La mejor forma de no meter la pata al tomar decisiones

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Hace algún tiempo, una buena amiga – llamémosla Alicia – me contaba que no estaba demasiado contenta con su trabajo y que llevaba algún tiempo pensando en dar el salto y montar algo por su cuenta, pero no acababa de verlo claro.

¿Qué es exactamente lo que no ves claro? – Le pregunté.

No sé si va a salir bien – me dijo.

Claro, no sería divertido si lo supieras – le respondí.

No sé… tirar por la borda todo lo que he construido aquí sin ninguna garantía de éxito… no acabo de verlo… pero algún día me decidiré – concluyó. 

Alicia fue una de las primeras de su promoción y ha hecho una brillante carrera en el mundo de las finanzas. Es deportista, se relaciona bien con la gente, lee mucho, tiene sentido del humor, iniciativa y mucho sentido común.

En resumen, sabe hacer la “o” con un canuto y algunas cuantas cosas más. Sin embargo, sigue con el culo pegado a una situación insatisfactoria. Y, a primera vista, sus temores parecen tener lógica. A nadie le gusta perder, ¿no?

El gran dilema que suele aparecer en nuestra cabeza en estas situaciones es el siguiente: ¿Será el resultado de esa decisión de cambiar de rumbo mejor que el que obtendría si me quedara donde estoy?

Ésa una pregunta jodida de contestar. Entre otras cosas porque nadie tiene la respuesta. Ni ella, ni yo, ni el Oráculo de Delfos.

En cualquier caso, esto no es lo que le interesa a Frank Spartan. Porque lo importante no es el resultado de la decisión. Lo importante, a lo que el foco del láser debe apuntar, es si mi amiga está enfocando la decisión bien, o no.

Y de eso, precisamente, va este post.

El agujero negro en el que nos introducimos al tomar decisiones

Cuando estamos inmersos en el proceso de tomar una decisión relevante en nuestras vidas, es habitual que caigamos en una serie de trampas que nos alejan de nuestra capacidad de enfocar las decisiones de la forma más útil posible.

Algunas de estas trampas son de carácter biológico, algunas de carácter cultural y algunas de carácter psicológico. Y todas actúan al unísono.

Veamos algunas de ellas.

Trampa 1: Entrar en la centrifugadora

Cuando hemos recorrido un camino concreto durante algún tiempo y nos planteamos la posibilidad de abandonarlo para adentrarnos en otro nuevo, es habitual que una multitud de pensamientos y dudas de todas clases se reproduzcan en nuestra mente como por arte de magia. 

Sí, podría salir bien, pero… ¿y si pasa esto? ¿Y si pasa esto otro? Aparece en escena un sinfín de escenarios trágicos perfectamente posibles, lógicos y bien argumentados.

Lo interesante del asunto es que creemos que estamos haciendo esto voluntariamente y desde un punto de vista absolutamente racional. Creemos que esos pensamientos surgen porque nosotros los hemos hecho salir, los hemos analizado con cabeza fría y hemos decidido, con una lógica incuestionable, que es mejor quedarnos quietos o que es preferible que nos demos algo de tiempo para pensarlo con más calma.

Majaderías.

Esa reacción no es voluntaria ni racional. Es involuntaria y emocional, fruto de mecanismos biológicos formados durante miles de años de evolución. Está provocada por nuestra resistencia al cambio. O, mejor dicho, por nuestra intolerancia a deshacernos de nuestra resistencia al cambio.

Lo que ocurre es que somos demasiado orgullosos como para admitir que no estamos en control de nuestras propias decisiones. El ego se pegaría un tiro en la sien antes de presenciar una herejía de tal calibre. Así que lo que hacemos, a través de complejos mecanismos mentales, es revestir esa decisión como lógica y racional, dotándola de legitimidad y responsabilidad, cuando en realidad no es sino un reflejo automático del cerebro para protegernos de todo lo que no es familiar y conocido.

La voz que oyes en tu cabeza es simplemente tu cerebro sacando pecho y gritando a los cuatro vientos que no le gustan los cambios. Por muy extraño que parezca, es bastante habitual que tus primeras reacciones se produzcan sin gran intervención consciente por tu parte. Es algo que te sucede a ti y algo que me sucede a mí. Esa primera reacción no es racional y por tanto debes desconfiar de ella.

Pero eso no es lo que solemos hacer. Por el contrario, solemos hacerle caso. Et voilá… parálisis al canto. Nos zambullimos en ese proceso de darle vueltas y más vueltas a las cosas, como una centrifugadora que ha entrado en un bucle demoníaco infinito. Y claro, es difícil ver las cosas claras desde dentro de una centrifugadora en movimiento.

Una vez que estamos dentro de esa centrifugadora, sólo vemos un camino nítido en nuestra mente, que es no cambiar nada y quedarnos en el camino actual.

Pero eso no es necesariamente la mejor forma de decidir.

Trampa 2: Poner el foco en el qué dirán

Aunque consigamos salir con vida de la trampa de la centrifugadora, esto no ha hecho más que empezar. Tenemos que enfrentarnos a una segunda trampa.

Cuando enfocamos una decisión que implica un cambio relevante en nuestras vidas, una de las cosas a las que le damos enorme importancia es a intentar predecir cuál será la reacción de los demás. ¿Cambiará la opinión que tienen de nosotros? ¿Nos valorarán más? ¿Nos valorarán menos?  ¿Qué pensarán de nosotros si no nos salen bien las cosas? ¿Nos verán como unos perdedores, como unos fracasados, como unos estúpidos?

Joder, colega, me estoy agotando solamente con escribir esto. Y ése es precisamente el problema de esta trampa. Que consume nuestras energías como pocas cosas lo hacen.

Frank Spartan no va a decirte esa frase tan manida de que debes ignorar lo que piensan los demás. Primero, porque eso es tremendamente difícil. Y segundo, porque hay muchos matices dentro de ese tema que no se pueden ignorar. Sentirnos aceptados es una necesidad muy enraizada en nuestra naturaleza humana, y es absurdo pretender convertirse en un robot que persigue lo que más le conviene con absoluta independencia de las reacciones de los demás. Siempre vamos a tener esas reacciones, en mayor o menor grado, en cuenta. Especialmente las de las personas más cercanas o las personas cuya opinión más respetamos.

El problema no es ése. El problema es cuando eso se convierte en el principal foco de nuestra toma de decisiones. Y habitualmente, eso es lo que nos pasa. Hemos desarrollado la costumbre – por influencia cultural – de valorarnos a nosotros mismos través de las apreciaciones de los demás y nos hallamos anclados a esa dinámica como un satélite está anclado a la órbita de su planeta de referencia.

Intentar conocer los pensamientos de los demás es una de las tareas más fútiles que existen. Cada persona es un mundo y lo más probable es que no tengamos ni idea de lo que piensan de nosotros, por muchas historias que nos contemos a nosotros mismos para proteger nuestro ego. Sólo tienes que observar a un amigo criticar a otro cuando no está presente. Eso es una opinión que la persona objeto de las críticas probablemente nunca sabrá, por mucho que crea que conoce perfectamente la opinión que su amigo tiene de él. Y, probablemente, habrá muchas otras cosas además de ésa que desconoce.

Por tanto, y a pesar de que seamos sensibles en mayor o menor medida a las reacciones y opiniones de los demás, no merece la pena dedicar demasiada energía a intentar predecirlas. Además de que probablemente no acertemos, es un ejercicio que consume mucha energía. Agota. Y cuando nos sentimos agotados, solemos elegir la decisión fácil, que habitualmente es la de no cambiar nada y quedarnos donde estamos.

Y ésa tampoco es una buena forma de decidir.

Trampa 3: Ignorar o infravalorar el coste de oportunidad

Vale, colega. Digamos que has eludido con éxito las dos primeras trampas y te encuentras cara a cara con la decisión que debes tomar. Te concentras en lo que crees que es mejor para ti y de ahí surge el enfoque con el que evalúas las dos posibles opciones: Adentrarte en el nuevo camino o quedarte en el camino actual.

Es en este momento cuando la tercera trampa hace acto de presencia. Y lo hace de forma muy sutil. Es un factor psicológico que se cuela inadvertidamente en la perspectiva que adoptamos a la hora de comparar las opciones.

Cuando enfocamos una situación de este estilo, tendemos a hacer esto:

  1. Observamos todo lo que nos gusta del camino actual en este momento
  2. Observamos todo lo que no nos gusta del camino actual en este momento
  3. Evaluamos lo bueno que podríamos conseguir en el nuevo camino en el futuro
  4. Evaluamos lo malo que nos podría pasar en el nuevo camino en el futuro

Léelas con atención otra vez.

¿Ves lo que sucede?

Al hacer esto, estamos comparando la situación presente del camino actual con nuestra estimación de la situación futura del nuevo camino. Y esa forma de enfocar las cosas crea un principio psicológico en la cabeza que funciona de la siguiente forma: Estoy renunciando a certeza a cambio de incertidumbre.

La forma en la que nuestro cerebro formula ese principio psicológico no ayuda a destacar el atractivo del nuevo camino. Hace lo contrario, destaca el atractivo del camino actual. ¿Por qué? Porque nuestro cerebro adora la certeza y odia la incertidumbre. Y la conclusión habitual, la que sucede en la inmensa mayoría de los casos, es que las personas deciden quedarse en el camino actual. El funcionamiento de este principio hace que nos anclemos a la opción que genera menos incertidumbre.

Por eso, es necesario equilibrar ese principio con otro factor. Un factor que hace que nuestro cerebro no perciba incertidumbre solamente en el nuevo camino, sino también en el camino actual, porque también se encuentra ahí. Un factor que es muy relevante para una buena toma de decisiones y que a menudo pasamos alegremente por alto: El coste de oportunidad.

El coste de oportunidad se podría definir así: Es todo lo que dejas de hacer, todo a lo que renuncias, al elegir seguir en el camino actual. Es una mirada hacia el futuro en la que observas las implicaciones de aferrarte a la situación actual, en concreto la pérdida progresiva de oportunidades para mejorar las cosas.

El coste de oportunidad es una luz que apunta directamente a la idea de que el tiempo que tienes para ser auténticamente feliz es limitado, y que contentarte con una opción que no te satisface del todo no hace sino provocar que el tiempo que te queda para enmendar esa situación se siga agotando. En otras palabras, te obliga a que contemples las implicaciones de futuro del camino actual, no solamente su certeza presente.

Cuando tienes en cuenta el coste de oportunidad, tomas conciencia de que el riesgo y la incertidumbre no solamente se encuentran en el nuevo camino, sino también en el camino actual: Si permaneces en el camino actual puede que te quedes sin oportunidades para mejorar las cosas y te veas forzado a comulgar con insatisfacciones durante mucho tiempo. Te arriesgas a que tu alma esté cada vez más enferma y no encuentres la forma de salvarla.

Al introducir este factor en tu toma de decisiones, contemplas desde más cerca el fantasma del arrepentimiento. Ese arrepentimiento que puede surgir si no aprovechas la oportunidad de mejorar las cosas ahora mismo, a pesar del riesgo. En ese momento, eres capaz de discernir que la incertidumbre no solamente existe en el camino nuevo, sino también en el camino actual.

Sin tener el coste de oportunidad en cuenta, las opciones aparecerán en tu mente de forma desequilibrada. Sólo apreciarás incertidumbre en un lado, cuando también existe en el otro

Y ésa tampoco es una buena forma de decidir.

¿Existe alguna fórmula para evitar caer en estas tres trampas?

Estas tres trampas te van a tocar bastante las narices cuando te enfrentes a una decisión vital relevante. Las tres atacan en grupo, como los lobos. Y si no tienes cuidado, te harán picadillo.

Por una parte, tu cerebro reproduce infinidad de posibles riesgos en tu cabeza porque odia los cambios. Por otra, tu hábito de intentar predecir la opinión de y agradar a los demás estimula tu sensación de miedo al fracaso. Y, por último, tu mente enfoca la decisión como un intercambio de certeza presente por incertidumbre futura que no mola nada en absoluto.

La influencia de estas tres trampas hace que sea muy difícil decidir bien. Eres un cochinillo atado de pies y manos con un lacito rojo ante esos tres lobos hambrientos.

La pregunta es: ¿Cómo podemos evitar caer en esas tres trampas cuando hemos de tomar una decisión de este estilo?

La respuesta es ésta: Interiorizando el principio de que tu responsabilidad es crecer y mejorar, porque ahí es donde se encuentra la auténtica felicidad.

Sí, has leído bien. No es que simplemente tengas la opción de crecer y mejorar, sino que es tu responsabilidad. Si creces y mejoras, te sentirás más feliz. Si te sientes más feliz, crearás un impacto positivo en tu entorno. Si creas un impacto positivo en tu entorno, el mundo será un poco mejor. Y no hacerlo provoca el efecto diametralmente opuesto.

Además de todos esos derechos en los que tanto te enfocas, también tienes una responsabilidad. Cuanto antes la asumas, mejor para ti y mejor para los demás.

Cuando interiorices este principio de que tienes responsabilidad de crecer y mejorar, tomarás conciencia de que te encuentras en un punto del camino y que puedes elegir a quién de los dos le das el timón:

  • A tu lado oscuro: Ése que espolea tu miedo, tu envidia, tu autoculpabilidad, tu ira, tu pereza, tu falta de confianza.
  • A tu lado “virtuoso”: Ése que te impulsa a atreverte a intentar las cosas a pesar del miedo, a mostrar tu vulnerabilidad, a salir de tu zona de confort y a no evitar las equivocaciones a toda costa.

Cuando observes tus opciones, tomarás conciencia de la dirección a la que te lleva cada camino. Sabrás que el primero te lleva a la tristeza de espíritu, y sabrás que el segundo te lleva a la alegría de espíritu. Y llegarás a la conclusión obvia de que debes darle el timón a tu lado virtuoso. El lado que te susurra al oído que la valentía, la aventura y el crecimiento son buenos a pesar de las dificultades, a pesar de la incomodidad, a pesar del dolor.

Una vez que esta mentalidad se encuentra bien asentada en tu mente, tendrás la capacidad de enfrentarte a esas tres trampas con muchas posibilidades de éxito:

  • El mecanismo biológico de rechazo al cambio no te afectará tanto, porque habrás interiorizado que el crecimiento se haya inexorablemente ligado al cambio.
  • El mecanismo cultural de miedo al fracaso no te afectará tanto, porque habrás interiorizado que tu éxito no depende del resultado, sino del crecimiento que experimentas al intentar alcanzarlo.
  • El mecanismo psicológico de ignorar el coste de oportunidad de permanecer en el camino actual no te afectará tanto, porque habrás interiorizado que las opciones que merecen la pena son aquellas que estimulan tu crecimiento y observarás el camino actual a través de esa lupa.

Un aspecto importante: Frank Spartan no te está diciendo que debas elegir el camino nuevo, simplemente porque ofrece más oportunidades de crecimiento. Los caminos nuevos tienen riesgos, y a veces esos riesgos no compensan los posibles beneficios. Este tipo de decisiones son muy personales y cada uno las enfocará de diferente manera según su personalidad, su sistema de valores y sus circunstancias concretas.

Lo único que Frank Spartan pretende es que evites esas trampas que se presentan de forma sibilina por la espalda cuando te enfrentas a una decisión importante. Que elimines esos sesgos que te impiden decidir bien. Y una vez los hayas eliminado, que tomes esa decisión con confianza, por una sencilla razón: Decidas lo que decidas, estarás decidiendo bien, con independencia del resultado.

Y es que el resultado, en gran parte, no depende de ti. Depende de un montón de cosas sobre las que no tienes mucha capacidad de influencia. Lo que sí depende de ti es tomar la decisión de la forma más equilibrada posible. 

Después de ese punto, estás en manos de la providencia. Y así debe ser. Porque si no lo fuera, como le dije a mi amiga Alicia, no sería divertido. 

Pura vida,

Frank.

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