Las 5 grandes creencias que determinan tu destino

Hay una cuestión que ha despertado mi curiosidad durante muchos años: ¿Cómo afectan las creencias de una persona a sus decisiones y a su vida en general?

Es una pregunta compleja.

Quizá una pregunta imposible de responder, porque hay muchos otros factores, además de las creencias, que tienen un papel muy importante también. La personalidad, la genética, el entorno, la “suerte” (el azar o la aleatoriedad) … todos ellos condicionan en muy alto grado el cómo se va desarrollando una vida.

Sin embargo, a pesar de la aparente complejidad de la pregunta, es interesante plantearla. Al hacerlo accedemos a un nuevo plano mental que exhibe ante nuestros ojos un abanico de preguntas relacionadas… y más fácilmente abordables.

¿Hay algunas creencias más ciertas o sólidas que otras?

¿Hay algunas creencias más útiles que otras?

¿Hay algunas creencias más relevantes y con mayor potencial de impacto en la vida de una persona que otras?

Cuanto te planteas estas preguntas, tu mente salta instantánea e intuitivamente a la primera conclusión:

Sí, las hay.

Una milésima de segundo después, tu ego toma el sinuoso volante de la racionalización y te empuja a la segunda conclusión:

Las hay, y son las mías. Lo que yo creo es lo más cierto, lo más útil, lo más relevante. Mi vida no es precisamente maravillosa, pero eso no tiene nada que ver con mis creencias, sino que es culpa de bla, bla, bla.

A partir de cierta edad, una vez que hemos formado ya una serie de creencias propias sobre el funcionamiento del mundo, nos resulta difícil cambiarlas. Los seres humanos somos maestros en el arte de racionalizar, y paradójicamente, cuanto más inteligentes somos, más diestros somos racionalizando y justificando que nuestra forma de ver las cosas es la correcta, por mucha evidencia en contra que nos encontremos por el camino.  

Frank Spartan no es un ingenuo. El objetivo de este post no es hacer cambiar de opinión a nadie. Primero, porque no me interesa lo más mínimo. Y segundo, porque no lo conseguiría. Lo que sí me interesa es identificar cuáles son las grandes encrucijadas en el tablero de juego colectivo de las creencias, y las probables consecuencias de elegir un camino u otro al llegar a ellas. Primero, porque escribiendo sobre ello seguro que consigo descubrir algo nuevo que es útil para mí. Y segundo, porque quizás provoque que tú te hagas algunas preguntas cuando lo leas. O quizá simplemente te retuerzas en la silla, morado, hinchado y agonizante, intentando defenderte de un imaginario ataque personal, lo cual es una excelente oportunidad para aprender a gestionar la ira.

Ya ves, todo el mundo gana. Incluido tú.

Ahora que tengo tu atención, empecemos.

Las 5 grandes encrucijadas

En el inhóspito mapa de las creencias sobre el mundo – y sobre nosotros mismos – hay 5 grandes encrucijadas. 5 legendarios cruces de caminos. Y la elección que decides tomar en esas encrucijadas tendrá consecuencias muy materiales para tu vida, con independencia de tu personalidad, genética, circunstancias o la “suerte” que tengas.

Esas 5 elecciones son hilos invisibles que te envuelven y te empujan con fuerza hacia un lado u otro en cada situación, aunque no seas consciente de que están ahí. Es el software que has decidido instalar en tu cerebro. Un software con 5 grandes programas que funcionan sin descanso, día tras día. Y aunque no repares en ellos, lo mismo que un pez no repara en el agua en la que nada, esos programas son una parte fundamental de tu vida.

Veamos cuáles son.

1. Verdad vs. Justicia 

La primera gran encrucijada, cuya relevancia ha crecido exponencialmente en la última década de evolución cultural en Occidente, es si la búsqueda de la verdad debe primar sobre la justicia (o más bien mi sentido subjetivo de lo que es justo en base a cómo me siento), o es a la inversa.

Truth or Justice, my friend? Which one first?

Las implicaciones de elegir un camino u otro son mucho más poderosas de lo que puede parecer. Empañan totalmente las gafas con las que interpretas el mundo, afectan a tus reacciones, a tus razonamientos, a tu intención de voto e incluso a la dinámica de tus relaciones personales.

Para ilustrar este punto, tomemos el ejemplo de un palabro que está muy de moda hoy en día:

La empatía.

La empatía se define de manera coloquial como “ponerse en el lugar del otro”. Es una habilidad asociada a la “inteligencia emocional” y la capacidad de entender e incluso sentir “lo que el otro está sintiendo”.

Esta habilidad se ha convertido en el nuevo paradigma de virtud en nuestra cultura. El faro que nos muestra el camino a tierra en medio de la oscuridad. Se comenta, se pregona, se admira, se despliega y muestra al exterior como símbolo máximo de estatus moral.

El gráfico siguiente muestra la frecuencia de la aparición de la palabra “empatía” en artículos y libros en inglés detectados por el buscador de Google.

¿Y cuál es el problema? ¿No es esto algo evidentemente bueno? ¿Ser más humanos, más compasivos, más sensibles?

Es obvio que sí, ¿no? Vaya preguntas que haces, Frank.

Pero no, no es tan sencillo.

Una consecuencia inducida de ese interés colectivo por idolatrar la empatía en nuestra sociedad occidental es que hemos permitido la difusión de ciertos mitos. Uno de los más relevantes es el de la “pizarra en blanco”, un modelo de interpretación del comportamiento que concibe a las personas como seres moldeados casi por completo por la cultura, sin una naturaleza intrínseca o inherente. Según esta visión, las personas sólo se convierten en criminales (o cometen actos no deseables) debido a circunstancias o experiencias negativas como el abuso, la salud mental o la pobreza. Esta perspectiva resulta muy seductora para los “expertos” en ciencias sociales, porque implica que cualquiera puede ser reformado mediante la exposición al entorno adecuado.

El problema es que los datos no apoyan esta visión.

La teoría de la “pizarra en blanco” ha sido refutada de manera contundente por décadas de estudios de hermanos gemelos. También la desmiente el sentido común: si las personas se convirtieran en criminales únicamente por experiencias como el abuso o la pobreza, entonces la gran mayoría de los que fueron pobres o maltratados serían criminales, y sin embargo la gran mayoría no lo son (y muchos que no fueron ni pobres ni abusados sí lo son). De hecho, la mayor parte del crimen es cometida por una pequeña minoría de reincidentes, lo que sugiere que la naturaleza intrínseca y la personalidad desempeñan un papel clave.

La evidencia y el razonamiento lógico nos lleva a concluir que tenemos naturalezas intrínsecas y que nuestras mentes son más ajenas entre sí de lo que solemos suponer. Esto implica que la empatía no puede ser una forma precisa de comprender y evaluar el comportamiento del ser humano. Su principal utilidad es ayudar a las personas a formar conexiones personales con los demás. Es una guía social, no una guía moral ni legal. Sin embargo, nuestra cultura la está promocionando desmesuradamente, hasta el punto de que se ha convertido en la fuerza dominante – y más ruidosa – de interpretación de la realidad y de evaluación de comportamientos.

Sí, claro que lo voy a decir: Las mujeres tienen una cuota de responsabilidad superior en el desarrollo de este fenómeno.

¿Por qué?

Son más empáticas. Tienen mayor facilidad biológica para conectar con las emociones de los demás. Y su creciente influencia en la sociedad está provocando que las fuerzas socioculturales e institucionales evolucionen hacia ahí, y que los comportamientos y las políticas sociales se juzguen cada vez más con la lupa de la empatía como brújula moral, y cada vez menos con el razonamiento lógico y la observación empírica.

No es casualidad que la mayoría de las mujeres apoyen las políticas progresistas. Ni que sean el segmento demográfico más representativo en la defensa de la inmigración ilegal. Ni el más representativo en las campañas de apoyo a personas mediáticas que han cometido crímenes más que demostrados. Ni el apoyo masivo al movimiento Black Live Matters, ni el #Metoo, ni las políticas woke, ni la obsesión con el cambio climático.

Nada de esto es casualidad. Es fruto de una mayor sensibilidad a la influencia de la emoción, lo cual es bueno y natural, y de un impulso social e institucional a la idea de que el foco moral de la empatía debe primar sobre todo lo demás, lo cual no es una buena idea en absoluto, porque nos hace tremendamente susceptibles a la manipulación emocional. Un fenómeno que ha crecido de forma exponencial con la introducción de las redes sociales, especialmente en los países con mayor penetración de teléfonos móviles.

Los propagandistas lo saben, los agitadores lo saben, los políticos lo saben. Si presento ideas que provoquen que las personas sientan pena o culpa, tengo grandes probabilidades de influenciar el comportamiento de muchas de ellas, aunque los hechos y la lógica no estén a mi favor. Basta con hacer que se sientan mal para que pierdan interés por búsqueda de la verdad y centren sus energías en subsanar lo que parece “injusto”. O, dicho de otro modo, lo que les hace sentir mal.  

El uso indiscriminado de la empatía rara vez recibe críticas en Occidente, porque existe la suposición de que es la clave de la compasión, y oponerse a la compasión es la mejor forma de ser excluido de una sociedad respetable. Sin embargo, la empatía tiene también su lado oscuro. En su libro “Against Empathy”, el psicólogo Paul Bloom compara la empatía con un reflector: sólo la dirigimos hacia unas pocas personas elegidas, y cada vez que lo hacemos, perdemos de vista a —y el interés por —todos los demás.

“Mercy to the guilty is cruelty to the innocent.”

– Adam Smith

De nuevo, la empatía en sí misma no es el problema. El problema surge cuando se prioriza la empatía sobre la búsqueda genuina de la verdad. Cuando la empatía nubla nuestro juicio haciéndonos ignorar los hechos y el pensamiento crítico. Cuando nos hace ser amables con los que están de nuestro lado, pero nos impulsa a deshumanizar a los que piensan de otro modo (calificándolos como “inmorales”).

Este intercambio de ideas, por ejemplo, es muy habitual en nuestros días:

A: No debe haber fronteras. Ninguna persona es ilegal.

B: Sí que debe haber fronteras. ¿Cómo controlamos que las personas que entran aporten a nuestro proyecto de país en materia laboral, social, económica, cultural, estado de bienestar, etcétera?

A: Eso no es lo que más importa. Están más necesitados que nosotros. Hacen bien en venir para poder ganarse la vida.

B: Pero… ¿no están incumpliendo la ley al cruzar sin autorización?

A: Las leyes injustas no deben cumplirse.

B: Pero entonces… ¿eso dónde lleva? ¿Cualquiera puede ignorar las reglas cuando no le parecen justas?

A: Ellos sí.

B: ¿Y yo no?

A: No, tú no. Tú no estás tan necesitado. Además, nosotros somos los culpables de haber saqueado sus países y es nuestra responsabilidad.

B: ¿Nosotros? ¿Tú y yo?

A: Nuestros gobiernos.

B: Bueno, incluso si eso fuera cierto, ya les estamos enviando ayuda. Y los datos muestran que la inmigración ilegal drena recursos públicos que ya son escasos, crea tensión social y aumenta las tasas de criminalidad. Es difícil concluir que sea algo bueno para el país. Por eso no estoy de acuerdo con que no haya control de fronteras ni con dejar impune el delito de cruzar ilegalmente. Pero nada te impide a ti contribuir personalmente a algo que consideras justo donando tu dinero o haciendo voluntariado.  

A: Eres egoísta, racista, fascista y [inserte calificativo deshumanizador aquí].

Se dice ahora que “los jóvenes varones se están radicalizando peligrosamente hacia la ultraderecha”. No es una evaluación correcta de lo que está sucediendo. Lo que está sucediendo es que una parte creciente del espectro demográfico femenino se ha desplazado progresivamente hacia el otro lado, mientras que el espectro demográfico masculino ha permanecido relativamente estable, desde un punto de vista ideológico, durante más de una década. Las posiciones predominantes de los jóvenes varones de hoy no son radicales – es muy osado intentar argumentar que sean remotamente similares al fascismo italiano – sino que son fruto de tener el foco principal centrado en la lógica, la practicidad y los datos, y ser menos propensos a la seducción de los cantos de sirena de la empatía y las emociones. El asunto es que sus posturas actuales se han amplificado mediáticamente, porque después de más una década de pasividad ante los despropósitos de la era woke y el feminismo más agresivo, ambos basados en una estrategia de manipulación emocional sin fundamento lógico, están empezando a reaccionar mostrando su desacuerdo. Y es esa reacción la que se critica como “peligrosa” e “inmoral”.  

Cuando la búsqueda de la verdad es el valor predominante, nuestra atención se centra en la curiosidad, en descubrir, en recopilar datos, en entender sus ramificaciones utilizando la lógica. Y después de ese esfuerzo inquisitivo podemos activar la empatía y la compasión como un ingrediente importante para interpretar las cosas y tomar decisiones. El problema es que, a menudo, primar la empatía sobre lo demás nos lleva a saltar a conclusiones precipitadas sobre “lo que es justo”, sin haber realizado ese proceso inquisitivo, con el riesgo que ello conlleva para una acertada interpretación de la realidad y el impacto en nuestra susceptibilidad a ser objeto de manipulación.

Cuando te enfrentes a las múltiples situaciones que se te presenten, comprobarás qué creencia impulsa y dirige tu perspectiva: a) la empatía y tu idea subjetiva y circunstancial de justicia; o b) la búsqueda de la verdad. Tendrás la oportunidad de permanecer en esa creencia, porque te convence, o alterarla porque no te convence.

Lo que decidas hacer en esa encrucijada, como normal general, determinará muy mucho cómo se desarrolla tu vida.

2. Debo cambiar yo vs. Debe cambiar el mundo 

La siguiente gran encrucijada en el tablero de las creencias es dónde pones el foco principal cuando te encuentras con un obstáculo que te impide conseguir tu objetivo:

¿Debo cambiar mi forma de actuar o debo exigir cambios ahí afuera?

¿Es mi responsabilidad o es responsabilidad del otro?

¿Soy protagonista o soy víctima?

¿Soy activo o soy pasivo?

Es difícil saberlo con seguridad, pero si me apuras, Frank te diría que ésta es la creencia que más impacto global tiene en el conjunto de una vida. Dependiendo del camino que elijas tomar en esta encrucijada, tu perspectiva será una… u otra completamente distinta.

 Lo fácil – y lo habitual – es que el programa que está activado en tu cerebro es asumir, por defecto, que la solución a tus problemas depende de que algo cambie en el mundo exterior.

Son tus amigos los que se deben de dar cuenta de lo buena persona que eres y tener detalles contigo.

Es tu jefe el que debe reconocer tu valía y subirte el sueldo.

Es ese empleador el que debe ver que eres el mejor candidato para ese puesto.

Es esa chica la que debe percibir tu arrebatador atractivo.

Son tus hijos los que deben mostrarte agradecimiento.

Es el médico el que debe curar tus problemas de salud.

Es el gobierno el que debe garantizarte una buena pensión.

Son los demás los que deben facilitar que hagas lo que te gustaría hacer.

Etcétera, etcétera.

En resumen: Es el mundo de ahí afuera el que te impide ser feliz. Tú no tienes nada que ver.

Estoy exagerando para ilustrar el argumento, pero ya me entiendes. Dónde corres a poner el foco determina la perspectiva que adoptas ante el problema. Y la perspectiva que adoptas te lleva irremediablemente a centrarte en unas posibles soluciones y a ignorar otras.

El asunto es que hay soluciones que dependen de ti, y otras que no.

Hay soluciones que puedes accionar inmediatamente, y otras que no.

Hay soluciones que son efectivas y sostenibles, y otras que no.

Pongamos un ejemplo contemporáneo. Un chico que quiere encontrar una pareja estable para construir un proyecto de vida. Una ardua tarea, por no decir una temeridad delirante, en el contexto de la inestabilidad actual en las relaciones de pareja.

Una posible perspectiva que ese chico puede adoptar para conseguir ese objetivo, la más habitual, es esta:

¿Cómo puedo encontrar a la persona que me conviene?

Y entonces ese chico se pone a buscar. Prueba una vez, no le convence. Prueba otra vez, tampoco. Y otra vez. Se desmotiva y pierde la fe en conseguir su objetivo. Su conclusión es que las chicas de ahora no quieren lo que él quiere y que no aprecian su valía, o peor aún, que es un perdedor y no tiene nada que ofrecer.

Las cosas son como son y no hay nada que se pueda hacer. Él lo ha intentado y el mundo se lo ha impedido.

Bueno, es una forma de verlo. Pero no es la única.

Otra posible perspectiva que ese chico podría adoptar para conseguir su objetivo, una mucho menos habitual, es esta:

¿En qué persona debo convertirme para atraer a la persona que creo que me conviene?

Oh boy, totally different story.

Ahora el foco está en sí mismo. En las cosas que están a su alcance. En lo que depende de él.

Y lo que depende de él, objetivamente, es mucho. Siempre es mucho… si elegimos querer verlo.

Puede perder grasa corporal. Ponerse en forma. Vestir bien. Oler bien. Poner sus finanzas en orden. Mejorar sus hábitos. Pulir sus habilidades de comunicación. Expandir su capacidad de escucha activa. Trabajar su postura y su lenguaje corporal. Aprender a estar satisfecho sin pareja, depender menos de la aprobación de los demás y expresar su autenticidad con mayor confianza.

Y eso cambia la película. Puede que no dé buen resultado, pero altera completamente las probabilidades que ese chico tiene de conseguir su objetivo.

Elegir adoptar responsabilidad personal sobre tu propia vida, o no hacerlo y culpar al mundo de tus desventuras, es otra de las grandes encrucijadas en el mapa de tus creencias. El camino que decidas tomar tendrá enormes consecuencias en cómo se desarrolla tu vida.

“Yesterday I was clever, so I wanted to change the world. Today I am wise, so I am changing myself.”

– Rumi

3. Fallar suma vs. Fallar resta 

La siguiente gran encrucijada en el mapa de las creencias es tu enfoque sobre el fracaso. En otras palabras, si fallar al intentar algo es una experiencia que suma a tu vida, o una experiencia que resta. Y por añadidura, si es algo que debes abrazar… o que debes evitar.

Fracasar al intentar algo no es una experiencia agradable, sobre todo si te has esforzado. Frustra. Duele. El orgullo sale herido y renqueante. Muchas personas a tu alrededor, secretamente, se alegran de ello. Y la sensación social es que parece que ahora eres “menos” a ojos de los demás. Todos los sensores de alerta de tu cerebro provocan que te parezca intuitivamente un retroceso, un mal movimiento, una pérdida.

Esa es la razón por la que la gran mayoría de las personas prefiere la inacción. Prefiere no arriesgarse para evitar atravesar la dolorosa experiencia de fallar.

Esta es una forma de enfocar las cosas. La más habitual. Pero no es la única.

Otra posible perspectiva es ver ese fracaso no como una experiencia aislada, sino como un simple punto de un continuo.

Un punto de interés en un camino.

Una oportunidad para detenerse, tomar aire, comer algo y seguir andando con fuerzas renovadas.

Una experiencia de aprendizaje, que no anula, impide o retrasa, sino que aumenta nuestras probabilidades de encontrar el destino adecuado y acelera nuestra trayectoria hacia él.

Esto no es gimnasia mental. No es una burda trampa que te haces jugando al solitario para justificar tus errores. Es cierto como la vida misma.

La forma más efectiva de aprender algo es haciendo y fallando. Ensayo y error.

¿Cómo crees que evoluciona el conocimiento científico? ¿En la cabeza del experto? ¿En la pizarra? ¿O más bien mediante mecanismos de experimentación y contraste?

¿Por qué crees que Elon Musk está avanzando mucho más rápido que la NASA en la dinámica de lanzamiento de cohetes al espacio?

El que actúa, falla, aprende del fallo y vuelve a intentarlo con una estrategia depurada aprende más deprisa que cualquier genio teórico que se resiste a actuar.

Créelo, porque es así.

¿Quién crees que acaba ligando más, la persona más atractiva físicamente que se resiste a dar el paso de interactuar y arriesgarse al rechazo, o la menos atractiva que interactúa y se arriesga con frecuencia?

Todos los campos de aprendizaje funcionan de la misma forma. Los resultados acaban acompañando a la persona que no huye de actuar y va absorbiendo la sabiduría que sólo los fracasos son capaces de enseñar.

Al único riesgo de fracaso al que debes ser muy averso en tu proceso de aprendizaje es a aquél que te saca del juego. El que te lleva a la ruina financiera, el ostracismo reputacional, el deterioro de tus relaciones más importantes, o la destrucción de tu estado físico o mental. Cualquier otro tipo de fallo no es más que un trampolín que te da mayor impulso hacia tu objetivo… si lo enfocas de esa manera, claro.

Elegir ver los errores como un catalizador para conseguir tus objetivos, o como una experiencia dolorosa que debes evitar a toda costa, es otra de las grandes encrucijadas en el mapa de tus creencias. Ir hacia un lado o hacia el otro tendrá un gran impacto en los resultados que obtienes y el tipo de vida que acabas viviendo.

«Treat failure like a scientist.»

– James Clear

4. Sólo hay un «Yo» que importa vs. Hay muchos «Yos» que importan 

La siguiente gran encrucijada en el mapa de las creencias es la perspectiva temporal que adoptas sobre ti mismo. Dicho de otro modo, si contemplas tu identidad y tu experiencia vital como entes ligados a un único punto en el tiempo (el presente) o como entes ligados a multitud de puntos en el tiempo (el presente, dentro de 1 año, 5 años, 10 años, 20 años, etcétera, etcétera).

Esto puede parecerte una tontería, pero no lo es. Evidentemente, todos contemplamos que nos aguarda un futuro. Pero no todos estamos igual de emocionalmente ligados a nuestro “Yo futuro”. O, en otras palabras, no todos sentimos la misma necesidad de cuidar de nuestro “Yo futuro”. Muy habitualmente, centramos mucho más nuestra atención – y a veces toda nuestra atención – en la satisfacción de nuestro “Yo presente”, haciendo caso omiso de la evolución de nuestra identidad en el continuo temporal.

Las consecuencias de uno u otro enfoque no son en absoluto nimias. Son determinantes. La más relevante de ellas es, probablemente, el horizonte temporal que adoptas como referencia a la hora de tomar decisiones importantes. Decisiones que, tarde o temprano, van a llegar.

Imagina que se te presentan dos oportunidades laborales. Una con un sueldo alto que te atrae menos y en la que puedes aprender menos, y otra con un sueldo más bajo que te atrae más y en la que puedes aprender más.

O la decisión de adoptar un estilo de vida más caro y ahorrar e invertir menos, o un estilo de vida más modesto y ahorrar e invertir más.

O la decisión de tumbarte en el sofá a ver la tele durante el fin de semana, o dedicar unas horas a aprender una nueva habilidad.

O la decisión de dejar que tus hijos jueguen con el móvil para que te dejen tranquilo, o salir a pesar de la lluvia y llevártelos al cine.

O la decisión de juntarte con la chica despampanante y caprichosa, o con la chica menos despampanante y más amable.

O la decisión de quedarte en casa viendo Netflix, o ir al gimnasio a hacer ejercicio cuando no te apetece.

O la decisión de seguir haciendo lo que estás haciendo, o parar un momento y escribir un mensaje sentido a un amigo que está pasando por un mal momento.

O la decisión de alimentarte de comida poco sana pero fácil de preparar, o dedicar un poco más de tiempo a cocinar algo más saludable.

En todas esas decisiones vas a tender hacia un lado o hacia el otro dependiendo de la importancia que adscribas a tu “Yo presente” vs. tu “Yo futuro”. Si estás emocionalmente desvinculado de tu “Yo futuro”, será mucho más fácil que caigas del lado que favorece tu placer o comodidad presente, aunque ello implique un probable detrimento en la satisfacción vital de tu “Yo futuro”.

La cultura actual favorece la visión cortoplacista. Los mantras de “sólo se vive una vez” y “te puedes morir mañana” te empujan hacia ahí. La inmediatez a la que el entorno tecnológico nos ha acostumbrado te empuja hacia ahí. La escasez de tiempo libre y el progresivo deterioro social de la virtud de la paciencia te empujan hacia ahí. El cambio de enfoque de satisfacción a raíz de la experiencia de confinamiento durante el Covid te empuja hacia ahí. El comportamiento que ves en los demás te empuja hacia ahí.

Pero la decisión de entrar por ahí, amigo mío, es tuya y sólo tuya.

Todo lo realmente bueno en la vida se obtiene de la misma forma que funciona el fenómeno matemático del interés compuesto. Invertir pequeñas semillas en el presente que, con el paso del tiempo, producen enormes resultados en el futuro. Ello requiere renunciar a algo hoy, a cambio de la expectativa de conseguir algo mucho más valioso mañana. Es un fenómeno que se cumple en todas las áreas importantes de la vida: Desarrollo de competencias, relaciones profesionales, relaciones de amistad, relaciones de pareja, salud física, salud mental, salud financiera, etcétera, etcétera.

Esa tierra prometida de leche y miel es un lugar al que nunca accederás, a menos que te hagas consciente de la dimensión dinámica temporal de tu identidad y decidas vincularte emocionalmente con tu “Yo futuro”, además de con tu “Yo presente”. Sólo así el camino del interés compuesto tendrá sentido para ti.

Elegir dotar de importancia a tu “Yo futuro”, o no hacerlo, es otra de las grandes encrucijadas en el mapa de tus creencias. El camino que decidas tomar al llegar a ella tendrá un formidable impacto en cómo se desarrolla tu vida.

“Compound interest is the eighth wonder of the world. He who understands it, earns it. He who doesn’t … pays it.”

― Albert Einstein

5. Jugar a no perder vs. Jugar a ganar 

La última gran encrucijada en el mapa de las creencias es el “por qué” o “para qué” estás aquí.

Todos tenemos una perspectiva mental sobre esa pregunta. A veces es consciente, explícita, proactiva, intencional y verbalizada. A veces es semiinconsciente, sutil, pasiva y no verbalizada. Y a veces es algo entre esos dos extremos.

Dicho eso, hay dos grandes embarcaderos en ese mar. Y todos nosotros acabamos amarrando nuestro bote a uno de ellos:

Uno es jugar a no perder. El confort. La comodidad.

El otro es jugar a ganar. Aprovechar de verdad el tiempo, correr riesgos, perseguir un propósito vital.

Son las dos grandes filosofías que adoptamos a la hora de abordar la vida.

Unos decidimos jugar a lo seguro. No tenemos grandes aspiraciones. Queremos encontrar nuestro sitio, y una vez que llegamos allí, nuestra atención se centra en permanecer en él, cálidos y protegidos.

Un poco de placer, y nada de dolor.

Nos contentamos y renunciamos a aspirar a más.

Cumplimos con nuestras obligaciones, pagamos las facturas, nos damos algunos caprichos, nos adaptamos a las restricciones del sistema e intentamos evitar problemas.

Otros decidimos ser más ambiciosos. No solamente queremos encontrar nuestro sitio, queremos crearlo. Queremos derribar barreras, intentar cosas difíciles, dibujar nuevos caminos, ir más allá de lo que se supone que hay que hacer.

No huimos del dolor y la dificultad, porque ése es nuestro camino. Queremos vivir conforme a quiénes somos realmente, aunque el mundo no nos lo ponga fácil.

No nos conformamos. Queremos ganar, y queremos hacerlo a lo grande.

Seguimos aprendiendo, luchando, evolucionando, arriesgando. Queremos crear nuestra propia realidad, no simplemente encajar en la realidad de otros.

Son dos caminos diferentes que no tienen absolutamente nada que ver.

Cómo ves el mundo desde uno de esos caminos no se parece lo más mínimo a cómo ves el mundo desde el otro. Nada es igual. Cómo tomas decisiones, cómo priorizas el tiempo, cómo enfocas el riesgo, con quién te relacionas y cómo.

Son dos realidades completamente diferentes, porque los colores de tus gafas son completamente diferentes.

En un camino eres consumidor, en el otro eres creador.

En un camino hay comodidad, en el otro hay aventura.

En un camino hay impulso de preservación, en el otro hay impulso de progreso y superación.

En un camino hay certidumbre, en el otro hay incertidumbre.

En un camino hay placer sin significado, en el otro hay dolor con significado.

En un camino el dinero es una herramienta de gasto, en el otro es una herramienta de inversión.

En un camino hay conformismo, en el otro hay inconformismo.

En un camino hay estancamiento, en el otro hay desarrollo y aprendizaje.

Frank no te está diciendo que uno de esos caminos es definitivamente mejor que el otro. Ambos tienen ventajas e inconvenientes, y ninguno es el más adecuado en todas las circunstancias y para todo el mundo. Lo que sí te digo es que tus decisiones reflejan con nitidez tu creencia de que uno de ellos es mejor que el otro en tu caso concreto. Y debes ser consciente de esa decisión.

Elegir jugar a no perder o elegir jugar a ganar es la última gran encrucijada en el mapa de tus creencias. Y, al igual que en las encrucijadas anteriores, el camino que decidas tomar al llegar a ella tendrá una enorme influencia en cómo navegas por las procelosas aguas de tu propia historia.

«Life shrinks or expands in proportion to one’s courage.»

– Anaïs Nin

Ahí tienes las 5 grandes creencias que determinan tu vida. Y ahora que has leído todo este rollo, te toca responder a esta encantadora pregunta:

Todo eso que has elegido creer… ¿te está ayudando realmente? ¿O no?

Pura vida,

Frank.

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