Las tres grandes opciones

Años atrás, cuando Frank Spartan tenía un empleo… digamos más convencional, recuerdo que había muchas cosas de él que me gustaban, pero también algunas otras que no me hacían ninguna gracia. Por un lado, el contenido del trabajo y la interacción con los clientes me encantaba. Y por otro, las apariencias y el politiqueo interno me revolvían las tripas y me daban ganas de apuñalar a más de uno con un cuchillo de cocina y retorcer la empuñadura.

Bueno, quizás me he pasado un pelín con eso de retorcer la empuñadura. Pero seguro que sabes a qué me refiero.

Durante bastante tiempo sufrí cierto conflicto interno con este tema. Tenía claro que por el momento quería continuar en ese trabajo, porque estaba aprendiendo muy rápido, viajando a muchos lugares que no conocía y viviendo experiencias muy interesantes. Sin embargo, sus reglas internas, muchas de las cuales eran tácitas e invisibles, pero no por ello menos reales, chocaban con algunos de mis principios. Y si bien mis principios no estaban tan bien definidos como lo están ahora, mi sensación de conflicto era muy nítida y no daba lugar a dudas.

Estuve un largo periodo sin saber cómo resolver aquello. No tenía claro cómo afrontar la situación y cuáles eran mis opciones. Y como estaba muy ocupado y tenía muchas cosas en la cabeza, me limité a seguir adelante cargando con el conflicto a cuestas. Algo que, evidentemente, hizo que el camino fuera mucho más pesado desde un punto de vista psicológico y emocional de lo que habría sido si hubiera sido capaz de resolverlo.

Situaciones como ésta se producen en todos los ámbitos de la vida. Y es que la vida dista mucho de ser perfecta. Cuando nos involucramos en algo durante un tiempo, es muy posible que las cosas se acaben torciendo. A veces se tuercen sólo un poco. A veces, se tuercen bastante más. Y es en esos momentos cuando aparecen los conflictos internos. Conflictos que tendemos a arrastrar durante largos periodos de tiempo, porque no acabamos de tener claro cómo debemos gestionarlos y cuáles son nuestras opciones.

Una dinámica de trabajo que empieza a enturbiarse. Una relación de pareja que empieza a agrietarse. Un acuerdo comercial con otro socio que empieza a no ser tan interesante como parecía. Una relación de amistad que empieza a no darnos lo que deseamos. Un proyecto profesional que empieza a no ser tan divertido como se anticipaba.

La casuística es ilimitada. Y en muchos de estos casos nos cuesta horrores discernir qué demonios debemos hacer, porque sentimos fuerzas que tiran de nosotros en sentidos opuestos.

Así que vamos a arrojar un poco de luz sobre este asunto. Y lo vamos a hacer a través de una fórmula muy sencilla que nos permitirá estimular nuestra claridad mental en estas situaciones y con ello nuestra capacidad para desarmar esos conflictos internos que nos bloquean.

Las tres grandes opciones

Cuando empecemos a sentir esa sensación de conflicto ante una situación determinada, conviene hacer un ejercicio sobre las opciones que tenemos a nuestra disposición. Y para hacer este ejercicio de la forma más intuitiva posible, hemos de irnos al plano más básico.

En ese plano básico, las opciones son tres:

  1. Aceptar la situación
  2. Cambiar la situación
  3. Abandonar la situación

Cada una de estas opciones implica dos cosas diferentes.

  • Aceptar la situación implica, en primer lugar, concluir que no podemos o no debemos intentar cambiar nada. Y en segundo lugar, concluir que preferimos seguir en la situación en la que nos encontramos que abandonarla.
  • Cambiar la situación implica, en primer lugar, concluir que no estamos dispuestos a aceptar la situación tal y como es, pero que no queremos abandonarla aún. Y en segundo lugar, creer que tenemos cierta capacidad para cambiar lo que no nos satisface.
  • Abandonar la situación implica, en primer lugar, concluir que no estamos dispuestos a aceptar la situación tal y como es. Y en segundo lugar, creer que no tenemos capacidad alguna de cambiar lo que no nos satisface en grado suficiente para que la situación sea aceptable.

Como puedes ver, las opciones son muy claras. Sin embargo, en la práctica solemos enmarañarnos en un laberinto mental que nos impide ver las cosas con claridad. A veces deseamos aceptar una situación, pero no conseguimos hacerlo sin quedarnos con mal sabor de boca. A veces deseamos cambiar una situación, pero no nos ponemos a hacer lo que es necesario. A veces deseamos abandonar una situación, pero no acabamos de decidirnos. Y a veces queremos todo a la vez, sin saber priorizar una de las opciones sobre las otras dos.

Y es que cuando estamos envueltos en esas situaciones, que además suelen estar emocionalmente cargadas, la duda hace su aparición en escena y apelmaza nuestro juicio.

Para aumentar nuestra claridad mental en estos momentos de duda, podemos utilizar una fórmula de tres sencillos pasos:

  1. Vislumbrar las tres grandes opciones (aceptar, cambiar, abandonar) y profundizar en las implicaciones de cada una de ellas con respecto a la situación concreta en la que nos encontramos.
  2. Elegir qué opción es la mejor de las tres.
  3. Llevar esa opción a la práctica.

En estos casos, lo más habitual es atascarse en el segundo paso. Nos cuesta mucho elegir cuál es la opción que más nos conviene. Y para que la fórmula funcione bien, hemos de comprometernos con una sola opción. Sin ese compromiso, permaneceremos en un limbo mental que representa una receta segura para el fracaso y arrastraremos ese conflicto interno por los siglos de los siglos.

Y como aquí no estamos para arrastrar conflictos, pongamos la lupa de aumento apuntando a cada uno de esos tres escenarios y veamos qué descubrimos.

Aceptar la situación

Aceptar la situación es la solución más cool. Yo fluyo, colegas. Estoy por encima de todos esos problemas. Be water my friend, y todo ese rollo Bruce Lee.

Y esto está muy bien… cuando es genuino. Pero es posible que esta actitud de aceptación no sea sino una jugarreta que nos hacemos a nosotros mismos para evitar mirar a los ojos a nuestra carencia de asertividad. O dicho de otra forma, para escondernos de nuestra incapacidad para comunicar a los demás, de forma efectiva, lo que queremos. 

Esto es más común de lo que parece. Vivimos en una época en la que somos extremadamente sensibles a la opinión de los demás. En este contexto, ser asertivos es algo que se nos resiste, porque tememos que lo que queremos pueda ser inconsistente con los deseos de las personas con las que nos relacionamos. Y que eso provoque cambios negativos en la percepción que tienen de nosotros.

El problema es que existe una relación inversa entre asertividad y ansiedad, que varios estudios como éste han constatado. Cuanta menos asertivos somos, más ansiedad sentimos. Y viceversa. Una ansiedad que no emana tanto del exterior, sino de un conflicto interno que surge de nuestra disconformidad con silenciar nuestra voz más auténtica a cambio de conseguir la aceptación de los demás.

Cuando ese conflicto interno tiene lugar, podemos solucionarlo de dos maneras. La primera es coger el toro por los cuernos y esforzarnos en ser un poco más asertivos a pesar de las presiones externas. La segunda es hacernos trampas al solitario, comprarnos una camiseta de Bruce Lee y decirnos a nosotros mismos que somos capaces de asumir las inconveniencias de la situación, aceptarla tal como es y quedarnos en paz.

La primera opción es difícil de afrontar, porque requiere darnos de bofetadas con las barreras que tenemos a nuestro alrededor. La segunda opción es la salida fácil, porque no tenemos que hacer nada más que convencernos a nosotros mismos.

¿Cuál crees que solemos escoger?

Bingo. La opción Bruce Lee de aceptación.

Sin embargo, esta opción, por muy fácil que parezca en el corto plazo, puede perfectamente darnos gato por liebre en el medio y largo plazo. Porque si esa aceptación no es genuina del todo, sino un mero vehículo para eludir la ansiedad que nos genera nuestra falta de asertividad, ese conflicto interno acaba resurgiendo. Y lo hace con mayor fuerza, mientras que nosotros nos encontramos cada vez más anquilosados para reaccionar.  

Aceptar una situación insatisfactoria no es malo en sí. A veces es la mejor opción. Pero antes de saltar alegremente al regazo de esa seductora dama, debemos asegurarnos de que los motivos que nos impulsan a hacerlo son los correctos, y no excusas para alejarnos de algo porque nos inspira temor.

Una verdad tan incómoda como evidente es que la inmensa mayoría de nosotros no somos Bruce Lee. Así que cuando sientas una fuerte inclinación a aceptar algo que te incomoda, quizás debas desconfiar de ese sentimiento por unos momentos y hacer un pelín de introspección antes de tomar una decisión de la que puedas arrepentirte con el tiempo.

Ya sabes, por si acaso.

Cambiar la situación

Cambiar algo en una situación insatisfactoria para conseguir mejorar las cosas es la opción favorita de Frank Spartan. La que siempre pongo por defecto en la pole position y que sólo es destronada cuando obtengo evidencias sólidas de que no es la opción adecuada. Cosa que, por cierto, rara vez sucede. Al menos sin probarla primero.

Qué sorpresa. Frank Spartan diciendo que es posible, y hasta recomendable, intentar cambiar las cosas.

Pues sí. Y la razón no es otra que las múltiples evidencias que tengo de que en nuestra vida se pueden cambiar muchas más cosas de las que parecen. Lo único que debemos hacer es identificar cuál es el precio que debemos pagar para cambiarlas y responder a la pregunta de si estamos dispuestos a pagarlo, o por el contrario no lo estamos.

No, cambiar cosas relevantes no suele ser gratis. Pero ése no es el gran inconveniente de estas situaciones. El gran inconveniente es que el precio de esos cambios nos suele parecer a primera vista demasiado elevado y nos venimos abajo sin siquiera intentar entender qué es lo que sucedería realmente en nuestras vidas si decidiéramos pagarlo.

Lo más habitual es que pagar ese precio implique un dolor intenso e inmediato de algún tipo, pero que no pagarlo implique asumir una insatisfacción permanente. Y en muchas ocasiones, ante estos dilemas no estamos equipados para elegir demasiado bien. En muchas ocasiones, elegimos no pagar y permanecer en la situación sin cambiar absolutamente nada.

Bueno, hay algo que sí cambiamos. Lo que cambiamos es nuestro grado de esperanza de mejorar las cosas, que pasa de ser algo a ser cero. Y esa es una desagradable sensación.

Además de nuestras dificultades para enfocar la situación de forma equilibrada, hay otro aspecto a tener en cuenta: Solemos tener muy poca información fiable sobre las probabilidades de éxito cuando intentamos cambiar algo. Precisamente, porque no lo hemos hecho hasta ahora y no sabemos cuáles serán las consecuencias. Es posible que estemos inclinados a pensar que nuestro intento no va a funcionar y que el precio de intentarlo será estratosférico, pero eso rara vez es así.

Para ilustrar esta idea con una experiencia real, volvamos al ejemplo del principio: Aquellos años en los que Frank Spartan, a pesar de disfrutar de su trabajo, tenía grandes reticencias sobre el postureo y el politiqueo en la empresa en la que trabajaba.

El dilema era sencillo: Todo el mundo jugaba al postureo y al politiqueo, porque la promoción profesional y la compensación económica dependían muy mucho de conseguir una serie de apoyos internos. Si no jugabas a ese juego corrías el riesgo de quedarte fuera del círculo de elegidos, aquellos afortunados a los que se les reconocía su trabajo con títulos, remuneración y despachos con vistas.

Pues bien, cuando acerté a mirar las cosas con un poco de perspectiva, no pude sino concluir que solamente disfrutaría plenamente de ese trabajo si lo hacía siendo yo mismo. Sin postureos y politiqueos. Y si no jugar a ese juego provocaba mi despido, que así fuera, porque eso sería una evidencia muy clara de que ése no era mi sitio a largo plazo.

Hilando un poco más fino, me hice la siguiente pregunta: Si decidiera no participar en ese juego, ¿podría eso provocar una menor compensación económica y una promoción más lenta que la de otros compañeros que sí jugaban? Sí, sin duda. ¿Y estaba yo dispuesto a correr ese riesgo y aceptar que así fuera? Sí, también.

Desde esa óptica, la decisión fue muy fácil: Identifiqué el precio y decidí pagarlo. Decidí pasar olímpicamente del postureo y del politiqueo y aceptar las consecuencias. 

¿Y qué paso?

Pues nada. Al menos, nada grave.

Sí, quizá tuviera algunas fricciones con algunas personas. Quizá no promocionara tan rápido o quizá no me pagaran tanto como podría haber sido el caso. Pero estaba mucho más contento. Era mucho más yo y eso era lo que más me importaba.

Esta historia es personal. No se puede extrapolar a todos los casos y no representa evidencia alguna de que siempre merezca la pena pagar el precio e intentar cambiar las cosas. Pero nuestro cerebro está programado para sobrevalorar los riesgos de intentar algo que se encuentra fuera del patrón habitual e infravalorar nuestras probabilidades de éxito. Y más a menudo que lo contrario, eso es exactamente lo que hacemos.

Por eso debemos cuestionar muy seriamente el que renunciar a cambiar las cosas sea la opción correcta. Puede que lo sea, pero antes de concluir que es así debemos examinar esa decisión con lupa. 

Además, es extraordinariamente poco frecuente que nos quedemos sin opciones al intentar cambiar algo salvo que seamos muy poco cuidadosos. En el peor de los casos, si no conseguimos cambiar las cosas tendemos una segunda oportunidad. Una segunda oportunidad para aceptar la situación tal y como es… o para abandonarla.

Abandonar la situación

La tercera y última opción es abandonar. Pasar de rollos y buscar nuevos horizontes. Esta opción cobra vida cuando no toleramos ya la situación y hemos perdido toda esperanza de cambiar las cosas.

Abandonar es algo muy personal y resulta muy complejo trazar unas reflexiones generales que puedan aplicar a la mayoría de las situaciones. Sin embargo, hay un par de cosas que a Frank Spartan le gustaría enfatizar sobre el abandono:

  • Siempre hay tiempo para abandonar. Antes de hacerlo conviene asegurarnos de que aceptar los inconvenientes o intentar mejorar las cosas no va a proporcionarnos mejor resultado. Porque, si lo hacemos medianamente bien, explorar primero esas dos opciones no tiene coste alguno. La opción de abandonar siempre está a tu disposición. Lo único que debes vigilar es no perder demasiado tiempo explorando las otras dos.
  • Estar dispuestos a abandonar es una carta extremadamente poderosa en nuestros intentos de cambiar las cosas. Muy a menudo, el que alguien esté dispuesto a abandonar altera radicalmente la dinámica de la negociación. Si aquellas personas que deben cooperar para que tengamos éxito en nuestro intento de mejorar las cosas ven que nuestros ojos brillan de esa manera, es muy posible que seamos capaces de cambiar muchas más cosas de las que pensábamos en un principio y que eso haga la situación aceptable y el abandono innecesario. Eso es, desde luego, lo que me ocurrió a mi con aquel trabajo. 

Ahí lo tienes. En cada situación de conflicto interno que atravieses, empieza contemplando esas tres grandes opciones. Nada más y nada menos. Ellas te ayudarán a ver las cosas con mayor claridad y también a elegir qué debes hacer.

Lo demás es cosa tuya.

Pura vida,

Frank.

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