Por qué tu percepción del riesgo está equivocada

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La película 300 narra la historia del enfrentamiento entre un puñado de espartanos (300, nada menos) y el ejército persa del rey Xerxes. En la primera escena de la película, un emisario persa llega a Esparta con un mensaje de Xerxes. El mensaje básicamente viene a decir que si los espartanos no se rinden inmediatamente, miles y miles de persas se pasarán por allí con cara de pocos amigos y lo reducirán todo a cenizas.

Tras oír el encantador mensaje de Xerxes, el rey espartano, Leónidas, piensa en qué demonios hacer. Y tras unos segundos de reflexión, manda al emisario al fondo de un pozo de una patada. A juzgar por la patada, yo diría que el emisario dejó este mundo bastante antes de tocar el fondo. 

A primera vista, parece evidente que Leónidas se precipitó y tomó una decisión demasiado arriesgada. ¿Decenas de miles de persas contra 300? Es mucho más prudente rendirse, ¿no?

Quizás no. Depende de cómo se mire. Leónidas, en mi opinión, tomó la decisión menos arriesgada. Porque era la que tenía mayores probabilidades de llevarle al resultado que buscaba.

El riesgo es un concepto que siempre ha intrigado a Frank Spartan. Dediqué muchos años de mi carrera profesional al estudio del riesgo desde un punto de vista financiero, pero después me interesé por su aplicación en otros ámbitos, en particular cómo enfocamos el riesgo desde el punto de vista psicológico y emocional.

La forma en la que las personas evaluamos el riesgo en las decisiones importantes es un tema que me parece fascinante. Quizá por eso los libros de Nassim Nicholas Taleb me parecen tan geniales. A pesar de lo tocapelotas y antisistema que es su estilo, Taleb es probablemente el autor que mejor ha abordado el concepto de riesgo.

Este post tiene un hilo conductor primordialmente financiero, aunque no se queda ahí. Algunas de las reflexiones que contiene que van mucho más allá y pueden extenderse a otras dimensiones de nuestra vida, como nuestra carrera profesional y relaciones personales, con la misma conclusión: En lo que a la evaluación del riesgo se refiere, no solemos estar muy acertados.

Pero vayamos paso a paso y empecemos por el ángulo financiero, ¿te parece?

Una de las barreras que muchos de nosotros encontramos a la hora de intentar poner orden en nuestras finanzas personales es el riesgo que apreciamos en la decisión de invertir nuestros ahorros.

Y es que la idea de invertir nos inspira temor, generalmente por tres motivos.

1. El desconocimiento sobre las opciones

La mayoría de nosotros no tenemos experiencia profesional en el mundo de las finanzas y no conocemos bien las alternativas de inversión que tenemos a nuestra disposición.

¿Bolsa? ¿Bonos? ¿Pagarés? ¿Fondos? ¿Ladrillo? ¿Productos estructurados? ¿Oro? ¿Criptomoneda? ¿Start-ups? ¿Crowdlending?

¡!Aarggggghhhh!! Cortocircuito.

2. Los mecanismos psicológicos de aversión al riesgo

Los mecanismos biológicos de funcionamiento del cerebro provocan que perder nos duela mucho más que no ganar, y por tanto nos resulta más fácil renunciar a la posibilidad de ganar que aceptar la posibilidad de perder.

Por ejemplo:

Si te dijera que tienes 70% de probabilidades de ganar un premio valorado en 120 euros, ¿pagarías 10 euros por jugar? Es muy posible que sí.

Sin embargo, si te dijera que tienes un 30% de probabilidades de perder 10 euros si quieres tener la posibilidad de ganar 120, el mero hecho de oír la palabra “perder” influenciaría tu forma de enfocar la situación y podría alterar tu respuesta. Simplemente, tu cerebro enfoca la situación de forma ligeramente diferente porque la forma en la que te lo digo activa ciertos mecanismos.

Además de eso, generalmente no funcionamos en base a meras probabilidades, sino que al tomar decisiones damos más importancia a ciertos escenarios que a otros en función de lo deseables o indeseables que sean los resultados para nosotros, con independencia de su probabilidad.

Por ejemplo:

Si te dijera que tienes un 70% de probabilidades de ganar un premio valorado en 48.000 euros, ¿pagarías 4.000 euros por jugar? Es muy posible que dijeras que no, a pesar de que las proporciones y las probabilidades son las mismas que en el juego anterior, en el que tenías que pagar 10 euros para poder ganar 120.

La explicación psicológica de este fenómeno es que las personas funcionamos en base a beneficio percibido, no en base a meras probabilidades de ganar o perder. Y es el tamaño del beneficio o pérdida percibidos lo que determina cómo enfocamos el riesgo. En este último ejemplo, 4.000 euros es una pérdida potencial que percibimos como mucho más significativa y dolorosa que perder 10 euros, a pesar de que la ganancia potencial tenga exactamente la misma proporción en ambos casos.

3. El deseo de disponibilidad

La incertidumbre sobre si necesitaremos el dinero inesperadamente provoca que estemos predispuestos a tenerlo inmediatamente disponible, por si las moscas.

Este deseo es humano y natural. Nuestra mente es extraordinariamente creativa a la hora de imaginar un número ilimitado de catástrofes y desgracias, con lo que nos resulta difícil renunciar a la certeza de poder acceder a nuestro dinero cuando queramos.

Y eso resulta complicado si ese dinero se encuentra invertido en ciertas cosas, porque a veces esas cosas no pueden convertirse en dinero con rapidez (lo que implica que no podemos disponer del dinero inmediatamente) o tienen un alto grado de volatilidad (lo que implica que podemos necesitar ese dinero en un momento malo, cuando la inversión ha perdido parte de su valor).  

Estos tres motivos, el desconocimiento, los mecanismos psicológicos de aversión al riesgo y el deseo de disponibilidad, bastan y sobran para convencernos de que estamos bien como estamos y de que no merece la pena que nos metamos en líos. 

En otras palabras, concluimos que invertir tiene demasiado riesgo y nos quedamos tan anchos.

La pregunta es… ¿estamos realmente tan bien como creemos? ¿Estamos evaluando adecuadamente los riesgos? ¿O quizá todo esto son historias que, de tanto contárnoslas a nosotros mismos hemos acabado creyendo, pero que no tienen demasiado fundamento?

Una aproximación más equilibrada a cómo enfocar el riesgo

Observemos de cerca cada uno de esos tres elementos que nos llevan a concluir que invertir tiene demasiado riesgo.

El desconocimiento sobre las opciones de inversión

Para que este elemento haga su aparición en escena y nos inmovilice, debe ocurrir alguna de estas dos cosas:

La primera posibilidad es que creas que tus finanzas personales no son tan importantes para tu satisfacción vital a largo plazo y que por tanto no merece la pena aprender sobre las opciones de inversión.

La respuesta de Frank Spartan a esta situación, si eres un individuo medio, es muy simple: Te equivocas. Y si no llegas a esa conclusión por tu propio pie, la vida te dará la bofetada – o serie de bofetadas – correspondiente cuando llegue el momento.

La segunda posibilidad es que, a pesar de ser consciente de la importancia de las finanzas personales, no acabes de decidirte a pasar a la acción y empezar a aprender. Si es así, no te apures. Estar leyendo este artículo ya es estar haciendo algo. Y prácticamente toda la información para aprender lo que necesitas está a tu disposición de forma gratuita.

Así que… tranquilidad. Paso a paso, gota a gota, día a día. En unos cuantos meses sabrás más que suficiente si te aplicas un poco.

Pasemos ahora a analizar los otros dos elementos. Éstos requieren un poco más de atención, porque esconden trabas psicológicas reales que nos inmovilizan. Así que vamos a darles un poco de rock ‘n’ roll.

Los mecanismos psicológicos de aversión al riesgo

Vale, digamos que eres averso a la pérdida, como somos la inmensa mayoría de nosotros. Frank Spartan no va a cuestionar si eso debe ser así, porque es una de esas cosas que simplemente es. Tú eres averso a la pérdida y yo también.

Lo que sí voy a cuestionar es tu creencia sobre lo que realmente estás perdiendo.

Veamos.

Digamos que no quieres invertir porque tienes miedo a perder tu dinero. Y lo dejas en tu cuenta corriente para no perderlo.

Si ahí es donde acaba tu análisis de la situación, estás obviando algo importante. Estás obviando que, al hacer eso, también estás perdiendo. Y no estoy hablando de una potencial pérdida como en el caso de invertir, sino de una pérdida segura.

Voy a darte unos segundos para que los mecanismos de tu cerebro que regulan la aversión a perder se activen.

¿Ya empiezas a tener taquicardias? Muy bien. Sigamos.

¿Pero qué demonios estoy perdiendo? Mi dinero está seguro en el banco – me dirás.

Y Frank Spartan te responde: Dos cosas.

La primera cosa que estás perdiendo es el valor real que tiene ese dinero.

El poder adquisitivo de ese dinero se reduce con el tiempo. Las cosas, y por una misteriosa razón, especialmente las que más necesitamos como comida, gasolina, sanidad, educación, etcétera, etcétera, suben de precio. Es lo que se conoce en términos económicos como inflación. Si no obtienes una rentabilidad suficiente a tus ahorros vía inversión, cada vez podrás comprar menos de esas cosas que tanto necesitas.

La segunda cosa que estás perdiendo es el tiempo que te queda para mejorar tu situación.

Cuanto más tiempo estés sin hacer nada con tu dinero, menos tiempo te quedará. Si estás unos años metido en la cueva, ésos son años en los que no estás expuesto a la posibilidad de que sucedan cosas buenas a la luz del día. Y si dejas escapar ese tiempo, estás reduciendo las probabilidades de que te vaya bien en la totalidad de tu vida.

Considera este mismo dilema desde otro punto de vista. Digamos que tienes un trabajo predecible pero insatisfactorio y te surge la posibilidad de embarcarte en un proyecto que implica asumir ciertos riesgos, pero que encaja mucho mejor con quién eres y lo que quieres. En otras palabras, algo que “si sale bien” sabes que te haría mucho más feliz.

Observemos primero el escenario en el que decides no cambiar nada. Ésa es la opción menos arriesgada, me dirás. 

Pero Frank Spartan te dice que es muy probable que te equivoques. Y que, si eliges esa opción, estés arriesgando tu felicidad más que en la otra.

Por un lado, sabes que estás insatisfecho con lo que haces. Y eso es una pérdida segura.

Y por otro, cuanto más tiempo pase, más difícil te va a resultar cambiar y menos potenciales oportunidades van a aparecer. Y eso es otra pérdida segura.

Esas dos pérdidas seguras van a hacer que tu sensación de insatisfacción crezca con el tiempo. Van a hacer que aumenten las probabilidades de que te alejes cada vez más de la felicidad. Y van a hacer que el riesgo de que acabes arrepintiéndote de no haberlo intentado antes sea cada vez mayor.

Dicho de otro modo, el riesgo de acabar insatisfecho es acojonantemente grande.

Ahora observemos el escenario en el que decides embarcarte en ese nuevo proyecto. A primera vista puede parecer la opción más arriesgada, pero ¿es eso cierto? ¿Qué estás arriesgando realmente?

Detrás de todas esas cortinas de humo que te impiden ver con claridad, lo que hay es esto: Lo que estás realmente haciendo es deshacerte del hábito de permanecer insatisfecho (lo cual es una ganancia, no una pérdida) y aprender cosas nuevas en un área que te atrae mucho más que la actual.

Estás en movimiento hacia algo mejor.

Las cosas te pueden salir bien o mal, pero ese movimiento tiene muchas más probabilidades de hacer que te sientas feliz que la opción de quedarte escondido en la madriguera lamiéndote las heridas. Y también tiene más probabilidades de que descubras otras cosas buenas en el camino que ahora no puedes ver. Simplemente por estar ahí fuera, en movimiento.

Por esta razón, la conclusión acertada es que el riesgo de acabar insatisfecho en este escenario es probablemente menor que en el otro. Estás exponiéndote a que todas esas potenciales cosas buenas sucedan y además lo estás haciendo con suficiente tiempo por delante para que así lo hagan. Con esa dinámica, las probabilidades juegan a tu favor.

¿Y qué me dices de la elección de tu pareja? ¿Tiene realmente menos riesgo comprometerte con alguien que no es compatible contigo y confiar en que la emoción que sientes en ese momento te salve de los muchos baches que vendrán en el futuro, que probar suerte a experimentar esa emoción con otra persona más compatible contigo? ¿O permanecer en una relación que sabes con certeza que no te satisface del todo, simplemente porque te da miedo no encontrar a alguien más adecuado y que se ajuste mejor a tu personalidad y visión de la vida? ¿Qué estrategia tiene más probabilidades de hacerte feliz a largo plazo? 

Pues bien, la decisión de invertir o no invertir es exactamente igual. La acción de invertir te pondrá en movimiento hacia algo mejor. Habrá baches en el camino, sin duda. Pero evitas dos pérdidas seguras y, a largo plazo, las probabilidades de que sucedan cosas buenas juegan a tu favor.

La incertidumbre sobre necesitar disponer de tu dinero inesperadamente

El miedo a tener que disponer del dinero ante acontecimientos inesperados es un miedo muy real. A veces no tenemos claro en qué dirección vamos a ir y unos caminos requieren mayor disponibilidad inmediata de dinero que otros. Y a veces somos especialmente paranoicos con las emergencias y no queremos, bajo ningún concepto, estar desprevenidos ante ellas.

Ambas situaciones hacen que nos inclinemos a mantener el dinero en un lugar fácilmente accesible, lo que implica invertirlo en instrumentos de muy bajo riesgo, poco volátiles y con capacidad de convertirse en metálico inmediatamente, si es que decidimos invertirlo en absoluto.

Esto es muy prudente, pero nos zambulle de bruces en la pérdida garantizada que comentábamos antes, porque nuestro dinero pierde poder adquisitivo en el entorno habitual de crecimiento constante de precios.

Sin embargo, podemos evitar esto sin renunciar a tener nuestro dinero ampliamente disponible. Lo único que tenemos que hacer es afinar la estimación del importe que podemos necesitar a corto plazo si se materializan los escenarios que nos preocupan.

Cuando Frank Spartan dice afinar, me refiero a hacer la estimación de forma equilibrada y pragmática. No poniéndonos las gafas del Campeón Mundial de los Cenizos. Ser demasiado conservadores no es útil para nosotros, porque nos inmoviliza y nos atrofia.

Recuerda la máxima de Frank Spartan sobre la seguridad: La verdadera seguridad no está en permanecer en el lugar que crees cómodo y predecible, sino en desarrollar la actitud y las habilidades necesarias para adaptarte a los cambios y superar las dificultades. En el mundo en el que vivimos, ésa es la única definición de seguridad que te protegerá si la pones en práctica.

Cuando hayas afinado las necesidades, mantén un colchón de ahorros razonable sin invertir (o invertido en depósitos de muy bajo riesgo e inmediatamente disponibles) que te dé tranquilidad de que no te vas a quedar con los pantalones en los tobillos si se materializa tu peor escenario. Y después invierte el resto en base a tu perfil de riesgo, pero con una rentabilidad esperada que supere la inflación.

Una vez hagas eso, estarás en movimiento. Aprenderás cosas sobre inversiones, irás perfeccionando tu estrategia y ganarás confianza. Y de esa forma estarás construyendo auténtica seguridad.

Incluso si esos escenarios que requieren disponibilidad de dinero inmediata se acaban materializando, estarás mejor preparado para encontrar una solución. Y si no se materializan, en el largo plazo acabarás, con una altísima probabilidad y asumiendo que no haces locuras con tus inversiones, mucho mejor que si te hubieras quedado con la cabeza debajo de la almohada. 

Conclusiones

El momento de invertir es ahora. Cuando eres joven. Cuando eres capaz. Cuando tienes energía y herramientas para encontrar soluciones y superar las dificultades. Es en este momento cuando debes arriesgar con cabeza.

Recuerda: Si no lo haces, también estás arriesgando. Y en la opinión de Frank Spartan, estás arriesgando mucho más, aunque parezca contraintuitivo.

Por una parte, en el largo plazo, estás arriesgando llegar a tu vejez sin los medios suficientes y dependiendo de instituciones sobre las que no tienes ningún control. Y eso implica poner en peligro tu situación vital en el momento en el que eres más vulnerable y tienes menos capacidad, energía y herramientas para superar dificultades.

Por otra parte, en el medio plazo, estás arriesgando tu grado de confianza para dar un giro en otra dirección que te llene más desde el punto de vista personal o profesional. Esas situaciones llegan. Y disponer de suficiente flexibilidad financiera cuando lo hacen es clave para llegar al grado de confianza suficiente que nos impulsa a lanzarnos a elegir el camino más incierto, pero que conecta de verdad con quiénes somos y qué queremos.

Y eso, en el libro de Frank Spartan, es un riesgo mucho más peligroso. Es sólo que no estamos acostumbrados a verlo porque no lo tenemos delante de las narices.

La conclusión de todas estas reflexiones es que resulta clave que ampliemos nuestra visión a la hora de evaluar el riesgo de las decisiones importantes. Hay aspectos disfrazados de pérdidas que, usando otro enfoque, son más bien recompensas. Y hay aspectos disfrazados de recompensas que tampoco son tal. Tienes que aprender a identificar su verdadera naturaleza adoptando una visión más amplia que la habitual y sin perder de vista tus objetivos fundamentales. 

Una vez tengas un enfoque adecuado de los riesgos de las diferentes alternativas, puedes elegir. Y puedes hacerlo convencido de que, a pesar de los riesgos, estás haciendo aquello que maximiza las probabilidades de que te vaya bien, en el verdadero y amplio sentido de la palabra.

Ésa es una decisión bien tomada. Una decisión que se basa en un enfoque equilibrado del riesgo.

Lo mismo que la de Leónidas lo fue.

Pura vida,

Frank.

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