Cómo conseguir que el azar se ponga de tu lado

Hace algunas semanas estuve con un amigo tomando un café. Para el propósito de este post, llamémosle Mister X.

Mister X es una persona que conozco hace mucho tiempo y con la que coincido con cierta frecuencia, pero nunca habíamos tenido una conversación que fuera mucho más allá de las trivialidades del día. Nuestra relación pertenecía al grupo dominante en el espectro de relaciones que la mayoría de nosotros tenemos: Cordial y superficial.

Ese día, sin embargo, fue distinto. A pesar de la brevedad de su llamada, su tono denotó que aquella conversación no iba a ser del estilo habitual. Había algo personal que le preocupaba y quería compartirlo conmigo, aunque el propósito de hacerlo no estuviera aún demasiado claro.

Y efectivamente, la conversación no fue del estilo habitual.

Mister X es una persona de éxito. Tiene un buen trabajo, mujer e hijos, un círculo social muy nutrido y un estilo de vida cómodo. Parece tener todo lo que se puede desear.

Parece, a todas luces, feliz.

En aquella conversación con Frank Spartan, Mister X no puso el dedo en ninguna llaga. No dijo “tengo un problema y es éste”, ni “necesito que me ayudes”, ni nada parecido.

No creo que no quisiera hacerlo, sino que creo que no pudo. O, mejor dicho, no supo.

Mister X sabía que, a pesar de tener muchas cosas en su vida que otros no tenían, algo no funcionaba bien. Sabía que algún obstáculo estaba bloqueando el flujo natural y desenfadado de la felicidad en su interior. Pero no atinaba a explicar qué era exactamente.

Cuando llegó el momento de marcharnos, Mister X me miró con curiosidad, como si esperara algo de mí. Quizá fuera un consejo, quizá una fórmula, quizá una respuesta que desbloqueara aquello que se interponía entre él y fuera lo que fuera que deseaba sentir.

Pero yo no tenía esa respuesta. Y tampoco ninguna otra persona que no fuera él mismo.

El incuestionable papel del azar

A medida que van pasando los años, Frank Spartan se va haciendo un poco más diestro en entender cómo funciona el mundo, cómo las personas toman sus decisiones y cuáles son las mejores estrategias para conseguir que las cosas sucedan.

Claro, con el tiempo todos nos vamos haciendo más sabios, ¿no es así?

Pues no.

Nada más lejos de la realidad.

El mero transcurso del tiempo y la acumulación de experiencias pueden ayudarnos a expandir la perspectiva. Sin embargo, ésos no son ni de lejos los factores más relevantes que nos permiten entender mejor las cosas.

Pero no adelantemos acontecimientos. Vayamos poco a poco.

Curiosamente, cuanto más diestro me siento a la hora de interpretar el mundo, más consciente me vuelvo de la enorme relevancia de la mano invisible del azar en casi todo lo que nos sucede. Y eso es una jodienda, porque las personas no estamos ni psicológica ni socialmente predispuestas a aceptar y convivir con el azar.

  • Por una parte, como individuos, el azar es una molestia con la que no queremos cargar. Lo toleramos y lo abrazamos en los juegos de mesa y en la casa de apuestas, pero no en la vida. Y es que cuando perdemos la sensación de control sobre lo que nos sucede, nuestra cabeza se hincha como si fuera un globo a punto de estallar en mil pedazos. El miedo, la duda y la ansiedad cortocircuitan nuestro sistema nervioso y nos bloquean cuando nos enfrentamos a cualquier decisión medianamente importante.

El azar no nos gusta. Deseamos tener las cosas bajo control. Deseamos certidumbre. Deseamos estar seguros de que si hacemos A, el resultado será B, y si hacemos C, el resultado será D.

Por eso nos gustan tanto las tareas fáciles y por eso caemos en las tentaciones que prometen recompensas a corto plazo. Nos atraen porque reducen la incertidumbre. Y por eso repudiamos sin reparos las tareas difíciles y los objetivos de largo plazo. Los repudiamos porque la aumentan.

  • Por otra parte, como sociedad, el azar es un villano al que no queremos darle el micrófono del protagonismo mucho más de lo estrictamente necesario.

Nos encanta poner el talento y el trabajo duro en un pedestal, como si la combinación de ambas fuera un trampolín mágico que nos catapulta automáticamente hacia el éxito. Las historias que oímos, promocionamos y compartimos con los demás son aquéllas en las que alguien consigue algo bueno a través de talento y trabajo duro.

Y en ese regodeo sobre nuestros méritos y capacidades, no decimos nada sobre la influencia del azar, porque es un elemento incómodo que resta importancia a nuestra contribución. Pero eso no significa que el azar no haya tenido un papel protagonista en el resultado.

El azar nos asusta personal y socialmente. Y por eso, lo negamos. Es como esa persona de aspecto extraño pero vagamente familiar que deambula a nuestro alrededor en una fiesta y con la que evitamos cruzar la mirada, porque creemos que se va a pegar a nosotros durante el resto de la velada y nos va a joder la diversión.

Pero, por mucho que desviemos la mirada, el azar está ahí. Vaya si está. Y Frank Spartan te lo va a demostrar.

Por ejemplo:

  1. Hay muchas más estrellas en el Universo que granos de arena en todas las playas y desiertos de la Tierra.
  2. La estrella polar es una de las estrellas más cercanas a la Tierra, pero la luz que aprecias en tus ojos cuando la miras salió de ella allá por la época de la Edad Media.
  3. De los muchos planetas que hay en el Universo, sólo hay uno conocido donde la vida humana puede desarrollarse. Y estás en él, mira tú qué suerte.
  4. Existes porque tus padres hicieron lo que hicieron en el momento en el que lo hicieron. Un dolor de cabeza, un ciclo de menstruación diferente o un cabreo por un comentario poco afortunado y no estarías aquí ahora. Al menos no serías tú.

Pasemos ahora a tus circunstancias particulares:

  1. ¿Cómo llegaste a los que ahora son tus amigos? ¿Fue un movimiento proactivo y calculado por tu parte o simplemente coincidiste con ellos en algunas actividades que te permitieron conocerles mejor? ¿Tendrías los mismos amigos si hubieras elegido otras actividades o tus padres hubieran decidido vivir en otro sitio?
  2. ¿Cómo elegiste lo que ibas a estudiar? ¿Lo tenías totalmente claro o pasó alguna cosa que no controlabas del todo, escuchaste algún consejo o reparaste en algún ejemplo cercano que te hizo inclinarte hacia ello?
  3. ¿Cómo aterrizaste en tu trabajo? ¿Cómo llegó ahí tu jefe? ¿Y tus compañeros de trabajo? ¿Quién decide los objetivos de tu puesto y las reglas que respetas a la hora de intentar conseguirlos? ¿Eres tú realmente la persona que controla la dinámica de tu vida laboral, o más bien es la maquinaria aleatoria que te rodea?
  4. ¿Cómo elegiste a tu pareja? ¿Buscaste a propósito a un tipo de persona con ciertas características que fuera compatible contigo, o más bien esa persona apareció en tu vida sin previo aviso y os adaptasteis el uno al otro?
  5. ¿Cómo elegiste tus hobbies y las actividades que te gustan? ¿El instinto te dijo cuáles eran y decidiste ponerlas en práctica, o más bien las circunstancias en las que te encontrabas en ese momento te incentivaron a probarlas? ¿Y si las circunstancias hubieran sido otras? ¿Tendrías los mismos hobbies?

Podría seguir, pero creo que captas la idea.

Nuestra mente crea el espejismo de que somos el centro del Universo. De que todo gira en torno a nosotros. De que nuestra interpretación del mundo es correcta y las otras están equivocadas. De que tenemos las cosas bajo control. De que decidimos con plena consciencia lo que queremos. Y de que estamos donde estamos porque nosotros, en ejercicio de nuestra infinita libertad, lo hemos decidido así, lo cual es una prueba irrefutable de nuestro poder sobre todo lo que nos rodea.

Pues bien, siento decepcionarte, pero eres mucho menos importante y tienes mucho menos poder sobre tu situación particular de lo que crees.

Si estás donde estás es fundamentalmente por azar. Si haces lo que haces es fundamentalmente por azar. Y si eres como eres es fundamentalmente por azar.

Ouch. Duele, ¿no?

Pero es así.

Para la inmensa mayoría de nosotros, al menos. 

Puedes aceptarlo o no, pero es una de esas cosas contra las que es francamente difícil argumentar si dejas el ego a un lado por unos momentos y profundizas un poco en el camino que te ha llevado hasta aquí. Así que deshínchate un poco y exhibe una pizca de humildad, colega.

¿Has pataleado ya lo suficiente? Muy bien. Sigamos.

Llegados a este punto, volvamos a nuestro querido amigo Mister X.

Frank Spartan no puede asegurarlo, pero apostaría a que las tribulaciones de Mister X surgían de su creciente toma de conciencia sobre haber acabado en un lugar con el que no conectaba del todo, pero no sabía exactamente por qué. Él creía que había elegido libremente y esas elecciones habían determinado los resultados.

Entonces, ¿dónde demonios estaba el problema?

Quizá Mister X estuviera empezando a sentir, sutilmente, la incómoda presencia del azar en cómo se habían desarrollado las cosas. Y ésa no es una sensación agradable, porque nuestro ego se resiste con uñas y dientes a aceptarla. Sería como renunciar a nuestra relevancia, a nuestra libertad de elección, a nuestra capacidad de controlar nuestro destino, a nuestro mérito en la resolución de esa gran ecuación que es la vida.

La pregunta es: ¿Hay alguna forma de enderezar esa incómoda sensación? ¿Hay alguna forma de recuperar la serenidad? ¿Hay alguna forma de sentir que tenemos suficiente control sobre nuestras vidas para que no nos explote la cabeza en mil pedazos cuando tomamos decisiones? ¿Y hay alguna forma de hacer todo eso aceptando e integrando la evidencia del azar en todo lo que nos sucede?

La buena noticia es que sí, la hay.

La mala noticia es que te va a doler un poco.

El foco de la energía vital

Cuando navegamos por la vida, tomamos muchas decisiones. Algunas de forma consciente y algunas de forma inconsciente.

Entre todas esas decisiones, hay una que suele tener, tarde o temprano, un gran impacto sobre nuestra sensación de estar o no satisfechos de dónde nos encontramos y hacia dónde nos dirigimos: La decisión de dónde enfocamos nuestra energía vital.

Verás, es muy frecuente poner ese foco en el exterior y mantenerlo ahí durante el resto de nuestras vidas.

Es muy frecuente decidir qué estudiar para contentar a ciertas personas. Es muy frecuente decidir en qué trabajar con la vista fija en elementos externos como el sueldo, el estatus o la aceptación de los demás. Es muy frecuente satisfacer nuestra ansiedad a través del consumo. Es muy frecuente perseguir metas materiales, como posesiones, fama, poder y dinero. Es muy frecuente definir el éxito en base a cómo comparamos con los demás. Y además de todo esto, es muy frecuente copiar lo que vemos que hace la mayoría de personas a nuestro alrededor.

Pero esto tiene un pequeño inconveniente. Sí, lo has adivinado: El impacto del azar.

Recuerda: El azar está siempre presente. Por mucho que creas que tienes las cosas bajo control y que estás satisfecho con tu vida, es posible que el azar decida posarse en tu hombro en algún momento y altere caprichosamente la situación sin que puedas verlo venir o hacer nada para evitarlo.

Es posible que algo inesperado distorsione tus circunstancias laborales. Es posible que algo inesperado altere tu relación con tu pareja, tus intereses personales o tus relaciones de amistad. Es posible que algo inesperado afecte a tu estructura emocional, a tus creencias y a tu forma de ver el mundo. Es posible que algo inesperado impacte sobre tu estado de ánimo de forma prolongada. Es posible que algo inesperado ponga en entredicho tu concepción misma de la felicidad.

Es más, la experiencia demuestra que no sólo es posible, sino que también es probable. Los “algos inesperados” suelen acabar sucediendo, pero no los vemos venir. De hecho, deberíamos abrazar lo inesperado como algo normal y rutinario, porque lo inesperado hace acto de presencia en algún momento.

¿Y cuál suele ser nuestra estrategia cuando ese algo inesperado nos sucede y cambia las reglas del juego?

Ninguna.

Ninguna diferente, al menos.

Generalmente, lo que hacemos es continuar enfocando nuestra energía vital en el exterior, buscando afanosamente algún elemento de ahí fuera que nos haga sentirnos satisfechos en la nueva situación. Continuamos asumiendo que las fórmulas de siempre van a seguir funcionando. Continuamos persiguiendo los mismos objetivos que todo el mundo persigue. Continuamos acumulando más dinero, más galones, más caprichos, más experiencias de entretenimiento, más trofeos colgados de la pared.

Ésa es nuestra estrategia para enfrentarnos a lo inesperado. Nuestra estrategia para sobrevivir a los caprichos de la providencia. Nuestra estrategia para convivir con los cambios que nos brinda el azar.

Pero, por muy extendida que esta estrategia se encuentre y muy popular que sea, no suele ser muy efectiva. Porque esas recompensas externas que continuamos persiguiendo y que antes nos habían servido, dejan de funcionar de inmediato cuando algo dentro de nosotros mismos cambia.

Y – alerta spoiler – nuestro interior cambia constantemente a medida que navegamos por la vida.

Según va pasando el tiempo, nos suceden cosas. La mayoría de ellas, como hemos visto, impredecibles. Y esas cosas van moldeando quiénes somos y qué queremos, nuestras necesidades y nuestros deseos más profundos.

Sólo tienes que echar una mirada a lo que te parecía importante hace cinco años y compararlo con lo que te parece importante ahora.

¿No te acuerdas? Eso es porque no escribes un diario. Si lo hicieras, comprobarías cuánto y cuán deprisa cambiamos, aunque nuestra mente, tramposa ella, nos haga creer que siempre hemos querido y valorado lo que queremos y valoramos ahora.

Pues bien, esta estrategia de centrar la atención en el exterior tiene una implicación fundamental: Los cambios provocados por el azar desconectan cada vez más nuestra forma de vivir de nuestro fuero interno. Y la intuición de Frank Spartan le dice que esa desconexión es la causa fundamental de la extraña sensación de insatisfacción de Mister X.

Si queremos que los cambios provocados por el azar trabajen a nuestro favor, nuestro foco de energía vital no debe apuntar hacia el exterior, sino hacia el interior. La base de nuestra estrategia para conquistar la felicidad a través de todos esos cambios no es afanarnos en conseguir más y más de lo que hay fuera, sino entender lo mejor posible qué demonios está pasando dentro.

Y sólo hay una forma de hacer eso: Trabajar en la conciencia que tenemos de nosotros mismos.

La conciencia de uno mismo

Bueno, aquí ya entramos en territorio de dolor. Get ready.

Si quieres ser capaz de navegar los cambios provocados por el azar sin que la insatisfacción te muerda el trasero de forma demasiado profunda, tienes dos opciones.

  1. Buscar algo en el exterior a ciegas y esperar que funcione
  2. Trabajar en ti mismo para conocerte mejor y después buscar con mejor perspectiva

La primera es más fácil, pero es probable que no funcione.

La segunda es más difícil, pero es probable que sí funcione.

Todos pensamos que nos conocemos bien a nosotros mismos. Pero te diré un secreto: No tenemos ni puñetera idea.

¿Por qué lo sé? Porque para conocerse mejor a uno mismo no basta con quererlo. Hay que tomarse tiempo y trabajar en ello.

Frank Spartan le ha dedicado tiempo y esfuerzo a esto durante ya varios años a través de diferentes técnicas y mi conclusión es que aún me queda muchísimo trabajo que hacer. Lo que significa, sin lugar a dudas, que antes de empezar ese proceso yo era como un mono borracho con un antifaz que iba por el mundo mientras le daban bocinazos al oído. No tenía ni idea de por qué hacía lo que hacía. Simplemente, lo hacía.

Y la inmensa mayoría de nosotros estamos ahí, aunque el ego nos engatuse y nos haga creer que no.

Conocerse mejor a uno mismo es un proceso lento que requiere conciencia y sinceridad. Ambas son necesarias y ambas son difíciles de desarrollar, especialmente cuando hablamos de aplicarlas a nosotros mismos.

La conciencia es la primera fase del proceso. Has de observar tus deseos y tus miedos. Las cosas que te molestan o que te incomodan. Tus reacciones a las cosas que te suceden. Con quién decides relacionarte y con quién no. Y muchas otras cosas que suceden a un nivel muy sutil y que a menudo pasamos por alto porque navegamos con el piloto automático.

La sinceridad es la segunda fase del proceso. En ella has de enfocarte en todas y cada una de las cosas sobre las que has tomado conciencia en la primera fase y preguntarte por qué son así.

Y aquí es donde entra el dolor en escena, porque la respuesta sincera no es agradable. La respuesta sincera revela que muchos de esos comportamientos que nuestra mente justifica con innumerables argumentos que culpabilizan a los demás, provienen en realidad de desequilibrios emocionales propios que debemos corregir.

Como comprobarás, es una cebolla que tiene muchas capas. Y a medida que vas profundizando, las capas se van volviendo más complicadas de desenredar y más dolorosas de asimilar. Así que debes decidir hasta dónde quieres llegar. Cada uno tenemos un nivel ideal diferente y tendrás que encontrar el tuyo.

Lo único que puedo decirte es que es un dolor que merece la pena, porque te permitirá integrar el inevitable impacto del azar en tu vida sin sacrificar tu capacidad de sentirte feliz. Te ayudará a entender mejor si el camino en el que te encuentras sigue teniendo sentido o no. Y te insuflará valor para cambiar de dirección si lo consideras necesario.

No sé qué pensarás tú, pero a mí eso me suena bastante bien.   

Pura vida,

Frank.

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