Cómo saber lo que te conviene

Los seres humanos somos una fuente inagotable de sorpresas. No solamente tendemos a elegir cosas que no nos convienen demasiado, sino que además solemos prestar mucha atención a aspectos que probablemente no sean tan importantes para nuestra felicidad y poca atención a otros aspectos que probablemente sí lo sean. Una paradoja de la condición humana que se repite generación tras generación, inalterable al paso del tiempo.

Lo interesante del asunto es que no solemos hacer esto por ignorancia. No del todo, al menos. Una gran parte de nosotros sabemos, aunque sea de forma muy sutil, qué es lo que más nos conviene. Pero, aun así, a menudo no decidimos en la dirección que esa sabiduría que yace dentro de nosotros nos marca, sino en la dirección diametralmente opuesta. Es extraño, sorprendente, a veces hasta estúpido de solemnidad. Pero, por alguna razón, no parecemos poder evitarlo.

Y en cierto sentido, es así. No podemos.

No podemos porque nuestro cerebro llega a un gran número de conclusiones de forma puramente instintiva, sin un proceso pausado de reflexión. Ese instinto decisorio es una función básica de nuestra psique que se ha ido desarrollando durante miles de años para facilitar nuestra supervivencia, permitiéndonos ahorrar grandes cantidades de energía cognitiva que podemos dedicar a otros menesteres. Y menesteres a los que dedicar atención precisamente no faltan en los tiempos que corren, lo cual nos incentiva a favorecer aún más las decisiones rápidas e instintivas frente a las lógicas y razonadas.

Debido a este mecanismo cerebral automático, muchas de nuestras conclusiones intuitivas iniciales nos parecen obvias, lo cual nos impulsa a actuar conforme a lo que ellas nos dictan. No perdemos demasiado tiempo en plantearnos si estamos realmente haciendo lo que más nos conviene o no. Asumimos que es así, porque todo en nuestra mente parece indicar que lo es. La música que oímos cuando nuestro cerebro llega a esas conclusiones no desentona en absoluto. Todo encaja perfectamente y lo que elegimos hacer sienta bien. O al menos, eso nos parece en ese preciso momento.

Tomar la última copa en lugar de irse a casa. Tumbarse en el sofá en lugar de hacer ejercicio. Enfadarse con alguien en lugar de dejarlo correr. Comprar de forma impulsiva. Dejar que las cosas importantes se ahoguen en el mar de las cosas urgentes. No poner límites a los demás. Esperar a que el exterior se ajuste a nuestros deseos en lugar de ajustar tu propia actitud. Culpar. Victimizarse. Conformarse. Decidir en base a las expectativas de los demás. Llevar una dieta poco sana. Dejarse llevar por la pereza. Procrastinar. Eludir la incomodidad. Alimentar la impaciencia. Demonizar las equivocaciones. No desarrollar la curiosidad de aprender cosas nuevas. Escapar del silencio y la inactividad. Buscar la distracción permanente.

Estos son ejemplos de cosas que muchos de nosotros hacemos habitualmente, sin apenas cuestionar si realmente nos convienen o no. Las decidimos de forma rápida, instintiva y semiinconsciente, una y otra vez.

Sin embargo, por muy obvia que esta forma instintiva de decidir nos parezca, cuando pasa algo de tiempo a menudo constatamos, para nuestro asombro, que no nos encontramos en el lugar del mapa que nos gustaría. No tenemos la ocupación profesional que nos gustaría ni la desempeñamos como nos gustaría. No tenemos las relaciones personales que nos gustarían. No vivimos con la libertad que nos gustaría. No estamos tan alegres ni vemos el futuro con tanta claridad y optimismo como nos gustaría. No estamos físicamente tan bien como nos gustaría. No nos sentimos tan en paz con nosotros mismos como nos gustaría.

En una palabra, caemos dolorosamente en la cuenta de que no estamos viviendo como nos gustaría.

Y si eso es así, es evidente que algo ha fallado en nuestro proceso de toma de decisiones. Porque en un horizonte temporal suficientemente largo, el dónde estamos y el cómo vivimos son el resultado de todas las decisiones que hemos ido tomando en los momentos anteriores. En un horizonte temporal suficientemente largo, el impacto del azar se diluye y la fuerza que más determina dónde estamos es qué demonios elegimos libremente hacer y qué demonios elegimos libremente no hacer.

Ésa es la verdad. Puedes evitarla y te puede doler escucharla todo lo que quieras, pero es la verdad. Lo demás son excusas de barra de bar que puedes lanzar a los cuatro vientos para justificar tus desventuras a los demás, pero que tú mismo sabes perfectamente que no son más que humo. Una densa cortina de humo que te separa convenientemente del rostro impasible y justiciero de tu propia responsabilidad.

Entonces, ¿qué es lo que falla? ¿Por qué nuestras decisiones no suelen conducirnos al lugar deseado? ¿Por qué no nos llevan a esa forma de vivir que tanto nos gustaría?

Veámoslo.

La clave para saber elegir lo que nos conviene

El principal obstáculo que enturbia nuestro juicio sobre lo que es bueno y lo que es menos bueno para nosotros es una cosa muy simple: No tener demasiada idea de qué narices significa “nosotros”.

La causa principal de la paradoja de elegir cosas que no nos convienen no es que tengamos una pasión oculta por autoflagelarnos o que secretamente deseemos terminar en un lugar oscuro, húmedo y vacío. No queremos ser infelices a propósito. No somos tan estúpidos. Lo que la inmensa mayoría de nosotros queremos es acabar en un buen lugar, sentirnos bien, ser felices.

El problema es que, cuando no tenemos claro quiénes somos, vamos por la vida muy confundidos. Somos muy ignorantes. Y cuando nadamos en ese mar de confusión e ignorancia, nuestro estado interno se manifiesta en nuestros actos y las circunstancias nos arrastran fácilmente hacia la decisión más tentadora. Y la decisión más tentadora generalmente nos proporciona algún tipo de placer intenso e inmediato que nos hace sentir bien, pero no es la que más nos conviene.

Cuando nos acostumbramos a funcionar así, nos acabamos convirtiendo en esclavos inconscientes del sentir. El sentir es nuestro mantra. Buscamos sentir emociones lo más rápidamente posible y acceder a ellas a través de todos los atajos que tenemos a nuestro alcance. Es lo que nuestro estado de conciencia y nuestro nivel de autoconocimiento nos permiten. Pero no debemos culparnos por ello. Sencillamente, no sabemos hacerlo mejor.

Sin embargo, existen múltiples evidencias de que las emociones cortoplacistas (pista: todas lo son) son una brújula muy engañosa a la que no conviene otorgar excesivo poder de decisión en nuestra vida. Son una referencia muy importante que siempre hemos de tener en cuenta, pero si queremos ser más diestros a la hora de tomar decisiones que nos convienen quizá no debamos dar a nuestras emociones del momento el volante del vehículo, ni tan deprisa ni tan a menudo.

No, el problema no es que seamos estúpidos. Simplemente somos débiles. Una debilidad que crece exponencialmente cuando no nos conocemos bien a nosotros mismos, cuando no tenemos unos objetivos claros que conecten con quiénes somos y cuando no construimos un ambiente a nuestro alrededor que facilite que nos acerquemos a esos objetivos, en lugar de alejarnos de ellos.

En resumidas cuentas, lo que Frank Spartan está diciendo es esto:

La fórmula más efectiva para discernir mejor lo que es bueno para nosotros es entender mejor el tipo de persona que somos y el tipo de persona que queremos ser.

A menudo, cuando nos hacemos este tipo de preguntas, tenemos la mira desviada. Ponemos el carro delante del caballo. El foco de nuestra atención se fija en descubrir qué queremos conseguir y en cómo conseguirlo. Nos concentramos en el tener, antes de profundizar en el ser.

Perseguir el tener ignorando el ser es algo que nos vemos impulsados a hacer por influencias culturales y porque creemos saber muy bien lo que nos hará felices. Pero eso es una ilusión. No es tan sencillo como parece, y no lo es porque no podemos elegir bien estando desconectados del ser. El psicólogo Dan Gilbert investigó este tema en profundidad y llegó a unas conclusiones muy interesantes, que para nada avalan la capacidad de los occidentales de predecir lo que nos hará felices. Y es que, muy a menudo, lo que perseguimos no está en conexión con quiénes somos. 

Olvídate del hacer y el tener por el momento. El  hacer y el tener vienen después. Lo primero es el ser, la esencia, la identidad. Si no hay equilibrio ahí, todo lo que construyas, por muy grandilocuente que sea y muy reconocido que esté entre las personas que te rodean, tendrá una base con pies de barro. Y en algún momento de tu vida se vendrá abajo estrepitosamente.

La inmensa mayoría de personas no están en absoluto conectadas con sus motivaciones internas profundas. Dicen cosas como “soy como soy” para justificar lo que hacen, pero no saben realmente por qué lo hacen. No han metido ni el dedo meñique en ese lugar donde se encuentra su sombra, su lado oscuro, sus nudos gordianos emocionales, sus conflictos no resueltos.

Y no es para menos, porque lo que hay ahí no es plato de buen gusto para nadie. Si entráramos ahí veríamos a nuestro ego en paños menores. Veríamos sus motivaciones reales. Veríamos que no desea ayudarnos tanto como creíamos, sino que sólo pretende protegerse a sí mismo. Y eso duele. Duele, pero es un paso clave para conocernos mejor. Un paso clave para entender. Un paso clave para aceptar. Un paso clave para decidir mejor. Y como consecuencia de todo lo anterior, un paso clave para vivir mejor.

¿Cómo discernir lo que nos conviene y lo que no?

Hay dos etapas que debemos atravesar para hacernos más diestros en discernir lo que de verdad nos conviene.

Etapa 1: Ponerse manos a la obra en profundizar en el conocimiento de uno mismo

Estás de suerte, colega. Hoy en día existen muchas herramientas de autoconocimiento ampliamente disponibles que pueden ayudarte a empezar el camino de conocerte mejor. Tests de personalidad, diferentes técnicas de meditación, terapias cognitivo-conductuales, libros y charlas sobre diferentes modelos mentales de autoconocimiento y muchas otras cosas más.

Y digo empezar, porque ese camino no tiene fin. Es un viaje en el que, si continúas remando, seguirás descubriendo cosas muy interesantes sobre ti mismo. Cosas que te ayudarán a navegar con mayor habilidad por las procelosas aguas de la vida.

Por ejemplo, Frank Spartan está ahora mismo profundizando en el estudio del Eneagrama con uno de los autores más duchos en el tema. El Eneagrama es un modelo muy útil y práctico para escuchar con mayor nitidez la melodía que suena en tu interior e identificar quién demonios mueve los hilos de cada instrumento que la compone. Leí un par de libros sobre este modelo hace unos diez años y recientemente lo he vuelto a retomar, porque se ha desarrollado mucho y me parece una herramienta muy interesante y fácilmente aplicable a multitud de campos diferentes de nuestro día a día.

Escribir lo que pienso y leer lo que he escrito con espíritu crítico y desapegado también me resulta muy útil, así como meditar de vez en cuando. También he probado la terapia con un profesional, aunque no llegué muy lejos. Quizá pruebe con otro dentro de un tiempo.

Éstas son algunas de mis técnicas de autoconocimiento. No tienen por qué ser las tuyas. Prueba las que más te atraigan y conecten contigo y quédate con las que más te convenzan. Como te he dicho antes, el camino no termina, ni falta que hace. Hay tiempo de sobra para experimentar y afinar.

Eso sí, si quieres mejorar en tu forma de tomar decisiones sobre lo que te conviene y lo que no, no puedes hacer trampa en el conocimiento de ti mismo. Puedes intentarlo, pero te garantizo que tarde o temprano la vida te agarrará de la pechera y te dará un par de capirotes.

Etapa 2: Decidir qué tipo de persona quieres ser

Una vez que te has enfangado un poco mirando a tus defectos y carencias a los ojos y has empezado a entender mejor tus motivaciones más profundas, has de preguntarte cuáles son los desequilibrios internos que más bloquean tu felicidad. Y para eso no hay mejor receta que observar los resultados que cosechas en las diferentes áreas de tu vida.

Cuando hay un área de tu vida que no funciona bien, lo más probable no es que el problema se encuentre en el mundo exterior. Lo más probable es que haya algo en ti que no carbura adecuadamente y que afecta a los resultados que obtienes en esa área. En otras palabras, hay un desequilibrio interno de algún tipo en tu forma de enfocar las cosas que requiere una compensación para recuperar el equilibrio.

Por eso, esta segunda etapa va de identificar el tipo de compensaciones que debes incorporar a tu forma de enfocar la vida para vivir con mayor abundancia. Va sobre definir una identidad refinada a la que quieres aspirar, partiendo de la identidad actual con la que has entrado en contacto en la primera etapa.

Es muy probable que esa identidad refinada no pueda ser radicalmente diferente a tu identidad actual, porque muchas de las cosas que eres vienen ya de base cuando naces y no puedes cambiarlas fácilmente. Pero sí puede ser una identidad enriquecida con las compensaciones internas adecuadas para que fluyas por la vida con un nivel superior de destreza. De forma más consciente, más conectada, más equilibrada.

En esa identidad conceptual refinada a la que aspiras, habrá una serie de cosas en las que deberás centrarte en tus decisiones del día a día si quieres hacerla más visible. Si quieres que pase de un mero concepto de tu mente y tu intuición a algo real que pueda manifestarse en el mundo. Y éste es el único criterio válido para determinar si una acción o una elección es realmente buena o mala, conveniente o no conveniente para nosotros: El que nos acerque a esa identidad refinada a la que aspiramos o que nos aleje de ella.

Ésta es la vara de medir que hemos de tener siempre con nosotros. La vara de medir con la que hemos de desafiar las conclusiones instintivas de nuestro cerebro. No todas ellas, porque sería impracticable, pero sí aquellas que se producen en áreas que son particularmente importantes para nosotros, por ser muy definitorias de esa identidad refinada a la que aspiramos.

Si una acción te ayuda a acercarte a tu identidad refinada, te conviene. Si te aleja de ella, no te conviene.

Puro y simple.

Una puntualización relevante sobre este tema: El objetivo no es, ni mucho menos, afanarnos en construir una escultura perfecta de esa identidad refinada. Lo realmente importante es permanecer en movimiento hacia el objetivo. El progreso, por pequeño que sea, en el sentido en el que esa identidad refinada se encuentra.

Siendo realistas, es muy poco probable que consigamos todo lo que nos proponemos. Recuerda que somos débiles e imperfectos. Y tampoco necesitamos conseguir grandes proezas para que el esfuerzo merezca la pena. Si hoy conseguimos ser un poco mejores que ayer y acercarnos unos centímetros más a esa identidad refinada a la que aspiramos, habremos cumplido con nuestro cometido con creces.

Poco a poco, día a día. No hace falta nada más. Todo lo demás es una distracción que no nos aporta nada útil.

¿Qué significa todo esto en la práctica?

Ilustremos todo este galimatías con un ejemplo. Y ya que hemos mencionado el Eneagrama, vamos a utilizarlo para ello.

Frank Spartan es un Eneatipo 3. Tengo rasgos de otros Eneatipos, pero el 3 es mi Eneatipo dominante. Eso implica que mi motivación fundamental cuando estoy apegado y sometido por el ego es buscar que se me valore. Mi herida de base es creer que no soy valioso por lo que soy, sino por lo que consigo a ojos de los demás. Me importa bastante lo que los demás piensan de mí y deseo estar en una posición reconocida como “exitosa”, en el campo que sea, para lograr esa ansia de validación que no encuentro por mí mismo.

Ésta fue la fuerza motriz interna que marcó las decisiones importantes de mi vida y mi forma de relacionarme con los demás durante mucho tiempo, lo cual, a pesar de ayudarme a conseguir mis objetivos académicos, deportivos y profesionales, también generó multitud de desequilibrios por el camino.

Hoy en día, las tendencias psicológicas clave del Eneatipo 3 siguen siendo una parte fundamental de mi esencia y mi personalidad. Sin embargo, gracias a ese proceso de autoconocimiento, poco a poco fui descubriendo por qué veía las cosas como las veía, qué era lo que fallaba en mi forma de enfocar la vida y a qué tipo de identidad refinada quería aspirar. Me fui dando cuenta de que quería aspirar a vivir de forma más libre, conforme a mis propios valores, con autenticidad y sin el yugo de la opinión de los demás, aunque eso sacrificara mis posibilidades de alcanzar la definición convencional de éxito y sentir tanto reconocimiento del exterior.

Abrazar esa identidad refinada como objetivo vital me permitió ir incorporando compensaciones que me ayudaron a vivir de forma más sabia. Empecé a clarificar mis prioridades, a ponerme distintos objetivos, a relacionarme de forma diferente con los demás, a acostumbrarme a no cumplir expectativas que no cuadraban con mi filosofía de vida, a aprender a poner límites y a decir no. Y después de practicar todo eso durante algunos años, el río me llevó, de forma natural, a la decisión de abandonar aquella vida y construir otra con una ocupación profesional diferente, en un lugar diferente, con unas prioridades diferentes y una perspectiva diferente sobre el éxito y la forma de relacionarme con los demás y conmigo mismo.

¿Quiere esto decir que ya no caigo en las trampas egoicas típicas del Eneatipo 3? ¿Que ya nunca me importa lo que opinen los demás, que ya nunca busco la atención y el reconocimiento externo, que ya nunca me siento vacío, deprimido, hipócrita?

Por supuesto que no. Caigo constantemente en todo eso, porque el 3 es mi Eneatipo dominante. Pero ahora soy mucho más consciente de cómo soy, de qué hay en mi lado más oscuro y de cuáles son mis motivaciones primarias. Eso me permite ver venir los desequilibrios, o al menos identificarlos con mucha mayor nitidez cuando llegan. Ahora tengo más herramientas para gestionar esos desequilibrios e incorporar compensaciones que los neutralicen, al menos parcialmente. Y eso, cuando lo comparo con la ceguera de mi pasado inconsciente, es como la noche y el día a la hora de navegar por la vida.

Gracias a ese proceso, ahora me resulta más sencillo distinguir lo que me conviene: Cualquier cosa que me acerque a esa identidad refinada a la que aspiro, basada en valores como la libertad, la autenticidad, el coraje, el servicio a los demás, la conexión conmigo mismo, es algo deseable. Cualquier cosa que me aleje de esa identidad refinada es algo no deseable. Y al haber decidido abrazar esa identidad como mi principal objetivo vital, también me resulta mucho más sencillo actuar de la forma que más me acerque a ella, a pesar de las muchas tentaciones que inundan mi día a día y que me impulsan mecánicamente a hacer lo contrario.

No siempre lo consigo. A veces meto la pata. A veces, la meto hasta el fondo. Soy humano. Eso quiere decir que soy imperfecto, impredecible, visceral, inconsistente, torpe… – puedes empezar a defenderme cuando quieras -, pero a la vez he aprendido a ser amable conmigo mismo y a perdonarme por mis errores. De hecho, he firmado un cheque de perdón en blanco por anticipado para cubrir todas las meteduras de pata que vendrán en el futuro, que sin duda serán muchas y muy gordas.

Sin embargo, aun siendo consciente de esa inevitable imperfección, elijo seguir caminando. Elijo comprometerme con empezar cada nuevo día con la intención de seguir avanzando, centímetro a centímetro, hacia esa identidad refinada objetivo. Porque sé que cuanto más me acerque a ella, más abundancia habrá en mi vida, y viceversa. Porque sé que el Universo no hace trampas. Y porque sé que, en el fondo, ésa es la decisión personal que realmente marca la diferencia en este juego misterioso al que todos estamos jugando.

Pura vida,

Frank.  

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