Cómo incorporar el riesgo del virus COVID-19 a tu estrategia de inversión

Frank Spartan ha escrito más de una vez en su blog sobre lo desastres que la mayoría de nosotros somos a la hora de evaluar el riesgo. O, dicho de otro modo, la probabilidad de que ciertos escenarios se produzcan y las posibles consecuencias prácticas de los mismos.   

Por ejemplo, ahí tienes al chico que se casa con la chica egoísta y esclava de las apariencias o a la chica que se casa con el chico juerguista e irresponsable. He vivido ambas experiencias de cerca porque se han producido en mi círculo, ambas con mal final, con visitas múltiples a los juzgados y una travesía en el desierto que no se la deseo ni a mi peor enemigo.

Y la pregunta que surge es… ¿qué coño esperabais que sucediera? Nadie sabe con certeza si una relación va a ir bien a largo plazo, pero a veces sales a correr con una sola pierna porque hay indicios de incompatibilidad muy serios desde el minuto 1.

En estas situaciones, las personas deciden pasar por alto un defecto estructural grave de su pareja y se dejan guiar por sus sentimientos, agarrándose a la idea de que “ya cambiará”.

Pero las personas no cambian así como así. El riesgo de que la relación se torciera era altísimo y estaba delante de sus narices, pero no quisieron verlo. O más bien no pudieron, porque las emociones no les dejaron.

O, por ejemplo, ahí tienes a la persona que estudia una carrera universitaria y elige un trabajo en base a la definición de éxito de la sociedad en la que vive, pero que no responde en modo alguno a su filosofía de vida, su vocación y sus necesidades emocionales.

Esa persona entra por ese camino creyendo que conseguir alcanzar la definición generalmente aceptada de éxito le llevará a sentirse satisfecho en su dimensión laboral. Pero… ¿es eso lo más probable? No, porque, a medida que pasa el tiempo, la brecha entre quién es y qué hace se va haciendo cada vez más grande. Y en esas condiciones es difícil estar bien con uno mismo, requisito indispensable para sentirte feliz.

En su fuero interno, esa persona sabe que ese trabajo no es lo suyo. Pero las emociones relacionadas con el miedo a no pertenecer y a la incertidumbre nublan su forma de ver las cosas a la hora de decidir. El riesgo de no ser feliz es evidente, pero no puede verlo. Las emociones se lo impiden.

En resumen, esto de evaluar el riesgo de forma acertada no es lo nuestro.

Por una parte, tendemos a creer que lo que hacen los demás es la apuesta más segura para ser feliz, cosa que no es cierta. La apuesta más segura para ser feliz – a largo plazo, al menos – es seguir el camino que mejor conecta con tu naturaleza y saltar todas las vallas que encuentres en él.

Y, por otra parte, somos bastante cabras locas y decidimos con las emociones. Y no es para menos, porque la zona de nuestro cerebro donde habita nuestro lado más animal, nuestros instintos y nuestras emociones es la que tiene mayor protagonismo en nuestra toma de decisiones.

Ya, ya. No es tu caso. Tu estás siempre en control y decides de forma reflexiva.

¿Oyes ese ruido de fondo? Son mis carcajadas. 

Después de todas estas majaderías de introducción, vamos a abordar el tema principal de este post, que es la pregunta que más me han hecho en las últimas dos semanas: Teniendo en cuenta todo lo que la bolsa ha caído por los potenciales efectos del COVID-19, ¿cuándo será un buen momento para comprar y aprovecharse de un posible rebote?

La divergencia de visiones sobre las implicaciones del COVID-19

Cuando hablas con la gente sobre este tema o prestas atención a las opiniones que hay ahí fuera, sueles encontrar dos versiones bastante contrapuestas:

Por una parte, están los analíticos de sangre fría que comparan las estadísticas actuales con otras pandemias anteriores y las superponen a un gráfico que muestra que la bolsa ha seguido subiendo a pesar de todas ellas. En otras palabras, consideran que el virus está de visita, que apenas lo vamos a notar en nuestras vidas y que nos olvidaremos de él muy pronto.

Por otra parte, están los alarmistas que invocan profecías catastrofistas y teorías conspiratorias que pronostican el fin del mundo y la apocalipsis zombie. Según estas voces, todos deberíamos monetizar nuestras inversiones ahora que podemos, meter la mitad de la pasta debajo del colchón y usar la otra mitad para comprar agua, medicinas, mascarillas, latas de sardinas, papel higiénico y varios AK-47s con mira telescópica.

Curiosamente, el sentimiento de los inversores en estas situaciones suele seguir el mismo patrón. Como dijo Benjamin Graham en El Inversor Inteligente, el mercado es como un péndulo que oscila entre el optimismo insostenible y el pesimismo injustificado.

La pregunta es… con la información que tenemos sobre el dichoso COVID-19, ¿cuál es la evaluación del riesgo más adecuada de esta situación?

Ésta es una pregunta compleja porque tiene muchas variables.

Veámoslas.

¿Qué información es buena?

El problema que solemos encontrarnos en la sociedad de información en la que vivimos es que es tremendamente complicado saber qué información es cierta y qué información es falsa, o qué información es fiable y qué información es cuestionable. No te queda más remedio que discriminar y centrar tu atención en aquellas fuentes que te parecen más legítimas.

En el tema que nos ocupa, Frank Spartan ha centrado su atención de la siguiente manera:

  • Medios de comunicación, redes sociales y otras fuentes de información con un incentivo económico para generar atención, user engagement y alarmismo: 0%
  • Vídeos que te mandan amigos y familiares con su mejor intención: 0%
  • Personas de reconocido prestigio en sus respectivos campos en las que Frank Spartan tiene confianza de que hacen su trabajo con rigor y con el objetivo principal de proporcionar valor real a sus seguidores y al mundo en general: 100%

Algunas de las personas que se encuentran en este último bloque son escritores que sigo hace algún tiempo y que tienen un enfoque riguroso y científico, inversores extraordinariamente experimentados y analíticos como Ray Dalio, personalidades con una visión global de las implicaciones de este tipo de situaciones como Bill Gates y profesionales de la salud con amplia experiencia en pandemias como Marc Lipsitch.

¿Por qué esta mezcla tan curiosa? Muy sencillo: Porque el problema tiene múltiples dimensiones interrelacionadas y todas son importantes. Al mismo tiempo, no creo que introducir muchas más variables ayude a formar una visión necesariamente mejor o más sólida sobre el problema, porque la probabilidad de error se multiplica cuantos más ingredientes hay en la coctelera.

Veamos lo que sugiere esta información que Frank Spartan ha recabado de estas cuidadosamente seleccionadas fuentes.

Contagio y mortalidad

Marc Lipsitch es un famoso epistemólogo de la Universidad de Harvard. Frank Spartan ha leído sus declaraciones a los medios de comunicación y he oído varias entrevistas que le han hecho. En sus declaraciones, Lipsitch dice varias cosas, entre ellas estas dos:

  1. Es probable que entre 40-70% de la población adulta mundial se contagie por el COVID-19 (estimación que revisó a 20-60% unos días después tras recibir nuevos datos sobre la velocidad de propagación) – en otras palabras, es probable que no se pueda contener y que una gran proporción del planeta se contagie.
  2. Es probable que haya muchísimos casos de contagio que aún no se han detectado – en otras palabras, es probable que esté ya mucho más extendido de lo que parece a primera vista.

Para los que no hayáis oído hablar de Lipsitch, este señor sabe de lo que habla y es extraordinariamente cuidadoso con qué dice y cómo lo dice.

¿Se puede equivocar? Sí, claro. No es el Arcángel San Gabriel. Pero se tiene que equivocar por mucho para que la cantidad de infecciones y los recursos para gestionarlas no acabe siendo enorme a nivel global. Esta estimación de contagio contrasta con el 11-20% de infecciones estimadas a nivel global en la pandemia del H1N1 de 2009-2010, la más grave de los últimos tiempos – aunque ya ni recuerdes qué narices era eso.

Lo que Lipsitch dice es que el COVID-19 se propaga con mucha mayor facilidad que otros virus similares que él conoce muy bien y que es mucho más difícil de detectar y contener. Como consecuencia, sus predicciones llevan a que miles de millones de personas se acaben contagiando. 

Hmmm… una chorrada, lo que se dice una chorrada, esto no parece.

Ahora bien, ¿de qué nivel de tragedia estamos hablando? La tasa de mortalidad no parece tan elevada, aunque todavía es difícil de decir porque las estadísticas son cuestionables. La OMS habla del 3.6%, pero esa cifra sólo tiene en cuenta los casos reportados de COVID-19, cuando en realidad se estima que hay muchos más sin detectar. Según el análisis de Bill Gates, la tasa de mortalidad estaría en torno al 1%, pero cambia mucho de país a país.

Esto puede parecer poco grave y, según los expertos, la inmensa mayoría de los infectados ni se enterarán. Pero tomando el punto medio de la predicción de Lipsitch sobre la expansión del contagio y asumiendo que los gobiernos no consiguen reducir esa tasa de mortalidad significativamente con el tiempo, estaríamos hablando de varias decenas de millones de muertos, aproximadamente la mitad de las muertes estimadas en la segunda guerra mundial.

Fuck.

Me gustaría creer que Lipsitch llevara dos copas de más cuando realizó sus predicciones, pero oyéndole hablar no parece lo más probable.

Esos números son complicados de aceptar. Frank Spartan quiere creer que los gobiernos reaccionarán con relativa presteza (China e Italia por ejemplo lo han hecho a gran escala) y fomentarán mecanismos de contención. Porque el verdadero problema, y lo que dispararía la tasa de mortalidad hacia arriba, es que la capacidad de los hospitales se sature y exista un montón de casos que no puedan recibir atención médica. Ahí sí que tenemos un problema serio, porque no tiene una solución obvia en absoluto.

EEUU, por ejemplo, está obviando el problema. Y curiosamente tiene uno de las ratios más bajas de número de camas por cada 1.000 habitantes. Eso es irresponsable primero y preocupante después, dados los lazos internacionales de comercio que tiene EEUU con el resto del mundo.

En cualquier caso, salvo que las estrategias de contención de los gobiernos sean especialmente efectivas, acabar con cientos de miles de muertes asociadas al COVID-19 parece ser un escenario de probabilidad elevada en vista de la trayectoria. En algún momento se desarrollará una vacuna efectiva, segura y administrable en grandes números, pero las voces expertas dicen que probablemente tarde muchos meses.

O… quién sabe. Puede que el COVID-19 mute y se vuelva menos letal o menos contagioso. Puede que el calor del verano frene el proceso de contagio. Puede que una vacuna se descubra antes de lo esperado. Puede que se volatilice como por arte de magia. Pero ninguno de estos escenarios parece tan probable como para apostar por él.

En cualquier caso, y aunque consideres que el riesgo individual de fatalidad en tu caso es limitado, el riesgo sistémico en la salud de la sociedad en su conjunto es enorme. Y si el riesgo sistémico se materializa, la probabilidad de que tú recibas algún impacto indirecto – aunque no sea letal – no es baja.  

En resumen, hay más que suficientes indicios para que Frank Spartan te diga lo siguiente: Seguir actuando de la misma forma que siempre, ignorar los consejos sanitarios y meterte en grandes grupos porque te apetece es un poco irresponsable por tu parte, por mucho que el riesgo individual para ti sea bajo. Pon tu grano de arena para solucionar el problema, porque estamos todos en el ajo.

Impacto económico

El impacto económico asociado al COVID-19 es realmente difícil de estimar, porque las medidas de contención que cada país implemente y su grado de eficacia serán diferentes.

Dado lo interrelacionadas que se encuentran las diferentes áreas geográficas en el aspecto económico, laboral y tecnológico, así como la posibilidad de que algunas de las grandes corporaciones globales consideradas como “sistémicas” se vean especialmente afectadas, el potencial impacto en el peor escenario puede ser muy relevante y sumir a la economía global en una recesión.

Cuando observamos la economía en su conjunto, los excesos no parecen tan agudos como en 2006-2007, los años que precedieron a la gran crisis financiera. Hay más regulación y menos apalancamiento financiero (deuda) en las economías familiares, incluso – aunque la están volviendo a liar – en las empresas. Lo que sí es preocupante es el sobrecalentamiento del mercado de crédito o renta fija, provocado por el exceso de liquidez a consecuencia de las políticas de los bancos centrales. Y esa parte del sistema sí es altamente vulnerable a un shock como el COVID-19.

¿Por qué? Porque hay muchas empresas que han aprovechado la oportunidad de tener financiación barata y ampliamente disponible para endeudarse. Eso no es un problema siempre que esas empresas sigan manteniendo o creciendo su capacidad de generación de caja, pero ¿qué va a pasar con las cadenas de suministro a consecuencia del COVID-19?

Exacto, probablemente se retrasen los suministros, se interrumpan las actividades y se cobren las facturas bastante más tarde. Y cuando tienes mucha deuda y costes fijos que pagar, los problemas de liquidez, las caídas de rating y las quiebras llegan bastante pronto.

Puede que esto no sea tan dramático como para arrastrar a la economía global a una recesión, pero recordemos que el tren tenía ya poco fuelle y los bancos centrales se han quedado prácticamente sin gasolina para darle impulso. Y el consumidor medio no necesita que le asusten demasiado para creer que el apocalipsis está a la vuelta de la esquina y empezar a gastar menos por lo que pueda pasar.

Así que… sí, el sistema es vulnerable por muchas partes diferentes. Es vulnerable por la parte de demanda y vulnerable por la parte de oferta. Y dentro de la oferta, es vulnerable por el suministro, por el exceso de deuda, por las interconexiones entre empresas que facilitan que un problema en una región o sector concreto acabe afectando a muchas otras regiones o sectores, etcétera, etcétera.

Aun así, desde donde estamos resulta demasiado complicado predecir cuál es el escenario más probable. La cabeza de Frank Spartan está en un 50/50 entre estos dos escenarios:

  • Un parón económico (decrecimiento) de 6-12 meses con algunas quiebras y un retorno gradual a un crecimiento muy moderado; y
  • Un parón económico que precede a una recesión económica global en la que los impagos de compañías sobre-endeudadas aumentan significativamente y la corrección en el mercado de crédito genera importantes pérdidas para muchos inversores, lo que abre la puerta a un periodo de cautela y falta de interés por invertir, con su consiguiente impacto de retraso en la recuperación de la economía.

Si tuviera que apostar mis fichas a uno de esos dos escenarios, diría que me inclino por el primero. Pero es una de esas situaciones en las que no lo tengo nada claro.

Estrategia de inversión

Haciendo balance hasta aquí, nuestras fuentes de información apuntan a un impacto sustancial desde el punto de vista de expansión de contagio del COVID-19 y número de fallecimientos, que a su vez es probable que desencadene un parón económico importante y una posible recesión a escala global.

Ésa es nuestra entrañable foto. La pregunta es… ¿ahora qué narices hacemos con nuestra estrategia de inversión? ¿Invertimos? ¿Esperamos? ¿Vendemos, enterramos todo nuestro dinero en el jardín y salimos huyendo en paños menores?

La respuesta a esta pregunta puede ser tan complicada o tan sencilla como queramos. Por mi parte, Frank Spartan es un gran fan de lo sencillo, así que te dejo con varios mensajes que espero te resulten muy fáciles de entender:

  • Los próximos meses serán – probablemente – un bombardeo continuo de estadísticas de infectados, muertes, empresas que cambian sus planes y revisan sus previsiones de beneficio, caos político, etcétera. Esta situación es néctar para los medios de comunicación porque tienen material de sobra para generar ansiedad y alarma en la sociedad, lo que, como todos sabemos, consigue más audiencia e impactos en Internet que las buenas noticias. En resumidas cuentas, los medios de comunicación no están incentivados a minimizar el grado de alarma, sino más bien lo contrario.
  • A raíz de ese goteo de información y creciente sensación de alarma, el nerviosismo se irá apoderando de la población y probablemente tocará techo cuando suspendan los partidos de fútbol. Las formas concretas en las que ese nerviosismo se manifestará en la conducta de las personas e instituciones no son fáciles de prever, pero apostaría la barba a que reducir exposición a renta variable (en términos informales y poco rigurosos, vender acciones) será una de esas formas. Lo que suele ocurrir en casos de histeria colectiva es que primero venden las instituciones, que son las que más volumen de mercado mueven y más proactivas son reestructurando sus carteras (cosa que ya estamos viendo), y cuando el individuo medio ve que la bolsa cae un día sí y otro también, se suma al acto de vender. En este contexto, la bolsa puede caer durante varios meses seguidos, porque los inversores odian la incertidumbre. Y la incertidumbre sobre el COVID-19 y su impacto económico tardará un tiempo en disiparse.
  • En esta situación de caídas en la bolsa, lo que – probablemente – sucederá es que la prensa empezará a hacer eco del riesgo de recesión global. Surgirán voces que dicen que este parón económico no es temporal, sino algo mucho más profundo y que va a empeorar significativamente en los próximos meses. Eso acentuará el nerviosismo y las probabilidades de que la bolsa siga cayendo.

Y aquí estamos nosotros con nuestro cerdito hucha en los brazos mientras el mundo que conocemos se desmorona a nuestro alrededor.

¿Qué hacemos?

Bueno, calma para empezar. De lo que vamos a hablar requiere cierto autocontrol. En otras palabras, las emociones no pueden llevar el volante. Entretenlas con otra cosa un rato.

Podemos hacer muchas cosas creativas y sofisticadas, pero como la mayoría de la gente no es ni creativa ni sofisticada en lo que se refiere a sus finanzas, vamos a centrarnos en varios conceptos básicos cuyo entendimiento está al alcance de cualquiera:

Primero, si tienes un dinero disponible y lo que buscas es predecir cuál es el momento perfecto para comprar renta variable, de forma que puedas comprar justo antes del “rebote” y después vender y obtener una ganancia rápida, Frank Spartan te dice que es mejor que vayas al casino. Probablemente te diviertas más y estarás jugando al mismo juego.

Intentar predecir cuándo el mercado se va a mover hacia un lado o hacia otro es una estrategia perdedora. No tienes ni pajolera idea, ni nadie que tengas a tu alrededor tampoco. No te metas en ese avispero. Eso no es invertir. Al menos, mi definición de invertir.

Segundo, estas caídas sostenidas en la bolsa que comentábamos que probablemente se produzcan a raíz del nerviosismo generalizado, no son en absoluto una mala noticia para alguien que quiere invertir a largo plazo. De hecho, son una bendición, porque te permiten comprar acciones a un precio menor.

Recuerda que has de invertir para batir a la inflación si no quieres perder poder adquisitivo y que invertir en renta variable es una de las mejores formas conocidas para hacerlo, asumiendo que tu horizonte es de largo plazo. Así que si tienes liquidez a mano que no necesitas a corto o medio plazo, éste puede ser un buen momento para usarla comprando renta variable.

Tercero, ¿cómo de rápido debes comprar? ¿Todo de una vez? ¿Poco a poco? Esta pregunta es difícil y es un tema muy personal. En la opinión de Frank Spartan hay un riesgo no pequeño de que todo esto desemboque en una recesión, en cuyo caso veríamos caídas prolongadas de bolsa durante meses e incluso años. No es el fin del mundo si vas a invertir a largo plazo, pero quizá te sientas mejor comprando poco a poco durante un periodo de varios meses que si lo haces todo de una vez. Hagas lo que hagas, no va a ser perfecto. Ni falta que hace.

Cuarto, ¿qué debes comprar? Bueno, para empezar, nada de acciones individuales.

Ya, Frank, pero Telefónica y BBVA están a mínimos, ¡son una ganga!

Me importa un huevo. Nada de acciones individuales ni concentraciones en un país concreto. Hay demasiado riesgo y, francamente, la probabilidad de que no tengas ni pajolera idea de lo que estás haciendo es mucho más grande de lo que puedes llegar a pensar. Yo tampoco lo sé, ni prácticamente nadie en lo que se refiere a acciones individuales. Así que pasa del tema. No es una guerra en la que las probabilidades de sobrevivir estén de tu lado, ni una guerra que debas luchar.

Si quieres comprar renta variable, compra fondos. Diversificados por región geográfica y baratos. Puedes hacerte las pajas mentales que quieras con qué fondos comprar, comparar mil cosas entre unos y otros, etcétera. No te vuelvas loco porque no merece la pena. Escoge tres o cuatro que te parezcan bien – déjate asesorar por alguien que sepa un poco si quieres – y dale caña.

Quinto, ¿cuánto debes comprar? Esto depende de tu perfil de tolerancia al riesgo. Sea como sea, debes tener un colchón en liquidez o inversiones de muy poco riesgo para cubrir tus necesidades y objetivos a corto/medio plazo. No hagas el indio, porque si las cosas se ponen feas y acabamos en una recesión es posible que muchos puestos de trabajo peligren y no debes verte inmediatamente forzado a vender tus inversiones en esa situación.

Aparte de todo esto, tranquilidad y buenos alimentos. Acepta lo que está fuera de tu zona de influencia y perfecciona todo lo que está dentro: Cuídate, come sano, haz ejercicio, lávate las manos, limita tu exposición a multitudes, fortalece tus relaciones, sigue aprendiendo, sigue creciendo.

Y todo irá bien.

Incluyendo tus inversiones, si tienes un poco de paciencia.

Pura vida,

Frank.

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