Por qué fluir no es la respuesta

Yo fluyo.

Suena bien, ¿verdad?

Suena a que me muevo por la vida sin resistencia, a que todo encaja, a que estoy en armonía con el entorno, a que me deslizo de aquí a allá con la facilidad del robot perverso y despiadado de Terminator II.

¿A que mola?

Aparentemente sí. ¿Cómo no va a molar?

Y no sólo eso, sino que además es un estilo de vida que está de moda. Hoy en día, fluir es cool. Aquellos que dicen que fluyen son personas que admiramos, personas a imitar, personas que parecen ser libres, despreocupadas y felices. 

Pero no todo es lo que parece. No siempre, al menos.

Y ya que estamos, Frank Spartan se va a mojar: Apostaría la barba a que muchas personas que se dicen a sí mismas que fluyen se sienten perdidas y a la deriva, a años luz de una sensación profunda y robusta de felicidad.

¿Y eso cómo puede ser? ¿No es fluir algo bueno? ¿No es dejarse ir algo bueno? ¿No es aceptar que las cosas vengan como vienen algo bueno?

Sí, puede serlo. De hecho, generalmente lo es. Pero el problema no es ése. 

El problema es que el concepto de fluir está ampliamente malinterpretado. 

Veamos por qué.

El error de base

Hay una forma sana de fluir y una forma insana de hacerlo. Empecemos por la insana, porque es la más popular y la que se está expandiendo como la pólvora. 

Permite que te presente a María.

María es una persona que fluye por la vida. Tiene un trabajo que no le apasiona demasiado, pero que paga las facturas. No se plantea nada concreto, simplemente actúa en base a cómo se siente en cada momento. Si se aburre, ve algo en Netflix. Si quiere compañía, llama a algún amigo. Si se siente desmotivada en el trabajo, tiende a hacer lo mínimo posible y se marcha cuanto antes. Si se siente baja de ánimos, se va de compras, sale a tomar algo o hace una escapada de fin de semana.

Cuando le preguntas qué tal le va, María te dice que ella fluye, que se adapta a lo que viene, que no se resiste, que hace lo que le apetece en cada momento dentro de lo que le permiten sus circunstancias.

Pero por alguna extraña razón, no se siente feliz. Hay algo que no funciona. A pesar de responder obedientemente a lo que le dictan sus emociones, se siente vacía, desconectada, en conflicto con su voz interior. Es como si a pesar de todo ese ahínco que le pone al fluir, sintiera que nada tiene demasiado sentido.

¿Qué demonios ocurre aquí?  

Lo que ocurre es el error de base que muchas de las personas que se dicen a sí mismas que fluyen cometen: Es un fluir sin dirección. No hay timón ni timonel. No hay grandes objetivos. Y sin grandes objetivos, cualquier acción que tomemos acaba siendo catalogada y etiquetada por nuestra percepción y nuestra conciencia sutil como algo fríamente desprovisto de sentido.

Al adoptar esta filosofía de fluir por el mero hecho de hacerlo, lo que estamos decidiendo es poner el carro delante del caballo. De hecho, pasamos directamente del caballo y nos centramos exclusivamente en el carro.

Pero claro, el carro no se mueve por sí solo.

Lo que realmente estamos haciendo es entregar la responsabilidad de construir nuestra propia felicidad al Universo. Estamos eligiendo creer que, sean cuales sean las cosas que decidimos hacer en cada momento, el Universo cuidará de nosotros.

Claro, ¿cómo iba a ser si no? Todo está conectado, existe un plan celestial, hay un destino, el karma y todo eso. Así que yo puedo seguir adelante sin preocupaciones.

Este concepto de fluir nos permite hacer lo que nos apetezca sin asumir responsabilidad alguna. Actuamos en base a lo que dictan nuestras emociones del momento y reaccionamos de forma improvisada a las bolas que nos lanza la vida, confiando en que el Universo, en su infinita sabiduría, proveerá.  

Muchas personas que actúan de esta manera pregonan su estilo de vida como algo encomiable, acertado, valiente. Dicen con orgullo que ellas fluyen, que no siguen las directrices ni las tradiciones, que hacen lo que quieren cuando quieren.

Pero si esas personas acercaran un poco la lente de aumento a sus vidas y sus motivaciones reales, es posible que lo que más apreciaran no fuera precisamente valentía, coraje o determinación. Ni que tampoco fuera sabiduría, clarividencia o equilibrio.  

No, lo que es posible que apreciaran es una gran resistencia a mirarse al espejo y a aceptar la propia responsabilidad.

Lo que es posible que apreciaran es miedo. Miedo a hacerse preguntas difíciles. Un miedo que quizá se manifieste en forma de rebeldía y rechazo a las expectativas y los convencionalismos del sistema con la esperanza de sentir unas bocanadas de libertad.

El fluir por el mero hecho de hacerlo es, en muchos casos, una forma inmadura de vivir que se basa en evitar el dolor y transferir el volante de nuestra vida a una energía que creemos superior, pero que, ni entendemos muy bien qué es, ni nos importa demasiado con tal de que nos libere de obligaciones que nos intimidan.

Y digo obligaciones por que lo son. Todos sabemos, de alguna manera, que tenemos una responsabilidad espiritual con nosotros mismos para ser felices y exprimir al máximo la oportunidad de estar vivos, decidamos honrarla en la práctica, o no.

Es posible que ésta sea la razón por la que muchas de estas personas que dicen que fluyen se sienten vacías.

No han hecho el difícil ejercicio de preguntarse quiénes son y lo que de verdad quieren y escuchar con calma lo que su voz interior les responde.

No han definido un gran objetivo que dé sentido a sus vidas y no se han comprometido con ellas mismas para intentar conseguirlo.

Fluyen a la deriva, respondiendo a altibajos emocionales a través de las posibilidades de maniobra que tienen a su alcance en cada momento. Pero carecen de una fuerza motriz que les impulse hacia algo que de verdad merece la pena para ellas.

Y así, a pesar del placer y la sensación pasajera de comunión cósmica que puede proporcionar ese fluir, el vacío interior acaba surgiendo inevitablemente. Porque falta algo que, en la gran mayoría de los casos, es absolutamente fundamental para disfrutar de una felicidad robusta y duradera.

¿Qué falta? 

Frank Spartan entiende por qué muchas personas se abandonan a esta forma insana de fluir.

Vivimos en un mundo incierto, impredecible, en el que nos bombardean constantemente con mensajes marketinianos de todo tipo y en el que las ideologías de grupo se afanan en conquistar y sodomizar nuestra identidad individual y arrastrarnos por caminos asfaltados meticulosamente con sus doctrinas.

Es agotador. Lo es. Y no parece que esto vaya a cambiar en absoluto en el corto plazo.

En estas circunstancias, abandonarse a fluir sin dirección es la salida más fácil. Lo que nos acabamos diciendo a nosotros mismos es que con todo ese ruido a nuestro alrededor, con todo ese escepticismo y todas las promesas vacías de éste, aquél y el de más allá, no tenemos ni idea de hacia dónde debemos ir.

Y como no tenemos ni idea de hacia dónde debemos ir, lo mejor que podemos hacer es lo que nos pida el cuerpo en cada momento. Fluir. A poder ser con una buena dosis de placer inmediato que nos mantenga confiados y calentitos mientras hacemos que fluimos.

Pero el sueño dorado del fluir, en algún momento del camino, se acaba rompiendo. El conflicto interior surge, tarde o temprano, porque nos falta un propósito. No es un fluir sano a largo plazo.

Por eso, antes de ponerse alegremente a fluir, primero es preciso hacer los deberes. Primero es preciso mirar dentro. Primero es preciso construir una dirección que encaje con quiénes somos realmente. Primero es preciso construir un plan de vida que se engrane con fuerza en nuestra auténtica naturaleza. Primero es preciso definir unos grandes objetivos que, consigamos conquistar o no, doten a nuestro día a día de sentido.

Sí, tienes toda la razón. Acojona.

Es el camino difícil. El camino que asusta. El camino en el que no hay excusas. El camino en el que decidimos cargar con nuestra propia responsabilidad y enfrentarnos a nuestro miedo al fracaso, sin la posibilidad de echarle las culpas al Universo por nuestras desventuras o de delegar caprichosamente en él nuestras decisiones más importantes.

Pero, a pesar de su dificultad, ese camino es nuestra mejor apuesta. Y lo es porque las mayores probabilidades de ganar en la vida se encuentran en él. 

En ese camino se encuentra el secreto de fluir con acierto. El secreto del fluir que funciona. El secreto del fluir sano. 

Aquí es cuando fluir tiene sentido. Aquí es cuando podemos obtener los enormes beneficios que fluir nos ofrece.

Fluir de esta forma nos ayuda a disfrutar del presente, a prestar atención, a improvisar con criterio, a aceptar lo que no podemos controlar, a apreciar las enseñanzas escondidas en las bolas bajas que nos lanza la vida… pero todo ello enmarcado en un compromiso personal de avanzar hacia un objetivo que merezca la pena. Todo ello enmarcado en una vida en movimiento, en una fuerza motriz que nos impulsa hacia algo que nos inspira.

Frank Spartan decidió tomar este camino. Quizá más tarde y con menos pericia de lo que sería deseable, pero llegó un momento en el que me hice las preguntas adecuadas, escuché las respuestas y las puse paulatinamente en práctica.

Ahora tengo muy claros mis grandes objetivos. Los grandes elementos que dan sentido a mi vida. Y todos los días les dedico, proactivamente, una buena parte de mi tiempo y energía.

Pero lo hago con calma. Lo hago sin prisa. Lo hago tomándome las cosas con filosofía. Lo hago asumiendo que si una puerta se cierra y hace que mis planes no se cumplan, alguna otra puerta se abrirá. Lo hago siguiendo corazonadas, observando las señales y escuchando a mi intuición. Lo hago saliéndome a menudo del camino marcado. Lo hago confiando en que el Universo se pondrá de mi parte, porque lo más probable es que eso suceda. Y lo hago sabiendo que, si no sucede, la única responsabilidad que existe, legítimamente, es mía y sólo mía.

Éste es el concepto sano de fluir.

Fluir con dirección.

Fluir con propósito.

Fluir con timón y con timonel.

Fluir asumiendo tu propia responsabilidad.

Pura vida,

Frank.   

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1 comentario en “Por qué fluir no es la respuesta”

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