Por qué debemos contarnos mejores historias

Hoy vamos a hablar de historias. No de las historias que leemos en los libros, escuchamos en la radio o vemos en la televisión, sino de las historias que nos contamos a nosotros mismos sobre nosotros mismos.

Con el paso de los años, Frank Spartan fue tomando conciencia de una verdad que late silenciosamente bajo la superficie. Una verdad que se encuentra disfrazada y que no es tan sencilla de apreciar como otras verdades que gobiernan la calidad de la existencia humana.

Esa verdad es ésta: No es el desarrollo de nuestra vida lo que determina cómo son las historias que nos contamos a nosotros mismos, sino que son las historias que nos contamos a nosotros mismos lo que determina cómo se desarrolla nuestra vida.

Esto parece contraintuitivo, ¿no es así? A primera vista, lo bien o mal que nos trata la vida y lo buenos o malos que son los resultados que cosechamos con nuestras decisiones son los aspectos que deberían esculpir nuestra visión sobre nosotros mismos y todo lo que nos rodea.

  • Si las cosas nos salen bien, tenemos una visión más positiva. Nos apreciamos más. Nos gusta cómo funciona el mundo.
  • Si, por el contrario, las cosas nos salen mal, tenemos una visión más negativa. No nos gusta lo que vemos en el espejo. El mundo nos parece un lugar injusto y cruel.

Y, por tanto, esta visión es la que genera, irremediablemente, el tipo de historias que nos contamos a nosotros mismos una y otra vez. Las historias son una consecuencia natural de cómo nos trata la vida. ¿De qué otra forma podría ser si no?

Pues me temo que no, colega. Eso es lo que parece a primera vista, pero la dinámica se produce en sentido contrario. Por eso es una verdad oculta. Para verla funcionar hay que adentrarse en un camino poco transitado y cortar con un machete las ramas que lo bloquean. Y hay ramas para aburrir. 

Todos nosotros, yo el primero, somos narradores muy cuestionables. Las historias que nos contamos a nosotros mismos sobre lo que nos sucede y por qué nos sucede están distorsionadas por un montón de factores, incluido nuestro equilibrio psicológico y emocional del momento.

Eso tiene una gran relevancia, porque cuando nos enfrentamos a un problema o una situación complicada, precisamente cuando más necesitamos que esas historias nos sean de utilidad, nuestro equilibrio psicológico y emocional no está en su mejor momento. Y eso hace que los pensamientos que componen el armazón de esas historias no sean los que más nos pueden ayudar a solucionar el problema.

Veamos este aspecto un poco más de cerca.

El proceso de contar historias

Cuando construimos esas historias sobre nosotros mismos y el mundo que nos rodea, especialmente en situaciones cargadas de emociones negativas como el miedo, la tristeza, la ansiedad o la ira, suelen pasar ciertas cosas.

Por una parte, solemos ser selectivos a la hora de observar los hechos. Decidimos echar el lazo a algunos de ellos para interpretarlos e incorporarlos a nuestra historia y decidimos omitir ciertos otros. Quizá esa omisión sea legítima y quizá la llevemos a cabo porque, en ese momento y circunstancia, creemos que nos conviene. Pero, sea cual sea la razón, esa dinámica provoca que la historia sea incompleta.

Por otra parte, solemos tabular la importancia relativa de los hechos que incorporamos a nuestra historia. Decidimos dar mucha importancia y enfatizar algunos de ellos, y al mismo tiempo decidimos dar poca importancia y minimizar ciertos otros. En el mismo proceso de narrar la historia, estamos haciendo ya un juicio de valor sobre la relevancia de esos hechos. Y eso provoca que la neutralidad de esa historia no sea demasiado elevada.

En resumidas cuentas, la fiabilidad de las historias que nos contamos a nosotros mismos está en entredicho, porque el equilibrio el narrador es cuando menos cuestionable. La historia que llega a nuestro cerebro está más esculpida por nuestras emociones del momento que por una representación equilibrada de los hechos.

¿Y qué sucede? Que nuestro cerebro, al escuchar esa cuidadosamente prefabricada historia, encuentra la justificación racional para legitimizar las emociones que estamos sintiendo. En ese momento todo cuadra y pasamos a estar absolutamente seguros de que tenemos razón en la forma en la que vemos las cosas y de que nuestras emociones están plenamente justificadas. Nuestra historia es absolutamente fiable y realista y, evidentemente, las historias de los demás que contradicen la nuestra no son más que un montón de basura.

En ese punto nos enrocamos y construimos una empalizada de cuatro metros a nuestro alrededor. Y es jodidamente complicado sacarnos de ahí. Incluso lo es llegar hasta nosotros. Nuestra visión se estrecha. Todas las posibilidades que hay a nuestro alcance desaparecen o se reducen enormemente, y nos quedamos con la sensación de que estamos atrapados entre barrotes.

Y sí, puede haber barrotes delante de nuestros ojos, pero a ambos lados y a nuestras espaldas se despliega un campo abierto, sin trabas ni restricciones. No estamos en ninguna cárcel. Sin embargo, desde donde nos encontramos sólo vemos los barrotes que tenemos delante. Y, cuando eso sucede, nuestra capacidad de gestionar situaciones difíciles se viene abajo.

Imagina esta pauta de actuación cada vez que surge un problema medianamente serio en nuestras vidas. Un despido, un desencuentro familiar, una ruptura en nuestra relación de pareja, un fracaso profesional, un conflicto en nuestras relaciones personales. Imagina todo el potencial desperdiciado, toda la frustración, toda la tristeza, todo el tiempo que perderíamos si nos contáramos a nosotros mismos historias limitantes, historias que estrechan nuestra visión, historias que nos llevan a pensar que estamos encerrados y que no hay solución posible.

Mi jefe ha denegado mi solicitud de promoción. Debe de pensar que no estoy haciendo un buen trabajo. Creo que me van a despedir. ¿Podré encontrar otro trabajo a mi edad?

Mi pareja ha dejado de acostarse conmigo y está todo el día con el móvil. Seguro que está teniendo una aventura. No podría perdonarle. Pero ¿cómo reaccionarían los niños? No sé qué hacer.

Mi amiga Ana ha visto mi mensaje hace cuatro horas pero no ha respondido aún. ¿Le habrá molestado algo que he dicho? Quizá ya no nos entendemos también como antes.  Se ha vuelto un poco estirada.

Mis amigos de la cuadrilla prestan más atención y tienen mejor rollo con las personas que más bromean. Probablemente sea mejor que no les hable de mi nuevo proyecto o de las cosas que me preocupan o pensarán que soy un coñazo. 

Cosas como éstas y muchas otras en contextos similares suceden constantemente. Pero esto no tiene por qué ser así. Podemos transformar toda esta contraproducente dinámica en algo mucho más valioso. Algo que nos ayude a sentirnos mejor y a aprovechar nuestro potencial para construir una vida mucho más satisfactoria.

Cómo podemos convertirnos en mejores narradores

Para evitar este problema, sólo hay una solución: Debemos convertirnos en mejores narradores. Debemos contarnos mejores historias a nosotros mismos. Y no me refiero solamente a historias más verdaderas, sino también, y especialmente, a historias más útiles.

El proceso de convertirnos en mejores narradores tiene varias partes. Examinémoslas una por una para entenderlas mejor.

1. Ponte en guardia con anticipación

Esta fase del proceso es clave. Sin ella, todo el despropósito se desencadena de forma automática y acabamos metidos hasta el cuello en el pozo negro que hemos descrito con anterioridad.

Tienes que interiorizar esta idea antes de que esas historias empiecen a fluir. Cuando te encuentres en calma, cuando estés alegre, cuando todo vaya bien, es cuando debes hacer una nota mental de los siguientes puntos:

  1. En algún momento no muy lejano llegará una situación complicada.
  2. Tus emociones se dispararán y enturbiarán tu juicio de la situación.
  3. La alteración emocional puede hacer que tus pensamientos se concentren en unas partes de la realidad y les adscriban una importancia desproporcionada e ignoren otras partes o minusvaloren su importancia.
  4. Esa dinámica de pensamiento te llevará a construir historias que puede que no sean un fiel reflejo de la realidad, o que al menos incluyan partes indebidamente descompensadas.
  5. Cuando esas historias fluyan libremente por tu cabeza, tu capacidad de gestionar esa situación complicada adecuadamente se resentirá.

En otras palabras, debes ponerte en guardia  con anticipación a cuando lleguen los demonios. No solamente una vez, sino de forma frecuente, para desarrollar el hábito de permanecer en guardia. Y de esa forma reconocerás a esos demonios cuando se presenten.

2. Identifica las historias poco útiles y obsérvalas

Cuando por fin llegue esa situación difícil para la que te estás preparando, pueden pasar tres cosas.

La primera, que es la ideal, es que detengas todo el proceso natural de narración cuando está arrancando, apartes esos pensamientos que tratan de colarse en tu cabeza y pospongas la narración hasta que te encuentres emocionalmente más equilibrado.

Este escenario es cojonudo porque evita que te adentres en el lodazal y te permite salir del desaguisado con la camisa impoluta. Pero la mayoría de nosotros no somos el Dalai Lama. Esto es muy complicado de conseguir y probablemente no debas convertirlo en tu objetivo a corto plazo, porque sería poco realista.    

La segunda, la menos atractiva, es que tu proceso de puesta en guardia no fructifique, bien porque no lo has interiorizado lo suficiente o porque, a pesar de haber hecho un buen trabajo de preparación, la situación altera tanto tu estructura emocional que no eres capaz de distinguir que las historias que llegan a tu cabeza no son adecuadas.

Este escenario da por el saco, porque acabas cayendo al pozo negro que queremos evitar. Pero la realidad es que, por mucho que te afanes, habrá situaciones que te superen. En esas situaciones, es natural que las historias poco útiles te arrollen como una apisonadora. Nos pasa a todos en mayor o menor medida y nos seguirá pasando. El objetivo es mejorar poco a poco en esta habilidad para que cada vez nos pase un poco menos.

La tercera cosa que puede suceder es que el proceso de narración de la historia poco útil empiece y te sumerjas en el lodazal durante un tiempo. Pero, paulatinamente, te vas dando cuenta de que esa historia que estás oyendo día tras día no te ayuda. Vas siendo cada vez más consciente del trabajo de puesta en guardia que hiciste con anterioridad. Y vas entendiendo, poco a poco, que vas a tener que cambiar algo si quieres salir del pozo.   

Éste es el escenario en el que se encuentra la mayoría de personas que quieren mejorar las cosas. Las pautas perniciosas de narración que hemos desarrollado durante años son muy poderosas y se acaban colando por los resquicios de la pared, por muy en guardia que nos pongamos. Pero si somos cuidadosos, acabaremos detectando sus artimañas e identificando dónde se encuentran los problemas. Y eso ya es la mayor parte de la solución.

3. Edita la historia original y crea una nueva historia que sea más útil

Una vez que has identificado esa historia poco útil que está vagando a sus anchas por tu cabeza y limitando tu visión, es hora de echarle la mano al cuello sin contemplaciones, ponerla contra la pared y explicarle un par de cosas.

Para hacer esto bien, debes tener dos importantes cosas en cuenta.

  • La primera es que debes fijarte en las partes de la historia que sufren un exceso de descompensación. Esto no es sencillo de hacer, porque son tus emociones las que generan esa descompensación. Y, para agravar el problema, tenemos la dichosa manía de identificarnos con nuestras emociones, en lugar de tomárnoslas como cosas que vienen y van.

Tu mejor arma para acometer esta tarea con éxito es observar los hechos con la máxima neutralidad posible. Cuando lo hagas, verás que hay otras interpretaciones de esos hechos que también son posibles, y que quizá te hayas precipitado en tu historia original saltando a conclusiones que no están tan bien fundamentadas.

  • La segunda es que debes hacer lo posible para apreciar los hechos con una mentalidad en la que el optimismo brille un poco más que la negatividad. Casi todas las situaciones difíciles tienen soluciones, aunque en el momento de máxima disrupción emocional no acertemos a apreciarlas. Cuando abrazamos la mentalidad positiva y la aplicamos a gestionar activamente aquellas cosas que se encuentran en nuestro círculo de influencia, las cosas van, de forma casi irremediable, a mejor.

Veamos cómo podríamos editar las historias originales que hemos puesto antes como ejemplo con estas herramientas:

Evidentemente, hacer todo esto es difícil cuando estás echando humo por todas partes como una moto trucada. Por eso, antes de ponerte a editar tu historia, es conveniente que te enfoques en domesticar tus emociones en la medida de lo posible. Pasea, haz ejercicio, medita, lee, comparte tiempo con personas positivas. Todo eso te ayudará a volver a un estado emocional más equilibrado. Y, desde ahí, el proceso de editar tu historia con optimismo y los hechos en la mano será mucho más fructífero.

Conclusión

Las historias que dejamos que entren en nuestra cabeza acaban determinando cómo se desarrollará nuestra vida. Esas historias dictan nuestro sentido de valía, nuestra capacidad de sobreponernos a las dificultades, nuestra habilidad para relacionarnos con otras personas, nuestro grado de autoaceptación, nuestra tolerancia al dolor, incluso nuestro sentido de la vida.

Todo está ahí. Nada escapa al proceso de narración que tiene lugar en nuestra cabeza.

Por eso, debemos desarrollar el hábito de permanecer vigilantes. Debemos atravesar el frondoso bosque de nuestras emociones e identificar las historias poco fundamentadas y poco útiles. Y, una vez las identifiquemos, coger con firmeza la goma de borrar y usar nuestra creatividad, nuestra determinación y nuestro optimismo para reescribir el guion de la forma que más beneficie a nuestros objetivos.

Ese guion tiene un final feliz. Si lo buscamos de verdad, lo encontraremos. Y esa historia molará mucho más que el aburrido y pusilánime tostón que nos estábamos contando a nosotros mismos una y otra vez.

Reescribe y vencerás.

Pura vida,

Frank.

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