Por qué no seremos tan egoístas

Tras varias semanas de coexistencia social con el coronavirus, algunas reflexiones son pertinentes.

La semana pasada hicimos un análisis de la situación desde el punto de vista de las potenciales implicaciones en los mercados y nuestra estrategia de inversión. Las reflexiones de hoy van más dirigidas a cuestiones menos materiales y atacan directamente a la naturaleza humana.

Esta situación es una de las mejores pruebas de la historia sobre la solidaridad del ser humano a escala global. Tiene todos los ingredientes. Pero antes de entrar en harina con el coronavirus, elevémonos un poco y pongamos las cosas en perspectiva.

Hay sobrada evidencia histórica que avala la tesis de que el ser humano es un animal egoísta como regla general. Sí, si nos paramos a pensar, seguramente todos podríamos mencionar a personajes históricos solidarios e incluso personas cercanas que dieron y dan su vida por los demás, actos de sacrificio y amor incondicional y multitud de comportamientos que reflejan una conciencia elevada que va más allá de uno mismo.

Qué coño, incluso nosotros mismos hacemos cosas de ésas de vez en cuando. ¿O qué, Frank? ¿No te acuerdas ya de aquella vez que me escapé del trabajo con aquella sangre fría, corriendo el riesgo de recibir una bronca monumental de mi jefe, para llevarle un pastel a mi madre por su 70 cumpleaños?

Bien por ti, colega. Pero esto no es la norma general, sino más bien la excepción. Es la excepción en cuanto a la proporción de personas que practican este tipo de comportamientos sobre el total de la sociedad y también es la excepción en cuanto a la proporción de esos actos en el conjunto de nuestra conducta individual.  

No hay nada de qué avergonzarse. Es parte de la naturaleza humana. Somos capaces de grandes proezas, sin duda, pero la mayoría de nosotros, la mayoría del tiempo, pensamos y actuamos para proteger y agrandar nuestro ego.

Y es que la forma en la que el egoísmo se manifiesta en nuestra psique es muy sutil. Su influencia en nuestro comportamiento se produce en base a varios factores. Algunos de los más relevantes son los siguientes cuatro:

  • La gravedad percibida de las consecuencias que el acontecimiento en sí tiene para nosotros en relación con las consecuencias que tiene para otras personas
  • La cercanía emocional que sentimos con respecto a las otras personas
  • Que el potencial impacto pernicioso de nuestra conducta sea directo o indirecto
  • El tiempo que el acontecimiento en sí tarda en producir su potencial efecto pernicioso

pendulos

Ilustremos la influencia de estos cuatro factores con un ejemplo.

Imagina que, gracias a tu inestimable carisma y agudo sentido del humor, le caes bien al Genio de la Lámpara y éste te otorga el poder de elegir a quién le sucederán una serie de acontecimientos. Y además, te asegura que nadie va a saber, además de tu conciencia, qué has elegido.

Por ejemplo, si te digo que a alguien le van a dar un empujoncito mientras pasea por la calle y te pregunto si quieres que sea a ti o a tu vecino del tercero, con el que apenas tienes relación, puede que te dé prácticamente igual. Pero si te digo que el acontecimiento sobre el que debes decidir no es un simple empujoncito sino perder 50 euros sin darte cuenta o coger una gripe de varios días, apuesto a que ya no te da tan igual, ¿a que no?

Sin embargo, si esa persona es tu hermana en vez de tu vecino, tu valoración de la situación probablemente cambiaría, salvo que tu hermana se haya apropiado indebidamente de tu apreciada colección de discos y la quieras asesinar asfixiándola con una almohada mientras duerme. En condiciones normales de afectividad, tu cercanía emocional hacia ella altera el flujo del egoísmo en tu manera de pensar y actuar.

Por otra parte, cuando el efecto pernicioso de nuestra conducta no es directo sino indirecto (bien porque está dividido en varias capas de efectos o bien por dilución de responsabilidad), eso también influencia nuestra conducta egoísta. Por ejemplo, si te gusta la carne o la ropa de moda, es posible que sigas consumiéndolas aunque tengas una vaga idea de que estás contribuyendo indirectamente a la matanza generalizada de animales o a la contaminación, porque tú no haces nada directamente. Simplemente consumes algo que hay en una tienda y que otra gente también consume. Sin embargo, si tuvieras que degollar al buey tú mismo con un cuchillo de medio metro o pulsar el botón de la compuerta que envía los residuos del proceso de producción de las prendas de ropa a un río cercano, generando insalubridad y enfermedades cerebrovasculares, cánceres y neumopatías crónicas a las familias indígenas que habitan en la zona, puede que te lo pensaras dos veces.

Y, finalmente, el tiempo también cuenta. Cuanto más se retrase el efecto pernicioso del acontecimiento en nosotros, más vitalidad perderá nuestro lado egoísta en nuestro pensamiento y comportamiento, mientras que cuanto más inminente sea ese efecto pernicioso, más furibundo y activo nuestro lado egoísta se tornará. Por ejemplo, si te digo que a alguien se le debe estropear el móvil durante 48 horas dentro de 25 años y te pregunto si quieres que sea un amigo cercano o tú, es posible que te dé prácticamente igual. Sin embargo, si te digo que pasará mañana, es muy posible que, misteriosamente, tengas muy claro quién de los dos debe ser.

Además, podemos cruzar estos factores de forma asimétrica y crear a escenarios muy interesantes. Por ejemplo, si te dijera que debes elegir entre quedarte sin gas y electricidad durante 5 días y que un agricultor colombiano que no conoces de nada contraiga una artritis muy dolorosa en las manos durante 1 mes, ¿qué dirías? ¿O que debes elegir entre que declaren ilegal tu deporte favorito, el fútbol por ejemplo, y no puedas ver un partido más durante el resto de tu vida, y que una tribu del Amazonas se quede sin suministro de agua y la mitad de sus miembros tengan que caminar 5 horas al día al manantial potable más cercano, todos los días de su vida, para abastecerse?

Este tipo de preguntas nos ayudan a entender cómo de egoístas somos realmente. Ayudar a los demás cuando tu vida no se ve afectada de ninguna forma tiene cierto mérito, sin duda. Pero la dilución del poder del egoísmo en nuestra psique y nuestro comportamiento se empieza a producir realmente cuando favoreces a los demás en tus decisiones a pesar de que ello genere incomodidad o algún otro impacto negativo en tu propia vida. Las personas que actúan así lo hacen porque la satisfacción que obtienen ayudando a los demás supera con creces ese impacto negativo que sus actos generan en sus propias vidas.

Sin embargo, y como hemos dicho anteriormente, estas personas y estos comportamientos son la excepción, no la regla general.

Vale, Frank, no somos perfectos. Pero no jodas. Todas las cosas buenas que disfrutamos en nuestra sociedad actual han surgido gracias a Adam Smith y a su mano invisible, cuyo principio se basa en el egoísmo individual. Así que no demonices el tanto el egoísmo, porque algo bueno tiene.

Tranquilo, colega. No estoy haciendo juicios de valor. Son simplemente observaciones sobre cómo funciona habitualmente la cabeza de los seres humanos, con independencia de sus circunstancias, sean hombres, mujeres o como quieran denominarse a sí mismos, blancos, negros, amarillos o azules, ricos o pobres, religiosos o ateos, inteligentes o zafios, de derechas o de izquierdas. El egoísmo es una cualidad, por llamarla de alguna manera, muy consustancial a la naturaleza humana desde el principio de los tiempos, que se ha ido exacerbando poco a poco gracias a la facilidad con la que ahora podemos compararnos unos con otros y la tendencia progresiva al aislamiento emocional y a la ausencia de comunicación profunda.

Pero ahora hay mucha más conciencia social, me dirás. ¿Qué pasa con la lucha por el cambio climático? ¿O los derechos de las mujeres?

Eso es cierto. La sociedad en su conjunto se está movilizando más con ciertas causas que tienen propósitos encomiables. Pero eso no es ninguna prueba de que el poder de influencia del egoísmo a nivel individual haya cambiado en absoluto. La inmensa mayoría de personas que dicen apoyar estas causas lo hacen sin sufrir ningún efecto pernicioso material en sus vidas. Mandan mensajes en las redes sociales, hacen pintadas y van a manifestaciones. Y eso les hace sentir bien. Pero no por eso son menos egoístas a nivel individual.

Siguiendo con nuestros ejemplos de laboratorio, ¿qué pasaría si todas esas personas que apoyan causas altruistas tuvieran que elegir entre dejar de apoyarlas o perder el acceso a Internet para siempre (o cualquier otra cosa que consideren importante en su día a día)? Es posible que muchas de ellas eligieran el camino que menos altere negativamente su existencia individual, porque cuando la adversidad te muerde tu propio culo las cosas se ven de forma diferente. El lado egoísta se vuelve más representativo en nuestros pensamientos y comportamientos.

Ése es el verdadero test. Y es un test que no muchas personas pasan, incluido Frank Spartan. Estoy haciendo esfuerzos por mejorar, sí, pero la realidad es que sigo siendo más egoísta que altruista. No tiene sentido disfrazarlo, es así. Pero lo que de verdad me importa no es tanto el baremo estático de mi nivel de egoísmo, sino la tendencia. La tendencia va, milímetro a milímetro, hacia una menor representación del egoísmo en mi vida. Y eso está bien.

Frank Spartan no te está diciendo que el egoísmo sea ni bueno ni malo. Simplemente es. A veces su influencia en nuestra conducta tiene consecuencias positivas y a veces tiene consecuencias negativas. Y a veces esas consecuencias son asimétricas para nosotros y para los demás.

Lo que sí te estoy diciendo es que debes entender cómo opera el egoísmo en tu forma de pensar y tu forma de actuar. Porque cuanto mejor lo entiendas más consciente serás de su influencia y mejores decisiones podrás tomar en situaciones en las que pueda haber consecuencias graves.

Lo que nos lleva al caso que nos ocupa, nuestro querido coronavirus.

El gran dilema personal al que nos enfrentamos con el COVID-19

La situación que ha surgido a consecuencia del coronavirus es un test excepcional de la influencia del egoísmo en nuestro comportamiento individual.

Veamos por qué.

Por una parte, tenemos un alto grado de certeza sobre la fiabilidad de la información relacionada con el peligro potencial más grave. Los expertos son tajantes y consistentes en cuanto a la velocidad de propagación (puedes ver este mapa live de Johns Hopkins University, una de las fuentes reconocidas como más rigurosas, aquí) y las consecuencias sobre el contagio en las personas de edad avanzada y con ciertas patologías. Las estadísticas reflejan que, en caso de contagio, un elevado porcentaje (de doble dígito) de ese segmento de población acaba perdiendo la vida.

covid

Por otra parte, los expertos también han confirmado que el virus tiene efectos muy poco perniciosos en las personas que no pertenecen a ese segmento. Esas personas conforman la inmensa mayoría de la sociedad. Con lo que, en teoría, esas personas pueden seguir haciendo vida normal y lo único que sufrirían en sus propias carnes son síntomas que no resultan mucho más graves que los de la gripe común. En conclusión, a nivel individual para estas personas, el riesgo es mínimo y se reduce a unas livianas consecuencias de salud.

Ah, pero el dilema se complica cuando incorporamos un factor. Los expertos nos dicen que hacer vida normal incrementa sustancialmente la velocidad de propagación del virus. Y también nos dicen que el sistema sanitario está cerca del punto de saturación.

En otras palabras, si este grupo de “Personas de Bajo Riesgo” que conforma la mayoría de la sociedad sigue haciendo vida normal, no sufriría ninguna consecuencia material en su propia vida, pero incrementaría sustancialmente el riesgo de que un gran número de personas que no conocen (las “Personas de Alto Riesgo”) pierda la suya.

Hum. Interesante dilema.

Examinemos la forma en la que los 4 componentes determinantes del comportamiento egoísta que hemos mencionado antes pueden influir sobre la conducta y toma de decisiones de este grupo de Personas de Bajo Riesgo:

La gravedad relativa de las consecuencias

Las Personas de Bajo Riesgo tienen que elegir entre seguir con su vida normal creando – indirectamente – un riesgo mortal para otros seres humanos o introducir voluntariamente incomodidad en su vida reduciendo sus interacciones sociales.

En conclusión, existe una asimetría de riesgo y de consecuencias. En un lado, riesgo pequeño y consecuencias pequeñas. En el otro lado, riesgo alto y consecuencias graves.

La pregunta es… ¿errarán las Personas de Bajo Riesgo en el lado de la cautela y dejarán de hacer vida normal a pesar de las inconveniencias que ello les cause, o seguirán haciendo la misma vida porque el riesgo para ellas es pequeño y, al fin y al cabo, parece haber excesivo alarmismo?

La cercanía emocional que sentimos con respecto a la otra persona

Las Personas de Bajo Riesgo tendrán, con toda seguridad, familiares y amigos en el segmento de Personas de Alto Riesgo. Esa cercanía emocional puede llevar a que decidan no interactuar con ellos más de lo estrictamente necesario para protegerles de un posible contagio.

Sin embargo, su comportamiento puede también afectar indirectamente a un gran número de personas que no conocen y con las que no tienen ninguna conexión emocional. Evitar a las Personas de Alto Riesgo conocidas puede crear incomodidad, aunque probablemente no excesiva (porque son pocas y están bien identificadas), pero pretender proteger también al resto de Personas de Alto Riesgo puede generar un esfuerzo de distanciamiento social más severo, que genere mayor inconveniencia en las vidas de las Personas de Bajo Riesgo.

La pregunta es… ¿tomarán las Personas de Bajo Riesgo la decisión que les cause más inconveniencia a pesar de no tener ninguna conexión emocional con todas esas personas de Alto Riesgo?  

El impacto de nuestra conducta: Directo o indirecto

El potencial impacto de una conducta laxa por parte de las Personas de Bajo Riesgo es fundamentalmente indirecto. Si contagian a alguien, puede que ese alguien no necesite hospitalización. Pero al hacerlo generan mayor velocidad de propagación, porque ahora ese alguien puede contagiar a otros. Y lo que en términos de efecto directo puede no tener ninguna consecuencia, en términos de efecto indirecto puede tener muchas y graves, sobre todo cuando el sistema sanitario está cerca del tope de su capacidad.

Otros posibles efectos indirectos son las ruinas económicas personales. Puede que muchas personas que necesiten hospitalización se acaben curando, pero no todos los sistemas sanitarios cubren los costes de hospitalización de los ciudadanos. Ahí tienes a EEUU, por ejemplo. ¿Cuántas personas crees que pueden permitirse una hospitalización prolongada cuando apenas tienen ahorros para emergencias básicas y servicios médicos como Medicaid (que dan cobertura sanitaria a personas de edad avanzada) están al borde de la quiebra?

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La pregunta es… ¿reconocerán las Personas de Bajo Riesgo los potenciales efectos indirectos de sus decisiones, o se centrarán exclusivamente en los directos?  

El tiempo que el acontecimiento en sí tarda en producir sus efectos

Una de las características más interesantes de esta situación es la dimensión temporal de los efectos de la conducta egoísta. Así como en otras dimensiones, como en el cambio climático, las potenciales consecuencias perniciosas de nuestras acciones en el presente no se apreciarán de forma material hasta dentro de muchos años, esto es distinto. Es distinto porque el comportamiento de las Personas de Bajo Riesgo puede generar muertes y otros efectos graves en el segmento de Personas de Alto Riesgo en un plazo tan corto como unos meses.

El efecto, aunque sea indirecto, es inmediato. Puedes ir a un concierto y que tu presencia allí desemboque en que una persona de 65 años en otra ciudad muera al de unos meses. El tiempo no tiene el mismo poder de acallar la voz de nuestra conciencia en este caso como lo tiene en otros.

La pregunta es… ¿reconocerán las Personas de Bajo Riesgo la inmediatez de las posibles consecuencias de sus acciones?  

Conclusiones

Puedes creer que lo que está pasando es una exageración, un excesivo alarmismo, un pánico absurdo. Que el peligro no es tan alto como nos quieren hacer creer. Y puede que estés en lo cierto. O puedes creer que la reacción de pánico y las medidas de contención de los gobiernos son prudentes y están absolutamente justificadas.

Pero, ¿sabes qué? Lo que creas no tiene tanta importancia. Porque no tenemos información suficiente para juzgar con exactitud sobre la gravedad de la situación. Sencillamente, no podemos saber con certeza de qué nivel de peligro estamos hablando y su probabilidad.

Lo que sí sabemos en base a datos objetivos es que el riesgo de propagación es real y las posibles consecuencias perniciosas para una gran parte de la población son muy graves. Y también sabemos algo más: La respuesta de los gobiernos para contener la pandemia es clave, pero más lo es aún nuestra conducta individual.

Éste es un test histórico para la solidaridad individual y colectiva del ser humano. Es una oportunidad de demostrar que no somos tan egoístas como a veces parecemos ser. Una ocasión única para ser héroes y salvarnos mutuamente a cambio de sufrir un poco de incomodidad.  

Porque es todo lo que es. Un poco de incomodidad. Podemos con ella y con mucho más. Sólo tenemos que elegir hacerlo.

Y estoy seguro de que elegiremos bien.

Pura vida,

Frank.

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