Carta Navidad 2020

Estamos ya acercándonos a las Navidades y la verdad es que, por más que afino el olfato, no huelo a ambiente de espíritu navideño por ninguna parte. Huelo más bien a ambiente de “estoy-hasta-las-narices-de-las-restricciones-y-quiero-recuperar-mi-vida-de-una-puñetera-vez”. Y no es para menos.

Todos los años suelo escribir una carta por estas fechas, haciendo una especie de balance de cómo han ido las cosas. Se supone que es una carta sobre mí mismo, las cosas que he hecho bien, las que he hecho menos bien, y las que voy a intentar hacer mejor el año siguiente. Pero por alguna razón, esa dichosa carta siempre acaba desviándose de mi persona y concentrándose en las cosas que suceden a mi alrededor. Y después acabo concluyendo, quizá de forma un poco interesada, que no lo he hecho tan mal del todo, me doy un par de palmaditas en la espalda y me bebo unas cuantas cervezas escuchando rock ‘n’ roll.

And life feels good. Al menos, durante unos momentos.

Pues bien, este año voy a hacer lo propio. Quizá con un tono ligeramente diferente por lo extravagante de la situación que hemos vivido, pero esencialmente lo mismo.

Empecemos admitiendo lo evidente: Las emociones mandan. Ellas dictan lo que pensamos y por qué lo pensamos. Y lo que nuestras emociones de ahora nos impulsan a pensar es que 2020 ha sido una auténtica catástrofe. Un montón de muertes inesperadas, negocios que han ido a la ruina, familias con graves dificultades financieras, desempleo, miedo, incertidumbre y un sinfín de vidas atrapadas en un nebuloso limbo que no parece tener fin.  

Y sí, desde esta perspectiva, 2020 ha sido una auténtica mierda, por decirlo con cierta licencia poética. Es muy difícil argumentar lo contrario.  Es muy difícil llegar al término de este año y no decir que preferimos enterrarlo en lo más profundo de nuestra memoria y concentrar nuestra atención – o más bien nuestras esperanzas – en que el año siguiente sea mejor.

Pero también existe otra perspectiva diferente. Una perspectiva que, especialmente en estos momentos de bajos ánimos, quizá nos convenga recordar.

Y esa perspectiva es ésta:

Lo que ha pasado en 2020 ha sido un pequeño bache en medio del mejor periodo de la historia de la humanidad.

Y contra esta perspectiva también es muy difícil argumentar, ¿no es así? Cuando observamos los últimos 100 años, no cabe duda de que ahora disfrutamos de menores niveles de pobreza, menor tasa de mortalidad infantil, mayor estabilidad política, mejor sanidad, mejor educación, mayor esperanza de vida, mayor comodidad, mayor accesibilidad a todo tipo de alternativas de ocio y experiencias de entretenimiento, mayor flexibilidad para explorar opciones profesionales, menos crímenes, menos guerras, mayor respeto a los derechos civiles y las libertades individuales, mayor protección de colectivos desfavorecidos, etcétera, etcétera.

¿No me crees? Lee este libro.

Queda mucho por hacer, desde luego. Pero la incuestionable realidad es que cuando miramos la foto en su conjunto estamos a años luz de épocas pasadas y seguimos progresando en buena dirección.

Sin embargo, las emociones no argumentan. Las emociones son. Nos sentimos como nos sentimos. Y el que sea difícil argumentar contra algo en base a los datos empíricos nos importa un carajo. Las emociones reflejan la verdad y tienen la razón. Si ellas nos dicen que el mundo en general y nuestra vida en particular dan por el saco, es que es así. Y punto.

Seguro que este proceso de “razonamiento” nos suena, porque éste es nuestro modus operandi habitual cuando nos enfrentamos a épocas de crisis, sea ésta personal o colectiva.

Pero aquí es donde Frank Spartan se planta. 

Me planto porque esa forma de enfocar las cosas no se debe tolerar tan alegremente este año. Este año, no. Este año debemos hacerlo un poco mejor. Simplemente, porque es necesario.

Esas emociones negativas van a tirar de nosotros para sumergirnos en las profundidades del abismo. Sin duda. Y no vamos a negar el dolor de su dentellada en absoluto. Pero lo que sí vamos a hacer es cuestionar su significado real.

¿Por qué?

Muy sencillo: Porque esas emociones adquieren un significado tan negativo cuando centramos la atención en lo que hemos perdido. Si sentimos esas emociones con tanta fuerza es porque lo que estamos haciendo, seamos conscientes de ello o no, es exactamente eso. Es más, es muy posible que estemos centrando la atención exclusivamente en lo que hemos perdido, ignorando todo lo demás.

Y eso es natural y humano, pero no es fiel a la realidad. O, mejor dicho, es una realidad muy parcial e incompleta, por mucho que las emociones que sentimos nos la pinten así.

Por esta razón, cuando nos zambullimos en estas situaciones necesitamos un antídoto para reequilibrar nuestra salud mental de algún modo. Y como nuestro cerebro no tiene un pelo de tonto, ya nos ha conseguido uno. Uno que utilizamos una y otra vez en nuestra sociedad actual.

El problema es que no funciona bien del todo.

El antídoto más habitual

El antídoto que habitualmente utilizamos cuando nos sentimos mal es tomar atajos para sentirnos bien. Satisfacer deseos lo más rápidamente posible. Y eso es muy sencillo de hacer en una cultura en la que todo está inmediatamente disponible. Comer, beber, viajar, distraernos, socializar, ir de compras, decir majaderías en las redes sociales… tenemos todo eso y más a un mero “click” de distancia.

Lo que hacemos, básicamente, es intentar neutralizar las emociones negativas asfixiándolas con un runrún de emociones positivas. Emociones positivas que fabricamos apresuradamente a través de todas las posibilidades que tenemos hoy en día para satisfacer deseos. Deseos que muy a menudo ni siquiera surgen de nosotros mismos, sino que son provocados en nosotros por agentes externos.

Y eso funciona… durante unos momentos. Después, se agota. Y cuando empezamos a oír cómo las emociones negativas empiezan a subir de nuevo hacia la superficie, no nos queda más remedio que afanarnos en buscar más deseos que satisfacer para generar más emociones positivas.

Lo que nos lleva a la conclusión principal de la carta de Navidad de este año:

El gestionar a gran escala nuestras emociones negativas de esta manera nos ha convertido en una sociedad de figuritas de cristal que han olvidado cómo gestionar el dolor y se rompen ante cualquier gilipollez.

Y no me refiero al Covid. Este año ha sido duro. Para todos. Para algunas personas, extraordinariamente duro. Por eso es tan importante que reflexionemos sobre la forma en la que nos estamos acostumbrando a gestionar nuestras emociones negativas.

Antes de 2020, ya habíamos adquirido la costumbre de estar demasiado enfocados en lo que no tenemos. La costumbre de ser demasiado sensibles a cualquier crítica o comentario que amenaza nuestro ego. La costumbre de protestar por cualquier nimiedad. La costumbre de reaccionar con violencia y agresividad ante cualquier inconveniente. La costumbre de evitar mirar de frente a nuestras propias carencias y sombras, resguardándonos en ideologías de grupo y desconfiando de todo lo que dicen y hacen las personas que son mínimamente diferentes a nosotros. La costumbre de asumir que nos merecemos más y más cosas de forma inmediata para ahogar el sonido de cualquier emoción negativa, por pequeña que sea.

Somos muy capaces en lo científico y tecnológico. Sin duda, lo somos. Pero en lo que a lo emocional se refiere, nos hemos convertido en una sociedad de niños de 5 años que dependen del biberón de la satisfacción de sus deseos para calmar sus rabietas. Hemos perdido la perspectiva, la paciencia y la humildad.

Esa forma de enfrentarse a la adversidad no es la solución a nuestros problemas. Y esto se aprecia con claridad cuando llega un año como 2020. Porque es en medio de una situación medianamente grave, como la de ahora, cuando nuestras carencias de autogestión emocional se ponen tristemente de manifiesto. En estas situaciones nos sentimos totalmente impotentes, mientras el mundo parece desmoronarse a nuestro alrededor.

Y es que en estas situaciones no hay biberón. En esos momentos estamos solos, únicamente provistos de nuestra resiliencia y nuestra capacidad para afrontar dificultades.

Por eso el antídoto debe ser otro. El antídoto que funciona a largo plazo y que nos convertirá en una sociedad psicológicamente robusta no es saber cómo podemos sentirnos bien lo antes posible cuando nos sentimos mal, sino aprender a ser más diestros y sabios, precisamente, en sentirnos mal.

Sentirnos mal no va a desaparecer. Es consustancial a nuestra existencia. Por mucho que intentemos disimular esos sentimientos negativos afanándonos en crear otros positivos a través de la satisfacción de innumerables deseos aleatorios, seguirán ahí. La solución no es ignorarlos. La solución es mirarlos a los ojos y aprender a hacer lo correcto a pesar de ellos. Aprender a hacer lo correcto a pesar de sentirnos mal.

Eso es madurar emocionalmente. Lo otro es hacernos trampas al solitario.

¿Y cuál es la forma más sencilla de aprender a hacer eso?

Practicar la gratitud

Los acontecimientos negativos son inevitables. Tarde o temprano hacen aparición en nuestra vida. A veces, lo hacen de forma desproporcionada después de un largo periodo de calma y despreocupación. Por mucho que así sea, nuestra mejor estrategia es enfocar la atención en todo lo bueno que tenemos en nuestra vida y dar las gracias por ello.

Esto no es ninguna quimera ni ningún truco de magia. Hay muchas cosas buenas en nuestras vidas. Con absoluta seguridad. Lo único que debemos hacer para ser plenamente conscientes de ellas es habituarnos a girar la cabeza en esa dirección y mirar.

Los familiares que aún tenemos. Los momentos especiales que hemos vivido. La salud que nos queda. Las cosas que hemos hecho con esfuerzo, cariño y buena intención, hayan salido bien o mal. Los amigos que han demostrado a su manera que nos quieren. Las posibilidades que el mundo en el que vivimos nos brinda para conseguir nuestros sueños.

Enfocar la atención en todo lo bueno que aún tenemos es el trampolín más poderoso que podemos encontrar para salir de las situaciones difíciles. Lo que nos insuflará fuerzas para continuar caminando en medio de la oscuridad. Lo que nos recordará el sentido de nuestra vida cuando veamos que estamos perdiendo la esperanza.

«Cuando te levantes por la mañana, piensa en el privilegio de vivir: respirar, pensar, disfrutar, amar.»

–  Marco Aurelio

A veces me sorprendo a mí mismo dando gracias por poder hacer algo tan simple como tomarme una cerveza fría en un bar – incluso si es Amstel – charlando con un amigo. O como pasear por la naturaleza un domingo por la mañana. O como sacar un aparatito más pequeño que una mano de mi bolsillo, pulsar un botón y poder hablar con mis padres. O como escuchar las mejores canciones de los mejores artistas de la historia de la música cuando se me antoje. O como girar una manivela metálica que sale misteriosamente de la pared y encontrarme con agua potable.

Y es que, si lo pensamos bien, es un milagro que eso suceda precisamente en el punto microscópico del universo en el que casualmente nos encontramos. Un jodido milagro. Y todo lo malo que ha pasado en 2020, por duro que haya sido, es sólo un bache dentro de ese milagro.

Para estas Navidades no pido ninguno de los regalos de moda. No pido que me toque la lotería, ni que me suban el sueldo, ni más vacaciones. Y tampoco pido que se acabe la pandemia, porque sé que la humanidad, con todo su talento y energía, está remando al unísono en la misma dirección y eso sucederá muy pronto.

Lo que sí pido es que todos nosotros aprendamos a gestionar un poco mejor nuestro dolor. Que a medida que somos cada vez más capaces en lo científico y tecnológico, seamos también cada vez más capaces en lo psicológico y emocional. Que gracias a atravesar situaciones difíciles como la de este año nos hagamos cada vez más agradecidos y más resistentes a la adversidad, y dejemos de ser figuritas de cristal, con la piel más fina que el papel de fumar, que se ofenden por cualquier cosa. Y por encima de todo, que sepamos apreciar la importancia de asumir nuestra responsabilidad personal para ver el mundo con mejor perspectiva, y hacer que eso se manifieste en nuestros actos de cada día.

Porque sin una mejor perspectiva, no tenemos futuro. Sin una mejor perspectiva, tarde o temprano nos acabaremos destruyendo los unos a los otros – o incluso a nosotros mismos – física, emocional y espiritualmente.

Y eso no mola. Así que evitémoslo, ¿ok?  

Por eso y por mucho más,

Feliz Navidad y Pura Vida.

Frank.

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