La habilidad más importante que existe

En este post hablamos sobre la educación tradicional y las herramientas que más nos pueden servir para desenvolvernos con destreza en este complejo mundo en el que nos adentramos. Y anticipamos que, para maximizar las probabilidades de éxito al perseguir nuestros objetivos, era necesario prestar atención a una habilidad concreta. Una habilidad que marca la diferencia en nuestra capacidad de ganar a la casa y salir victoriosos por la puerta del casino sin que los matones intenten rompernos las piernas por jugar con ventaja.

Esta habilidad puede explicar, en un alto grado, por qué una vida se desarrolla de cierta manera y no de otra. Por qué el coeficiente intelectual o los privilegios obtenidos al nacer no son un determinante tan relevante como podemos llegar a creer. Por qué nos gusta tanto ver deporte de competición. Por qué recordamos a los personajes mitológicos y por qué admiramos a los grandes líderes, a los superhéroes y los protagonistas de las películas de acción.

Y todo empieza por una simple decisión.

La Gran Elección

Existen dos tipos de personas en el mundo: Los que bailan desnudos delante del espejo con una peluca de Drag Queen y purpurina en la cara al empezar el día y los que no.

Bueno, vale, sí. Pero hay una división aún más importante que ésa:

  • Por una parte, están las personas que eligen creer que las capacidades innatas con las que nacen, sus circunstancias y su personalidad, una vez formada, son fijas. Que ésa es la mano de cartas que tienen y que, más allá de unos pequeños esfuerzos en ciertas áreas, el resto depende de la suerte. Cuando las cosas no salen bien, las causas se encuentran prácticamente siempre en el exterior: Su pareja, sus amigos, su jefe, el tráfico, la economía, el tiempo. No suelen asumir la responsabilidad de lo que les sucede, porque tienen tallada en el cerebro la frase de “yo soy así” y la creencia de que no pueden hacer gran cosa al respecto, de que no pueden mejorar a través de la autocrítica y el crecimiento personal. Lo que de verdad les importa es no equivocarse y proteger su imagen ante sí mismos y los demás ocultando sus debilidades.
  • Por otra parte, están las personas que eligen creer que, sea cual sea la mano de cartas que les toca al nacer, pueden mejorar. Que pueden hacerse más capaces y diestras en sus habilidades y exponerse más a las oportunidades mediante movimientos que se encuentran bajo su control. Que cuando las cosas no salen bien, las causas no se encuentran tanto en el exterior, sino en algo que esas personas quizá podrían haber hecho mejor, o que podrían haber hecho de otra forma. Que lo que de verdad importa es aprender y crecer, aunque ello implique equivocarse y experimentar dolor, y no tanto preservar su imagen ante sí mismas y los demás ocultando sus debilidades y criticando al mundo exterior por su falta de sensibilidad hacia ellas.

Según vamos evolucionando, elegimos alimentar una mentalidad u otra. El ambiente en el que somos educados produce una gran influencia en nosotros, porque escuchamos mensajes, vemos formas de actuar e interiorizamos creencias de nuestro entorno que permanecen para siempre en nuestra memoria. Sin embargo, aunque nos hallemos influenciados por lo que recordamos en aquellos años en los que nuestro carácter se fue forjando, nuestra capacidad de libre decisión sigue existiendo. Siempre podemos elegir en qué lado de esa línea queremos estar y en qué queremos creer:  Una mentalidad de crecimiento que nos invoca a luchar para no dejar de crearnos a nosotros mismos, o una mentalidad fija que nos arrastra a permanecer impasibles a las oportunidades de desarrollo y nos condena a irnos deteriorando con el tiempo.

Las implicaciones prácticas de la Gran Elección

Elegir luchar para crearnos a nosotros mismos, creer que somos responsables de nuestro destino, interiorizar la idea que podemos mejorar con esfuerzo y compromiso y adoptar la convicción de que lo verdaderamente importante es aprender y crecer aun a costa de meter la pata de vez en cuando, tiene implicaciones de un alcance extraordinario. Hasta tal punto que Frank Spartan opina sin dudarlo que alimentar y desarrollar esa mentalidad de crecimiento, esa actitud ante la vida, o no hacerlo, es el factor más determinante en nuestro éxito, sea lo que sea que esa palabra signifique para nosotros.

¿Por qué?

Muy sencillo: Porque la mentalidad de crecimiento genera acción, mientras que la mentalidad fija genera inacción.

La acción es la llave que más puertas abre. Puertas que llevan a oportunidades, caminos, personas que nunca descubriríamos sin haber desarrollado ese impulso a actuar, a no quedarnos quietos esperando que el mundo exterior cambie para adecuarse a nuestros deseos. La acción es la llave maestra de la vida.

Mmmm…¿Será ésta?

A continuación vamos a profundizar en las implicaciones prácticas de adoptar una u otra mentalidad, y su impulso natural asociado de actuar o no actuar, en algunas de las dimensiones más importantes para nuestra satisfacción vital.

Nuestra fortaleza emocional

Nuestra fortaleza emocional es la armadura con la que nos presentamos en el campo de batalla. Esa armadura puede ser tan fina como la camiseta de tirantes de Marlon Brando en Un Tranvía llamado Deseo o tan gruesa como la piel de un rinoceronte, y conforma nuestras habilidades para relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.

Esas habilidades comprenden aspectos como nuestro nivel de autoconocimiento, nuestra capacidad de enfrentarnos a las dificultades con entusiasmo, de enfocar las cosas con mentalidad positiva, de practicar autocontrol y empatía, de perseverar, de vencer a nuestros miedos, de expresar nuestros sentimientos con claridad y asertividad, de desarrollar autoestima con independencia de las opiniones de los demás, etcétera, etcétera. Existe consenso entre los expertos de que este arsenal de habilidades emocionales determina dónde conseguimos llegar en la vida en mayor grado que nuestro coeficiente intelectual.

La experiencia de Frank Spartan en el mundo de los negocios es absolutamente consistente con esta conclusión. De hecho, cuando ahora evalúo una potencial inversión financiera en una empresa de nueva creación, la fortaleza emocional del equipo gestor es el factor individual que más peso tiene en mi decisión de invertir o no. Más que la idea de negocio, su C.V. o su red de contactos. Eso es lo que más información me da sobre su capacidad de superar dificultades. Y en una empresa de nueva creación, lo mismo que en la vida, hay muchas, muchas dificultades que superar.

¿Vas a renunciar, muchacho?

Algunos nacemos con una habilidad innata para estas cosas, pero no es el caso de la inmensa mayoría. Sin embargo, las investigaciones al respecto son concluyentes: Son capacidades que se pueden aprender y desarrollar con la práctica, pasando a la acción.

Las personas sin mentalidad de crecimiento no tienen impulso natural a actuar en este campo. Asumen que reaccionar con agresividad ante las críticas, no expresar sus emociones, evitar las situaciones incómodas y guiar su conducta por lo que opinan los demás es algo natural, porque es lo que se sienten inclinados a hacer. Están convencidos de que no tiene sentido luchar para cambiar nada. Consideran su arsenal de habilidades emocionales como algo fijo, sobre lo que no tienen capacidad de mejora. Y, por tanto, la culpa de todo lo que les pasa siempre se halla fuera de ellos.

Las personas con mentalidad de crecimiento están inclinadas a actuar, y como tal a aprender a desarrollar su fortaleza emocional. Al estar abiertos a aprender y crecer, acaban asimilando la importancia de desarrollar este tipo de habilidades. Escuchan a voces expertas, leen libros, blogs, asisten a conferencias, practican en su vida diaria y prestan atención al feedback sin dejar que el orgullo les domine. Poco a poco, gracias a esa mentalidad de crecimiento, van mejorando. Desarrollan autoestima, conocen mejor sus miedos y cómo mantenerlos a raya, aprenden a ser más optimistas, a salir de su zona de confort, a practicar la empatía y a relacionarse mejor con los demás. Y eso les da alas para llegar más lejos.

Nuestra ocupación

Nuestra ocupación y las actividades relacionadas con ella comprenden alrededor del 50% de nuestro tiempo consciente y como tal son una gran fuente de potencial satisfacción. Lamentablemente, también son una gran fuente de potencial insatisfacción.

Muchos de nosotros acabamos eligiendo un empleo sin gran vocación porque necesitamos una fuente de ingresos para empezar a caminar por nuestra cuenta. Pero, una vez que tenemos nuestras necesidades básicas cubiertas, la forma en la que gestionamos la relación con nuestra ocupación es muy distinta dependiendo de la mentalidad que hayamos desarrollado ante la vida.

Las personas sin mentalidad de crecimiento no toman la iniciativa. Se mueven dentro de las limitaciones mentales que han creado, esperando que la realidad exterior se adecúe a sus deseos para sentirse más satisfechos. Y cuando no lo hace, culpan a su jefe, a sus compañeros, a la burocracia, a la economía, a los políticos. A cualquier cosa con tal de no asumir su responsabilidad.

La culpa es tuya, pelota inútil

Las personas con mentalidad de crecimiento exploran proactivamente el modo de estar más satisfechos en su trabajo. Intentan entender las claves del éxito en su profesión, son más curiosos, se relacionan con sus compañeros dentro y fuera del trabajo, aprenden nuevas habilidades, solicitan feedback y lo evalúan constructivamente para mejorar. Si tienen otros sueños profesionales o sienten que esa ocupación no es lo suyo, pasan a la acción para conocer mejor otros ecosistemas laborales más afines con sus intereses. Se ponen en contacto con personas que puedan ayudarles a transicionar de un empleo a otro. Van dando pequeños pasos en su tiempo libre para avanzar en la dirección en la que desean ir. Y, poco a poco, van creando una nueva realidad profesional que les permite sentirse más satisfechos.

Nuestra forma de gestionar las finanzas personales

Como ya sabes, las finanzas personales son uno de los caballos de batalla de Frank Spartan. Tengo el convencimiento de que las restricciones financieras son el factor que más nos ancla en el suelo, más creencias limitantes instiga y más nos impide explorar nuestra auténtica vocación. No concibo mayor transformación positiva en una sociedad que aquella en la que la mayoría de sus miembros se deciden por fin a hacer lo que realmente aman. Por eso, tengo un gran interés en que el máximo número de personas posible se deshaga de esas restricciones financieras y alcance cierto grado de libertad que les incite a pasar a la acción cuanto antes.

En el mundo de las finanzas personales, el proceso de inversión de lo ahorrado es un aspecto muy relevante para alcanzar libertad financiera, pero la inversión puede llevarse a cabo de forma largamente automática para conseguir el objetivo sin complicarse demasiado la vida. El pilar fundamental, la base de una buena gestión de las finanzas personales, es el proceso de ahorro. Y las claves del proceso de ahorro son aprender a ser feliz gastando menos y maximizar nuestros ingresos.

Las personas sin mentalidad de crecimiento enfocarán esta dimensión con creencias muy limitantes. Asumirán que sus caprichos son necesidades de las que no pueden prescindir para ser felices y que sus ingresos vienen determinados por la voluntad de su jefe. No adoptarán la mentalidad adecuada para cambiar nada y por tanto permanecerán sumergidos en restricciones financieras y sintiéndose incapaces de explorar otros caminos más vocacionales.

Las personas con mentalidad de crecimiento enfocarán las cosas de forma diferente. Al estar acostumbrados a superar dificultades con entusiasmo para lograr objetivos que merecen la pena, aprenderán a recortar gastos innecesarios sin sacrificar felicidad y crearán oportunidades para aumentar sus ingresos por medio de iniciativas para construir su propia realidad profesional. Estas personas tienen muchas más posibilidades de conseguir libertad financiera, y como tal, mayor flexibilidad para explorar su vocación y maximizar su satisfacción vital.

Nuestra relación de pareja

Si alguna vez hemos tenido una relación de pareja estable, sabremos el enorme impacto que tiene en nuestro estado de ánimo y en nuestra felicidad. La relación de pareja adecuada puede hacernos sentir seguros, apoyados, comprendidos y apreciados. La relación de pareja inadecuada puede hacernos sentir inseguros, frustrados, incomprendidos y solos.

Hay dos posibles situaciones insatisfactorias en una relación de pareja. Una relación que de base es inadecuada y una relación que una vez fue adecuada pero que, por las circunstancias que sea, se acaba torciendo. En ese contexto, la mentalidad que tengamos resulta clave en nuestra capacidad de volver al equilibrio.

Las personas sin mentalidad de crecimiento suelen renunciar a transformar la realidad de forma constructiva. Sus formas más habituales de gestionar estas situaciones de insatisfacción con una relación es culpabilizar y atacar al otro, porque ellos son como son y nada pueden hacer al respecto. Cuando las cosas se tuercen, o bien permanecen en la relación con elevados niveles de frustración (eufemismo de sumidos en la mierda), o bien deciden romperla sin hacer gran cosa para intentar reconstruirla primero. Y generalmente arrastran sus mismas limitaciones emocionales a la siguiente relación, lo que incrementa las probabilidades de que esa relación tampoco fructifique.

Últimamente, cuando te miro, sólo pienso en partirte la cara

Las personas con mentalidad de crecimiento suelen adoptar una actitud diferente ante estos problemas. No ponen el grueso de sus esperanzas de solución en que la otra persona cambie, sino que toman la iniciativa y ponen su grano de arena para superar las barreras. Pueden hacerlo con mayor o menor destreza, pero esa actitud genera muchas más posibilidades de reconstruir una relación que se ha torcido, o de abandonar a tiempo y con convicción una relación que, a pesar de los esfuerzos realizados, no acaba de enmendarse. Y no sólo eso, sino que ese tipo de actitud consigue también prevenir el riesgo de que una relación que va bien se tuerza en el futuro.

Nuestras relaciones de amistad

Las relaciones que tenemos con nuestros amigos son otra fuente inagotable de satisfacción. La sensación de protección, las confidencias, los momentos de diversión, los favores, los gestos de apoyo en los momentos difíciles son pequeños tesoros que contribuyen enormemente a nuestra felicidad.

Es común que después de una fase inicial de juventud en la que las relaciones de amistad ocupan la mayor parte de nuestra atención, los momentos compartidos con los amigos se vayan reduciendo. El trabajo, las presiones financieras, las responsabilidades, los hijos, y otros elementos irrumpen en nuestras vidas con la fuerza de un ciclón desencadenado, y diluyen la atención que prestamos a nuestros amigos de siempre, así como nuestra capacidad de hacer otros nuevos. Algunas de esas relaciones se mantienen fuertes, pero muchas otras, a causa de la escasa atención prestada, se debilitan. Ese deterioro de nuestras relaciones no hace mucho ruido en nuestra cabeza y por eso lo toleramos sin demasiada resistencia. Pero de vez en cuando se producen situaciones que revelan la debilidad de esas relaciones.

Las personas sin mentalidad de crecimiento no gestionan bien este tipo de situaciones. Asumen que son los amigos los que no les prestan demasiada atención o les hacen desplantes, y no hacen nada por mejorar las relaciones. Se dedican a enfocarse en los problemas que más ruido hacen en su cabeza y que más violentamente reclaman su atención, mientras ven que sus relaciones se van deteriorando con el paso del tiempo con la sensación de que su inacción está justificada, porque son sus supuestos amigos los que deben tomar la iniciativa para permanecer en contacto.

¿Amigos otra vez, gordinflón?

Las personas con mentalidad de crecimiento se comportan de forma diferente. Cuando se encuentran con un problema de este estilo, actúan. Como en el caso de la relación de pareja, si se han esforzado por desarrollar su fortaleza emocional enfocan la situación con humildad y asumen que hay algo que está en su mano que podría mejorar la relación. Llaman a sus amigos, tienen gestos, proponen planes, comparten inquietudes para recuperar esa intimidad perdida. Y esa forma de actuar es un catalizador de gran poder para mejorar las relaciones, porque crea comportamientos espejo en la otra parte.

Nuestra salud

Nuestra salud física y mental es fundamental para que podamos funcionar a buen rendimiento y conseguir nuestros objetivos. Si eso falla, todo lo demás falla. Quizá no sintamos inmediatamente que es así, pero los problemas se acaban manifestando. Generalmente cuando menos lo esperamos.

Cuando somos jóvenes, tenemos unas circunstancias que no complican demasiado nuestra capacidad para hacer deporte y mantenernos sanos. Somos también más permisivos con los hábitos alimenticios, porque nuestro cuerpo procesa mejor los excesos. Sin embargo, a medida que pasan los años y nuestra agenda se llena de tareas y obligaciones, a veces hay que hacer auténticos malabarismos para mantener una dieta sana y el hábito de hacer ejercicio.

Las personas sin mentalidad de crecimiento son más vulnerables a perder estos hábitos. Ceden ante presiones de agenda de su trabajo, de sus amigos o de sus familiares, porque no han desarrollado la disciplina de mantener el rumbo hacia los objetivos importantes a pesar de los inconvenientes. Son personas que abandonan los buenos hábitos con mucha más facilidad, o a las que les resulta mucho más difícil incorporarlos a su vida si no existen.

Las personas con mentalidad de crecimiento tienen otro enfoque. Son más proclives a esforzarse por mantenerse sanos. Encuentran la forma de comer sin demasiados excesos y esa hora del día en la que pueden hacer ejercicio. Se interesan más por prácticas como yoga, meditación y técnicas de relajación para mantener su mente en forma. Si tienen que levantarse antes, comer en menos tiempo, posponer una reunión o llegar un poco tarde a un plan, lo hacen. Hacen lo que sea necesario para mantener sus principales armas, el cuerpo y la mente, en buen estado de funcionamiento. Y como consecuencia, tienen más probabilidades de vivir una vida más larga y más satisfactoria.

Nuestra relación con el mundo

Nuestra relación con el mundo abarca una gran cantidad de aspectos: Nuestra relación con el conjunto de la humanidad, el tipo de visión que tenemos sobre la existencia humana, el sentido de la vida, la relación con la naturaleza, el respeto al medio ambiente, etcétera, etcétera. En otras palabras, nuestra dimensión espiritual, seamos religiosos en el sentido convencional o no.

Las personas sin mentalidad de crecimiento suelen ser muy egocéntricos en su dimensión espiritual. No confían en la importancia de sus propias acciones en el conjunto del mundo y suelen centrarse en su ecosistema más cercano. Desean la inmortalidad espiritual como cualquier ser humano, pero sin un sentimiento de conexión con el mundo en sentido amplio. No sienten curiosidad por conocer realmente a gente diferente a ellos, desconfían de los desconocidos y prefieren quejarse a los políticos sobre el deterioro del medio ambiente en vez de cambiar sus propias decisiones de consumo para preservar mejor los ecosistemas. Se concentran en su felicidad personal y en la de sus personas más cercanas.

Aunque acojone un poco, vamos a ver qué hay por ahí fuera…

Las personas con mentalidad de crecimiento suelen tener una dimensión espiritual que abarca más territorio. Tienen una perspectiva más abierta, sienten mayor conexión con el mundo en sentido amplio, creen más profundamente en las virtudes de la colaboración frente al mérito individual, sienten más curiosidad sobre otras culturas, son más sensibles al potencial impacto que sus actos puedan tener en el medio ambiente o en la vida de personas que viven a miles de kilómetros de distancia. Aprecian mucho mejor el «big picture» y tienen otra forma de relacionarse con el mundo. Y eso les hace tomar decisiones de forma menos egocéntrica, más integrada con los objetivos de los demás, y les impulsa a vivir de forma más consciente.

Conclusiones

El tipo de mentalidad que elegimos alimentar y fortalecer es el origen de todo. La Gran Elección. Elegir alimentar una mentalidad de crecimiento nos da acceso a un nivel de desarrollo potencial mucho más elevado en las dimensiones clave de nuestra satisfacción vital: Nuestra fortaleza emocional, nuestra ocupación, nuestra forma de gestionar las finanzas personales, nuestra relación de pareja, nuestras relaciones de amistad, nuestra salud y nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Nuestro progreso como sociedad, en cuantía y sostenibilidad, depende en muy alto grado de cuántas personas opten por desarrollar este tipo de mentalidad en los años venideros y de que esas personas elijan un tipo de éxito que redunde en hacer del mundo un lugar un poco mejor.

Esta mentalidad es, sin lugar a dudas, la habilidad más importante que podemos aprender.

Ésa es la semilla que debemos plantar en la cabeza de nuestros hijos. La filosofía de enseñanza que debe reinar en los colegios. La cultura que debe imperar en las empresas. La verdadera transformación se encuentra ahí. Una transformación que lleva a un progresivo conocimiento de uno mismo y a desarrollar armonía entre quiénes somos en realidad, cómo nos comportamos, a qué nos dedicamos y cómo nos relacionamos con los demás y con el mundo.

Mentalidad de crecimiento o mentalidad fija. Actitud de mejora o actitud de impasibilidad. Creencia de que eres responsable de tu destino o creencia de que eres un barco de papel a merced de las olas.

Presta atención a cuál de las dos bestias estás alimentando, porque eso es lo que determinará con más fuerza cómo se desarrolla tu vida.

Pura vida,

Frank.

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