¿Podemos transformar nuestras relaciones personales sin morir en el intento?

Seguro que me has oído decir más de una vez que nuestras relaciones interpersonales son un elemento fundamental para nuestra felicidad. Salvo que seas un ermitaño que viva en una cueva o un cascarrabias de primera división, es probable que las relaciones con los demás ocupen un lugar principal en tu vida, porque sus ramificaciones se extienden a prácticamente todo lo que haces.

Nuestro trabajo son relaciones, nuestro ocio son relaciones, nuestros sueños y nuestros miedos están anclados en relaciones. Y cuando estamos solos, ¿en qué pensamos habitualmente? En nuestras relaciones con éste, aquél y el de más allá.

Son una parte consustancial a nuestra identidad, a lo más profundo de nuestro ser. Quiénes somos cobra auténtico significado en el contexto de con quién nos relacionamos y cómo lo hacemos.

En cierto modo, nuestras relaciones con los demás dan sentido a nuestra vida… o se lo quitan. Y es que tienen un gran poder de transformación emocional. Pueden hacer que nos sintamos libres y satisfechos o que nos sintamos atrapados y miserables.

Lo interesante del asunto es que muchas veces contemplamos nuestras relaciones como algo sobre lo que no tenemos demasiado control. Creemos que el azar o un poder superior ha colocado a esas personas en nuestro entorno laboral, social o familiar, y nos limitamos a intentar que esa relación siga viva repitiendo ciertos hábitos de conducta largamente influenciados por nuestras emociones, sin prestar demasiada atención a cómo podemos mejorar la forma en la que esa relación impacta en nuestro bienestar.

Te suena, ¿a que sí?

Pues bien, esto es una concepción mental equivocada. Hay mucho que podemos hacer para enfocar nuestras relaciones de forma más sana, para que contribuyan a elevar nuestra vida a un nivel superior de felicidad.

Empecemos por identificar dónde demonios suele estar el problema.

El obstáculo principal de nuestras relaciones

Las relaciones suelen no fluir todo lo bien que nos gustaría por una razón: La persona con la que nos relacionamos no nos da lo que queremos.

Y cuando eso sucede, lo hace por dos posibles razones:

  1. Porque no quiere.
  2. Porque no puede (o no sabe).

Esto parece una perogrullada, pero en la práctica no lo es en absoluto. No solemos pararnos ni un segundo a pensar en esto cuando interactuamos con alguien, sino que solemos actuar y reaccionar según lo que nuestras emociones del momento nos dictan.

Y claro, eso tiene sus consecuencias.

Tomemos por ejemplo el primer escenario: La persona con la que interactuamos no quiere darnos lo que queremos.

Lo que queremos puede ser cualquier cosa. Más cariño, más comprensión, más complicidad, más gratitud, más tiempo, etcétera, etcétera. Y por la razón que sea, a esa persona no se le pone en la punta de la nariz dárnoslo. O al menos dárnoslo en el grado y en la forma que nosotros deseamos.

Esto suele suceder en un contexto en el que la otra persona tiene otras prioridades. Es perfectamente capaz de darnos lo que queremos, pero no lo hace porque prefiere poner su atención y su energía en otras cosas, o porque considera que la relación está bien como está y no desea cambiar nada.

Tomemos ahora el segundo escenario: La persona con la que interactuamos no puede o no sabe darnos lo que queremos.

Esto suele suceder en un contexto en el que ciertos atributos de la personalidad son incompatibles. Quizá tú eres una persona ordenada que adora la planificación, mientras que la otra persona es caótica y adora la improvisación. O eres una persona sensible y la otra persona no lo es. O eres una persona combativa de fuertes opiniones y la otra persona tiende a eludir cualquier conflicto. O eres una persona amable y desprendida, mientras que la otra persona es ruda y egoísta. O eres una persona observadora y perceptiva, mientras que la otra persona está en la inopia todo el santo día y tiene la expresión facial de una vaca cuando ve pasar el tren.  

En este tipo de situaciones, la desconexión entre lo que queremos y lo que recibimos de la relación no suele ser debida a la falta de voluntad de la otra persona, sino a que esa persona no está equipada para darnos lo que queremos. Lo que resulta evidente para nosotros no lo es en absoluto para ella.

En ambos escenarios, sea el motivo no querer o no poder darnos lo que deseamos, percibimos un distanciamiento emocional en la relación. Un vacío que no acertamos a llenar. Y eso no nos gusta nada.

¿Cómo solemos reaccionar ante esto? 

Habitualmente, de dos maneras:

La primera es intentar forzar a la persona a darnos lo que queremos a través de distintas estrategias, lo cual – sorpresa, sorpresa -, no suele tener mucho éxito. Y la segunda es mantener la misma dinámica de relación con esa persona, pero sintiéndonos heridos o frustrados porque lo que obtenemos no responde a nuestras expectativas.

Sea cual sea el camino que escojamos, no salimos bien parados. La relación no nos da el resultado emocional que perseguimos.

Esto quizá no sea un gran problema si solamente se produce en un par de casos aislados que no sean particularmente relevantes en tu vida, pero si ésta es la dinámica que opera en la mayoría de tus relaciones, tienes un problema que requiere solución urgente, porque estás renunciando a una enorme cantidad de satisfacción vital que tienes al alcance de tu mano.

Recuerda: Esta anomalía en nuestra conducta no se percibe a primera vista. Tienes que pararte a reflexionar con sinceridad sobre la dinámica que guía tus relaciones. Cuando lo hagas, es posible que encuentres vestigios de algunas de las cosas de las que estamos hablando aquí. Y eso es perfectamente natural, porque todos caemos en ellas. Son debilidades inherentes a nuestra naturaleza humana.

Pero eso no quiere decir que no podamos mejorar las cosas.

¿Qué esperabas? ¿Que Frank Spartan te dejara escapar, así como así?

Hacia unas relaciones más sanas

Para construir unas relaciones más satisfactorias, hay una serie de principios que debemos tener en cuenta. Lo que suele ocurrir es que, sencillamente, nuestras creencias sobre las relaciones y el modo en que solemos actuar no son demasiado consistentes con ellos.

Por eso, antes de lanzarnos a intentar mejorar las cosas, es necesario rebobinar un poco y tener estos principios en cuenta, porque son algo así como las reglas básicas de este juego. Unas reglas que, más a menudo que lo contrario, nuestras emociones nos hacen olvidar.

Veamos cuáles son.

Principio #1: Nadie te debe nada

Este principio dicta que no debemos enfocar las relaciones generando expectativas sobre lo que la otra persona debe hacer para compensar nuestros esfuerzos. La otra persona es como es. No nos debe un comportamiento ético, ni respeto, ni amistad, ni amor, ni cortesía, ni inteligencia por ninguna ley cósmica.

Cómo se comporta es su decisión y solamente suya.

Muchas relaciones se empañan porque alguna de las dos personas, o ambas, llevan un contador de los favores o gestos que han hecho por la otra persona y crean obligaciones ficticias en su mente sobre cómo esa persona debe responder. Y cuando la persona no se adecúa a esa imagen mental, surge la insatisfacción.

Esas obligaciones que tu mente crea sobre la otra persona son un lastre que te impide alcanzar cotas superiores de satisfacción en esa relación. Líbrate de ellas.

Si has hecho algo por la otra persona, acepta que lo has hecho porque tú has querido. Punto final. Y si lo has hecho con el objetivo de generar una obligación moral en ella porque tienes vocación de manipulador profesional, al menos sé consciente de eso, y acepta que esa persona puede decidir no participar en tus artimañas.

Sea como fuere, nadie te debe nada. Te doy oficialmente la bienvenida a la realidad.

Principio #2: No intentes forzar a alguien a hacer algo que no quiere hacer

La única forma de conseguir que una persona haga algo es que quiera hacerlo.

Sí, quizá puedas forzarla una o dos veces, pero no podrás hacerlo de forma continuada, salvo que tengas unas fotos suyas en paños menores y en una situación comprometida. Y lo que es más importante, no podrás hacerlo sin que a esa persona le quede mal poso de su relación contigo.

Todos tropezamos una y otra vez con este principio. Cuando un comportamiento no nos satisface, intentamos cambiar a la otra persona. Pero las personas no cambian tan fácilmente. Los cambios de ese calibre, en esas pocas veces que se producen, suelen tener lugar en largos periodos de tiempo.

Los atajos que llevan a resultados inmediatos no son tal. Tarde o temprano, el rencor y las heridas que quedan al intentar forzar a alguien a hacer algo que no desea se manifiestan en la relación.

No intentes forzar a nadie. Deja a la gente ser libre.

Principio #3: Las mejores relaciones emanan de la sinceridad con uno mismo

Cuando nos relacionamos con los demás, el deseo de ser aceptados influencia nuestro comportamiento. Tendemos a decir o hacer cosas que no son necesariamente consistentes con lo que pensamos de verdad, pero aun así lo hacemos porque creemos que la otra persona nos valorará más si actuamos de esa forma.

Esto es natural y humano. Pero la consecuencia de ese hábito de comportamiento en nuestras relaciones es que acabamos rodeados de personas que conectan con la máscara social que hemos decidido lucir en público, pero no con quienes somos realmente en nuestro fuero interno. Y eso es como llevar un saco de piedras a cuestas que nos impide disfrutar plenamente de la relación.

Mostrar tu lado más sincero requiere coraje, porque es posible que algunas personas no conecten contigo y se aparten de ti. Pero, al mismo tiempo, atraerá a las personas que sí conectan con quién eres realmente y con las que puedes construir relaciones de un nivel de calidad y versatilidad al que nunca llegarías con las personas que se han apartado de ti.

Tú decides, cantidad o calidad.

Si quieres mi opinión, no tengo duda: La calidad gana por goleada.

Principio #4: La conexión siempre es parcial, nunca total

En muchas de nuestras relaciones, solemos desarrollar conexión emocional en una serie de áreas: En el trabajo, cuando practicamos una afición, un deporte o una actividad de ocio, cuando salimos a divertirnos, cuando necesitamos que nos escuchen, cuando necesitamos organizar algo, etcétera, etcétera.

Todos esos son ambientes o situaciones concretas en las que la relación aporta valor a ambas partes. Es en ellos donde se forjan las raíces de esa relación.

Sin embargo, muy a menudo no nos contentamos con eso. Pretendemos que esa conexión se extienda a otras áreas que pueden resultarnos de interés, pero que pueden no interesar demasiado a la otra persona. Y la otra persona, por un sentido de reciprocidad o lealtad, nos acompaña.

En estos casos, nuestra intención suele ser buena. Conectamos con esa persona en ciertos ámbitos y queremos fortalecer la relación extendiéndola a otros campos. Pero esta forma de proceder no suele producir los resultados esperados, porque proyecta expectativas hacia la otra persona que son más carga que alivio para ella, y que poco a poco deterioran la relación.

Y es que, por mucho que deseemos fervientemente que sea así, es francamente difícil conectar en todo. En la inmensa mayoría de los casos, conectamos con los demás en unas cosas y en otras no. Pero nuestras emociones nos empañan el juicio y la avaricia se apodera de nosotros.

Para que la relación sea realmente satisfactoria debe circunscribirse a las áreas en las que ambas partes, no sólo una de ellas, obtienen satisfacción. Áreas en las que ambas deciden participar con plena libertad. Y eso requiere desaprender la creencia de que las personas con las que tenemos un lazo emocional poderoso deban participar en todas las áreas de nuestra vida.

Implicaciones prácticas de estos principios

Cuando adoptamos la filosofía de estos principios en la realidad práctica de nuestra vida, nuestras relaciones se transforman. Se convierten en relaciones sanas, en las que ambas partes operan libremente y preservando los límites que consideran oportunos en base a sus objetivos emocionales.

  • Empezamos a hacer las cosas porque queremos, sin proyectar obligaciones de reciprocidad hacia la otra persona. Si nos apetece, hacemos favores. Si nos apetece, llamamos. Si nos apetece, pedimos perdón. Si nos apetece, hacemos planes juntos. Si no nos apetece, no lo hacemos.
  • Empezamos a actuar con sinceridad, adaptándonos a la situación concreta en la que nos encontremos, pero sin ocultar al otro cómo somos realmente. Sin avergonzarnos de lo que creemos, pensamos o sentimos.
  • Empezamos a ceñirnos a las áreas de la relación que aportan valor a ambas partes. Si surge la oportunidad de expandir la relación a otras áreas de forma natural, no tenemos problema en intentarlo, pero tampoco tenemos problema en dejar de hacerlo si comprobamos que eso no nos satisface.
  • Empezamos a permitir sin restricciones que la otra persona actúe como bien le parece. Puede que su comportamiento nos agrade o puede que no. Si no lo hace, no tenemos problema en decírselo si lo consideramos oportuno, pero sin pretender coartar su libertad. Y nuestro termómetro emocional nos dicta si debemos cambiar nuestra forma de relacionarnos con esa persona para llegar a un nivel mínimo aceptable de satisfacción con esa relación, o resulta preferible abandonar la relación en su totalidad.

Funcionar con estos principios es un cambio de paradigma en el mundo de las relaciones. Dejamos de enfadarnos o sentirnos heridos cuando los demás no nos corresponden. Dejamos de intentar que los demás se adecúen a nuestras expectativas. Dejamos de esconder nuestra verdadera cara para conseguir sentirnos aceptados. Dejamos de sentirnos culpables cuando decidimos minimizar la atención que prestamos a las relaciones que no nos satisfacen.

Esto, evidentemente, no sucede de la noche a la mañana. Al igual que la formación de cualquier hábito que merece la pena, es un proceso gradual que se va perfeccionando con la práctica. Empezar despacio, observar, corregir, repetir.

Lo interesante de todo esto es que al actuar así no ponemos en peligro nada importante, porque lo único que estamos haciendo es dar la oportunidad a los demás y a nosotros mismos para relacionarnos con mayor libertad. Ponemos el foco en nuestra propia soberanía, nuestra propia esencia, nuestra propia autoestima. Y dejamos que los demás hagan lo mismo.

Este tipo de comportamiento es muy poco común. La inmensa mayoría de nosotros tendemos a forzar, a exigir, a proyectar obligaciones y a coartar la libertad de los demás de muchas maneras diferentes. Y los demás hacen lo mismo con nosotros. Por eso, cuando alguien nos deja ser libres, nos sentimos inmediatamente atraídos por esa persona. Es como atisbar un rayo de luz en medio de la oscuridad.

Por eso, aunque nuestra fragilidad emocional nos haga pensar lo contrario, la aplicación de estos principios no provoca que nuestras relaciones se debiliten, sino que se depuren y se fortalezcan.

Ahí tienes el santo grial de las relaciones. Ahora ya sólo te falta probarlo en tu propia vida.

Pura vida,

Frank.

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