Un truco muy efectivo para superar la tristeza

Todos hemos tenido momentos en los que sentimos que la tristeza nos invade. Nos sentimos sin energía, apesadumbrados, cabizbajos. Nuestro mundo interior se desestabiliza y entramos en una dinámica mental en la que las cosas, bien sea un tema concreto o el mundo en general, parecen no tener ya demasiado sentido.

¿Cómo de frecuente es esto?

A primera vista no parece que sea un gran problema, ¿no es así? En las redes sociales todo el mundo aparece posando con amplias sonrisas que parecen sacadas de anuncios de dentífrico. Y en el mundo físico, cuando hablas con la gente, la mayoría de ellos te dicen sin rodeos que todo les va bien o te cuentan algo bueno que les ha sucedido últimamente.

Sin embargo, aunque me gustaría creer que es así, Frank Spartan intuye que la realidad es bien distinta. Yo creo que muchos de nosotros atravesamos momentos de tristeza con mucha más frecuencia y mayor profundidad de lo que puede parecer a primera vista.

¿Por qué?

Por una sencilla razón: Los valores culturales que nos envuelven están mucho más enfocados en la satisfacción cortoplacista y los estímulos externos que en asegurarse de que nos sentimos bien con nosotros mismos. El hábito de compararnos continuamente con los demás y nuestra torpeza en las relaciones interpersonales hace el resto.

Muchos sentimos que no estamos consiguiendo lo suficiente, que no somos tan buenos como deberíamos, que los demás no nos tratan tan bien ni nos prestan tanta atención como nos gustaría, que necesitamos más de lo que tenemos y de lo que somos. Nos sentimos incompletos, insatisfechos, desconectados, existencialmente vacíos. Probablemente no todo el tiempo, pero apostaría la barba a que esto sucede a menudo.

En nuestro ecosistema cultural, esas sensaciones son inevitables. Y la tristeza que surge de ellas también lo es. No apreciamos esa tristeza en los demás en su justa medida porque nuestro ego prefiere aparentar fortaleza a debilidad, estabilidad a fragilidad, control a caos. Pero la tristeza está ahí, latiendo con fuerza bajo la superficie.

Podríamos hacer este análisis sobre la prevalencia de la tristeza mucho más complejo, incorporando infinidad de variables en la ecuación antes de llegar a una conclusión. Pero no por eso será necesariamente más acertado. Como argumenta Malcolm Gladwell con gran elocuencia en su libro “Blink: The power of thinking without thinking”, el cerebro humano está conectado para tomar decisiones rápidas y de alta calidad en multitud de ocasiones. De hecho, saber y pensar demasiado puede llevar a una decisión incorrecta, ya que es más probable dar peso a información irrelevante e innecesaria. En muchos casos, introducir más variables y más información provoca una mayor probabilidad de error y es preferible funcionar con pocas variables, pero que sean muy representativas.

En esa línea, este dilema es una de esas cosas sobre las que Frank Spartan no necesita pensar demasiado. Estoy seguro de que mi intuición no me falla y que la gente está mucho más triste mucho más a menudo de lo que parece. Algunas personas se sienten así como consecuencia de algún acontecimiento de gravedad, pero muchas otras lo hacen sin razón aparente, o por razones mucho menos dramáticas. Es una de las emociones más universales que experimentamos en el mundo que hemos construido. 

Ahora que tenemos el diagnóstico, pasemos a hacer un juicio de valor.

¿Es estar triste algo deseable?

Bueno, puede que en algunos casos la tristeza sea útil para asimilar ciertas lecciones de la vida con una profundidad suficiente que nos haga alcanzar el umbral del dolor y nos impulse a actuar. Pero, en términos generales, la tristeza nos drena energía, limita nuestra visión y dificulta que nos comportemos como nuestra esencia nos impulsa a hacerlo para aprovechar la vida, cosa que no parece deseable en absoluto. De hecho, la inmensa mayoría de las personas que están tristes desean vivamente dejar de estarlo, porque es una situación desagradable.

El problema es que no saben muy bien cómo conseguirlo.

¿Qué solemos hacer cuando estamos tristes?

La tristeza se manifiesta de diferentes formas. Y no todas ellas tienen las mismas implicaciones.

En ocasiones, somos capaces de asociar la sensación de tristeza a un acontecimiento concreto, como cuando una persona nos trata sin educación o nuestra pareja nos abandona por otra persona más joven y atractiva. En esos casos tenemos el origen del problema más o menos identificado y nuestra interpretación de lo que nos ha pasado genera una serie de pensamientos, que a su vez generan nuestra sensación de tristeza.

En otras ocasiones, por el contrario, no sabemos exactamente por qué nos sentimos así. Notamos la sensación, pero no podemos asociarla a nada en particular. Simplemente está ahí, como una molesta mosca que se empeña en revolotear a nuestro alrededor allá donde vayamos.

Cuando conocemos la causa de la tristeza, generalmente recurrimos a dos opciones para intentar mejorar la situación:

  1. Intentar cambiar el exterior: Por ejemplo, nos empeñamos en conseguir que la persona que se comporta de forma maleducada con nosotros cambie su comportamiento o que nuestra ex-pareja vuelva a apreciar lo increíblemente carismáticos y sexys que somos.
  2. Asumir que cambiar el exterior está fuera de nuestro control: Por ejemplo, renunciamos a intentar que esa persona maleducada cambie su comportamiento o que nuestra ex-pareja cambie de opinión.

Hay veces que tenemos la capacidad de cambiar el exterior. Y cuando podemos hacerlo quizá debamos intentarlo, especialmente si ello es consistente con nuestros principios y valores. Sin embargo, los sabios nos han repetido, a lo largo de los siglos, que a lo que debemos prestar atención no es tanto a los acontecimientos en sí mismos, sino a cómo los interpretamos. Las interpretaciones que elegimos hacer sobre esos acontecimientos son las que determinan largamente nuestras emociones al respecto.

Existen muchas técnicas psicológicas que pueden ayudarnos a interpretar las cosas de forma más constructiva para dejar atrás la tristeza, o al menos mitigar la fuerza de su mordedura: Las prácticas de terapia cognitiva, la programación neuro-lingüística, el “reframing” o técnica de apreciar las cosas desde una perspectiva diferente, y muchas otras.

Estas formas de superar la tristeza son muy recomendables, porque nos ayudan a construir un equilibrio emocional más sólido a largo plazo. El problema es que no todos tenemos vocación de aprender sobre estos temas ni estamos dispuestos a dedicar tiempo o dinero a hacerlo. 

Muchos de nosotros preferimos un atajo hacia la estabilidad emocional. Algo que nos permita recuperar el ánimo con rapidez, para poder volver a relacionarnos con la vida con entusiasmo y energía. Y qué atajo elegimos depende en gran parte de nuestra personalidad: Algunos elegimos el entretenimiento, otros comemos en exceso, otros vamos de compras, otros hacemos deporte, otros buscamos compañía para no estar solos, otros damos vueltas a las cosas una y otra vez para encontrar una solución, etcétera, etcétera. 

Todos echamos mano a las alternativas que tenemos a nuestro alcance para dejar atrás la tristeza. No solamente cuando conocemos su causa, sino también cuando no tenemos claro por qué nos sentimos tristes. Pero no todas estas formas son igualmente efectivas, ni igualmente sanas, ni encajan con todas las personalidades.

La pregunta es: ¿Existe una receta para dejar atrás la tristeza que produzca resultados con rapidez, que sea aplicable a la inmensa mayoría de personas y que a la vez sea sana para nosotros?

Pues sí, sí que existe. Y Frank Spartan te la va explicar.

El truco para dejar atrás la tristeza

Es muy difícil evitar la tristeza. A veces aparece en nuestras vidas por la razón que sea y no podemos hacer gran cosa, porque nos pilla desprevenidos. Pero para que esa sensación de tristeza perdure en el tiempo, es necesario alimentarla con cierto tipo de pensamientos. O, dicho de otro modo, es necesario que nuestra mente ponga su atención en algo que mantenga viva esa tristeza: Todo lo que ha salido mal, lo injustos e inadecuados que fueron los comportamientos de los demás, nuestra incapacidad para evitar ciertos acontecimientos, etcétera, etcétera.

Esa hilera de pensamientos es como una tortilla de anabolizantes para la tristeza. Lo complicado del asunto es que ese proceso es una pauta mental en la que entramos sin apenas darnos cuenta. Por eso, una vez que sentimos la mordedura de la tristeza, hemos de hacernos conscientes de que, si queremos dejar de alimentarla, es absolutamente clave que diverjamos la atención. Debemos romper esa pauta mental y formar una nueva con un nuevo foco de atención.

Para romper la pauta mental con éxito, hemos de considerar dos cosas:

  1. El enfoque 
  2. La acción práctica
El enfoque

La esencia del sentimiento de tristeza se basa en mantener el punto de mira en lo que no tenemos. Para que la tristeza siga fluyendo hemos de centrar nuestros pensamientos en lo que nos falta, en lo que no funciona, en lo que hemos perdido, en lo que no hemos conseguido. Es una pauta mental de connotaciones negativas, de escasez, de carencia. Este proceso sucede de forma prácticamente subliminal y apenas nos damos cuenta de ello.

La raíz del problema es que nos hacemos a nosotros mismos las preguntas equivocadas. Preguntas que nos incapacitan, que nos debilitan, que nos victimizan. Preguntas como por qué me ha tenido que pasar esto a mi, o por qué nunca hago esto bien, o por qué la vida es tan injusta conmigo. Y esto es un gran inconveniente, porque el cerebro humano está muy bien equipado y siempre encuentra una respuesta a las preguntas que nos hacemos en esos momentos: Porque no vales, porque no te lo mereces, porque eres  inferior a los demás, etcétera, etcétera.

Y eso es un runrun en el que la tristeza se expande como la espuma.

Para interrumpir esa pauta mental y reconducir el flujo de pensamientos en la dirección correcta, hemos de tomar conciencia de esas preguntas cuando surgen y desactivar su influencia haciéndonos las preguntas adecuadas.

¿Y cuáles son las preguntas adecuadas? 

Muy sencillo: Las preguntas que nos proporcionan sentimiento de abundancia y nos alejan del sentimiento de escasez. Las preguntas que nos hacen poner el foco en todo lo que tenemos, no en lo que nos falta. Las preguntas que nos hacen sentirnos agradecidos a la vida, no enfadados con ella. Preguntas como qué he aprendido hoy, por qué me siento agradecido, cómo puedo utilizar esto en mi propio beneficio. Ésas son preguntas capacitadoras, fortalecedoras, empoderantes. Preguntas cuyas respuestas nos hacen enfocar la situación de otra manera.

Hacernos mejores preguntas es un arma tremendamente efectiva para recuperar el equilibrio emocional ante cualquier revés que convulsione nuestra vida. El efecto acumulado de reaccionar de forma constructiva a las cosas que nos suceden durante años tiene un valor incalculable, porque puede transformar completamente nuestro mundo.  

Una vez que hemos desarrollado un enfoque más constructivo, podemos abordar la segunda pata del proceso de romper la pauta mental de la tristeza: La acción práctica.

La acción práctica

Empecemos por un poco de historia para dar contexto a esta idea.

Al terminar la segunda guerra mundial, Japón estaba en una situación difícil. No contaba con grandes recursos naturales y la calidad de su tejido industrial dejaba mucho que desear. En 1950, un americano experto en estadística y control de calidad, William Deming, fue invitado a Japón para proporcionar formación a los profesionales del país. De esa experiencia surgió el concepto Kaizen. Y con él, el método que revolucionó la industria japonesa para convertirla en un referente mundial.

La palabra Kaizen proviene de dos vocablos: KAI (cambio) y ZEN (bondad). En otras palabras, Kaizen significa “cambio bueno”.

La esencia de la filosofía Kaizen es sencilla y directa: Nuestra forma de vida – sea el ámbito que sea, personal, laboral, familiar o social – ha de ser mejorada constantemente, tarea a tarea, día a día. El Kaizen es un camino, un medio, no un objetivo en sí mismo. Es una forma de hacer las cosas que disipa piedra a piedra las ineficiencias de proceso y nos transporta, inevitablemente, a conseguir los resultados deseados.

¿Sigues conmigo? Bien. 

La segunda pata del proceso de romper la pauta mental para diluir los pensamientos generadores de tristeza es introducir una nueva actividad en nuestras vidas que se convierta en el centro de una buena parte de nuestra atención durante un tiempo. ¿Cuánto tiempo? El necesario. En unos casos será más y en otros menos.

A veces hacemos esto, pero lo hacemos mal. Intentamos que la tristeza se disipe distrayéndonos con actividades que nos proporcionan algún tipo de placer. Pero nuestro error es que elegimos actividades – o formas de realizarlas – que no mejoran nuestra vida. Nos distraen durante un rato, sí, pero cuando volvemos a puerto, la sensación de tristeza vuelve. A veces, incluso multiplicada.

¿Por qué?

Por una razón muy sencilla: Porque seguimos siendo los mismos. No hemos cambiado nada, no hemos mejorado nada, no hemos conseguido nada nuevo. Sólo nos hemos evadido del problema durante un rato. Nuestro estado de ánimo se eleva durante unos instantes gracias a la distracción y el placer, pero después vuelve a caer porque no hemos creado unos cimientos suficientemente sólidos que lo sostengan.

Entonces, ¿qué debemos hacer?

Elegir una actividad que nos permita mejorar en algo.  Una actividad Kaizen.

Lo interesante de esta estrategia es que esa actividad puede ser cualquier cosa, en cualquier ámbito y ejecutada con cualquier nivel de intensidad, siempre que nos permita incrementar nuestro nivel de destreza y nos proporcione la sensación de que hemos evolucionado. Que somos, de algún modo, diferentes. Que somos mejores.

Nuestra elección sobre la actividad se puede adecuar a nuestra personalidad, nuestro perfil de exigencia, el tiempo del que disponemos, nuestros gustos, nuestros objetivos vitales, nuestra escala de valores y muchas otras variables. Jugar al ajedrez, hacer flexiones, escribir relatos, cantar, resolver crucigramas, aprender a invertir en criptomonedas, leer, hacer un curso, controlar nuestro genio, meditar, jugar al cubo de Rubik, mejorar nuestra forma de relacionarnos con nuestros padres, con nuestros hijos, con nuestros amigos, etcétera, etcétera. Las posibilidades son ilimitadas, como lo son las formas que tiene el ser humano de desarrollar sus habilidades.

Por ejemplo, Frank Spartan se sentía triste hace unas semanas. Esperé un par de días, pero como la tristeza seguía ahí, decidí empezar una nueva actividad: Aprender a hacer handstand, una técnica de control corporal que consiste en hacer el pino sin apoyarse en nada más que las manos. 

¿Por qué hacer eso? ¿Estoy pirado o qué?

Quizá un poco sí, pero sígueme en el argumento.

No elegí aprender a hacer handstand por ninguna razón especial. Era algo que había visto antes y que me llamó la atención, pero que nunca me había planteado aprender. Una vez tomé la decisión, mi atención se enfocó en el nuevo objetivo y rompí la pauta mental que había alimentado la tristeza. Vi vídeos explicativos, practiqué unos minutos todos los días, me estrellé algunas veces contra el suelo y fui mejorando poco a poco. Y en ese proceso, la sensación de progreso fue diluyendo la tristeza que sentía.

La nueva actividad que elegí era, en una palabra, una nueva ilusión. O quizá una micro-ilusión, porque no iba a transformar mi vida de ninguna forma significativa. Sin embargo, ésa es la belleza de este truco: No hace falta escoger nada espectacularmente ambicioso, espiritual o noble, porque cualquier nueva tarea que te permita redireccionar la atención y te produzca la sensación de que estás mejorando puede ser sumamente útil para diluir la sensación de tristeza. ¿Hay algo más absurdo que ponerte a aprender handstand? Pero funcionó.  

Por si esto fuera poco, hay otra cosa: Los efectos positivos de elegir actividades kaizen son mucho más permanentes que cuando recurrimos a nuestras distracciones habituales para eludir la tristeza. La razón es que nuestra mente se ancla a esa sensación de progreso, a ese convencimiento de que hemos evolucionado, a esa reafirmación de que estamos en control de nuestras vidas. Y esa forma de proceder, cuando se repite lo suficiente, crea nuevas conexiones neuronales que nos ayudan a actuar de forma automática para salir del paso cuando la tristeza se presenta sin ser invitada.  

Cuando quieras superar la tristeza, prueba este truco: Mejores preguntas y actividades kaizen. Está a tu disposición siempre que quieras y sus posibilidades son infinitas. El único límite es tu imaginación. Y la imaginación no tiene límites.  

Pura vida,

Frank.

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2 comentarios en “Un truco muy efectivo para superar la tristeza”

  1. Gracias por el post, Genio! Yo empecé también con ejercicios de equilibrio la primera semana de confinamiento y he mejorado muchísimo, me siento orgullosísima de ello 🙂 Funciona! Y empecé a leerte, todavía funciona más.

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