Lo que buscas está en la dirección opuesta

Uno de los grandes objetivos de Frank Spartan en este blog, quizá el objetivo principal, es descifrar y compartir las claves que nos conducen a vivir una buena vida. Una vida sin grandes arrepentimientos que nos asalten como halcones cuando abordamos su recta final y en la que encontremos satisfacción suficiente como para mirar atrás y decirnos a nosotros mismos: ¿Sabes qué? No lo has hecho nada mal.

Sin embargo, hay un pequeño problema: Cada uno de nosotros tiene diferentes niveles de desarrollo de conciencia y distintos objetivos, distintos conceptos de felicidad y distintas formas de llegar a ella.  

Vamos, que a cada uno nos molan cosas diferentes. No todos somos iguales.

Por ejemplo, para la Persona A la felicidad puede verse magníficamente representada en apoyar activamente la educación de un colectivo infantil en una zona desfavorecida, mientras que para la Persona B la felicidad puede verse igual de bien representada en devorar una suculenta hamburguesa durante la emisión de un partido de fútbol.

La Persona A elige obtener la felicidad a través de una actividad altruista con significado, mientras que la Persona B elige obtener la felicidad a través del placer. ¿Quién tiene razón? Desde su propia perspectiva individual, ambos creen que la tienen. Ambos intentan optimizar su felicidad en base al mundo que ven a través de sus gafas.

Los colores de las gafas de la Persona A y la Persona B son diferentes. Y, como consecuencia, su visión del mundo, valores y prioridades también. En el verdadero sentido de la palabra, sus realidades son diferentes.

Sin embargo, Frank Spartan no puede comulgar con el manido mantra de «cada uno es como es y ya está». No invertiría mi tiempo en escribir todas estas majaderías si hubiera pasado por ese aro.

Cada uno podrá ser como es, pero no podemos caer en pensar que todos los posibles colores de esas gafas son igual de válidos si nuestro objetivo es vivir una buena vida. No podemos caer en el “todo vale” como excusa para hacer lo que nos salga de las narices y permanecer alegremente en un estado de conciencia tan estrecho como un culo estreñido.

Bueno, en teoría sí podemos, pero la calidad de esa vida no tiene la misma puntuación que la una vida que navega superando limitaciones y accediendo progresivamente a estados superiores de conciencia. Puedes decidir que eso de evolucionar no va contigo y que el epicentro de tu felicidad son tu hamburguesa y tu partido de fútbol, pero eso tiene sus consecuencias a largo plazo. Si eres consciente de ellas y aun así eliges permanecer ahí, bien por ti. Pero si eliges permanecer ahí por ignorancia o por vagancia, entonces Frank Spartan te dará una cariñosa patada en el culo.  

Sin embargo, el asunto se complica un poco cuando introducimos otra variable:  Acceder a esos estados superiores de conciencia no nos acerca necesariamente a la felicidad. Profundizar en el autoconocimiento y sentirse más conectado a los demás y al mundo que te rodea es un indicativo de que estás evolucionando, pero esa evolución no está exenta de dolor. A medida que vas evolucionado, te vuelves más sensible. Y esa sensibilidad puede hacer que sufras más que en un estado de conciencia estrecho. 

Entonces, ¿para qué molestarnos? ¿Por qué tiene sentido evolucionar si no nos garantiza la felicidad?

Ésa es una buena pregunta. Veámoslo.

Cuando nos elevamos un poco, podemos apreciar que la felicidad no abunda

El mundo es diverso. Y la diversidad es algo bueno. Cuando no hay diversidad, surgen preguntas sobre si las decisiones de los individuos son auténticamente libres. La diversidad es buena señal, porque refleja que hay diferentes formas de pensar y que éstas se manifiestan en diferentes formas de actuar. Y, por ende, en diferentes realidades.

Sin embargo, al elevarnos un poco y observar el mundo con cierta perspectiva, es difícil no concluir que una gran parte de las personas de la sociedad occidental acaban rodeados de comodidades y caprichos materiales, sí, pero al mismo tiempo desempeñando un trabajo que no les llena, descuidando sus ambiciones personales, construyendo relaciones poco satisfactorias y navegando en una situación financiera repleta de restricciones, agarrándose desesperadamente a diversas formas de entretenimiento como principal válvula de escape a sus insatisfacciones.

Es literalmente imposible conocer el porcentaje de personas que se encuentra en esta situación, pero cuando hablas con la gente, lees algunos estudios, escuchas hablar a profesionales de salud mental y observas el auge de la industria de la autoayuda y los campos concretos que más éxito tienen dentro de esa industria, no parece que esa condición sea atribuible a una minoría de la población occidental. Más bien todo lo contrario.

No es necesario ser Pitágoras para darse cuenta de que ésa no es una situación atractiva. Muy pocas personas jóvenes apuntarían a ella salivando como un bulldog hambriento y dirían: ¡Eh, yo quiero estar así dentro de 20 años!

Entonces, ¿por qué? ¿Por qué tantos de nosotros acabamos ahí si no nos gusta esa foto de nuestro futuro? ¿Tenemos mala información? ¿Tenemos malos consejeros? ¿Alguien nos manipula o nos engaña? ¿Hay una conspiración masónica secreta en marcha?

Es mucho más sencillo que todo eso: Lo que  sucede es que una gran cantidad de pequeñas decisiones nos van metiendo poco a poco por ese camino sin que nos demos cuenta, lo mismo que la rana dentro de la cazuela de agua tampoco se inmuta cuando subimos la temperatura solamente un grado a intervalos regulares.

Para cuando nos damos cuenta, es demasiado tarde. La rana muere dentro de la cazuela. Y nosotros abrimos los ojos y vemos una realidad extraña, incomprensible, que no conecta con nuestros deseos más profundos. O lo que es lo mismo, morimos espiritualmente.

Pero esa muerte espiritual no es algo que aceptamos fácilmente. Así que negamos la mayor y acabamos creyéndonos cualquier cosa con tal de que nuestro ego sobreviva y prospere en esa extraña realidad mental y circunstancial que hemos construido. Nos decimos a nosotros mismos que no está tan mal y que todo el mundo está más o menos igual. Espantamos a la mosca de nuestra conciencia de un violento manotazo y avanzamos en la misma dirección con unas orejeras del tamaño de un portaviones.

Gracias a esa negación, nuestro ego sobrevive. Incluso sale fortalecido, porque avanzar en esa dirección nos permite comparar bien con la mayoría de personas a nuestro alrededor. Pero el alma sufre. Sufre porque, aunque sea de forma muy sutil y apenas perceptible, aquella hamburguesa no sabe realmente tan bien como creíamos. Nos produce gran placer en el momento de morderla, pero después de varios bocados nos deja un regusto a vacío, a insipidez, a amargura. Como si no cumpliera nuestras expectativas a medida que pasa el tiempo.

Y ahí está precisamente el problema: Lo que estábamos tan seguros que nos iba a llenar, no lo hace. Nos pasamos años y años, incluso vidas enteras, avanzando hacia un oasis que existe en nuestra mente gracias a un efecto óptico, pero que en realidad no tiene agua. Y no alcanzamos a entender que muchas de las cosas buenas de la vida, esas que sacian de verdad, se encuentran realmente en la dirección opuesta.

Por eso debemos evolucionar. Porque no evolucionar nos estanca en un camino con pocas probabilidades de satisfacción a largo plazo. Y evolucionar, aunque no nos garantice la felicidad, nos permite acceder a otros caminos por donde la suerte, por alguna razón, se suele pasar más a menudo.

El dilema de las apariencias

Cuando la sociedad emite a los cuatro vientos sus cantos de sirena sobre los objetivos que las personas deben perseguir, unas personas separan el grano de la paja mucho mejor que otras. Y es que para discernir con un poco de criterio lo que tiene sentido y lo que es bullshit, es necesario trabajar en uno mismo. La base interna tiene que ser sólida para que todo lo demás funcione.

Sin embargo, trabajar en uno mismo para decidir mejor no es lo que la mayoría de la gente hace. La mayoría de la gente apunta con el dedo a todos los problemas que hay ahí fuera antes de admitir el desorden que hay en su propia casa o de hacer algo para enmendarlo.

¿Que haga un curso de autoconocimiento? ¿Que lea libros sobre inteligencia emocional? ¿Que haga algo diferente para mejorar la calidad de mis relaciones personales? Que te jodan. Es mucho más fácil y más divertido salir a gritar a la calle en manifestación contra el gobierno, las empresas que contaminan, los virus y los extraterrestres. O despotricar de todo eso en un bar con los amigos, día sí y día también, para después cometer exactamente los mismos errores en cientos de pequeñas decisiones y hundir los pies unos cuantos palmos más en la misma ciénaga donde llevamos estancados tantos años.

No queremos mirar dentro y descubrir el caos que reina en nuestro interior. Desconfiamos de lo que podemos encontrar y de no saber cómo gestionarlo. Y ésa es una de las raíces del problema.

La otra raíz del problema es que los cantos de sirena de la sociedad son muy convincentes. Atacan nuestras emociones y nuestros mecanismos psicológicos básicos a través del miedo: El miedo a no pertenecer, el miedo a no cumplir las expectativas de los demás, el miedo de no estar a la altura, el miedo de no ser cool, el miedo a que nos hagan daño, el miedo a la incertidumbre.

Y es que el gran virus de nuestro tiempo, mucho más letal que cualquier microorganismo, es el miedo.

Y así, encadenados a estas dos raíces, vamos caminando por la vida tomando decisiones:

  • Elegimos un trabajo en base a lo que hemos estudiado a pesar de que no nos convence del todo. Y, una vez que confirmamos que nuestras sospechas eran ciertas, seguimos en él por miedo a la incertidumbre a pesar de ser un trabajo que no nos llena. Jaque.
  • Nos relacionamos frecuentemente con nuestros amigos y familiares pero de forma superficial, usando los medios tecnológicos a nuestro alrededor y evitando la incomodidad de conversaciones más íntimas. Como consecuencia, tenemos muchas relaciones pero muy pocas de ellas nos dan lo que realmente necesitamos. Jaque.
  • El ritmo de vida que llevamos nos vuelve impacientes. Nos movemos frenéticamente para poder llegar a todo y no perdernos nada. Queremos viajar, disfrutar del ocio, entretenernos, ver series de Netflix, ver fútbol, ir a cenar, ir de compras. Nuestra vida se va dispersando en una infinidad de tareas y vamos pasando de una a otra con la lengua fuera, sin disfrutar realmente de ninguna. Jaque.
  • Vamos acumulando problemas emocionales dentro de nosotros mismos que no compartimos con nadie, porque no hemos desarrollado habilidades de autoconocimiento e inteligencia emocional y no tenemos una comunicación satisfactoria y honesta con nuestras relaciones. Nos acostumbramos a mostrar una cara en público que es muy distinta a cómo somos y nos sentimos de verdad. Jaque.
  • Nuestros niveles de ansiedad aumentan y los combatimos con exceso de consumo y entretenimiento pasivo, que lejos de calmarnos y ayudarnos a desarrollar una visión más constructiva y optimista de la vida, nos embota la mente, nos desconecta de nosotros mismos y eleva nuestra irritabilidad. Jaque.
  • Gastamos todo lo que ganamos, acumulamos deudas y nos volvemos dependientes del siguiente sueldo. Jaque.
  • Nos vamos haciendo mayores y llega un momento en que no tenemos energía, ni tiempo, ni medios para cambiar nada. Jaque mate.

O, en las sabias palabras de Terminator, “Sayonara, baby”.

Con cada una de esas decisiones, que a su vez se fragmentan en docenas y docenas de pequeños pasos en la misma dirección, nos vamos adentrando cada vez más en esa realidad. El peso a nuestras espaldas aumenta, nuestros pies se hunden en el fango, nuestra visión se estrecha, nuestro espíritu va perdiendo su brillo. Y nuestra alma, anestesiada, acaba flotando a la deriva en un mar de incomprensión a la espera de ser rescatada con un “deux ex machina”, como cuando en el teatro griego Dios bajaba a la Tierra y provocaba un final feliz en una historia que se dirigía irremediablemente hacia el desastre.

Frank, cabronazo, así dicho ese destino no mola nada. ¿Cómo podemos construir otra realidad?

Bueno, un primer paso para hacerlo puede ser parar y reflexionar. Reflexionar sobre lo que estás realmente persiguiendo y por qué. Sobre si eso te llevará realmente a donde quieres llegar y si satisfará realmente las necesidades que palpitan dentro de ti. Y, en ese proceso, puede que aprecies que muchas de las respuestas que buscas están en dirección opuesta a la que marcan esos cantos de sirena que suenan tan convincentes.

La paradoja de la dirección opuesta

Hay una idea que algunos de los autores de desarrollo personal que sigo han repetido varias veces y con la que estoy de acuerdo, especialmente porque he visto sus frutos en mí mismo: La capacidad de retrasar recompensas es una de las habilidades más importantes a desarrollar para vivir una buena vida.

En otras palabras, sucumbir a las recompensas inmediatas no es una filosofía muy sólida si quieres acabar en un buen sitio.

Esto suena muy bien, pero tiene un pequeño problema. Nuestro cerebro no está precisamente equipado para responder de esta manera de forma natural. Más bien es lo contrario: Las conexiones del cerebro se activan con gran intensidad ante la expectativa de una recompensa a corto plazo, lo que nos impulsa ciegamente a elegir el placer inmediato, a pesar de que, en el plano reflexivo y racional, seamos conscientes de que no es lo mejor para nosotros.

Y aquí es donde aplica la idea de la dirección opuesta. Porque lo que parece tan tentador a corto plazo generalmente nos aleja del destino al que de verdad queremos llegar.

Veamos algunos ejemplos:

  • Lo que te pide el cuerpo es elegir la carrera profesional mejor reconocida y el puesto de trabajo mejor remunerado, a costa de sufrir un vacío existencial y un peaje emocional. Pero, paradójicamente, lo que marca la diferencia en tu satisfacción laboral es que te sientas emocionalmente inspirado, que lo que haces conecte con tus valores y que desarrolles habilidades que te resulten valiosas y útiles para pivotar en tu carrera profesional. No buscamos y alimentamos nuestra ocupación profesional con el criterio correcto, sino con la mentalidad de recompensa cortoplacista.
  • Lo que te pide el cuerpo es perseguir placeres materiales y sueños específicos. Te pide contemplar la felicidad como un destino, como un punto concreto en un mapa. Pero, paradójicamente, lo que de verdad insufla felicidad en nuestras vidas es rendirnos al viaje, apreciando cada momento, sin obsesionarnos con el destino.
  • Lo que te pide el cuerpo es añadir más y más cosas a tu vida, intentando desesperadamente encontrar algo concreto que te produzca una satisfacción duradera. Pero, paradójicamente, lo que más luz genera en nuestras vidas no es añadir, sino eliminar cosas innecesarias. Es entonces cuando, de una forma misteriosa, aprendemos a apreciar el valor de lo realmente importante y cuando, también misteriosamente, eso que nos faltaba tiende a aparecer de repente.
  • Lo que te pide el cuerpo es seguir mostrando a tus relaciones personales el personaje social que has construido a lo largo de los años. Te pide aparecer con un halo de seguridad, cinismo, incluso hermetismo, porque no quieres correr el riesgo de que tu ego salga herido. Pero esa forma de relacionarte no conduce al tipo de relaciones que deseas, sino a unas relaciones superficiales y vacías. Paradójicamente, es el mostrarte vulnerable y arriesgarte a que tu ego salga herido lo que te lleva a construir relaciones profundas, las que de verdad merecen la pena.
  • Lo que te pide el cuerpo es no tener detalles ni muestras especiales de afecto con las personas que más te quieren, como tu pareja y tus familiares más cercanos, porque crees que ya lo saben y no es necesario. Pero, paradójicamente, son ésas las personas que más necesitan esos gestos de cariño de ti y a las que más felices podrías hacer si los llevaras a cabo.
  • Lo que te pide el cuerpo es ver la tele cuando llegas a casa cansado porque quieres desconectar. Pero eso no hace sino contribuir a tu agotamiento mental. Paradójicamente, lo que te libera de tu agotamiento mental no es desconectar, sino prestar atención consciente: respirar, meditar, leer un libro, hacer estiramientos.  
  • Lo que te pide el cuerpo cuando una persona se enfada contigo y te grita es responder de forma proporcional. Pero eso, además de no solucionar el problema, lleva a que la agitación y el malestar te invadan. Paradójicamente, lo más efectivo para que te sientas mejor es escuchar de verdad e intentar entender el punto de vista de la otra persona.
  • Lo que te pide el cuerpo es ser pesimista y contarte a ti mismo historias negativas cuando las cosas van mal. Pero eso no te ayuda a salir del agujero. Paradójicamente, lo que más te ayuda es mantenerte positivo, aceptar lo que no puedes controlar y seguir trabajando con entusiasmo en aquello que está en tu zona de influencia.
  • Cuando las cosas van bien durante un tiempo prolongado, lo que te pide el cuerpo es caer en los mismos excesos en los que caen los demás y bajar la guardia. Pero eso no es lo que mejor asegura tu supervivencia. Paradójicamente, esos son los momentos en los que debes ser más cauto y construir colchones de protección para cuando lleguen los tiempos difíciles. 

Conclusiones

Los cantos de sirena de la sociedad en la que vivimos son muy sibilinos y muy tentadores. Nos impulsan en una dirección concreta y poco a poco nos vamos adentrando en ella a través de una multitud de pequeñas decisiones, hasta que nos damos cuenta de que no nos encontramos en el lugar en el que realmente queremos estar.

Cuando sintamos ese impulso, es importante que nos hagamos una pregunta: ¿Es ésta la dirección que me conviene? Y si no lo vemos del todo claro, debemos hacernos una segunda pregunta: ¿Qué encontraría si, en vez de ir por ahí, fuera en dirección opuesta?

No olvides mirar en dirección opuesta antes de decidir y considerar cuidadosamente lo que ves. Las claves para descifrar el enigma de cómo vivir una buena vida, a pesar de ser un camino poco transitado, se encuentran a menudo ahí. 

Pura vida,

Frank. 

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1 comentario en “Lo que buscas está en la dirección opuesta”

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