¿Somos realmente amigos?

A medida que avanzamos por la vida, vamos concentrando nuestra atención, tiempo y energía en diferentes áreas.

Cuando somos niños, nos centramos fundamentalmente en la familia, los estudios y las amistades. En la adolescencia y años posteriores, la familia pierde un poco de peso en favor de la pareja y/o las personas que nos atraen desde el punto de vista romántico y sexual. Cuando empezamos a trabajar, las amistades pierden un poco de peso en favor de la actividad laboral. Y si nos decidimos a tener hijos, estalla la bomba atómica sobre nuestras cabezas y nos cuesta sobremanera encontrar tiempo para algo que no sea el trabajo y los hijos.

Esto es algo natural y nos ocurre a todos en mayor o menor medida. Es inevitable que, a medida que nos adentramos en nuevas actividades según atravesamos distintas fases vitales, nuestra atención, tiempo y energía gravite hacia ellas y tengamos que racionar la que antes asignábamos a las actividades de fases anteriores.

Hasta ahí todo parece normal y sin grandes inconvenientes. Sin embargo, hay algunas de esas parcelas que se deterioran con el tiempo mucho más de lo que parece. En este post vamos a centrarnos en una en concreto: las relaciones de amistad.  Y dentro de ellas, las que tenemos con las personas que consideramos buenos amigos.

La etiqueta de buen amigo

El modo en el que incluimos a las personas en nuestro grupo de buenos amigos es una cosa muy curiosa.

Mentalmente, categorizamos a alguien como buen amigo cuando conectamos emocionalmente con esa persona y compartimos ciertas experiencias, que podríamos llamar íntimas o especiales, durante una fase concreta de nuestra vida. Pero, a medida que pasa el tiempo, las cosas van cambiando. Nuevas dinámicas, proyectos y relaciones se van introduciendo en nuestro día a día, haciendo que dispongamos de menos tiempo y atención para esa persona. A veces, si la amistad es realmente sólida, encontramos la forma de mantener esa relación especial a lo largo de los años. Pero en muchos otros casos, esa conexión emocional se va reduciendo, y a veces incluso deja de tener expresión alguna en el tipo de experiencias que compartimos con esa persona.

¿Y eso qué significa? Sencillamente, que en la práctica no somos ya tan buenos amigos como creemos. Pero la categorización de esa persona como buen amigo en nuestra mente no cambia, porque se halla anclada a las experiencias del pasado y a una convicción abstracta, que emula a la solemnidad de un acto de fe religiosa, de que si la necesitamos, esa persona estará ahí para nosotros en honor a aquellas experiencias del pasado.

Y con eso… ¡pum! Nos quedamos tranquilos. Seguimos teniendo buenos amigos que se acuerdan de felicitarnos el día de nuestro cumpleaños. Ya podemos volver a ocuparnos de otros temas más urgentes.

Pero eso, por muy reconfortante que pensar lo contrario pueda resultar, no es una relación de buena amistad. Una relación de buena amistad no puede basarse exclusivamente en reminiscencias del pasado o en una etiqueta mental. Una relación de buena amistad se yergue sobre un sinfín de detalles, gestos y creación de momentos que elegimos poner en práctica en el presente y que, aunque individualmente no signifiquen gran cosa, en conjunto forman una cómoda manta que nuestros amigos saben, sin dudarlo un instante, que pueden echar sobre sus hombros en cualquier momento y en cualquier situación. Eso es una buena amistad.

Observa tus relaciones. Las personas que categorizas desde hace tiempo como buenos amigos y el tipo de conexión que tienes con ellos hoy: ¿Son amistades sólidas? ¿Se expresan en experiencias y momentos especiales en el presente? ¿Podrías compartir cosas íntimas con esas personas? ¿Conocen tus inquietudes, tus inseguridades, tus miedos? ¿Qué nota pondrías a la calidad de esas relaciones, de 1 a 10?

Si funcionas como Frank Spartan funcionaba antaño, es posible que te digas a ti mismo que, dadas las circunstancias, es suficiente. Es posible que te autojustifiques con el argumento de que tus obligaciones apenas te dejan tiempo para respirar. Es posible que pienses que no tienes más remedio que prestar atención a otras cosas más urgentes y que estés tranquilo respecto a tus relaciones de amistad, porque aunque no las cultives demasiado, crees que siempre van a estar ahí simplemente porque las has categorizado en tu mente como tal.

Pero no, las relaciones de amistad no suelen funcionar así. Si no hacemos ciertas cosas para alimentarlas, se deteriorarán con seguridad. Lo que ocurre es que ese deterioro sucede en silencio. En la sombra. No hace tanto ruido como el deterioro de una relación de pareja o un desencuentro familiar. Y por eso se pasa tan a menudo por alto.

La pregunta es: ¿Qué podemos hacer para evitar que esto suceda?

Las causas del deterioro

Las causas del deterioro de una relación de buena amistad pueden ser muy variadas. Pero hay tres factores que destacan sobre los demás:

  1. La personalidad, gustos, prioridades y visión del mundo de esa persona evolucionan de forma distinta a la nuestra y se produce una progresiva incompatibilidad de caracteres.
  2. La cantidad de tiempo, atención y energía que dedicamos no es suficiente: Favorecemos otras cosas que nos parecen más urgentes y descuidamos el trato frecuente, o incluso esporádico, con esa persona.
  3. La calidad de tiempo, atención y energía que dedicamos no es suficiente: Cuando estamos con esa persona no creamos momentos especiales. Simplemente vegetamos, compartiendo una conversación banal o una actividad intrascendente.

Frank Spartan te dice sin dudarlo que la gran enfermedad de nuestra época es el tercer punto de esa lista. Hay personas que hemos categorizado como buenos amigos, que siguen teniendo un carácter compatible con el nuestro y con los que compartimos tiempo de vez en cuando, pero con los que tenemos una relación que se ha vuelto extremadamente mediocre.

Y, en estos casos, la razón de esa mediocridad de relación es simple: No pulsamos los botones de activación lo suficiente.

Los botones de activación

Los botones de activación son las estrategias que más le han servido a Frank Spartan para fortalecer sus relaciones de amistad.  Hay muchas otras que he probado, pero éstas han sido en mi caso particular las más efectivas para agitar el barco y darle un giro positivo a las cosas.

Todas ellas tienen una característica común: No suelen surgir de forma natural. Lo habitual es que sea necesario hacer un esfuerzo para ponerlas en práctica. Bien porque las circunstancias no suelen favorecerlas, bien porque nos intimidan un poco, bien porque hay demasiadas distracciones a nuestro alrededor que ocupan nuestra atención.

Pero ya sabes lo que Frank Spartan va a decirte: Esos inconvenientes no son ninguna excusa para no pasar a la acción. Cuando intuimos que hay algo bueno al otro lado, apretar los dientes y atravesar la incomodidad es generalmente la apuesta con mayores probabilidades a tu favor.

Veamos ahora cuáles son estos botones de activación que deberíamos pulsar más a menudo para mejorar la calidad de nuestras relaciones de amistad.

Botón de activación #1: Compartir experiencias diferentes o fuera del entorno habitual

Cuando la gente va a dar un paseo por el monte, suelen saludar cuando se cruzan con alguien. Sin embargo, cuando descienden para volver a la ciudad, hay un punto a partir del cual dejan de saludar a los que suben. Esto tiene una explicación sensorial-emocional: Nuestro cerebro relaciona el entorno habitual con actividades rutinarias y automáticas, en las que la atención y la curiosidad permanecen menos despiertas y donde los estados emocionales de ansiedad, necesidad de auto-protección y desconfianza hacia los demás están más presentes. El cerebro interpreta el acercarse a la ciudad como la vuelta a la rutina, lo que genera esas consecuencias en nuestro estado emocional. Nos volvemos más proteccionistas y menos abiertos a los demás, y por eso dejamos de saludar.

Por esta razón, si quieres crear momentos de apertura y comunicación auténtica con alguien, haz algo fuera de la rutina. Lo que sea. No quedes en el bar de siempre a ver un partido de fútbol en la televisión o te vayas de compras a la misma zona de la ciudad otra vez. Sé un poco creativo, anda.

¿Qué tipo de experiencia es la que mejor le funciona a Frank Spartan dentro de este botón de activación para fortalecer relaciones? Pasear por la naturaleza. Mis amigos y en general la inmensa mayoría de la gente se abren y comparten cosas con mucha más facilidad en ese entorno. De hecho, una cosa que parece tan nimia como el mirar hacia delante mientras andas y hablas, en lugar de estar frente a frente con tu interlocutor, favorece ese proceso de apertura. Curioso, pero casi tan cierto como una ecuación matemática.

Botón de activación #2: Escuchar con atención

Cuando quieras fortalecer la relación con alguien, no tienes por qué recurrir a decir una genialidad que dé perfectamente en el clavo para esa persona y en ese momento. Eso es algo jodidamente difícil de conseguir. Pero hay una ruta más fácil: Simplemente, escucha con atención lo que te dice.

El escuchar a alguien con atención plena tiene mucho más poder del que imaginamos. No sólo por las virtudes que hacerlo tiene de por sí, sino porque hoy en día resulta extraordinariamente inusual. ¿Cuántas conversaciones has tenido recientemente donde no haya un móvil encima de la mesa y donde tus ojos y los de tu interlocutor no se desvíen cada dos por tres hacia lo que sucede a vuestro alrededor?

Saber escuchar es un músculo que se puede ejercitar en cualquier situación. Nada de móviles a la vista. Mira a los ojos, asegúrate de que tu mirada no se desvía hacia otras cosas. Asiente de vez en cuando. No pienses en lo que vas a decir mientras la otra persona está hablando. Deja que los silencios hagan su trabajo. A un nivel muy sutil, todo eso llega y contribuye a que la persona perciba que es alguien especial para ti.

Botón de activación #3: Escribir una nota

Ésta es un clásico de Frank Spartan. No puedo exagerar el increíble efecto que produce a pesar de su simplicidad.

Este botón consiste en escribir una nota a la persona con la que te interesa mantener o fortalecer la relación, diciendo básicamente que es importante para ti, que la aprecias o quieres mucho y que te sientes afortunado de tenerla en tu vida. Puedes adornarlo con las parafernalias que quieras, pero la conclusión debe ser ésa.

Ya, ya sé. Qué corte. Nunca has hecho algo así. No te sale. Tienes ataque de gota, no hay papel en toda la casa y un calambre empieza misteriosamente a recorrer el dedo que usas para escribir.

Gilipolleces.

Solamente hay una cosa que debes tener en cuenta. Una y nada más que una: Esa nota es algo que hará sentir muy bien a la otra persona. Con absoluta seguridad. Es algo que guardará y leerá muchas veces después de que se la des. Por tres razones:

  1. Está deseando oírlo. Hay un mundo de diferencia entre creer que alguien te quiere y oírselo decir explícitamente. Si piensas que no es así, te equivocas.
  2. Es algo que permanece. Esa persona puede rememorar el calor de esa sensación todas las veces que quiera leyendo esa nota otra vez.
  3. Es imprevisto. La persona no se lo espera. Y eso hace que la alegría de recibirla se multiplique.

Una vez que eres consciente de esto, y ahora lo eres por narices ya que has llegado hasta esta línea, sólo hay dos motivos posibles para no escribir esa nota:

  1. Esa relación que quieres mejorar no te importa tanto como dices.
  2. Eres un pelín cobardica. O un pelín cagón, si lo prefieres. Y la vida es muy corta para ser un cagón.
Botón de activación #4: Compartir algo íntimo

El último botón de activación implica mostrar nuestra vulnerabilidad voluntariamente compartiendo algo íntimo con esa persona cara a cara. Algo que nos haga sentir ansiedad, que nos asuste, que nos entristezca, que nos desagrade. Cualquier cosa que toque, aunque sea tangencialmente, las zonas de nuestro ser que suelen mantenerse en la sombra.

¿Y por qué este botón es tan efectivo? Por una sencilla razón: Por el principio de reciprocidad, una de las máximas que guía el comportamiento humano y que Robert Cialdini investigó hace varias décadas. Este principio hace que, cuando una persona se abre a otra, su interlocutor se vuelva más predispuesto a hacer lo mismo. Y esa actitud compartida de apertura crea momentos muy especiales que contribuyen a fortalecer la relación como pocas cosas pueden hacerlo.

Sólo tienes que dar el primer paso. Eso es más fácil de decir que de hacer, pero como casi todo en esta vida, con la práctica se convertirá en algo natural. Y en ese momento tendrás a tu disposición un bazooka de fortalecer relaciones que podrás utilizar en infinidad de situaciones.

Conclusiones

La calidad de las relaciones de amistad no se mantiene poniendo etiquetas y tumbándose a la bartola. Es necesario dedicarles atención y energía con el enfoque adecuado. Si no lo haces, morirán o se volverán mediocres e insulsas, aunque no te des cuenta de ello hasta que la realidad te golpee en la cara.

La buena noticia es que no tienes que hacer nada sofisticado o gastarte un dineral para mantener fuertes las relaciones que te interesan. Los botones de activación que Frank Spartan te ha mostrado son simples, están a tu alcance inmediato y son gratuitos. Y tienes a tu disposición muchas otras herramientas que resultan también muy efectivas y que seguro que conoces o intuyes en su mayor parte. Sólo tienes que ponerlas en práctica antes de que sea tarde. Recuerda que este asesino es muy silencioso, así que mantente alerta.

La no tan buena noticia es que pulsar estos botones te va a costar un poco al principio, porque eso requiere que tomes la iniciativa y hagas algunas cosas a las que quizá no estás acostumbrado. Pero eso, como casi cualquier incomodidad, es la mejor señal de que lo que hay al otro lado merece la pena.

Porque… ¿qué puede ser mejor que tener buenos amigos?

Pura vida,

Frank.

2 comentarios en “¿Somos realmente amigos?”

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