La mejor forma de preparar la posible pérdida de un ser querido

Hace no mucho tiempo le pregunté a una persona que conozco si había algún tema que le preocupaba especialmente y sobre el que le interesaba que escribiera un post. Después de pensárselo un poco, esa persona me dijo lo siguiente:

Creo que voy a tener muchos problemas para aceptar que las personas que quiero mueran y desaparezcan de mi vida. Es algo en lo que intento no pensar, porque no sé cómo abordarlo.

La verdad es que me pareció un tema muy interesante, pero por alguna razón lo guardé en la recámara y no me decidí a escribir nada al respecto. Quizá porque era un tema demasiado complicado, quizá porque yo no había tenido una experiencia similar reciente, o quizá porque, simplemente, a mí también me costaba aceptar que el día en el que ya no podré volver a ver a las personas que quiero llegará en algún momento.

Pues bien, hoy ha pasado algo que me ha hecho decidirme a hacerlo. He recibido la noticia de que alguien a quien quería mucho y que era muy especial para mí había muerto recientemente. Y lo que ha pasado después de recibir esa noticia ha sido muy interesante. Tan interesante que me ha impulsado a escribir este post.

Para empezar, ha habido un shock inicial que ha durado algunos minutos, porque el acontecimiento me ha pillado absolutamente desprevenido. No olvidemos que estamos en una dinámica de día a día en la que estamos confinados en casa y nos estamos acostumbrando a que no suceda nada fuera de lo común. En ese contexto, el efecto de una noticia de este estilo se amplifica considerablemente.

Sin embargo, después de ese shock inicial, se ha desencadenado un proceso mental que ha sido, cuando menos, curioso. He pensado en lo último que había hecho con esa persona y he buscado argumentos para justificar si había hecho ese momento lo suficientemente bueno. Y después he empezado a pensar si todos los momentos anteriores a ése lo habían sido.

De algún modo, ese proceso de pensamiento me ha llevado a constatar algunas revelaciones importantes que pueden ser de utilidad a la hora de entender cómo podemos prepararnos mejor para la pérdida de un ser querido.

Veamos cuáles son.

La extraña manera en la que funciona el verdadero afecto

No voy a revelar quién es la persona de cuyo fallecimiento me acaban de informar. Ser un poco más explícito probablemente le daría un poco más de perspectiva a este post, pero no creo que sea necesario. Él siempre fue una persona muy discreta, así que mantengamos su anonimato.

A pesar de ello, hay un par de cosas que merece la pena mencionar para que el mensaje de este post se entienda mejor. Para hacer el relato más sencillo, vamos a darle a nuestro personaje el nombre de Miguel.

Conocí a Miguel hace muchos años, cuando empecé a practicar pseudo-profesionalmente una actividad deportiva en equipo. Él había llegado muy lejos en esa actividad, y por una serie de giros del destino, había acabado aterrizando en el club donde yo la practicaba.

Miguel y yo tuvimos cierto trato durante aquella época, pero nunca profundizamos demasiado. Nos veíamos muy poco, casi siempre en circunstancias en las que yo tenía poco tiempo o estaba en movimiento hacia algún sitio. Sin embargo, por esporádicos y fugaces que fueran aquellos momentos, capté algo en él.

Si me hubieran preguntado entonces, probablemente no habría sabido explicarlo. Y no es para menos, porque apenas habíamos compartido tiempo juntos. Pero había algo. Una especie de conexión sutil, imperceptible, que flotaba en el aire cuando interactuábamos.

Era como si él entendiera perfectamente lo que pasaba por mi cabeza. Las cosas que me preocupaban, las cosas que me excitaban, las cosas que me daban miedo. Nunca dijo nada al respecto, pero me miraba, hablaba y sonreía como si, por arte de magia, pudiera leer mis pensamientos.

Miguel me dejó una gran huella. Una huella que parecía no tener mucho fundamento detrás, pero que yo sabía que se basaba en un entendimiento mutuo poco común. Un entendimiento que extrañamente trascendía el que existía con la mayoría de las personas que yo frecuentaba entonces.

Después de aquella época, Miguel se salió del buen camino. Su vida atravesó algunos acontecimientos complicados y empezó a beber. Estaba casi siempre solo. Yo me cruzaba con él de vez en cuando y siempre que me paraba a saludarle veía cómo la tristeza iba ocupando en sus ojos el espacio que antes ocupaba la alegría de vivir. Sin embargo, la amabilidad y el afecto de su mirada seguían allí. Por mucha tristeza que le embargara, nunca los perdió.

Aquí llegamos a la primera revelación: El verdadero afecto funciona de forma muy curiosa. A menudo creemos que el afecto surge de la familiaridad, del tiempo y las experiencias que compartimos con alguien. Y eso tiene parte de cierto, pero el verdadero afecto, ese afecto de calidad superior, no suele surgir de ahí. El compartir tiempo y experiencias puede ayudar a mantener la calidad del afecto que ya existe, pero rara vez lo eleva significativamente de nivel. A veces sucede, pero no suele ser lo habitual.

¿De dónde surge, entonces, el verdadero afecto?

El verdadero afecto surge cuando encuentras a alguien que te entiende de verdad. Y para eso, tú tienes que ver algo en esa persona que te impulse a mostrarte a ella tal y como eres, no como el personaje social que tu ego te dice que debes ser.

Hay personas que despiertan eso en nosotros. Tienen ese don. Personas que, por breves que sean nuestras interacciones con ellas, conectan con nuestro lado más profundo. Personas que ven algo que otras no ven, o que dicen las cosas de una forma diferente. Esas personas no abundan. Es difícil encontrarlas. Y cuando las encuentras, debes tratarlas como un tesoro. Porque eso es lo que son.

Miguel era una de esas personas.

Hay algunas otras personas así en mi vida. No son muchas, pero existen. Seguro que también habrá algunas en la tuya, aunque no las trates demasiado a menudo por las circunstancias en las que te encuentres. Sea como sea, debes identificarlas y tenerlas presentes, por el motivo que veremos a continuación.

La mejor manera de sobrevivir emocionalmente a la pérdida es sentir que has hecho lo suficiente

La segunda gran revelación a la que he llegado tras digerir la pérdida de Miguel es que hay un punzón afilado esperándote a la vuelta de la esquina cuando pierdes a un ser querido. Es algo que no puedes apreciar con claridad cuando esa persona se encuentra aún con vida, pero que se clavará en tu corazón sin ninguna piedad si no tomas algunas precauciones mientras todavía tienes tiempo.

Hay una cosa que te proporcionará una armadura muy sólida contra ese punzón. Es una cosa muy simple y que parece una tontería. Pero es algo que, si lo ignoramos, se convertirá en una mano de acero que empujará ese punzón de forma implacable en nuestro dolor durante mucho, mucho tiempo.

Ese algo no es otra cosa que asegurarte de que esa persona percibe, de forma inequívoca, el afecto que sientes hacia ella. Inequívoca. No puede haber lugar a dudas. Tienes que estar absolutamente seguro de que esa persona lo ve claro como el agua. La forma en la que consigues eso es lo de menos. Pero tiene que darse cuenta.

Recuerdo la última vez que vi a Miguel. Fue la navidad pasada. Yo estaba en un bar con un grupo de amigos. Era la última copa de la noche y estábamos brindando y riendo.

De repente, le vi. Estaba al otro lado del bar, como de costumbre solo, tomando un vino. El bar estaba abarrotado y apenas podíamos movernos. Sentí la tentación de quedarme con mis amigos a acabar la copa, porque llegar al otro lado del bar iba a requerir un esfuerzo titánico y probablemente generar muchas caras de mala leche por mis más que probables pisotones. Pero, tras unos momentos de titubeo, pensé: “Fuck it”. Y decidí que iría hasta donde él estaba para saludarle.

Atravesé la sala como un trozo de papel de fumar y le toqué el hombro. Él se volvió y sus ojos se encendieron de alegría. Nos dimos un abrazo y nos felicitamos las Navidades.

Él me preguntó si estaba solo. Yo le dije que mis amigos estaban al otro lado del bar y señalé hacia la puerta.

Joder, ¿y has venido hasta aquí? Te habrá costado horrores – dijo él.

Un poco – le dije. Pero te he visto y no iba a dejar de darte un abrazo.

El sonrió, me agarró de los dos brazos y me agitó con alegría.

No recuerdo de qué hablamos después. Pero sí recuerdo que me fui a casa pensando que había hecho feliz a Miguel. Por la sencilla razón de que, con ese gesto, él sabría con seguridad que yo le apreciaba mucho. Sí, puede que lo supiera ya, pero sin aquella noche me habría sido difícil decir con absoluta seguridad que fuera así.

Después del episodio del bar, ahora sí puedo decirlo. Estoy seguro de que Miguel percibió la intensidad del afecto que yo le tenía. Y esa seguridad marcó la diferencia en mi estado de ánimo cuando me enteré de su muerte. Porque ese punzón afilado que estaba esperándome a la vuelta de la esquina ya no iba a poder hacerme tanto daño.

El tiempo puede acabarse en cualquier momento. Nunca podemos saber cuándo será ya demasiado tarde. El dolor de perder a un ser querido nunca nos abandonará, pero si podemos librarnos del arrepentimiento de no haber expresado nuestro afecto lo suficiente, será un dolor mucho más llevadero, mucho menos agrio, mucho menos oscuro. Un dolor que no sea tan necesario enterrar en lo más profundo de nuestra alma. Un dolor al que podremos mirar siempre a los ojos porque hicimos lo que de verdad importaba cuando tuvimos la oportunidad.  

Y para terminar, como no hay fiesta de despedida sin música, una canción en tu honor, Miguel.

Descansa en paz. Un auténtico placer haberte conocido.

Pura vida,

Frank.

 

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1 comentario en “La mejor forma de preparar la posible pérdida de un ser querido”

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