Caso práctico #3: Cómo abordar la crisis de los 30

Cuando entramos en la década de los 30, es como si se abriera el telón y empezara una obra de teatro completamente diferente a la anterior. Cambia el escenario, cambia el guion, cambian los personajes… incluso a veces, por si todo lo demás no fuera suficiente, parece que ha cambiado también el protagonista.

Pero no, el protagonista sigue siendo el mismo. Quizá con ideas algo diferentes en la cabeza, pero sigues siendo tú.

Hace unos días, una chica que conozco me pidió si podía escribir sobre la crisis de los 30. En concreto, había dos cosas que parecían preocuparle:

  • En primer lugar, sentía mucha presión externa por tener su vida perfectamente encarrilada: Trabajo, pareja, casa, hijos, etcétera, etcétera.
  • En segundo lugar, creía que meterse por ciertas puertas significaría tener que renunciar a disfrutar de algunas cosas que ahora le hacían feliz.

Y como ambas cosas parecían ir en direcciones opuestas, estaba en modo cortocircuito. Se sentía un poco perdida y no sabía en qué dirección debía ir.

Así que vamos a hacer algunas reflexiones sobre este tema, porque éste, por lo que he podido comprobar, no es un caso aislado ni mucho menos. Y si bien es cierto que en el blog hay muchos artículos que cubren aspectos relevantes de este asunto, Frank Spartan se va a centrar en algunas ideas en concreto. Primero sobre la crisis de los 30 en general, y después sobre el caso de nuestra protagonista en particular.

Y sí, como en todos los casos prácticos de lectores, tenemos que ponerle a nuestra protagonista un pseudónimo en esta historia.

Te ha tocado Beatrix Kiddo. Lo siento, no me he podido resistir.

Sentirse perdido es totalmente normal

Empecemos por el principio. Entrar en la década de los 30 suele ir acompañado de una sensación de confusión. No hay ninguna razón de peso para que esa confusión no sea gradual, pero en muchos casos suele surgir de forma bastante abrupta, por el significado – totalmente arbitrario – que le damos socialmente al cambio de década.

En primer lugar, la sociedad comunica por múltiples canales, a veces sutiles y a veces explícitos, las condiciones que debemos cumplir para encajar con las expectativas, creando un flujo constante de presión que cae sobre los nuevos treintañeros como una losa de cien kilos.

Esa presión provoca que pasemos de una sensación de “puedo hacer el oso todo lo que quiera sin miedo a las consecuencias y sin que nadie me censure”, durante nuestra década de los 20, a una sensación de “joder, tengo que encarrilar mi vida cuanto antes o moriré solo y desamparado en un rincón putrefacto” cuando cumplimos 30. Y esa nueva sensación que surge no es fruto de la lógica, sino que entra en nosotros a través de nuestros tentáculos emocionales y nuestro deseo de ser aceptados.

En segundo lugar, esa nueva sensación de tener que encarrilar nuestra vida, al surgir de forma tan súbita, desorienta. Desorienta, porque de repente nos vemos frente a frente con decisiones que son muy trascendentales para nosotros y con consecuencias muy relevantes a largo plazo. Y en este tipo de situaciones, cuando el cerebro percibe que nos estamos jugando mucho, es normal quedarse más helado que Walt Disney.

En resumidas cuentas, sentirse perdido es totalmente normal. Relax, mi querida Beatrix.

Pasemos ahora al siguiente nivel.

La credibilidad de esas fuentes de presión es, cuando menos, cuestionable 

Hay dos aspectos que hacen que Frank Spartan arquee las cejas cuando le intentan convencer de algo: Uno es mi sensación de que alguien habla sin conocimiento relevante sobre el tema en cuestión. Y el otro es que no haya un interés puramente altruista, sino que la persona o personas que intentan convencerme obtengan algún tipo de beneficio por ello.

Veamos ahora quién nos suele intentar convencer de que nos adentremos por ciertos caminos para “encarrilar nuestra vida” cuando llegamos a la década de los 30, sin orden particular de importancia:

1. Nuestra familia

En concreto, nuestros padres. Seguro que de forma absolutamente bienintencionada y altruista.

Pero hay un pequeño problema: Crecieron en otra época. Las dinámicas eran otras. Las posibilidades eran otras. Las reglas del juego eran otras. Las circunstancias eran otras. Y ellos mismos eran otros.

No conocen el juego de ahora. Se encuentran mentalmente muy lejos de donde te encuentras tú. Y por muy bienintencionados que sean, no pueden saber qué es lo mejor para ti en este momento de tu vida. Así que escúchalos si quieres y agradéceles su ayuda, pero no tomes sus recomendaciones como palabra sagrada.

2. Algunos de nuestros amigos

Nuestros amigos, sin embargo, probablemente tienen un entendimiento de las reglas del juego más cercano al nuestro que nuestros padres. Pero cuidado, porque aquí hay que filtrar, y mucho.

Imagina que una amiga cruza una de esas puertas que tiene consecuencias a largo plazo. Compra una casa con una hipoteca, o se casa, o tiene hijos.

¿Qué narices crees que te va a decir sobre si está contenta o no después de unos años?

Te va a decir que está contentísima, lo esté o no. Nadie dice que ha metido la pata después de hacer algo así y que no se siente feliz. Si no estamos felices, nos inventamos las razones que hagan falta para justificar que la decisión fue correcta. Es lo que se llama disonancia cognitiva, un fenómeno psicológico que campa a sus anchas por todos lados y más en el mundo de apariencias en el que vivimos ahora, donde mostrar debilidad es básicamente sinónimo de hacerse el harakiri.

Ahora dime, ¿tú crees que todo el mundo que se mete por esas puertas está tan satisfecho con su vida como hacen ver?

Pues no. Nada más lejos de la realidad. Esas puertas tienen consecuencias que muchos no vemos venir y que pesan sobre nuestros hombros como un saco de piedras. Y algunas personas las llevan bien, pero otras personas las llevan mal.

Cuando todos te digan lo contentos que están con sus decisiones de encarrilar su vida y que tú debes hacer lo mismo, desconfía. Puede ser una opinión interesada y muy poco probable que sea sincera en todos los casos, por muy supuestos amigos que sean. Es humano, sin más.

3. La sociedad en general

La sociedad sale beneficiada si todos seguimos los mismos patrones. Mayor estabilidad, mayor capacidad de controlarnos, mayor capacidad de sacarnos el dinero vendiéndonos cosas que no necesitamos.

Nada de lo que la sociedad nos comunica que hagamos es altruista. Siempre hay un interés detrás. Y eso hace que su credibilidad sobre lo que nos conviene o no nos conviene sea altamente cuestionable.

Vale, Frank, todo esto está muy bien. Pero es jodido ignorar esas voces tan relevantes en nuestra vida así como así. ¿Cómo si no conseguiremos satisfacer esa necesidad de encajar, esa necesidad de sentirnos aceptados, esa necesidad de pertenecer al grupo?

Buena pregunta, mi querida Beatrix, pero te veía venir.

Pasemos al siguiente nivel.

La década de los 30 es una etapa clave para conocerse mejor a uno mismo y forjar el carácter

En este momento de nuestras vidas, abocados de bruces a ese tipo de decisiones que se nos antojan tan trascendentales, solemos encontrarnos en una de estas dos situaciones:

  1. Lo que percibimos que los demás esperan de nosotros conecta con lo creemos que queremos realmente
  2. Lo que percibimos que los demás esperan de nosotros no conecta con lo creemos que queremos realmente, o por lo menos no estamos del todo seguros de que lo haga.

Como muy bien sabes, tu caso, mi querida Beatrix, es el segundo. Y todas las personas que se encuentran en ese mismo caso eligen entre dos opciones:

  1. Pasar por el aro y encajar, aun a costa de sacrificar lo que les dice su voz interior
  2. Elegir su propio camino y descubrir por sí mismas qué es lo que les hace realmente felices

Esto, visto de forma aislada para una decisión concreta, puede tener su importancia. El problema es que no es un elemento aislado, porque en esta etapa de la década de los 30 se planta una semilla. Una semilla que se transforma en un árbol con ramas que llegan a prácticamente todos los rincones de nuestra vida, y que determinan cómo enfocaremos una gran parte de nuestras decisiones en el futuro:

Pasando por el aro de las expectativas, o siendo fieles a nosotros mismos.

Eligiendo el camino que lleva a conocerse a uno mismo y a forjar el carácter, o el camino que lleva a la desconexión con uno mismo y a buscar constantemente la aprobación de los demás como requisito para sentirnos bien.

Y no, no te voy a engañar, Beatrix. El camino de forjar el carácter es el menos transitado. Es un camino difícil. Es un camino que quizá te separe mental y emocionalmente de tu círculo social habitual, bien porque ese círculo no te apoya en tu decisión, o bien porque tú misma no te sientes ya atraída por ellos.

Pero eso no es el fin del mundo. Si la gente no responde, encuentra gente mejor. Hay personas que estarán más en tu onda. Por todas partes. Sólo has de tener la valentía de mostrarles tu verdadera cara y dejar que la providencia haga el resto. 

Vale, Frank, pero ese camino asusta. No sé lo que me voy a encontrar en él. No sé si conseguiré ser feliz. No sé nada. En el otro camino por lo menos sé lo que hay. Y yo quiero saber. Necesito saber.

Te entiendo perfectamente, mi querida Beatrix. Más de lo que crees. Tu preocupación es legítima, pero tu problema tiene solución. Es una cuestión de enfoque.

Pasemos al siguiente nivel.

No tengas tanta prisa, tienes mucho tiempo por delante

Empecemos por una idea que puede que no estés teniendo demasiado en cuenta: No tienes por qué tragarte el cuento de que debes tomar decisiones trascendentales ahora.

Recuerda: La edad de 30 años es arbitraria. No tiene un significado cósmico, ni biológico, ni espiritual. Tiene un significado puramente social, para el que quiera creérselo.

Al ritmo actual de incremento de esperanza de vida, ajustado por tus hábitos de salud y alimentación, no es improbable que vivas 100 años, y tampoco es improbable que puedas hacer muchas de las cosas que haces ahora durante muchos más años. Tienes tiempo. Mucho tiempo. Especialmente si lo aprovechas bien y enfocas tu energía en los lugares correctos.

Pero ya sé lo que sucede. Crees que no lo tienes. Crees que el tren está pasando y que si no te subes a él perderás tu oportunidad. Pero no es así. La vida te va brindando muchísimas oportunidades en todo momento. Oportunidades de trabajo, de relación de pareja, de nuevas amistades, de actividades de ocio, de entretenimiento, de inversiones financieras, de colaboración, de aprendizaje.

¿Y sabes cuándo se aprecian mejor esas oportunidades?

Te lo dice tu amigo Frank, con conocimiento de causa: Cuando sabes mejor quién eres y lo que quieres. Cuando tienes fe en la brújula de tu voz interior, con independencia de lo que te dicen los demás que debes hacer.

Pero debes tener paciencia para que este camino dé sus frutos, porque a veces tarda en hacerlo. Y ésa es una de las grandes dificultades que debes vencer para poder decidir bien por qué camino quieres ir. 

Hay un gráfico que no he visto en ningún sitio, pero que desde que empecé a replantearme las cosas he tenido siempre en mi cabeza. Hoy, por primera vez, lo voy a dibujar. Es éste:

Los números del eje de edad son una aproximación personal en base a una teoría de Frank Spartan y evidentemente cada caso es distinto, pero básicamente, lo que he llegado a comprobar después de mucho observar, mucho leer y mucho compartir, es esto:

  • Por un lado, las personas que eligen cumplir las expectativas de los demás (a pesar de que eso entre en cierto conflicto con su interior) experimentan un subidón de felicidad ligado a la sensación de haber satisfecho ese deseo de encajar. Eso dura un tiempo, pero al de pocos años, los compromisos ligados a las puertas que han cruzado empiezan a pesar. Su vida ya no es tan perfecta como esperaban. Y por si eso fuera poco, no saben muy bien lo que quieren. Su carácter es frágil y dependiente. Y no ven otra salida que seguir avanzando por ese camino, a pesar de que no les convence demasiado. Se conforman, pero cada vez están más insatisfechos.
  • Por otro lado, las personas que eligen seguir su propio camino experimentan un pequeño bajón en los primeros años. Se sienten perdidos. Ven como sus amigos se casan, compran una casa, tienen hijos, hacen planes de familia con otros amigos. Ésta es una fase difícil para estas personas, pero no dura para siempre. Poco a poco, empiezan a ver su camino. Su carácter se va fortaleciendo. Se vuelven cada vez más independientes y más seguros de lo que quieren y lo que no. Se sienten libres. Van aprendiendo a apreciar las oportunidades que conectan con ellos y aprovechan algunas de ellas. Y, a consecuencia de todo eso, cada vez se sienten más felices y conectados consigo mismos.

¿Sucede siempre así? No. Pero yo diría que sí en muchos casos. Porque es mucho más probable arrepentirse de haberte metido en compromisos a largo plazo demasiado pronto, que arrepentirse de haber esperado un tiempo para aclararte las ideas y después decidir en qué líos te quieres meter.

Con una excepción, Beatrix: Tener hijos es algo para lo que tienes un límite temporal y no puedes esperar eternamente. Si es algo que intuyes que va a ser un elemento clave de tu satisfacción (o insatisfacción) futura, ese dilema lo vas a tener que resolver. Eso sí, asegúrate de que primero eliges bien con quién tenerlos.

Uf, esta parte ha sido intensa. Pasemos ahora al siguiente y último nivel.

Tienes todo lo que necesitas para que salga bien

No te conozco mucho aún, pero de algunas cosas me he dado cuenta. Cosas que me hacen inclinarme a pensar, creo que sin demasiado riesgo de equivocarme, que si eliges el camino que mejor conecta con lo que tu interior te dicta, aunque eso entre en conflicto con las expectativas de ciertas personas, eventualmente te irá muy bien. Sí, es cierto que no hay manera de saberlo, pero deja que exponga mis argumentos.

Eres amable. Sensible. Observadora. Intuitiva. Te haces buenas preguntas. Conectas bien con la gente. Tienes buenos hábitos. Te exiges a ti misma para mejorar. Eres activa. Inquieta. Tienes pasión. No te conformas. No te rindes fácilmente. Pruebas cosas nuevas.

Vas muchos cuerpos por delante en este juego, mi querida Beatrix. Tienes las probabilidades a tu favor. 

Sin embargo, también pareces buscar que otros te validen. Pareces tener cierta predisposición a meter tu felicidad en un frasco bajo llave y entregarle esa llave a los demás. Es natural y humano. Pero esa llave es personal e intransferible, amiga mía. Nadie la puede tener sino tú. 

Para que todo lo demás funcione, primero has de estar bien contigo misma. Ésa es la primera piedra. Una vez esa piedra esté bien firme, todo lo que hay ahí fuera acabará bailando al son de tu música. Y es que no hay mayor magnetismo que el de alguien que está realmente bien consigo mismo.

Y aquí culmina el post. Un poco largo, pero espero que te sea útil.

Que tengas mucha suerte. Y no te preocupes demasiado, treintañera. Algo me dice que todo te irá bien.

Pura vida,

Frank

1 comentario en “Caso práctico #3: Cómo abordar la crisis de los 30”

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