Por qué necesitas una filosofía de vida

Si tienes una edad parecida a la mía, es posible que recuerdes un programa de televisión llamado Humor Amarillo. Era un show de difusión internacional creado en Japón y presentado por Takeshi Kitano, escritor y protagonista de películas de culto como Zatoichi.

El programa consistía en un reto. Unos intrépidos orientales tenían que superar una serie de pruebas, como esquivar bolas enormes disparadas por cañones, evitar ser golpeados por péndulos con púas, atravesar ríos cenagosos saltando de piedra en piedra y cosas por el estilo. Era un programa cojonudo, no tanto por las pruebas en sí, que eran muy ingeniosas, sino por la actitud de los participantes. Se entregaban en cuerpo y alma y se tomaban los tortazos, algunos de ellos de magnitudes colosales, con gran deportividad.

Tras ver varios episodios de Humor Amarillo, empecé a saber diferenciar a sus participantes. Aunque todos ellos tenían hambre de ganar, actuaban de forma diferente. Algunos lidiaban con las crueldades ideadas por las diabólicas mentes de los creadores del programa por medio de la improvisación. Otros, sin embargo, seguían una estrategia para conseguir su objetivo.

Programa tras programa, la inmensa mayoría de los integrantes del primer grupo se iba a casa con varios puntos de sutura, mientras que varios de los integrantes del segundo grupo llegaban a la meta.

¿Por qué te cuento esto? Porque la vida no es tan graciosa como Humor Amarillo, pero funciona exactamente igual.

Por qué necesitas una filosofía de vida

Los seres humanos tomamos decisiones en base a un principio básico: Obtener placer y evitar dolor. Este principio es universal y guía la conducta humana en todo momento, con independencia de la personalidad del individuo o las circunstancias en las que se encuentra.

Las diferencias entre las personas empiezan a surgir en función de la respuesta que dan a dos preguntas:

  1. ¿Qué significa placer y qué significa dolor para mí?
  2. ¿Qué debo hacer para conseguir ese placer y evitar ese dolor?

Cada persona responde a estas dos preguntas de diferente manera. Una persona puede experimentar placer mediante comodidad y otra persona puede experimentarlo superando dificultades para conseguir determinados logros. Y de las personas que experimentan placer a través de la comodidad, algunas de ellas pueden hacerlo a través de un trabajo exigente y bien remunerado que les permita comprar una gran casa y otras pueden experimentarla a través de un trabajo poco exigente que les permita evitar el estrés. Las posibilidades son ilimitadas.

Cada uno de nosotros enfocamos estas dos preguntas de diferente manera. Y nuestras respuestas explican por qué nos comportamos como lo hacemos. Reducido a su máxima esencia, es tan simple como eso.

Si vamos un nivel más allá, podemos dividir a las personas en dos grandes grupos:

  • Por una parte, aquéllas que no se han hecho esas dos preguntas de forma demasiado consciente y no han explorado su fuero interno para descubrir las respuestas.
  • Por otra parte, aquéllas que sí lo han hecho.

Esta diferencia puede parecer muy sutil, pero tiene un gran impacto sobre la calidad de una vida.

Las personas del primer grupo no han hecho gran cosa por conocerse a sí mismas y entender cuál es la brújula que mejor les guía hacia la satisfacción personal. Tienen una serie de creencias y puntos de referencia sobre cómo funciona el mundo y cómo pueden encontrar placer y evitar dolor en él, pero su conducta se basa largamente en la improvisación. Van y vienen sin un mapa personal que les guíe.  

Las personas del segundo grupo han profundizado más en conocerse a sí mismas y reflexionar sobre qué destino conecta mejor con lo que son y lo que valoran. Tienen un mapa personal, más o menos desarrollado, que les guía a través de la vida.

En otras palabras, las personas del primer grupo no tienen una filosofía de vida clara. Las del segundo grupo sí.

Durante nuestra vida tomamos muchas decisiones: Cómo reaccionamos a los acontecimientos, a qué dedicamos nuestro tiempo, con qué tipo de personas decidimos relacionarnos, qué opción elegimos cuando se nos presentan varias alternativas, y un largo etcétera. Todas esas decisiones determinan la calidad de nuestra vida y nuestro nivel de satisfacción a largo plazo.

Sin un mapa personal que nos guíe, ponemos nuestro destino largamente en manos del azar. Y sin conexión profunda con nuestros valores, las emociones del momento toman el timón: Cuando nos sentimos faltos de confianza, evitamos correr riesgos; cuando nos sentimos cansados, evitamos el esfuerzo; cuando nos sentimos impacientes, elegimos aquello que nos garantiza satisfacción a corto plazo, aunque nos perjudique a largo; cuando nos sentimos tentados, transgredimos límites morales para obtener nuestro propio beneficio a costa de los demás; cuando nos sentimos frustrados con alguien, reaccionamos de forma impulsiva y dinamitamos la relación.

Cuando no tienes un mapa personal que guíe tus decisiones, acabas prestando atención a lo urgente, a lo que hace ruido, a lo que se inmiscuye en tu vida, pero descuidas lo que es más importante para ti. Y al cabo de unos años, cuando haces balance sobre dónde te encuentras, es posible que compruebes que estás en un punto del océano completamente aleatorio. Que no tengas ni idea de por qué has llegado hasta allí, aunque entiendas el proceso lógico de cómo ha sucedido. Que no sepas hacia donde debes dirigirte después, ni por qué. Y que tus esfuerzos se concentren simplemente en esperar a que llegue la siguiente ola y decida por ti, mientras te afanas en mantenerte a flote.

Eso es una forma de vivir. Pero ser un corcho en el mar no mola. No tener un destino en tu cabeza, por indefinido que sea, no mola. Y no tomar el control de tu vida para ir avanzando hacia ese destino tampoco mola.

Necesitas llevar el timón. O, dicho de otra forma, necesitas una filosofía de vida.

¿Qué es una filosofía de vida?

Una filosofía de vida es un mapa. Un mapa con ciertos puntos de referencia que nos indican por dónde debemos ir y por dónde no para tener más probabilidades de llegar al destino que tenemos en mente.

En otros artículos hemos hablado sobre los beneficios de tener objetivos. Los objetivos son importantes, pero para que funcionen adecuadamente hemos de responder preguntas en el orden correcto. Muchas personas saben lo que quieren tener, pero no tienen ni idea de lo que quieren ser. Y la primera piedra, la base de todo lo demás, es lo que queremos ser, porque eso determina lo que tiene sentido querer tener.

La gran trampa de nuestra sociedad es que pone el foco en los medios, no en los fines. La casa, el coche, el trabajo, el estatus, las actividades de ocio, las relaciones, las modas. Muchos de nosotros perseguimos el medio, pero lo que realmente queremos es el fin. No queremos realmente el trabajo (medio), sino comodidad, crecimiento, aprendizaje o diversión (fines). No queremos realmente el coche (medio), sino aceptación de los demás o libertad (fines). No queremos realmente las relaciones (medio), sino experimentar amor y comprensión (fines).

Saber diferenciar los medios y los fines es clave para construir una filosofía de vida adecuada. Lo primero que debemos hacer es definir los fines que son más prioritarios para nosotros. Y después, los medios para llegar a ellos. La mayoría de nosotros obviamos los fines y nos enfocamos directamente en los medios. No nos hacemos, de forma consciente, la pregunta de qué significan exactamente el placer y el dolor para nosotros. Por eso, a veces nos sentimos insatisfechos incluso después de haber logrado lo que nos proponíamos. La razón no es otra que hemos logrado un medio, y ese medio no satisface realmente el fin que de verdad nos importa.

Y es que no todos los fines tienen la misma importancia para nosotros. Hay unos que deseamos más que otros. Hay placeres que deseamos conseguir más que otros, y dolores que deseamos evitar más que otros.

Para resolver este galimatías, resulta útil hacerse esta pregunta: ¿Qué estado emocional valoro más en la vida? ¿Qué emociones me aportan más placer? Y del mismo modo, ¿qué estado emocional quiero evitar a toda costa? ¿Qué emociones me aportan más dolor?

Aquí tienes algunos ejemplos de los estados emocionales habitualmente deseados y los habitualmente no deseados. Hay muchos más, pero ésta es una buena lista para empezar:

Muchos de los estados emocionales habitualmente deseados de esa tabla nos atraen y muchos de los habitualmente no deseados nos producen el efecto contrario, ¿no es verdad? Pero hay un pequeño problema: No podemos asumir que todos son igual de importantes, por la sencilla razón de que no podríamos tomar decisiones cuando dos estados emocionales son incompatibles entre sí, cosa que sucede muy a menudo. Por eso, hemos de establecer prioridades y decidir, de forma consciente, cuáles son los estados emocionales más importantes para nosotros.

Esto no es una tarea fácil. Si nunca has hecho esto antes, comprobarás que no es obvio saber qué va antes de qué. En algunos casos sí, pero en otros tendrás verdaderas dificultades. Y por si esto fuera poco, aunque establezcas una jerarquía de valores con la que te encuentres a gusto hoy, puedes llegar a la conclusión de que debes cambiarla a medida que vas atravesando diferentes etapas de tu vida.

Por ejemplo, en su vida anterior, Frank Spartan funcionaba con cinco valores principales en este orden de importancia:

  1. Éxito
  2. Aventura
  3. Amor
  4. Salud
  5. Crecimiento

Y del mismo modo, era especialmente sensible al dolor del fracaso y el rechazo.

Esta forma de enfocar el placer y el dolor determinó el tipo de decisiones que tomé y cómo me comporté durante aquella época. Determinó por qué elegí un trabajo exigente en el extranjero y cómo lo llevé a cabo, con qué tipo de personas me relacioné y qué busqué en esas relaciones, mis pautas de consumo, qué viajes hice, mis rutinas de dieta y ejercicio, cuánto tiempo dedicaba a cada cosa los fines de semana, los riesgos que decidí tomar durante aquella época y muchas otras cosas más. En resumen, todas mis decisiones mínimamente relevantes se basaron en esa jerarquía de valores.

Sin embargo, a medida que fue pasando el tiempo, mi idea sobre el destino al que debía dirigirme para obtener mayor satisfacción personal cambió. Y, por tanto, mis prioridades también cambiaron. El éxito y los logros no eran tan importantes en ese destino, y tampoco lo eran la diversión y la aventura. Por otra parte, había otros que cobraban más fuerza.

Poco a poco, fui entendiendo mejor lo que quería y acabé aterrizando en una nueva jerarquía de valores:

  1. Salud/vitalidad
  2. Amor
  3. Crecimiento
  4. Alegría
  5. Contribución

Mi punto de dolor más sensible también cambió. Ya no me importaban tanto el rechazo y el fracaso, mientras que sí me importaba el arrepentimiento.

Este mapa me sirve de referencia para tomar decisiones en todos los ámbitos de la vida ahora.

Mi prioridad es mantenerme sano y vital, porque de eso fluye todo lo demás. Cualquier cosa que amenace ese principio es rechazada sistemáticamente y sin contemplaciones. Mi segunda prioridad es el amor, o, dicho de otra forma, la calidad y profundidad de mis relaciones. Mi tercera prioridad es el crecimiento, el aprendizaje, expandir mi potencial, probar nuevas experiencias. Mi cuarta prioridad es la alegría, alimentar el optimismo, ver el lado bueno de las cosas, proyectar luz hacia el exterior. Mi quinta prioridad es la contribución, el ayudar a los demás de diferentes formas y poner mi grano de arena para que el mundo sea un poco mejor cada día. Y el dolor que más quiero evitar es el arrepentimiento por no haber hecho algo cuando ya no tengo la oportunidad de hacerlo.

Este mapa me sirve también para resolver conflictos entre valores. Por ejemplo, Frank Spartan valora los logros personales, pero si un logro personal entra en conflicto con una relación personal importante, es muy posible que salvaguardar esa relación sea mi prioridad. También valoro la libertad, pero si esa libertad me impide comprometerme en iniciativas que me ayudarían a sentirme más sano, más alegre o contribuir a ayudar a los demás, es muy posible que renuncie a ella.

Cómo plasmar nuestra filosofía de vida en la vida real: Las reglas personales

Una vez que nos hemos estrujado la cabeza hasta límites insospechados y hemos construido nuestra jerarquía de valores, hemos de abordar un paso crucial: Cómo demonios llevamos a la práctica esa filosofía de vida durante nuestro día a día.

En otras palabras, digamos que yo quiero priorizar el estado emocional de sentirme sano. O de sentir que he contribuido a ayudar a los demás. O de sentir que mis relaciones me proporcionan amor y calidez. ¿Cómo pongo eso en práctica? ¿Cómo accedo a esos estados emocionales?

Con reglas personales.

Las reglas personales son las instrucciones que nos hemos impuesto a nosotros mismos y que determinan cuándo tenemos acceso a un determinado estado emocional. Todos tenemos reglas. Reglas para sentirnos sanos, reglas para sentir que hemos ayudado, reglas para sentirnos amados. Y el poder acceder a esos estados emocionales depende de si nuestras reglas se ven satisfechas, o no.

Pero hay dos pequeños detalles que hemos de tener en cuenta:

  • Es muy probable que las reglas con las que funcionamos se hayan establecido de forma completamente arbitraria, en base al entorno en el que hemos crecido, las influencias a las que estamos expuestos y nuestras propias experiencias personales.
  • No todas las reglas son igualmente útiles. Algunas facilitan el acceso a ciertos estados emocionales deseados, mientras que otras lo ponen realmente difícil.

Por ejemplo, digamos que una de mis prioridades es la calidez de las relaciones, en concreto sentir que mis amigos me aprecian. Si mi regla para acceder a ese estado emocional es que mis amigos deben leer mis pensamientos y saber lo que quiero en cada momento, o llamarme tres veces por semana todas las semanas del año, es muy probable que no pueda acceder a ese estado emocional. Pero el problema no está en el valor o estado emocional que he decidido priorizar, ni tampoco está en que mis amigos sean inadecuados. El problema está en que la regla que he decidido adoptar para acceder a ese sentimiento de aprecio es demasiado exigente.

Esto es extraordinariamente importante y muchos de nosotros lo pasamos por alto. Muy a menudo, las personas funcionamos con reglas limitadoras: Reglas demasiado exigentes, reglas que dependen de cosas que están fuera de nuestro control, reglas con condiciones inflexibles. Para tener éxito en la aplicación de nuestra filosofía de vida, es clave que funcionemos con reglas que nos capaciten: Reglas que sean fáciles de satisfacer, reglas que dependan de nosotros mismos, reglas que ofrezcan muchas posibilidades para acceder al estado emocional que anhelamos.

En el ejemplo anterior, una buena regla para acceder al estado emocional deseado de sentir que nuestros amigos nos aprecian puede ser simplemente ejecutar cualquier acción por la cual intentamos expresar un cariño hacia ellos: Una conversación en la que escuchamos de verdad, un mensaje, una cerveza compartida, una carta, un partido de fútbol, un paseo juntos. Y decidir interpretar ese gesto nuestro como algo que provoca inevitablemente que nuestros amigos experimenten nuestro aprecio y lo proyecten de vuelta a nosotros, nos lo demuestren o no.

¿Ves la diferencia? Ésa es una regla útil, una regla posibilista, una regla que nos facilita llevar nuestra filosofía de vida a la práctica en el día a día y acceder a los estados emocionales que más satisfacción nos generan. 

Ya lo sé. Cambiar nuestras reglas no es fácil. Algunas de ellas suelen estar ancladas a creencias que hemos arrastrado durante mucho tiempo y que a menudo interpretamos como parte misma de nuestra identidad. Funcionar de otra manera nos parece extraño, antinatural, como si no fuéramos nosotros mismos.

Eso es perfectamente normal. Es lo que tiene crecer. Para llegar a un nuevo lugar es necesario dejar atrás el lugar en el que nos encontramos. No hay auténtico progreso sin dolor, ni evolución sin renuncia, ni beneficio sin precio.

¿Cómo podemos ir cambiando las reglas limitadoras por otras más constructivas? De la misma forma que incorporamos un nuevo hábito saludable a nuestra vida: Una vez que hayamos interiorizado qué queremos y por qué, hemos de empezar a dar pequeños pasos en esa dirección, desincentivando las desviaciones y recompensando cada movimiento en la dirección correcta. Y después repetir el proceso hasta que la nueva regla se active de forma automática en la situación adecuada.

Elige tu destino, tus valores prioritarios y las reglas para activarlos. Con esa brújula interna a tu disposición, por feroz que sea la tormenta que hay ahí fuera, siempre acabarás encontrando el camino. 

Pura vida,

Frank.

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