¿Cómo debes ganarte la vida?

«It is not what you don’t know that gets you into trouble. It is what you know for sure that just ain’t so.»

Con el paso de los años, Frank Spartan ha podido apreciar que existe una pauta mental que, más tarde o más temprano, se acaba colando en nuestras cabezas. Y no hace grandes diferenciaciones entre épocas, géneros, razas o clases sociales, sino que es un fenómeno con un elevado grado de universalidad.

Esta pauta mental es la siguiente: Una vez hemos experimentado diversión y cometido estupideces en una dosis que consideramos suficiente, empezamos a darle vueltas a qué lugar deberíamos ocupar en el complejo engranaje del mundo en el que vivimos.

Las formas en las que esta pregunta se manifiesta en nuestra mente pueden ser muy diversas. Unas veces esa forma es concreta, otras veces es abstracta. Unas veces es constante, otras veces es esporádica. Unas veces es un pensamiento, otras veces es una sensación. Tiene muchas caras diferentes, pero todas ellas comunican el mismo mensaje:

Va siendo hora de decidir qué narices vas a hacer en esta vida, colega.

Este mensaje, cuando por fin lo recibimos, impacta en nuestra serenidad como un torpedo nuclear, porque en ese momento no solemos estar preparados para tomar una decisión de tal calibre.

Hemos elegido qué estudiar sin informarnos demasiado sobre las consecuencias prácticas de esa decisión. Hemos sido educados sin desarrollar una conexión con quiénes somos y qué queremos. No hemos tenido tiempo de aprender cómo interactuar de forma madura con los demás y de formar relaciones interpersonales sólidas. Las experiencias significativas de formación de carácter que hemos tenido se pueden contar con los dedos de una mano.

Pero, de repente, una inoportuna voz nos susurra al oído que debemos elegir qué tipo de vida vivir. Y que más vale que acertemos, por la cuenta que nos trae.

Gulp.

Ante esa intimidante tarea, algunos intentamos escabullirnos. Intentamos hacer oídos sordos de lo que nos dice esa voz, pero sus decibelios se amplifican por mucho que intentemos alejarnos de ella. Ya no oímos solamente el sonido de nuestro propio interior, sino también el de nuestro entorno social y familiar, que ruge cada vez más alto, como si fuera un león hambriento sin nada a su alcance que poder devorar.

Y, lentamente, empezamos a aceptar la realidad.

No podemos escapar. Es hora de empezar a labrarnos un futuro. Es hora de empezar a ganarnos la vida.

Fase 1: La decisión

Cuando nos plantamos en la encrucijada que nos insta a elegir en qué dirección ir, los factores principales que solemos tener en cuenta son los siguientes:

  1. Utilidad: Qué puedo hacer. Para qué demonios sirvo además de escribir gilipolleces en las redes sociales y ver Netflix. 
  2. Económico: Qué tipo de empleos me proporcionarán una compensación económica suficiente para poder permitirme el absurdo y decadente estilo de vida que deseo.
  3. Estatus: Si mi empleo estará bien visto por mi familia, mi entorno social, o el sinfín de personas que me caen mal pero cuya opinión me afecta profundamente, o no.
  4. Dedicación: Si tendré suficiente tiempo libre que poder perder en estupideces, o no.
  5. Riesgo: Si mi empleo será seguro, estable y predecible, o no

Habrá, evidentemente, otros factores dependiendo de nuestro caso concreto, porque cada persona es un mundo. Pero, en la experiencia de Frank Spartan, éstos son los que más peso suelen tener para la mayoría de nosotros. En el fondo, no somos tan diferentes.

¿Y qué es lo que suele suceder?

Lo que suele suceder es que cuando encontramos una oportunidad que cumple ciertos mínimos en los factores que más valoramos, la tomamos. Emprendemos nuestra andadura por esa nueva travesía, empezando por fin a construir nuestra vida. Y creemos que todo va bien, porque nos parece que hemos dejado atrás el susurro de aquella voz tan inoportuna, que no paraba de colarse en nuestra cabeza sin ser invitada.

Fase 2: El espejismo

Al de un tiempo, entramos en la segunda fase. La fase en la que el candado que nos encierra en la jaula de la insatisfacción se empieza a cerrar. Pero el movimiento de ese candado es tan sutil que no solemos reparar en él.

Cuando avanzamos por esas primeras etapas de la vida que estamos intentando construir, el fuego que nos impulsa no suele ser el ansia de vocación, propósito o realización. Suele ser la definición generalmente aceptada de éxito. O, mejor dicho, el reconocimiento externo de que no lo estamos haciendo mal.

Este reconocimiento externo puede producirse en diferentes dimensiones. Puede ser retribución económica. Puede ser promoción profesional. Puede ser feedback de las personas con las que trabajamos o de nuestro entorno social y familiar. Puede ser que sintamos que nuestro estado de ánimo es bueno porque las tareas que hacemos son entretenidas, dinámicas, o en colaboración con personas con las que nos llevamos bien.

La dimensión concreta a través de la cual percibimos que nuestro trabajo está reconocido externamente no importa demasiado. Lo que importa es la sensación. Si experimentamos la sensación, solemos concluir que no lo estamos haciendo demasiado mal. Solemos concluir que es más que suficiente. Y nuestra atención se desvía hacia otros temas, generalmente cómo podemos utilizar nuestro tiempo de ocio de la mejor manera posible para desconectar, entretenernos o divertirnos.

Bajamos la guardia, porque todo parece ir bien.

Pero ¿es realmente así?

Fase 3: La punzada

El tiempo pasa. Nuestra vida parece encarrilada. Y lentamente, vamos introduciendo cada vez más peso en las alforjas a través de compromisos, relaciones y expectativas sobre lo que se supone que debemos hacer.

Sin embargo, empezamos a tener la sensación de que algo no va bien. La sensación de que algo falla en ese camino que hemos decidido recorrer. La sensación de que quizá no estamos yendo en la dirección correcta.

Esa sensación es como una punzada. La punzada del aguijón de la insatisfacción. Una insatisfacción cuyo origen no atinamos a comprender del todo.

A veces, esa sensación es como una brisa lejana. Otras veces es como un tornado que convulsiona terriblemente nuestras emociones sin razón aparente.

A veces pasan meses sin que se presente. Otras veces no podemos quitárnosla de encima.

En esta fase, nuestro ego va expandiendo su presencia en nuestros pensamientos y nuestras decisiones. Todos esos años recorriendo ese camino nos hacen sentir relevantes. Nos sentimos reconocidos, especiales, diferentes. Sentimos que hemos conseguido ocupar un lugar valioso en el engranaje de la vida.

Esta expansión del ego, salvo que hayamos sabido desarrollar una conexión profunda con nosotros mismos, es largamente imperceptible. No atinamos a discernir que las autojustificaciones que nuestra mente crea para empujarnos a continuar en ese camino y desoír la punzada del aguijón de la insatisfacción no son sino una resistencia de nuestro ego.

Una resistencia a renunciar a la imagen de éxito sobre nosotros mismos que hemos construido con los años gracias al reconocimiento externo.

Una resistencia a renunciar a ser relevantes en el entorno en el que nos desenvolvemos.

Una resistencia a contemplar la idea de que quizá, sólo quizá, nos hayamos equivocado al elegir el lugar que nos corresponde en el engranaje de la vida.

Fase 4: El espejo de la verdad

En la cuarta y última fase llegamos a un punto en el que ya no disponemos de tiempo, medios y/o energías para cambiar nada y hemos de enfrentarnos cara a cara con la pregunta de si hemos aprovechado bien la vida.

Es el momento de mirarnos en el espejo de la verdad.

En ese espejo no hay compromisos, ni expectativas. No hay egos, ni justificaciones. No hay debates, ni luchas internas.

Sólo estamos nosotros y la verdad.

Una verdad que se refleja en el espejo de forma extraordinariamente nítida. Una verdad de la que no podemos escapar.

Y en ese momento, sólo hay una pregunta que importa.

¿Qué sentimos al ver esa verdad?

La respuesta a esa pregunta es la confirmación definitiva de si nuestra vida ha tenido sentido, o no.

¿Y ahora qué?

Vale, Frank. ¿Y para qué demonios me sirve saber todo esto?

Me alegro de que me hagas esa pregunta. Eso indica que no eres un engendro fofo y torpe que se mueve por la vida con encefalograma plano. O al menos, que aún no lo eres. Y que, por tanto, Frank Spartan no está perdiendo el tiempo al estar escribiendo todas estas majaderías en lugar de estar tomando el sol en una playa paradisíaca.

Respondiendo a tu pregunta, todo esto te sirve para tomar un poco de distancia y apreciar con mayor perspectiva de qué va realmente este gran juego al que estás jugando.

Dime una cosa: Si siguieras andando por el mismo camino en el que te encuentras ahora hasta el final, ¿qué crees que verías en ese espejo? ¿Y qué crees que sentirías al verlo?

¿Es eso suficiente bueno para ti? ¿O no lo es?

El ego es un animal que tiene una fuerza descomunal. No podrás desactivarlo salvo que hackees el sistema de alguna manera. Y la forma más efectiva de hacer eso es proyectarte al futuro, hacerte este tipo de preguntas y escuchar las jodidas respuestas con la atención que un halcón pone al intentar cazar a su presa.

Si haces eso, es posible que la respuesta que obtengas indique alguna anomalía con respecto a tu situación vital actual. Si es así, la tentación que sentirás será la de ignorarla y volver al camino en el que te encuentras para no complicarte la vida.

No lo hagas.

Fija tu atención en esa anomalía e intenta entenderla mejor.

Intenta comprender si el combustible que te empuja es el reconocimiento externo y la necesidad de aceptación o es el anhelo personal de sentirte bien cuando por fin te mires en ese espejo. A veces ambas existen al mismo tiempo, pero más a menudo que lo contrario hay una que existe y otra que no.

Ahora la «mala» noticia.

Este ejercicio de introspección, si lo haces bien, puede volverte consciente de que debes derruir la práctica totalidad de la estructura vital que has construido hasta ahora.

Puede que concluyas que no tiene sentido seguir haciendo el trabajo que haces. O seguir relacionándote con algunas de las personas con las que te relacionas habitualmente. O seguir dedicando tiempo a algunas de las actividades que priorizas en tu día a día. O seguir tratando a ciertas personas de la forma en la que las tratas.

Los posibles cambios que te plantees hacer pueden ser muy difíciles y dolorosos.

Pero ¿sabes qué?

Ese dolor pasa.

La motivación de vivir una vida en base a lo que te marca tu brújula interna, con el objetivo de poder ver lo que quieres ver cuando por fin te mires en ese espejo, es tan grande y poderosa que hará, irremediablemente, que ese dolor pase.

Esa motivación te impulsará a aprender cómo desenvolverte en el nuevo camino. Te impulsará a adquirir conocimientos y habilidades. Te impulsará a conocer y a relacionarte con personas que te elevan y te ayudan. Te impulsará a correr riesgos. Te impulsará a tener menos miedo de equivocarte. Y te impulsará a seguir adelante en los momentos difíciles.

Y sí, si eliges cambiar de dirección y embarcarte en este nuevo viaje, quizá no puedas disfrutar de ese reconocimiento externo que antes creías tan importante. Pero es muy posible que eso ya no te importe tanto, porque sabrás que hay un premio mucho más grande en juego a la hora de decidir cómo ganarte la vida.

Pura vida,

Frank.

Si crees que este artículo puede ser útil, enróllate y comparte
Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.