir resultados tomando atajos y, si es posible, haciendo trampas.
Desaparece la curiosidad por aprender.
Sin curiosidad por aprender, desaparece la creatividad. No tienes la capacidad de crear algo nuevo, porque no entiendes bien las bases, ni cómo estas conectan con las bases de otros campos relacionados.
Y sin creatividad, serás presa fácil del riesgo de estancamiento vital en el mundo hacia el que nos dirigimos.
No podrás hacer nada que una máquina no sepa hacer mejor que tú. Incluso si hay abundancia económica, una renta universal y puedes comer, beber, ver la tele y tener tiempo libre, es muy posible que tu experiencia percibida sea poco satisfactoria, porque no tendrás capacidad de aportar gran cosa al mundo, ni experimentar el placer existencial de que el mundo te recompense por tu talento original, ni de sentir que estás viviendo una vida que merece la pena.
Vale, Frank… ¿pero cómo narices puedo desarrollar la creatividad cuando todo a mi alrededor está en mi contra?
La creatividad no llega sin un estímulo. Surge de la curiosidad. Una curiosidad que perdura el tiempo suficiente como para producir combinaciones inesperadas.

El ciclo de la curiosidad funciona así:
Una pregunta surge en tu mente. Le das vueltas. Pruebas un enfoque y luego otro. Ese proceso genera nuevas preguntas. Cada respuesta revela problemas relacionados que no habías considerado. Y con el paso del tiempo, se produce una conexión que no se le habría ocurrido a alguien que se rindió y abandonó antes que tú. Esa conexión abre la puerta a otra conexión, quizá de otro campo relacionado. Al de cierto tiempo, ves cosas en ese ámbito que muy poca gente puede ver, y puedes hacer cosas que muy poca gente puede hacer. Eres como Neo en Matrix, cuando descubre con grata sorpresa su poder.
Al Frank Spartan de 20 años de edad le gustaban los números y tenía talento para leer a las personas. No tenía ni idea de los caminos por los que iba a discurrir mi vida. Pero elegí, por intuición, vías que me permitieran explotar esas habilidades. Ocupaciones que implicaban análisis numérico, predecir reacciones humanas e influenciar comportamientos. Eso me llevó a leer muchos libros sobre filosofía y comportamiento humano, en particular el concepto de riesgo, lo que a su vez me llevó a interesarme por el concepto de libertad, lo que a su vez me llevó a interesarme por la libertad financiera, lo que a su vez cambió mi idea de satisfacción vital, lo que a su vez me llevó a escribir este blog, lo que a su vez me llevó a conocer a otras personas y aterrizar en el campo de las ciencias del comportamiento. Y la formación de todas esas conexiones cerebrales me permite ahora generar gran valor en aquellos campos relacionados con finanzas/inversiones/comportamientos en poco tiempo y con poco esfuerzo, lo que me abre un gran abanico de oportunidades interesantes para seguir construyendo un proyecto de vida satisfactorio.
Uno de los aspectos malinterpretados de la curiosidad es que es innata: O la tienes o no la tienes. Eso no es del todo cierto. Aunque haya personas más predispuestas a la curiosidad que otras, la barrera principal en el camino de la curiosidad no es la predisposición, sino la habilidad. Muchas veces dejamos de profundizar en algo porque no vemos resultados. Y no vemos resultados porque todavía no hemos desarrollado suficientemente la habilidad necesaria para obtenerlos. No recibimos feedback de que “estamos aprendiendo” lo suficientemente rápido, y como no hay recompensa, nos desmotivamos y dejamos de profundizar.
En un videojuego, por el contrario, el feedback es rápido. Intentas un movimiento y no funciona, intentas otro y sí lo hace. Eso te motiva a seguir probando para seguir obteniendo resultados. Sigues practicando y te vuelves más habilidoso, obtienes mejores resultados, y eso te engancha a seguir jugando.
La diferencia no es la predisposición innata de la persona a ser curiosa. Es la rapidez del feedback que recibimos al invertir curiosidad en algo que nos interesa.

Todos tenemos curiosidad potencial por algo que en muchos casos está inexplorada, enterrada bajo la superficie. El problema es que a menudo nos empujan a forzar la curiosidad en dominios que “socialmente” son vistos como importantes (las asignaturas del colegio, los trabajos mejor considerados o mejor pagados, etcétera, etcétera). Pero son cosas que genuinamente no nos interesan, y por eso abandonamos el auténtico proceso de aprender. El problema no es que no seamos curiosos, sino que ese no es el campo de curiosidad que conecta con nosotros.
Las palabras de Naval Ravikant siempre resuenan: “Fíjate en aquello que resulta difícil y costoso para otros, pero que es como un juego para ti.” Y cuando lo encuentres, profundiza y deja que las conexiones de la red se vayan formando.
Al principio, aprender se siente como recopilar hechos aislados. Conoces este término. Puedes ejecutar aquel procedimiento. Pero las piezas no se conectan: cada una está sola, inerte. Luego se cruza un umbral. Los puntos empiezan a unirse. Un concepto de aquel libro o aquel blog ilumina un problema de aquel otro libro o aquel otro blog. Una técnica que aprendiste para una tarea de repente sirve para otra. La red empieza a vibrar. Pero para ello debes sobrevivir la fase inicial — esa fase de puntos aislados donde nada se conecta y el feedback es escaso—. Ahí es donde eres más vulnerable a la distracción, y la distracción en esta fase mata el florecimiento de la curiosidad. Lee Maestría, de Robert Greene.
Tus mejores aliados para desarrollar la curiosidad son los siguientes:
- Observa aquello que te cuesta poco, se te da bien, y disfrutas haciendo. Elige alguna de esas cosas, y comprométete a profundizar un poco más en ella.
- Diseña un entorno adecuado: El tiempo que dediques a aprender y explorar debe ser en soledad y ausencia de distracciones.
- Construye formas de recibir feedback sobre tu progreso sin esperar demasiado, para evitar caer en la desmotivación. La IA puede ayudarte en esto con ideas de aplicación de lo aprendido y evaluaciones de progreso.
- Relacionado con el punto anterior, has de utilizar la IA de forma inteligente. El enfoque debe centrarse en que la IA te ayude a explorar diferentes ángulos, no a eliminar el esfuerzo de aprender y hacerte preguntas. El auténtico aprendizaje, esas nuevas conexiones cerebrales que te permiten subir de nivel, se forjan durante ese proceso de esfuerzo y cuestionamiento. Eliminarlo implica sabotear tus propios objetivos.
- Una vez hayas adquirido un entendimiento diferencial en ese campo, busca formas de incorporarlo a tu vida profesional y/o personal, abriendo la puerta a oportunidades interesantes con ramificaciones laborales, relacionales y/o financieras.
La curiosidad acumula aprendizaje. La acumulación de aprendizaje genera entendimiento diferencial. El entendimiento diferencial estimula la creatividad. Y la creatividad es tu mejor aliado para sobrevivir y prosperar en un mundo que señala con flechas fluorescentes el camino de los resultados uniformes, el mínimo esfuerzo, la mediocridad, la apatía y la desesperanza. Es tu mejor salvavidas para permanecer a flote al atravesar una tormenta de insatisfacción vital, como la que atraviesan los jóvenes de hoy, y llegar a un puerto donde brille el sol, aunque no lo puedas ver desde donde estás.
Sé curioso.
O, mejor dicho, hazte curioso.
Pura vida,
Frank.

